Julio González (1876–1942): El Innovador de la Escultura en Hierro

Julio González nació en Barcelona el 21 de septiembre de 1876, en una familia profundamente vinculada al arte del hierro. Su padre, Concordio González, era un herrero y orfebre de renombre, conocido en el barrio de la Rambla de Cataluña por su taller de forja. La tradición familiar, centrada en el trabajo con metales, marcó la vida de Julio desde su más temprana infancia, orientándolo hacia el oficio. El contacto directo con el hierro y la forja, en el ambiente del taller familiar, influyó de manera decisiva en su formación.

A los quince años, en 1891, Julio comenzó a trabajar junto a su hermano Joan en el taller de la familia, firmando sus obras como «González e hijos». La importancia de la forja y el hierro como elementos fundamentales de su educación artística fue acompañada por su formación en otras disciplinas. A lo largo de su juventud, también asistió a clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de La Lonja de Barcelona, y fue en este contexto donde comenzó a cultivar su interés por las artes visuales más allá del oficio familiar.

Durante los años noventa, González participó en varias exposiciones de arte, obteniendo premios en importantes certámenes de la ciudad. En la Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona de 1892, por ejemplo, él y su hermano Joan recibieron la Medalla de Oro por sus trabajos en hierro forjado. Un año después, en 1893, participaron en la Exposición Internacional de Chicago, donde fueron premiados con la Medalla de Bronce. Estos premios marcaron los primeros éxitos públicos de un joven artista que ya demostraba habilidad para combinar la tradición del metal con los gustos estéticos de la época.

Durante estos años, la obra de Julio González se desarrolló principalmente en el ámbito de la orfebrería y la decoración, en sintonía con el modernismo que dominaba la escena artística de Barcelona. Realizó numerosos trabajos en metal, principalmente flores y elementos ornamentales, como crisantemos, rosas, jazmines y otros motivos florales, que se destacaban por su refinamiento y delicadeza. Además, incursionó en la joyería, realizando collares, pulseras, anillos y broches con influencias modernistas, los cuales se caracterizaban por su riqueza decorativa y estilística, propia de la estética del modernismo catalán.

El café Els Quatre Gats de Barcelona, punto de encuentro de artistas e intelectuales, fue un lugar de gran relevancia en esta época. Aquí se reunían figuras como Isidre Nonell, Ramón Casas, Manolo Hugué, Santiago Rusiñol y, por supuesto, Pablo Picasso. A través de sus visitas al café y la interacción con estas figuras, González estuvo en contacto con los movimientos de vanguardia que se gestaban en el entorno barcelonés. De hecho, este ambiente fue fundamental para su evolución como artista, pues a pesar de estar influenciado por el modernismo, pronto mostró un interés por formas artísticas más vanguardistas y experimentales.

La participación de González en diversas exposiciones y certámenes, y su constante experimentación con el trabajo en hierro, fueron indicativos de su crecimiento profesional. Sin embargo, su vida artística dio un giro definitivo a comienzos del siglo XX, cuando la familia decidió trasladarse a París, marcando un nuevo capítulo en la carrera de González y en su desarrollo artístico.

2. La Emigración a París: Un Nuevo Comienzo en la Escultura

En 1900, la familia González decidió abandonar Barcelona y mudarse a París. Este traslado representó un punto de inflexión para Julio, quien encontraría en la capital francesa el epicentro de la vanguardia artística europea. A diferencia de Barcelona, donde los movimientos como el modernismo aún estaban en auge, París se convirtió en la cuna de movimientos como el cubismo, el fauvismo, y más tarde, el surrealismo, entre otros. En este contexto de efervescencia creativa, González comenzó a interactuar con algunos de los artistas más importantes de la época.

Uno de los encuentros más significativos para González fue con Pablo Picasso, quien también se encontraba en París en ese momento. Ambos artistas compartían un espíritu experimental y vanguardista que los llevó a desarrollar formas de expresión completamente nuevas. Aunque en un principio González continuó pintando, pronto se inclinó hacia la escultura, influenciado por el cubismo y las posibilidades que ofrecían nuevos enfoques formales. Además, comenzó a experimentar con la creación de máscaras y otros trabajos en metal, especialmente en hierro, que le permitirían explorar una nueva dimensión artística.

En 1908, la muerte de su hermano Joan, quien había sido una figura central en la vida de Julio, marcó un punto de inflexión en su carrera. La pérdida de su hermano lo dejó profundamente afectado, y González decidió entonces abandonar la pintura para dedicarse por completo a la escultura. A partir de ese momento, su interés por la escultura y el trabajo con el hierro se volvió más intenso, y comenzó a explorar de manera más seria las posibilidades que ofrecía este material.

La influencia de Picasso en esta etapa fue fundamental. Ambos compartían un profundo interés por la ruptura con la tradición y por la experimentación con nuevas formas de expresión. Esta relación sería clave en los años venideros, cuando ambos artistas colaboraron en la creación de esculturas en metal, utilizando la soldadura autógena, una técnica que revolucionaría la escultura de la época.

A finales de la década de 1910, González comenzó a alejarse de la pintura y se concentró completamente en la escultura, lo que lo llevó a crear piezas más innovadoras y a experimentar con nuevos enfoques. En 1918, se introdujo en la técnica de la soldadura autógena, que consiste en unir metales mediante un proceso de fusión sin aditivos externos, utilizando únicamente un soplete de oxígeno y acetileno. Esta técnica fue clave para la evolución de su obra y le permitió trabajar de manera más libre y abierta, creando formas de hierro mucho más complejas y dinámicas.

El taller de González en París se convirtió en un lugar de constante experimentación. A lo largo de los años, su técnica de soldadura y su habilidad para trabajar con hierro lo llevaron a un proceso continuo de evolución artística, alejado de los convencionalismos. González fue pionero en la utilización del hierro como material escultórico, un material que antes había sido relegado al ámbito industrial y decorativo. Con sus innovaciones técnicas y conceptuales, llevó la escultura a nuevas dimensiones, y comenzó a formar parte activa del movimiento vanguardista que estaba revolucionando el arte europeo.

En este periodo, además de su relación con Picasso, González mantuvo vínculos estrechos con otros artistas, como Georges Braque, quien también estaba experimentando con el cubismo, y otros escultores vanguardistas. Estos contactos contribuyeron a enriquecer su obra y a consolidarlo como uno de los artistas más importantes de la vanguardia escultórica. Fue también en este período cuando González empezó a ser reconocido en los círculos artísticos internacionales, participando en varias exposiciones de renombre en París y otras ciudades europeas.

3. La Década de los 30: Innovación y Colaboraciones Vanguardistas

La década de 1930 marcó la madurez artística de Julio González. Durante estos años, su trabajo se volvió cada vez más innovador, alejándose de la figuración tradicional y adentrándose en un territorio más abstracto y conceptual. Fue también durante este período cuando su colaboración con Picasso alcanzó nuevas cotas, consolidándose como uno de los encuentros más fructíferos del arte moderno.

González continuó su trabajo con hierro y soldadura, pero a medida que pasaban los años, sus esculturas se fueron simplificando y volviendo más abstractas. Obras como Cabeza-El túnel (1932-1933) y Mujer sentada (1935) reflejan la evolución de su estilo hacia una escultura más abierta y dinámica, en la que el espacio y el vacío se convierten en elementos fundamentales de la obra. A través del uso del hierro y la soldadura autógena, González logró crear esculturas que no solo estaban formadas por piezas de metal, sino que también se integraban con el espacio que las rodeaba, dando lugar a una interacción constante entre la obra y su entorno.

Durante este período, la relación con Picasso se intensificó. En 1928, Picasso instaló un taller en Boisgeloup, Normandía, y fue aquí donde ambos artistas colaboraron en la creación de esculturas metálicas, utilizando la técnica de la soldadura autógena. Esta colaboración fue clave para la evolución de las esculturas de ambos, ya que les permitió experimentar con nuevas formas y materiales. Mientras Picasso se concentraba en crear figuras más simplificadas y lineales, González se adentraba en una exploración más profunda de las posibilidades del hierro como medio escultórico.

A pesar de que ambos artistas compartían una visión común sobre la ruptura con las formas tradicionales, sus caminos artísticos eran diferentes. Picasso tendía a trabajar con volúmenes más llenos y figuras más rotundas, mientras que González se centraba en la creación de formas más abiertas y etéreas, que dejaban que el espacio tuviera un papel activo en la escultura. Esta diferencia de enfoques dio lugar a una serie de piezas en las que ambas influencias se fusionaban, creando obras que marcaban un punto de inflexión en la escultura moderna.

4. El Uso del Hierro y el Acero: Transformación Material y Estética

Uno de los mayores logros de Julio González en el ámbito de la escultura fue la incorporación y transformación del hierro como material escultórico. Durante siglos, el hierro había sido utilizado principalmente en la arquitectura y las artes decorativas, sin recibir mucha atención en la escultura tradicional. González, sin embargo, descubrió el potencial artístico del metal, logrando que el hierro dejara de ser considerado un material industrial para convertirse en una forma válida y potente de expresión artística. Su innovación técnica, especialmente el uso de la soldadura autógena, y su habilidad para jugar con el espacio, le permitieron trascender las convenciones y establecer nuevas bases para la escultura contemporánea.

En sus primeras exploraciones del hierro, González continuó con las tradiciones heredadas del oficio familiar, pero pronto se apartó de las formas rígidas y volumétricas que predominaban en la escultura académica. A través del uso del hierro y el acero, comenzó a experimentar con estructuras más ligeras, abiertas y dinámicas. En lugar de limitarse a construir figuras sólidas, González dejó que el hierro fuera trabajado de manera más libre y fluida, para crear formas que interactuaran con el espacio de una manera única.

El hierro, como material, le ofreció una serie de posibilidades que otros materiales como la piedra o el bronce no permitían. Este metal, duradero y resistente, podía ser moldeado, soldado y recortado de manera que diera lugar a esculturas de una apariencia ligera, casi etérea, que desafiaban las expectativas convencionales. González aprovechó estas características para crear obras que no solo se sostenían por sí mismas, sino que también se integraban con el entorno, el espacio circundante se convertía en una parte activa de la obra, en lugar de ser un simple fondo estático.

En 1918, un hito crucial en su carrera se produjo cuando entró a trabajar como aprendiz de soldador en la fábrica La Soudure Autogène Française, situada en Boulogne-sur-Seine, un suburbio de París. La soldadura autógena, también conocida como soldadura por oxiacetileno, se caracteriza por el uso de una llama producida por la combustión de oxígeno y acetileno para fundir el metal sin necesidad de utilizar materiales de relleno. Este descubrimiento transformó por completo el enfoque de González hacia la escultura. La soldadura autógena no solo permitió una unión más eficiente de las piezas metálicas, sino que también proporcionó una mayor libertad creativa, dado que facilitaba la creación de figuras más abiertas y aireadas.

La soldadura, lejos de ser un simple recurso técnico, se convirtió en una extensión de la creatividad del escultor. El uso del soplete de oxígeno y acetileno permitió a González «dibujar» en el espacio, creando formas que no estaban limitadas por las fronteras de la solidez material. Esto representó una verdadera revolución en la escultura, ya que no solo se estaban creando figuras, sino también vacíos, contornos, y un dinamismo que antes era casi impensable en la escultura tradicional.

Las obras de González de la década de 1930 reflejan su maestría en el uso del hierro y la soldadura. La escultura Cabeza-El túnel (1932-1933), por ejemplo, es una pieza que combina la geometría de las formas con la fluidez del espacio. La figura humana se sugiere a través de una serie de líneas y volúmenes que, en lugar de ocupar el espacio de manera cerrada, lo abren, lo atraviesan y lo llenan de vacío. En lugar de una forma estática, González crea una escultura que fluye hacia el espectador, invitándolo a percibir la obra desde distintos ángulos y a reconocer la interacción entre la figura y el entorno.

El trabajo de González se distingue por su capacidad para utilizar el metal no solo como un material físico, sino como una herramienta para explorar conceptos más amplios, como el espacio, la luz y la sombra. Sus esculturas no son objetos cerrados y definitivos, sino que dependen de la luz y el entorno para completar su existencia. De esta manera, el hierro y la soldadura autógena le permitieron desarrollar un tipo de escultura que ya no estaba confinada al molde tradicional, sino que se expandía y se relacionaba de manera orgánica con su contexto.

A lo largo de los años 30, el tratamiento de la superficie del hierro en las esculturas de González pasó por una transformación. En sus primeras obras, las marcas de la soldadura y la forja eran visibles, dando a las esculturas una sensación de cruda fuerza y dinamismo. Sin embargo, a medida que su maestría con el material aumentaba, las superficies comenzaron a suavizarse, mostrando una mayor preocupación por la precisión técnica. Sin embargo, nunca abandonó la textura rústica y las huellas de la manufactura, características que aportaban a la obra una vitalidad y una conexión con el proceso creativo.

Este proceso de transformación del hierro en una forma artística y expresiva fue acompañado de un enfoque más abstracto en las formas. A medida que González fue alejándose de la figuración tradicional, sus esculturas se volvieron más esquemáticas, reduciendo la figura humana a líneas y volúmenes esenciales. La abstracción en su obra no fue un rechazo a la figura humana, sino una forma de sugerir la presencia humana a través de la geometría y la fragmentación. Este enfoque se puede ver en obras como Mujer peinándose (1931-1936), donde la figura femenina se representa de manera sugerente, más a través de sus líneas y contornos que de una reproducción exacta de la figura humana.

En la obra de González, la escultura no se limita a representar la figura humana o un objeto tangible; más bien, se trata de una reflexión sobre el espacio, la materia y la luz. El hierro, a través de la soldadura, se convirtió en una extensión de su propio lenguaje artístico. A partir de ahí, sus esculturas no solo son objetos tridimensionales, sino que invitan al espectador a interactuar con ellas, a explorarlas desde diferentes perspectivas y a percibir las complejas relaciones entre el espacio y las formas que González había diseñado.

Este uso innovador del material y la técnica no solo tuvo un impacto en la escultura, sino que también influyó en otros campos artísticos. En la década de 1930, la utilización del hierro y la soldadura autógena se convirtió en una tendencia clave en la escultura moderna, seguida por muchos artistas, incluidos figuras como Pablo Gargallo, Alexander Calder y David Smith, quienes también experimentaron con metales y técnicas industriales. Sin embargo, la obra de González se distinguió por su capacidad para integrar la tradición del hierro forjado con las exploraciones vanguardistas del cubismo y la abstracción geométrica.

Al mismo tiempo, González también aprovechó la posibilidad de trabajar con el acero, otro material que permitió una mayor precisión en las formas. A medida que se adentraba en la abstracción, el acero ofreció un medio más adecuado para las esculturas más grandes y complejas que comenzaba a imaginar. A diferencia del hierro, que puede ser áspero y lleno de texturas, el acero tiene una apariencia más pulida, lo que permitió a González explorar un nuevo tipo de escultura más refinada pero igualmente dinámica.

El acero y el hierro, como materiales fundamentales de su escultura, fueron cruciales para el desarrollo de la escultura moderna en el siglo XX. Estos materiales, previamente considerados inadecuados para la escultura artística, se transformaron bajo las manos de González en vehículos expresivos de gran poder. González demostró que el material podía ser tan flexible como la imaginación del escultor, y a través de sus innovaciones, sentó las bases para una escultura más libre, abierta y dinámica.

En resumen, la utilización del hierro y el acero en la obra de Julio González representa uno de los mayores logros en la historia de la escultura moderna. Su habilidad para transformar estos materiales industriales en formas artísticas complejas y conceptuales no solo cambió la percepción del hierro como material escultórico, sino que también permitió a la escultura evolucionar hacia nuevas fronteras. La soldadura autógena, que permitió la creación de formas abiertas y fluidas, fue clave en este proceso, y el uso del hierro y el acero en sus manos definió una nueva era en la escultura del siglo XX.

5. Últimos Años y Legado

A medida que Julio González entraba en la última etapa de su vida, su trabajo se volvió cada vez más introspectivo, refinado y simbólicamente complejo. Si en las décadas anteriores había concentrado sus esfuerzos en explorar las posibilidades técnicas y formales del hierro, en sus últimos años profundizó en una dimensión emocional y conceptual más marcada, reflejando no solo su madurez artística sino también la creciente inquietud por los dramáticos acontecimientos históricos que lo rodeaban. La Guerra Civil Española y el ascenso de los totalitarismos en Europa influyeron profundamente en su visión del arte y del mundo.

Durante la Guerra Civil (1936-1939), González, aunque radicado en París, mantuvo una honda preocupación por el devenir de su tierra natal. La barbarie del conflicto y la posterior instauración de la dictadura franquista en España se hicieron sentir en el carácter más sombrío, combativo y simbólico de su obra. Aunque no fue un artista abiertamente político, su escultura se volvió una forma de denuncia velada, una respuesta estética a la brutalidad y la represión. A través de formas filiformes, angulosas y a menudo desgarradas, evocó figuras humanas dolientes, amenazadas o fragmentadas que parecían resistirse a desaparecer.

Entre las obras más emblemáticas de este periodo destacan Hombre cactus y Mujer cactus (1939-1940), esculturas que resumen de forma plástica la tensión de una época marcada por la violencia. Estas figuras, inspiradas en formas orgánicas vegetales, combinan líneas rectas y curvas, agudeza y suavidad, logrando una síntesis entre lo estructural y lo biomorfo. La elección del cactus como símbolo no fue casual: representa la resistencia en el desierto, la supervivencia en condiciones adversas. En estas piezas, la iconografía natural se transforma en metáfora de la condición humana enfrentada a la hostilidad del entorno, tanto física como moralmente.

Estas esculturas no solo reflejan una preocupación por la violencia exterior, sino también por la introspección y la búsqueda de una forma escultórica esencial. González había llegado a un punto de gran depuración estilística. Su escultura ya no buscaba representar, sino sugerir; no ilustrar, sino evocar. El hierro, trabajado con maestría gracias a su dominio de la soldadura autógena, se convirtió en un lenguaje poético, capaz de expresar estados emocionales complejos, como la angustia, la esperanza, la resistencia y la melancolía.

En paralelo a su evolución formal, González seguía vinculado a los círculos de la vanguardia parisina. Aunque no participó activamente en los debates ideológicos de la época, su obra dialogó con las propuestas de artistas como Jean Arp, Constantin Brâncusi, Alexander Calder y Henry Moore, todos ellos figuras clave en la redefinición de la escultura del siglo XX. También mantuvo contacto con miembros de los grupos Cercle et Carré y Abstraction-Création, redes de artistas que buscaban promover la abstracción frente a los dictados del arte figurativo tradicional y a los lenguajes del realismo impuesto por los regímenes autoritarios.

Pese a no haber expuesto con regularidad durante la Guerra Civil, González siguió produciendo incansablemente. Su obra adquirió un carácter más recogido, menos monumental pero no por ello menos ambicioso. Su objetivo parecía ser construir un lenguaje escultórico puro, íntimo, capaz de expresar lo inefable. Las esculturas de estos años, incluso las más abstractas, conservan una sugerencia de lo humano. En ellas se percibe un cuerpo ausente pero presente en la huella de una línea, en el vacío entre dos planos, en el equilibrio de una forma suspendida. González, como pocos, supo hacer del hierro un medio para hablar del alma.

En 1940, con la invasión nazi de Francia, la situación para los artistas extranjeros se volvió insostenible. Aunque no fue deportado ni perseguido directamente, González vivió en condiciones precarias en Arcueil, una localidad cercana a París. La enfermedad, la pobreza y el aislamiento comenzaron a deteriorar su salud. Pese a ello, no dejó de trabajar. Su espíritu incansable lo llevó a seguir desarrollando ideas, bocetos, pequeñas esculturas y escritos. En este contexto escribió su ensayo Picasso y las catedrales (1932), uno de sus textos teóricos más importantes. En él expone su concepto de “dibujar en el espacio”, que resume su concepción escultórica más radical: una obra tridimensional no como masa sólida, sino como estructura aérea, ligera, atravesada por el espacio, en la que el vacío y el volumen se integran armónicamente.

Este concepto fue revolucionario y ha tenido una influencia duradera en la escultura posterior. “Dibujar en el espacio” significaba que la escultura no debía estar hecha solo de materia, sino también de aire, de luz, de relaciones invisibles entre las partes. Significaba romper con la escultura como masa y abrazar la escultura como relación, como danza entre el objeto y su entorno. En este sentido, González fue un precursor de las tendencias que más tarde desarrollaría el arte minimalista, el constructivismo y la instalación contemporánea.

Julio González falleció el 27 de marzo de 1942, a los 65 años, en un entorno de oscuridad marcado por la guerra y la ocupación. Murió sin haber recibido en vida el reconocimiento que merecía. No fue hasta la década de 1950, ya muerto, que su obra comenzó a ser redescubierta por los críticos y las instituciones artísticas. Fue entonces cuando se reconoció su papel como uno de los padres de la escultura moderna en hierro, y se comenzó a valorar la profundidad conceptual y formal de su trabajo.

En los años posteriores a su muerte, se organizaron numerosas exposiciones retrospectivas en Europa y América, y su influencia comenzó a notarse en artistas tan diversos como David Smith, Eduardo Chillida, Anthony Caro y Richard Serra. Todos ellos reconocieron, de una u otra forma, la deuda que tenían con González. Para Smith, por ejemplo, González representaba la libertad del escultor moderno frente al peso de la tradición clásica. Para Chillida, su obra demostraba que el hierro podía tener alma, que era posible hacer poesía con un material tan duro.

El legado de Julio González también está presente en museos de todo el mundo. Obras suyas se conservan en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, el Centre Pompidou en París, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en múltiples colecciones privadas. En ellas, el espectador puede seguir la evolución de un artista que nunca dejó de buscar, de experimentar, de transformar. Desde sus primeras joyas modernistas hasta sus grandes esculturas abstractas, toda su obra está atravesada por una coherencia interna, por una búsqueda constante de la esencia escultórica.

Además de su contribución técnica y formal, González dejó una enseñanza ética sobre lo que significa ser artista. Fue un hombre modesto, ajeno a las modas, que trabajó siempre desde la honestidad, el rigor y la pasión. No buscó el éxito ni el reconocimiento, sino la verdad en su obra. Su compromiso con el arte fue absoluto, incluso en los momentos más difíciles de su vida. Esa fidelidad a su visión lo convirtió en un referente silencioso pero esencial para las generaciones posteriores.

En la actualidad, Julio González es considerado una figura capital en la historia de la escultura del siglo XX. Su capacidad para fusionar la tradición herrera española con las vanguardias internacionales, su dominio técnico del hierro y la soldadura, su concepto revolucionario del espacio y su sensibilidad artística lo sitúan a la altura de los grandes renovadores del arte moderno. Más allá de las etiquetas y los estilos, González es el ejemplo de cómo un artista puede transformar un material común en una forma sublime de pensamiento.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Julio González (1876–1942): El Innovador de la Escultura en Hierro". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/gonzalez-pellicer-julio [consulta: 26 de enero de 2026].