María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel (1752–1834): Condesa Duquesa de Benavente, una aristócrata ilustrada

Contexto histórico y social de su época

En el siglo XVIII, España vivió una época de grandes cambios, influenciada por la Ilustración y las transformaciones sociales y políticas que recorrían toda Europa. La corte madrileña, aunque tradicionalmente anclada en costumbres y estructuras jerárquicas rígidas, comenzaba a sentir el impacto de las nuevas ideas ilustradas. En este contexto, las mujeres aristócratas como María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel se encontraron entre la tradición y la modernidad, ocupando un lugar crucial tanto en la vida cultural como social del país.

A pesar de que en este periodo el rol de la mujer en la nobleza española estaba principalmente relegado a la administración de la casa, el cuidado de los hijos y el cumplimiento de las normas de etiqueta, algunas aristócratas, como María Josefa, destacaron por su interés en las artes, la cultura y el conocimiento. La nobleza española era, en muchos aspectos, un reflejo de la estratificación social, pero también era el motor de la vida intelectual y artística del país. En este mundo, el título nobiliario representaba una de las posesiones más valiosas, y quien ostentaba un gran patrimonio tenía el poder de influir en el rumbo cultural y social de la nación.

Orígenes familiares y herencia del título

María Josefa de la Soledad nació en 1752, hija de Francisco de Borja Pimentel, Conde Duque de Benavente, y María Francisca Téllez Girón. La familia Pimentel pertenecía a la alta nobleza española, con un linaje que podía trazar sus raíces hasta los antiguos reinos medievales de León y Castilla. Su padre, el Conde Duque de Benavente, era uno de los nobles más poderosos de su tiempo, lo que aseguraba a su hija una educación refinada y una vida llena de privilegios.

Sin embargo, la fortuna de María Josefa se vio alterada a los 11 años, cuando su padre falleció inesperadamente en 1763. La temprana muerte de Francisco de Borja Pimentel cambió el curso de la vida de la joven, quien, al no tener hermanos varones, heredó el vasto condado de Benavente, convirtiéndose en la nueva titular de uno de los más grandes y antiguos títulos de la nobleza española. Con tan solo once años, se vio obligada a asumir responsabilidades y a gestionar un patrimonio invaluable.

Este hecho fue significativo no solo porque le otorgaba poder y prestigio, sino también porque hacía de María Josefa una figura importante en la corte madrileña. Su situación también influyó en las decisiones familiares, como la elección de un matrimonio adecuado para consolidar aún más la influencia de la Casa de Benavente.

El matrimonio con Pedro Téllez Girón

María Josefa fue prometida a Pedro Téllez Girón, segundogénito de los duques de Osuna, en un acuerdo que su madre, María Francisca Téllez Girón, consideró prudente. La elección de un «segundón» como esposo, alguien de alto rango pero que no opacara la dignidad de la Casa de Benavente, parecía adecuada desde el punto de vista de la madre, quien buscaba preservar la supremacía de la familia de María Josefa. Sin embargo, el destino se encargó de alterar este plan. En 1771, cuando el matrimonio ya estaba pactado, José María Téllez Girón, el primogénito de los duques de Osuna, murió inesperadamente, y, para sorpresa de todos, Pedro Téllez Girón pasó a ser el heredero de los Osuna. Esto convirtió a María Josefa en duquesa de Osuna, un título que, aunque deseado, la madre consideraba un obstáculo para la superioridad de los Benavente.

La boda, que inicialmente parecía menos trascendente, resultó ser un paso importante en la historia de los Téllez Girón y Benavente. María Josefa se convirtió en duquesa de Osuna, pero siempre usó su nombre de nacimiento en la sociedad, conservando el título de Condesa Duquesa de Benavente. Este hecho refleja tanto la complejidad de las jerarquías nobiliarias como la importancia de la identidad familiar en la aristocracia española.

La vida en la corte de Madrid

Tras su matrimonio, María Josefa se estableció en la Corte de Madrid, donde comenzó a destacarse no solo por su belleza y su posición social, sino también por sus destrezas ecuestres. En un entorno donde las mujeres aristócratas se dedicaban en su mayoría a las labores del hogar o a las actividades de la alta sociedad, María Josefa sorprendió a todos por su valentía y destreza con el caballo. Era conocida como una intrépida amazona que asombraba tanto a hombres como a mujeres, consolidando su lugar en los círculos de la alta nobleza.

Aunque la vida de la aristocracia en la Corte estaba llena de fiestas y eventos sociales, la Condesa Duquesa de Benavente también se enfrentó a la tragedia personal. Tras varios intentos fallidos de embarazo, en 1775 finalmente dio a luz a su primer hijo, José María del Pilar, quien murió a los pocos meses. Este trágico destino se repitió con los siguientes hijos del matrimonio, que también fallecieron a una edad temprana, lo que causó un profundo sufrimiento en María Josefa. Sin embargo, lejos de rendirse ante el dolor, la condesa se volcó en la lectura, buscando consuelo en los libros y la cultura. Su amor por la literatura y la educación marcaría el resto de su vida, convirtiéndola en una figura intelectual y cultural dentro de la nobleza española.

Vida en la Corte de Madrid

La llegada de María Josefa a la Corte madrileña la posicionó no solo como una figura prominente de la nobleza, sino también como una mujer que rompió con muchos de los moldes tradicionales de la época. En un periodo en que las aristócratas se dedicaban a las actividades domésticas o a la asistencia a los eventos cortesanos, la condesa duquesa de Benavente destacó por su inusitada destreza ecuestre. En una sociedad donde la mayoría de las mujeres de su rango se limitaban a las actividades sociales propias de su estatus, María Josefa sorprendió a todos al convertirse en una amazona excepcional. Montaba con tal habilidad que dejó boquiabiertos a los caballeros de la corte, que generalmente tenían más experiencia en el arte de la equitación.

Su destreza con el caballo no fue solo una muestra de valentía y destreza física, sino también un reflejo de su personalidad audaz y decidida. En una época en la que las mujeres de la nobleza española se encontraban confinadas en un mundo de reglas sociales estrictas, la capacidad de María Josefa para desafiar estas expectativas la hizo destacar entre las damas de la corte. Su figura se convirtió en un símbolo de la modernidad y el dinamismo que la Ilustración estaba comenzando a traer a la sociedad española.

La tragedia personal y su pasión por la lectura

Aunque su vida en la Corte estaba marcada por el lujo, el protocolo y las distracciones propias de la aristocracia, las tragedias personales fueron un factor importante en la vida de María Josefa. Su primer hijo, José María del Pilar, nacido en 1775, murió a tan solo un año, lo que constituyó un golpe devastador para la condesa. Esta tragedia fue seguida por la muerte de otros hijos en sus primeros años de vida, lo que sumió a María Josefa en una profunda pena. Su deseo de ser madre y su sufrimiento por la pérdida de sus hijos le dejaron una huella emocional que nunca desapareció.

A pesar del dolor, María Josefa no permitió que la tragedia la apartara de su pasión por la cultura. Lejos de sumirse en el lamento, la condesa comenzó a dedicar una parte importante de su tiempo a la lectura, un refugio para su mente. Su biblioteca personal, alimentada con avides encargos de libros, se convirtió en uno de los lugares más importantes de su hogar. Al notar que faltaban ciertos volúmenes en su colección, no dudaba en encargarlos, buscando siempre expandir su horizonte intelectual. Esta afición por la lectura se convirtió en un pilar fundamental de su vida y una característica definitoria de su carácter.

Mecenazgo y su influencia cultural

La aristocracia española del siglo XVIII se distinguió, en muchos casos, por su protección de las artes y las ciencias, y María Josefa no fue la excepción. Su amor por la cultura fue un motor que impulsó su deseo de mecenazgo. A lo largo de su vida, la condesa duquesa de Benavente no solo se dedicó a proteger y patrocinar a numerosos artistas e intelectuales, sino que también se convirtió en un faro cultural para la Corte madrileña.

Uno de los ejemplos más notables de su mecenazgo fue su relación con el pintor Francisco de Goya y Lucientes, quien fue uno de los artistas más reconocidos de su época. Goya, quien se encontraba en pleno ascenso en la corte de Carlos III, fue uno de los principales pintores encargados de obras para la casa de los duques de Osuna. Entre los encargos más importantes que realizó para la familia fue el retrato de los duques, que fue muy alabado por su naturalismo y técnica innovadora.

Sin embargo, la relación de María Josefa con Goya no se limitó a encargos de pintura, sino que se extendió también a un vínculo de amistad y protección. La condesa apoyaba no solo a los artistas, sino también a escritores e intelectuales, como Tomás de Iriarte, Ramón de la Cruz y Leandro Fernández de Moratín, quienes fueron figuras destacadas en las tertulias culturales que organizaba en su casa de la Cuesta de la Vega. Las reuniones que tenían lugar en su hogar fueron momentos de encuentro entre lo más granado de la sociedad ilustrada española, y fueron clave en la difusión de las ideas de la Ilustración en Madrid.

La construcción de «El Capricho» y su legado arquitectónico

Una de las contribuciones más importantes de María Josefa al patrimonio cultural español fue la creación de su palacio y jardín de recreo, conocido como «El Capricho». Ubicado en las afueras de Madrid, en el barrio de la Alameda de Osuna, este palacio se convirtió en un símbolo de la opulencia y la sofisticación de la aristocracia española. El proyecto comenzó en 1783, cuando María Josefa decidió construir un lugar donde pudiera relajarse y disfrutar de la naturaleza, pero también un espacio que reflejara su amor por las artes y la belleza.

«El Capricho» no solo era un refugio personal para los duques de Osuna, sino también un espacio cultural y social donde se celebraban las fiestas más exclusivas de la corte. El jardín del palacio era un verdadero paraíso, lleno de grutas, estanques y templete, que reflejaban la influencia de los jardines de la época, especialmente los franceses, quienes en ese momento eran el modelo a seguir en cuanto a arquitectura paisajística. La biblioteca de «El Capricho» era famosa por su vasta colección, que incluía tanto libros raros como textos prohibidos. Además, el palacio contaba con una importante pinacoteca que albergaría varias obras de Francisco de Goya, quien también pintó el famoso cuadro titulado «La pradera de San Isidro».

El legado de «El Capricho» no solo radica en su belleza arquitectónica, sino también en el hecho de que fue un lugar donde convergieron las artes, la cultura y la aristocracia. Su influencia perduró en el tiempo, convirtiéndose en un emblema de la nobleza española ilustrada.

El exilio en Viena y la vida en París

En 1798, el Rey Carlos IV nombró a Pedro Téllez Girón, el esposo de María Josefa, embajador en Viena, lo que marcó el comienzo de una nueva etapa en su vida. Esta decisión, que podría haber sido vista como una oportunidad para su esposo, implicó también un largo y arriesgado viaje para toda la familia. El traslado a tierras centroeuropeas no fue sencillo, ya que la familia tuvo que pasar por un París revolucionario, lo que hizo aún más complicado un viaje que ya de por sí era largo y peligroso. Sin embargo, María Josefa, fiel a su marido, decidió acompañarlo a pesar de las dificultades que implicaba este cambio.

El paso por París no solo fue un episodio complicado por las circunstancias políticas, sino que también representó una oportunidad para la condesa duquesa de Benavente para expandir aún más sus horizontes intelectuales. Aprovechó el tiempo en la ciudad para conocer a muchos de los intelectuales franceses de la Revolución, visitar museos y adquirir libros. Fue precisamente durante su estancia en París cuando comenzó a tener acceso a una cantidad de información y de novedades culturales que antes le habrían sido difíciles de obtener.

Entre los autores que descubrió en esta etapa se encontraba Walter Scott, cuya obra introdujo en España gracias a la mediación de sus contactos en París. Además, María Josefa estableció una relación epistolar con Charles Pougens, un intelectual francés y antiguo enciclopedista que, con el tiempo, se convertiría en un gran aliado cultural. Pougens le enviaba periódicamente libros y revistas, como Le Journal des Débats y Le Journal des Modes, que mantenían a la condesa informada sobre las últimas novedades literarias, científicas y artísticas de Europa.

La condesa no solo se interesó por la literatura, sino que también se vio influenciada por las ideas ilustradas que surgieron de la Revolución Francesa. Su contacto con estos nuevos movimientos pensantes, sumado a la relación con autores de la talla de Scott o el descubrimiento de otras obras desconocidas en España, le permitió ampliar sus conocimientos y su visión del mundo. Esta etapa de su vida fue crucial, pues reflejó el compromiso de María Josefa con las ideas de la Ilustración, y su capacidad para absorber y difundir estos conocimientos en el contexto español.

La muerte de su esposo y su vida posterior

El regreso a España en 1800 debido a la enfermedad de Pedro Téllez Girón, el duque de Osuna, marcó el fin de una etapa en la vida de la familia. La condesa no solo tuvo que enfrentarse al sufrimiento de la enfermedad de su esposo, sino que también presenció su muerte en 1807. La viudez fue otro de los golpes personales que María Josefa tuvo que superar, pero, al igual que con la muerte de sus hijos, la condesa no permitió que el dolor la sumiera en la desesperación. En lugar de eso, continuó con su labor de mecenazgo, protegiendo a los artistas y escritores que tanto admiraba.

A lo largo de los años, la condesa duquesa se dedicó a la crianza y educación de sus cinco hijos, asegurándose de que la Casa de Osuna, y en particular el legado de los Benavente, permaneciera intacto. Su relación con sus hijos fue siempre cercana, y, a diferencia de muchas aristócratas de la época, María Josefa no delegó su educación en otras personas, sino que se dedicó personalmente a su crianza. Esta dedicación, que contrastaba con la práctica común entre las familias de la alta nobleza, fue una manifestación más de su carácter excepcional.

El fallecimiento de Francisco de Borja, su hijo mayor y heredero, en 1810, fue otro de los duros momentos de su vida. La condesa tuvo que asumir la responsabilidad de criar a sus otros hijos, una tarea que afrontó con la misma determinación con la que había llevado a cabo todas las dificultades anteriores. Aunque ya había sobrevivido a la muerte de su marido, esta nueva pérdida añadió más sufrimiento a su vida.

El impacto de su legado

A pesar de todas las dificultades personales y de las tragedias que marcaron su vida, María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel dejó una huella profunda en la cultura española. No solo fue una mujer que vivió rodeada de lujo y privilegios, sino que también se dedicó con pasión a promover las artes, la literatura y la ciencia, haciendo uso de su influencia para patrocinar a muchos de los más grandes pensadores y artistas de su tiempo.

Su palacio de «El Capricho» y su biblioteca personal fueron ejemplos de su amor por la cultura. Gracias a su mecenazgo, figuras como Francisco de Goya, Tomás de Iriarte, Leandro Fernández de Moratín, Ramón de la Cruz y otros escritores e intelectuales gozaron de su apoyo y protección. En sus tertulias se discutían las ideas más avanzadas de la Ilustración, y la condesa contribuyó a difundir muchas de las corrientes culturales y filosóficas que marcaron el siglo XVIII.

Aunque su vida estuvo marcada por las tragedias personales, María Josefa dejó un legado de apoyo y protección a las artes que perduró mucho después de su muerte. Su visión cultural no solo enriqueció su círculo cercano, sino que tuvo una influencia duradera en el pensamiento y las artes españolas. De hecho, su contribución a la cultura española fue tan relevante que, aún después de su muerte en 1834, la condesa duquesa de Benavente continuó siendo un modelo de mecenas y una figura central de la nobleza ilustrada.

Conclusión

La vida de María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel estuvo marcada por desafíos personales y familiares, pero también por un profundo compromiso con la cultura y el arte. Desde su infancia marcada por la herencia de un título nobiliario imponente hasta su dedicación al mecenazgo en la corte de Madrid, la condesa duquesa de Benavente supo labrarse un destino que trascendió su tiempo.

A través de su amor por el conocimiento, su apoyo a los intelectuales y su creación de espacios culturales como «El Capricho», María Josefa dejó una huella indeleble en la historia cultural de España. Su figura se mantiene viva hoy no solo como una noble de gran estirpe, sino como una mujer que, en medio de la tradición, abrazó el espíritu ilustrado de su tiempo y lo llevó a su máxima expresión.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel (1752–1834): Condesa Duquesa de Benavente, una aristócrata ilustrada". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/alonso-pimentel-maria-josefa-de-la-soledad [consulta: 18 de febrero de 2026].