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LiteraturaBiografía

Terán, Ana Enriqueta (1918-VVVV).

Poetisa y diplomática venezolana, nacida en Valera (en el estado de Trujillo) en 1918. Autora de una breve pero deslumbrante producción poética que parte de la imitación de los grandes modelos de la tradición clásica hispana para acabar adquiriendo una voz íntima y serena que celebra los gozos cotidianos de lo personal y familiar, está considerada como una de las poetisas más relevantes de la lírica hispanoamericana del siglo XX.

Vida

Nacida en seno de una familia acomodada -su padre era el rico hacendado Manuel Terán Labastida, poseedor de una vasta hacienda en la que se cultivaba y procesaba la caña de azúcar-, recibió desde niña una esmerada formación humanística acorde con la grandeza de sus antepasados, casi todos ellos presentes en los grandes hitos civiles y culturales de la nación venezolana. La herencia literaria le llegó directamente de su abuelo materno, M. M. Carrasquero, que había sido un reputado hombre de Letras en la segunda mitad del siglo XIX; fruto de este legado, la futura poetisa escuchó en su casa desde su temprana infancia los versos más celebrados de los autores clásicos españoles del Siglo de Oro, aprendizaje que pronto habría de dejar una huella imborrable en la orientación temática y formal de sus primeros volúmenes poéticos.

Los vaivenes políticos provocados por la dictadura militar de Juan Vicente Gómez dieron pie al traslado de la familia Terán a una casa sita en Puerto Cabello, a orillas del Caribe venezolano, donde la visión constante del mar pronto se unió a los recuerdos del campo que conservaba la pequeña Ana Enriqueta, entretejiendo así un fecundo tapiz de elementos naturales que también habría de aflorar en su posterior producción literaria.

No fue, empero, una autora precoz, ya que su primer volumen de versos -publicado bajo el bellísimo título de Al norte de la sangre (1946)- no vio la luz hasta mediados de la década de los cuarenta, cuando la escritora de Valera ya estaba próxima a cumplir los treinta años de edad. En el transcurso de aquel mismo año, Ana Enriqueta Terán, siguiendo la tradición marcada por los próceres de su familia, fue nombrada agregada cultural de su país en la embajada de Uruguay, de donde pasó, pocos años después, a la delegación diplomática de Venezuela en la Argentina del general Perón. Al tiempo que desplegaba esta intensa labor cívica al servicio de su nación, la poetisa venezolana siguió desplegando una brillante producción lírica que, anclada todavía en los modelos del Renacimiento y el Barroco español, quedó plasmada en tres poemarios publicados antes de la conclusión de la dicha década de los cuarenta.

En 1952, Ana Enriqueta Terán renunció a sus labores diplomáticas y emprendió un largo viaje de ampliación de horizontes vitales y culturales por Europa. Afincada en París por espacio de dos años, tuvo ocasión de establecer estrechos contactos con las principales figuras del arte, la literatura y el pensamiento que, a la sazón, residían en la capital francesa, especialmente con algunos genios de las artes pictóricas (como el español Pablo Picasso y el pintor surrealista cubano Wifredo Lam). Rodeada de estos grandes creadores vanguardistas, la escritora venezolana ensanchó, en efecto, sus criterios estéticos y comenzó a cultivar el verso libre, molde formal que, sin renunciar por ello a las formas estróficas tradicionales que había venido utilizando hasta entonces, volcó con singular acierto en sus poemarios posteriores.

De regreso a su país natal, se estableció en Valencia (capital del estado de Carabobo) y conoció allí a quien habría de convertirse pronto en su esposo, el ingeniero español -natural del País Vasco- José María Beotegui, cuya formación universitaria se había desarrollado en el Virginia Polytechnic Institute de los Estados Unidos de América. Por exigencias profesionales de su marido, Ana Enriqueta Terán abandonó su cómoda residencia en las afueras de Valencia y se mudó a una pequeña casa costera, aislada frente al mar que baña las costas del Parque Nacional de Morrocoy (en el estado norteó de Falcón). Este traslado aparentemente eventual, fijado en principio para ocho meses, se prolongó por espacio de ocho años, en los que la autora de Valera tuvo ocasión de enriquecer su ya sólida producción poética con nuevos temas y motivos procedentes del bello entorno natural que le rodeaba (la soledad frente al mar, las luminosas islas coralinas, las recias masas boscosas de los manglares, el trasiego de humildes pescadores y contrabandistas costeros, etc.).

Durante aquella larga estancia en Morrocoy tuvo lugar el nacimiento de Rosa Francisca, la única hija que tuvo la escritora, quien asumió personalmente su educación y se trasladó de nuevo a Valencia para procurar mayores atenciones a su pequeña. De allí pasó a Caracas, en donde residió durante un breve período antes de asentarse en Isla Margarita hasta que, ya jubilado su esposo, se afincó en el pequeño pueblo andino de Jajó, sito en su estado natal de Trujillo. El matrimonio formado por Ana Enriqueta y José María permaneció durante algunos años en esa bella localidad montañosa, hasta que, dada la avanzada edad de ambos, se trasladó por prescripción facultativa a la ciudad de Trujillo (capital del estado homónimo). Ya por aquel entonces la poetisa de Valera gozaba del reconocimiento unánime del mundo de las Letras, plasmada en múltiples honores y distinciones tan relevantes dentro del panorama cultural venezolano como su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Carabobo (1988), o su designación como candidata al Premio Nacional de Literatura, que finalmente recayó en su persona en 1988.

En 1990, uno de los sellos editoriales caraqueños de mayor prestigio (Monte Ávila Editores) decidió publicar, en homenaje a la poetisa de Valera, la totalidad de la poesía que Ana Enriqueta Terán había escrito hasta entonces, que vio la luz bajo el título de Casa de hablas. (Obra poética 1946-1989) (Caracas: Monte Ávila, 1991). Ya a finales de la última década del siglo XX, con motivo de la celebración de los ochenta años cumplidos por la escritora (1998), las autoridades culturales del gobierno venezolano decretaron la conversión en Museo y Casa de Cultura de la residencia que Ana Enriqueta Terán había ocupado durante varios años en Jajó. Por su parte, los dirigentes municipales de su ciudad natal acordaron bautizar un teatro y una sala de conciertos con el nombre de la poetisa.

Obra

Atendiendo a criterios meramente formales (fundamentalmente, a los registros métricos predominantes en sus poemarios), la producción lírica de Ana Enriqueta Terán puede dividirse en dos etapas cronológicas bien diferenciadas entre sí. La primera de ellas, caracterizada por el tributo de la poetisa de Valera a las formas clásicas -particularmente, al soneto, en el que puede afirmarse que es una especialista consumada- y los grandes poetas del Siglo de Oro español -como Garcilaso de la Vega y Góngora-, comprende sus tres primeras colecciones de versos, publicadas bajo los títulos de Al norte de la sangre (Caracas: Ediciones Suma, 1946), Verdor secreto (Montevideo: Cuadernos Julio Herrera y Reissig, 1949) y Presencia terrena (Montevideo: Alfar, 1949). La segunda fase de su producción poética, marcada profundamente por el descubrimiento del verso libre durante su estancia en París, engloba otra colecciones de poemas de tan elevada altura lírica como De bosque a bosque (Caracas: Editorial Arte [Ediciones del Presidencia de la República], 1970), Libro de los oficios (Caracas: Monte Ávila, 1975), Música con pie de salmo (Mérida [Venezuela]: Ediciones Actual/Universidad de Los Andes, 1985), Casa de hablas (Caracas: Monte Ávila, 1991), Albatros (1992) y Construcciones sobre basamentos de la niebla (1998).

Primera etapa poética

Las composiciones de temática amorosa marcan la línea argumental de Al norte de la sangre (1946), opera prima de Ana Enriqueta Terán que sorprendió gratamente a críticos y lectores por la rigurosa perfección formal de sus sonetos y el ventajoso aprovechamiento del mejor legado de la tradición clásica española. Pero la pasión amorosa reflejada en estos versos primerizos de la entonces joven poetisa venezolana no discurre por senderos serenos y melifluos; antes bien, la cruda austeridad de sus bien medidos endecasílabos rehuye cualquier circunloquio retórico para expresar sin rodeos la tiranía del sentimiento amoroso ("Son mis rodillas y mi piel presente / y este brazo de mar, esta agonía / de sal y llanto fiel que desafía / erguidos lodos, pálida simiente").

Los motivos en los que se centra esta indagación amorosa son unas veces de orden espacial (la casa y el cuerpo) y otras veces de carácter temporal (la memoria convertida en venero de argumentos literarios); pero siempre están implicados en un entorno natural que, bellamente descrito por la autora, presenta la Naturaleza como un ámbito inseparablemente unido a su propia existencia. Late, asimismo, en este primer poemario de Ana Enriqueta Terán un brioso aliento espiritual que la empuja hasta los hondones religiosos y místicos del alma, de tal manera que esa contemplación constante de los espacios naturales busca más su interpretación mistérica que la mera exaltación gozosa de los bellos paisajes que rodean a la escritora.

Esta profunda búsqueda de los misterios insondables de la tierra reaparece -si cabe, con mayor vigor poético- en Verdor secreto (1949), poemario que se abre con un extenso canto al árbol para dejar bien patente -dentro de la particular "teología de lo natural" que dominaba por aquel entonces la espiritualidad de la autora- la bondad y limpieza de la Naturaleza, frente a la compleja maldad de los efectos de la invención humana, tan ocupada siempre en crear máquinas encaminadas al daño y la destrucción. La soledad, la pureza y el recogimiento del reino vegetal se oponen así al penoso ejemplo de locura colectiva que acababan de ofrecer las sociedades industriales de la década de los cuarenta (con el auge imparable del fascismo y la conflagración bélica internacional tristemente presentes en todas las memorias), en un intento por parte de Ana Enriqueta Terán de mostrar que la sencillez del hombre de la calle, fortalecida por su soledad, puede enfrentarse -desde ese ejemplo de simpleza y tenacidad que brinda el árbol- a la maldad de la vida moderna. Idéntica visión de esa "frágil fortaleza" del ser humano triunfa en los poemas de Presencia de la tierra (1949), bien es verdad que ahora teñida por oscuros presentimientos de la muerte que acentúan la debilidad de las criaturas; pero se trata de una muerte que, por proceder directamente del propio curso natural de la creación, fortalece el deseo de vivir en la autora y garantiza el ejercicio pleno de su libre albedrío ("Existo por mi muerte, para mi muerte y amo / libremente mi vida, libremente mi muerte").

Segunda etapa poética

De 1952 data la primera redacción de algunos de los poemas de un volumen que, en su edición definitiva, no habría de pasar por la imprenta hasta más de tres décadas después. Se trata de Música con pie de salmo (1985), obra en la que Ana Enriqueta Terán abandonó por vez primera los moldes estróficos clásicos para iniciarse en el cultivo del verso libre, surgido de su pluma con una marcada musicalidad que anula la menor añoranza del metro y de la rima. "La métrica, que para otros puede ser prisión, en mí ha sido libertad, alegría y sustentación”, había llegado a declarar, con inusitada independencia estética frente a las corrientes dominantes en su tiempo, la audaz poetisa de Valera; pero, a raíz de su deslumbrante descubrimiento de los epígonos de la Vanguardia durante su estancia en París, Ana Enriqueta Terán sintió la necesidad de hallar nuevos cauces expresivos que pudieran dar cabida a sus nuevas inquietudes vitales, en las que el interés por los asuntos domésticos de la vida cotidiana rebasa su anterior predilección por la Naturaleza mitificada. Se mantiene, empero, en este poemario de tan prolongada gestación la substancial fijación de Ana Enriqueta Terán en el hombre sencillo; pero su aliento lírico busca ahora argumentos, antes que en el paisaje natural, en el entorno hogareño, y sus composiciones adoptan un tono íntimo y familiar, sereno en su equilibrada exaltación de la vida doméstica.

Idénticas claves formales y temáticas pueden rastrearse en De bosque a bosque (1970) y Libro de los oficios (1975), dos colecciones de versos publicadas antes que la edición definitiva de Música con pie de salmo (1985), pero escritas con posterioridad a la redacción de las primeras composiciones que conforman esta última obra. La temática hogareña se adensa y depura aún más en Libro de los oficios, tal vez la pieza maestra de Ana Enriqueta Terán, en la que una voz femenina que goza con los objetos cotidianos del utillaje doméstico alterna con la propia voz parlante de la casa, presentada ahora como un espacio poético en el que resuenan los ecos de las cosas que conforman su vivir rutinario (la mesa servida, los manteles, los cubiertos, etc.). Pero la crudeza objetiva de la voz lírica de la autora no pierde un ápice de coraje y decisión, plasmados a veces en expresiones coloquiales directamente tomadas de los registros malsonantes del lenguaje coloquial, como fácilmente puede apreciarse en estos versos: "La poetisa recoge hierba de entretiempo; / pan viejo, ceniza especial de cuchillo; / hierbas para el suceso y las iniciaciones. / Le gusta acaso la herencia que asumen los fuertes, / el grupo estudioso, libre de mano y cerrado de corazón. / Quién, él o ella, juramentados, destinados al futuro. / Hijos de perra clamando tan dulcemente por el verbo, / implorando cómo llegar a la santa a su lenguaje de neblina. / Anoche hubo piedras en la espalda de una nación; / carbón mucho frotado en mejillas de aldea lejana. / Pero después dieron las gracias, juntaron, desmintieron, / retiraron junio y julio para el hambre. Que hubiese hambre. / La niña buena cuenta hasta cien y se retira. / La niña mala cuenta hasta cien y se retira. / La poetisa cuenta hasta cien y se retira".

La crítica especializada ha señalado la influencia de Hölderlin en lo tocante a ese anhelo de alcanzar una cima de plenitud poética que, en los versos de la escritora venezolana, identifica la pureza de la poesía y de la vida con la sencillez de las cosas reales e inmediatas. Por eso en esa suma de obra que es Casa de hablas Ana Enriqueta Terán ofrece al lector su constante diálogo no con el mundo vacuo y abstracto de los metafísicos, sino con la realidad concreta que rodea al hombre sencillo; porque hasta en las formas y los usos más rutinarios se esconde un venero de misterios puros y revelaciones simples que la palabra poética puede descubrir y descifrar.

Estos misterios últimos a los que siempre ha aspirado la creación lírica de la autora venezolana parecen cambiar de ubicación en una de sus últimas entregas poéticas, presentada bajo el elocuente título de Albatros (1992). Ahora, en efecto, la imagen del ave que remonta su vuelo desde el mar hasta las más elevadas alturas pretende situar los misterios en el cielo, metáfora de un espacio que la fuerza del deseo intuye, pero no alcanza a vislumbrar. E igual de nebulosos e imprecisos son los dominios que recorre su última colección de poemas, como queda patente en el que a continuación se copia: "Cómo lucir con nieblas en perfumado entrecejo. / Cómo desangrar gestos hasta quedarse blanca, / lucir despacio. / Hacer del arca suave manejo de aguas. / Andar leve de hembra para no ofender pisos, / ni quietud de reflejo en brillantez pura. No ofender. / No congraciarse con quien exige reverencias. / Esconderse en única palabra que yo misma ignoro" ("Lucir despacio", de Construcciones sobre basamentos de la niebla [1998]).

Bibliografía

  • ANDRADE, J. de. Notas sobre la poesía de Ana Enriqueta Terán (Valera [Venezuela]: Ediciones del Concejo Municipal, 1969).

  • BRAVO, Víctor A. "Terán, Ana Enriqueta", en MEDINA, José Ramón [dir.]: Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (DELAL) (Caracas: Biblioteca Ayacucho/Monte Ávila Editores Latinoamericana: 1995), vol. III, págs. 4656-4657.

  • IBARBOUROU, J. de. "Ana Enriqueta Terán", en Revista Nacional de Cultura (Caracas), nº 72 (1949), págs. 91-92.

  • LISCANO, J. Panorama de la literatura venezolana actual (Caracas: Publicaciones Españolas, 1973), págs. 222-225.

  • PASTORI, L. Los poetas de 1942. (Antología) (Caracas: Monte Ávila Editores, 1988).

  • Poesía (Universidad de Carabobo), nº 79 (1988) [Monográfico especial dedicado a Ana Enriqueta Terán].

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.