Hernando de Aragón (1498–1575): El Arzobispo Reformista que Tejió Fe y Poder en el Reino de Aragón
El entorno político y espiritual de finales del siglo XV
La Corona de Aragón bajo Fernando el Católico
A finales del siglo XV, el escenario político de la Península Ibérica se transformaba con rapidez. La unión dinástica entre los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, consolidó una nueva era para la monarquía hispánica. En Aragón, las tensiones entre los fueros tradicionales y el creciente centralismo monárquico marcaban un terreno de difícil equilibrio entre las instituciones locales y la autoridad real. La figura del monarca aragonés adquirió un carácter reformista, especialmente en lo relativo a la Iglesia, donde los prelados no sólo eran autoridades espirituales, sino también piezas fundamentales de la estructura política.
Este contexto es esencial para entender la vida y trayectoria de Hernando de Aragón, un personaje que encarnó con singularidad la confluencia entre espiritualidad reformadora y compromiso político. Nacido en una época de transición, su vida reflejaría los ideales del humanismo cristiano renacentista, sin perder de vista las complejidades de una nobleza eclesiástica inmersa en el poder.
La tensión entre nobleza, monarquía y clero en la transición al siglo XVI
Durante los primeros años del siglo XVI, el equilibrio entre nobleza, corona y estamentos eclesiásticos se vio alterado por las aspiraciones centralizadoras de la monarquía hispánica. La Corona de Aragón, más plural y foral que Castilla, ofrecía un terreno fértil para el choque de intereses. En este panorama, el papel de los arzobispos —especialmente el de Zaragoza, centro espiritual del Reino— era decisivo.
El caso de Alonso de Aragón, padre de Hernando, es ilustrativo: hombre poderoso, arzobispo de Zaragoza y virrey de Aragón, supo compaginar con astucia su rol clerical con la autoridad política. Esa doble naturaleza del poder eclesiástico marcaría la infancia y juventud de Hernando, que desde muy temprano fue formado para ocupar un lugar de privilegio dentro de este sistema dual de poder.
Ascendencia real y formación cortesana
Hernando de Aragón, nieto de Fernando el Católico
Hernando de Aragón nació en Zaragoza en 1498, hijo ilegítimo de Alonso de Aragón y, por tanto, nieto directo del Rey Fernando el Católico. Su linaje lo colocaba en una posición excepcional dentro de la nobleza aragonesa. Aunque no nació en el seno de un matrimonio legítimo, su ascendencia real fue plenamente reconocida, y el cariño personal del rey abuelo fue un factor clave en su formación.
Criado en la corte aragonesa, Hernando se benefició de un entorno cultivado, caballeresco y profundamente religioso. Desde niño se distinguió por su inteligencia, su afán de estudio y su habilidad como jinete. En 1506, con apenas ocho años, fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava, como parte de una estrategia para asegurarse el acceso futuro a dignidades importantes dentro de las órdenes militares hispánicas, especialmente la de Montesa.
Influencias tempranas: nobleza, religión y la orden de Calatrava
La educación cortesana de Hernando estuvo impregnada de valores caballerescos, religiosos y humanistas. Si bien su destino parecía encaminarse hacia una carrera militar dentro de las órdenes religiosas armadas, su vida tomaría un giro inesperado. El acceso al papado de León X en 1513 reforzó sus aspiraciones eclesiásticas, y la Santa Sede le dio su aprobación para aspirar a la encomienda mayor de Montesa, en caso de que falleciera el entonces comendador, Bernat Despuig.
En 1518, ya fallecido su abuelo Fernando, Hernando obtuvo las encomiendas de Alcañiz y Caracuel, consolidando su posición en el entorno militar y político de la época. Su carrera parecía encaminarse al esplendor mundano, hasta que una decisión radical cambió para siempre su destino.
De la caballería al claustro
Abandono del proyecto militar
Contra toda expectativa, en 1521 Hernando de Aragón decidió abandonar la vida mundana y consagrarse por completo a Dios. Renunció a sus encomiendas y a sus ambiciones militares, distribuyó sus bienes entre familiares y criados, y se retiró al monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Piedra, en Zaragoza. Allí fue admitido como novicio el 25 de octubre de 1523, iniciando una vida monástica profundamente austera y dedicada.
Este giro vital no obedeció a ninguna maniobra política ni obligación dinástica. Por el contrario, su decisión fue tomada de forma voluntaria y sincera, reflejando una conversión religiosa auténtica. Apenas unos meses después, el 27 de enero de 1524, fue ordenado sacerdote, iniciando una etapa de recogimiento y estudio.
Vida monástica en Piedra y conversión auténtica
Durante los siguientes años, Hernando vivió como un monje más. Se integró plenamente en la vida del cenobio, participando en las tareas comunes, respetando la regla cisterciense con celo y dedicando largas horas a la lectura y la meditación. Su estancia en Piedra lo marcó profundamente y constituyó la base espiritual que guiaría sus futuras reformas.
La biblioteca del monasterio, una de las más ricas de Aragón en ese momento, fue para él un verdadero santuario del saber. Allí, entre textos de teología, historia y filosofía cristiana, el futuro arzobispo forjó una visión del mundo en la que la espiritualidad debía estar unida a la cultura, el orden y la justicia.
Primeros pasos en la vida eclesiástica y su consagración sacerdotal
Aunque muchos religiosos abandonaban el hábito monacal al ascender en dignidad, Hernando de Aragón jamás dejó de vestir el austero hábito cisterciense. Esta elección, simbólicamente poderosa, reforzó su imagen de hombre piadoso y sencillo, incluso cuando ocupó los cargos más altos de la Iglesia aragonesa.
Durante sus años en el monasterio, Hernando desarrolló una sensibilidad especial por las estructuras eclesiásticas, la liturgia y la gestión disciplinaria. Estos intereses serían determinantes para su posterior labor como reformador. A diferencia de otros eclesiásticos provenientes de la nobleza, su vocación era genuina, y eso lo distinguía en un siglo en el que muchos prelados eran simples administradores de rentas.
El reformador del alma aragonesa
Abad de Veruela y ascenso al arzobispado
La trayectoria espiritual y monástica de Hernando de Aragón dio un giro decisivo en 1535, cuando fue llamado por su primo, el emperador Carlos V, para asumir la abadía del monasterio de Veruela, uno de los centros cistercienses más relevantes de la Corona de Aragón. El 23 de febrero de ese año tomó posesión del cargo, y durante los cuatro años siguientes, transformó Veruela en un núcleo floreciente de espiritualidad, arte y gestión ejemplar.
Durante su abadiato, forjó una estrecha amistad con Lope Marco, su sucesor en la dirección del monasterio, y juntos promovieron importantes obras arquitectónicas y de restauración. Además, Hernando fue elegido diputado del brazo eclesiástico para las Cortes Generales del reino, aunque su inclinación natural era evitar los asuntos políticos. No obstante, su rigor moral y solvencia administrativa llamaron poderosamente la atención de las autoridades eclesiásticas y del propio emperador.
En 1536, fue nombrado visitador general de la Orden del Císter en la Corona de Aragón y el Reino de Navarra por el abad de Cîteaux, Guillaume VII Fauconnier, lo que consolidó su posición como reformador eclesiástico. En diciembre de ese año, presidió el Capítulo Provincial celebrado en Zaragoza, reafirmando su autoridad en la vida religiosa aragonesa.
Nombramiento como arzobispo y recepción en Zaragoza
En reconocimiento a su capacidad, Carlos V recomendó a Hernando para ocupar la sede arzobispal de Zaragoza, una de las más influyentes del reino, vacante tras la salida de Fadrique de Portugal. La proposición fue aceptada por el papa Paulo III el 21 de mayo de 1539, y Hernando tomó posesión el 16 de julio del mismo año. La ceremonia de consagración tuvo lugar en su amado monasterio de Veruela, siendo oficiada por el obispo de Túnez, Pedro Butrón.
El nuevo arzobispo fue recibido con entusiasmo en Zaragoza. Tras años de desgobierno y absentismo episcopal, los zaragozanos vieron en Hernando un líder espiritual genuino, nacido en su tierra, profundamente respetado y dotado de una vocación religiosa incuestionable. El 10 de noviembre recibió el palio arzobispal de manos del obispo de Huesca, Martín de Gurrea, consolidando su autoridad.
Este nombramiento no solo restableció el vínculo entre la sede zaragozana y la Corona, sino que también supuso el inicio de una de las etapas más fructíferas en la historia religiosa y cultural del Reino de Aragón.
La obra reformista del arzobispo
Aplicación del Concilio de Trento en Aragón
Desde su llegada al arzobispado, Hernando de Aragón se propuso renovar profundamente la vida eclesiástica, inspirándose en los principios del Concilio de Trento, cuyas sesiones se desarrollaban paralelamente en Europa. Su programa de reforma espiritual implicaba una vigilancia estricta sobre la moral del clero, el fortalecimiento del papel pastoral y un contacto directo y frecuente con párrocos, vicarios y abades.
No se trataba de imponer castigos sino de inspirar una vida más virtuosa y devota. A través de visitas pastorales, sinodales y encuentros periódicos, instauró una disciplina que devolvió el prestigio y la vitalidad al clero aragonés. Su ejemplo personal de austeridad reforzaba la autoridad de sus acciones.
Infraestructura, arte y patrimonio religioso
Uno de los legados más visibles de su gobierno fue la profunda transformación de las infraestructuras eclesiásticas. En la Seo de Zaragoza, impulsó la construcción de dos claustros, nuevas oficinas administrativas y mejoras arquitectónicas que dotaron al templo de un carácter más funcional y espiritual.
También promovió la edificación de los monasterios cistercienses de Santa Lucía y San Lamberto, así como mejoras sustanciales en el Palacio Arzobispal y en el Hospital General de la ciudad. Su proyecto más ambicioso fue la restauración de la cartuja de Nuestra Señora de Aula Dei, a la que destinó más de doscientos mil escudos, una suma colosal que revela su compromiso con la renovación espiritual a través del arte sacro.
Educación y revitalización de la Universidad de Zaragoza
Uno de los ámbitos donde su labor reformista fue más profunda fue el educativo. La Universidad de Zaragoza, fundada en 1474, se hallaba en estado de decadencia. Hernando impulsó su revitalización exigiendo que todas las iglesias de su diócesis ofrecieran educación elemental, lo que creó una base sólida de formación que atrajo a estudiantes de todo el reino.
En colaboración con Pedro Cerbuna, prior de la universidad, atrajo a figuras destacadas como Gaspar de Lax y Domingo Pérez, quienes elevaron el nivel académico de la institución. Hernando entendía la educación como un camino indispensable para la reforma de la Iglesia y de la sociedad, y sus esfuerzos convirtieron a Zaragoza en un referente educativo en el noreste peninsular.
Además, su pasión por la historia lo llevó a nombrar en 1548 al erudito Jerónimo Zurita como cronista del Reino de Aragón, cargo desde el cual se iniciaría la monumental obra de los Anales de Aragón, cuya primera parte fue corregida y censurada por el propio Hernando antes de su publicación.
Política eclesiástica y defensa del fuero
Participación en Cortes y justicia frente al poder real
Como arzobispo, Hernando no pudo escapar del escenario político. Participó activamente en las Cortes aragonesas, siendo el encargado de replicar los discursos reales en sesiones tan relevantes como las de 1542, cuando se juró como heredero a Felipe II, y también en 1547, 1552 y 1563. A pesar de su aversión a la política, comprendía que la voz de la Iglesia debía escucharse en los debates sobre fueros, justicia y gobierno.
Su participación en los tribunales del reino fue constante, especialmente en casos de abuso de autoridad por parte de oficiales regios. Esta firme defensa de los privilegios y derechos forales lo convirtió en una figura respetada no solo por el clero, sino por amplios sectores de la sociedad aragonesa.
Relaciones con Felipe II y tensiones jurisdiccionales
Durante el reinado de Felipe II, Hernando se convirtió en una figura crucial en los difíciles equilibrios de poder entre la monarquía, la Inquisición y las instituciones aragonesas. Su papel como defensor del autogobierno aragonés lo puso, en ocasiones, en tensión con las aspiraciones centralistas del rey. Sin embargo, nunca rompió con la corona, y procuró siempre mediar con prudencia, buscando soluciones basadas en el derecho y el entendimiento.
Elegido nuevamente diputado del brazo eclesiástico en 1542 y 1564, reafirmó su compromiso con la defensa del orden tradicional aragonés, mientras intentaba aplicar los ideales renovadores del Concilio de Trento. Esta combinación de conservadurismo foral y reformismo espiritual definió su episcopado como una de las épocas más equilibradas y fecundas de la diócesis zaragozana.
Gobernar como virrey: un prelado en la encrucijada política
Nombramiento por Felipe II y conflictos internos
En el año 1566, cuando contaba con 68 años, Felipe II propuso a Hernando de Aragón como virrey del Reino de Aragón, en sustitución del conde de Mélito, cuyo gobierno autoritario y desatento a los fueros locales había desatado una fuerte oposición. Aunque no era una función que Hernando deseara, aceptó por lealtad a la Corona y por el deseo de preservar el delicado equilibrio entre el poder real y las instituciones aragonesas.
Su nombramiento fue bien recibido por los aragoneses, ya que representaba una figura legítima, respetada y profundamente conocedora del derecho foral. No obstante, su avanzada edad y la acumulación de responsabilidades eclesiásticas limitaron en parte su capacidad de intervención. La situación política era ya de por sí tensa, con crecientes fricciones entre las cortes del reino, la Inquisición y la monarquía.
Rebelión de Teruel y crisis morisca de 1569
Uno de los episodios más complejos de su virreinato fue la rebelión en la ciudad de Teruel, provocada por la actuación represiva del capitán Matías Moncayo, quien desobedeció las instrucciones del virrey e impuso castigos severos contra sectores insurrectos. Hernando, fiel a su carácter moderador, intentó frenar la represión, pero la situación derivó en una espiral de protestas que reflejaban el grado de deterioro del orden político.
Poco después, en 1569, la revuelta de los moriscos en las Alpujarras generó temor de una insurrección generalizada en Aragón. Felipe II y la Inquisición ordenaron el desarme de todos los moriscos, pero Hernando de Aragón, fiel defensor de los fueros, advirtió que esa decisión no podía imponerse sin el consentimiento de los señores jurisdiccionales. Propuso una solución intermedia: que fueran los propios señores quienes vigilaran a sus vasallos moriscos. Su intervención fue decisiva para evitar un estallido mayor en tierras aragonesas.
Este episodio reflejó su compromiso con la legalidad foral, su capacidad de mediación y su sensibilidad pastoral, incluso en temas tan cargados de conflicto como la convivencia interreligiosa en la España postreconquista.
Últimos años, muerte y memoria contemporánea
Retiro y fallecimiento en Zaragoza
Tras estos años de agitación política, Hernando de Aragón se retiró a su Palacio Arzobispal, donde pasó sus últimos años centrado en sus deberes religiosos. Aunque nunca abandonó del todo la vida pública, su salud y edad le obligaron a un relativo aislamiento. Falleció el 29 de enero de 1575, a los 77 años, tras más de tres décadas al frente de la diócesis de Zaragoza.
Cumpliendo con su voluntad, fue enterrado en la capilla de San Bernardo, en la Seo zaragozana, bajo un sepulcro financiado por él mismo. Su elección no fue casual: San Bernardo era el fundador de la orden cisterciense, a la que Hernando se mantuvo fiel toda su vida, incluso en los momentos de mayor esplendor.
Elogios literarios y visión de sus contemporáneos
El impacto de Hernando de Aragón en su época fue enorme. Escritores como Diego de Espés, en su Historia de los arzobispos de Zaragoza, y Bartolomé Leonardo de Argensola, en sus Alteraciones populares de Zaragoza, lo retrataron como un modelo de prelado virtuoso, reformador y humano. Su figura fue celebrada tanto por sus coetáneos como por generaciones posteriores, que vieron en él un ideal de equilibrio entre espiritualidad y administración.
La cifra de más de seiscientos mil escudos destinados a limosnas, obras de caridad y beneficencia a lo largo de su vida es prueba concreta del alcance de su generosidad y compromiso social. En una época donde muchos prelados acumulaban riquezas, Hernando sobresalió por utilizar sus recursos en beneficio del bien común.
Hernando de Aragón como historiador y humanista
Producción escrita: historia, teología y genealogía
El interés de Hernando de Aragón por la historia no se limitó a su apoyo a cronistas como Zurita, sino que él mismo fue autor de varias obras historiográficas de gran valor. La más importante es la Historia de los Serenísimos Reyes de Aragón, una recopilación de biografías reales desde los inicios de la monarquía hasta Felipe II. Aunque se basó en fuentes ajenas, especialmente en los materiales de Zurita, la obra posee un notable valor documental.
De forma más original, Hernando elaboró el Catálogo de los obispos y arzobispos de Çaragoça desde el año de 225 hasta el de 1575, una fuente capital para cualquier estudio sobre la diócesis zaragozana. Otras obras notables incluyen las Historias y catálogos de dignidades seglares y eclesiásticas de Aragón, un Nobiliario de las casas principales de España y un Catálogo de Antigüedades de Zaragoza, este último pensado como herramienta para preservar la memoria material de la ciudad.
Su epistolario privado, en correspondencia con figuras como Alonso de Santa Cruz y los censores de Zurita, constituye también una fuente riquísima para entender los entresijos del pensamiento tridentino y el papel del humanismo cristiano en el siglo XVI.
Su contribución a la memoria cultural de Aragón
Más allá de su obra escrita, Hernando de Aragón actuó como mecenas, protector de las letras y defensor del patrimonio histórico. Su visión integradora del saber lo llevó a fomentar tanto la investigación como la conservación. Impulsó la creación de archivos, la copia de códices antiguos y la formación de bibliotecas en instituciones eclesiásticas.
Gracias a su impulso, Aragón no solo vivió una reforma religiosa conforme a los estándares del Concilio de Trento, sino también una floración cultural, artística y académica que dejó huella duradera. Su figura puede ser considerada como uno de los grandes humanistas aragoneses, comparables a los prelados renacentistas italianos, que veían en el saber una forma de acercarse a Dios y mejorar la sociedad.
Una vida entre poder, espiritualidad y letras
Influencia duradera en la Iglesia aragonesa
El legado de Hernando de Aragón no se desvaneció con su muerte. Su modelo de arzobispo reformista, intelectual y servidor público se convirtió en referencia para sus sucesores. La diócesis de Zaragoza vivió durante décadas la inercia de su impulso renovador, y muchas de sus reformas estructurales y pedagógicas perduraron más allá del siglo XVI.
También en la política aragonesa dejó huella, demostrando que era posible ejercer el poder desde la moderación, el respeto a los fueros y la firmeza moral. En tiempos de absolutismo emergente, su figura representó un equilibrio raro y valioso.
Revalorización moderna de su figura
Durante los siglos XIX y XX, estudiosos como Félix Latassa recuperaron su memoria con renovado interés, reconociéndolo como una de las figuras clave del Renacimiento aragonés. Su nombre aparece ineludiblemente en cualquier historia del Arzobispado de Zaragoza, y su obra historiográfica ha sido fuente para generaciones de cronistas, genealogistas y estudiosos del pasado aragonés.
Hoy, la figura de Hernando de Aragón nos interpela como un ejemplo de cómo el poder y la espiritualidad pueden convivir en equilibrio, y de cómo la verdadera reforma nace del compromiso profundo con los ideales y con las personas. Su vida, tejida entre monasterios, universidades, cortes y archivos, sigue inspirando a quienes creen que la fe y la razón pueden caminar juntas hacia un bien común más alto.
MCN Biografías, 2025. "Hernando de Aragón (1498–1575): El Arzobispo Reformista que Tejió Fe y Poder en el Reino de Aragón". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/aragon-hernando-de [consulta: 21 de febrero de 2026].
