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ReligiónHistoriaBiografía

Verónica, santa (s. I).

Santa cristiana (Berenice en las fuentes griegas), de cuyos datos biográficos no se sabe demasiado, excepción hecha de la escena del Vía Crucis y su difusión por la cristiandad latina. En Europa, la mención más temprana hacia la santa procede de los textos de san Gregorio de Tours, hacia finales del siglo VI. San Gregorio la cita como una piadosa mujer palestina, de confesión cristiana, desposada con un centurión romano natural de las Galias que prestaba servicio en el palacio del gobernador romano, Poncio Pilatos. Tras la muerte de Jesucristo, el matrimonio cristiano huyó de Jerusalén y acompañó a José de Arimatea hacia las costas francesas. Estas noticias ofrecidas por el cronista turonense, no más que la fijación por escrito de la leyenda popularizada desde los primeros tiempos del cristianismo, han sido, aparentemente, verificadas por excavaciones arqueológicas, ya que esta ciencia ha demostrado que, a algunos metros de distancia de donde estuvo situado el palacio de Pilatos, existió una construcción judía anterior a las edificaciones romanas del siglo I de nuestra era, y que corresponde al lugar que tradicionalmente ha sido venerado como morada de la santa y utilizado como oratorio desde entonces. Sobre ese solar, en el año 1895, los cristianos griegos de la rama melquita edificaron una pequeña y bella basílica que se conserva hasta la actualidad. Estos datos son cuanto se tiene de la mujer que, con su piedad, dio origen a todas las acepciones del término "Verónica" dentro del cristianismo.

El tema de la Verónica en la literatura medieval

La aureola de piedad y santidad que rodeó a santa Verónica fue objeto de muchas y diversas versiones del mito, ya desde los tiempos de la más temprana Edad Media. La principal de todas ellas conecta a Verónica con uno de los milagros más conocidos de Jesucristo que recogen los evangelistas, y que tradicionalmente se ha denominado como la sanación de la hemorroisa. Después del Sermón de la Montaña, Cristo apaciguó la tempestad y expulsó a los demonios del cuerpo de un poseído por Satán; después de ver ésto, un hombre llamado Jairo (xairos en los textos griegos), miembro de la sinagoga de Betania, le pidió a Jesucristo que intercediese por su hija, que padecía un flujo sanguíneo desde hacia doce años. En la narración del episodio de san Lucas, la escena se presenta de la siguiente manera: "la mujer vino temblando y cayó delante de Él, revelando a la muchedumbre cómo fue sanada al ser tocada por el Mesías. / Pero Jesús le dijo: 'Hija, tu fe te ha sanado; vive en paz" (Lucas, VIII, 47-48). La misma escena fue recogida por varios textos apócrifos medievales, en especial el Acta Pilatii, también llamado en ocasiones Gesta Pilatii ('Hechos de Pilatos' o 'Andanzas de Pilatos') cuyos originales pudieron consultar san Justino o Tertuliano pero que sólo ha llegado hasta nuestros días resumido en una obra anónima llamada Evangelium Nicodemi ('Evangelio de San Nicodemo'); una de las copias de la obra, escrita en el siglo IV, se conserva en la Biblioteca Nacional de Viena. En ambas narraciones se dice que la mujer a la que Cristo sanó del flujo de sangre que padecía durante doce años se llamaba también Verónica (Berenice en griego). Por otra parte, el historiador Eusebio de Cesárea identificó a ésta Verónica como una mujer originaria de su misma provincia natal, Cesarea, argumentando que ésta hizo poner en su casa una estatua que semejaba una mujer orando, de rodillas, a manera de ex voto dedicado a Jesús tras haber recibido su milagrosa sanación.

Emparentar esta mujer con la Verónica de la escena de la Pasión no fue difícil para la imaginación popular medieval, que creyó ver en esta continuación de la piedad un claro ejemplo de exégesis testamentaria. Las leyendas orientales y los textos apócrifos que identificaban a ambas mujeres como la misma santa Verónica de la Pasión llegaron a Europa a partir del siglo IX, en una traducción libre del Acta Pilatii que, sobre todo en el norte de Italia, en la Galia del sur y en el noroeste de la península ibérica, se conoció con el nombre de Mors Pilatii (La muerte de Pilatos). Sin embargo, la popularidad de la leyenda de santa Verónica en la cristiandad occidental se debe a la archifamosa Legenda Aurea (Leyenda de Oro) de Jacobo de Vorágine, una de las más extraordinarias muestras de literatura religiosa medieval, recopilada por el autor, utilizando como base, entre otros textos, el citado Mors Pilatii, durante el último tercio del siglo XIII. En la Legenda Aurea el mito que da forma a la estación del Vía Crucis fue totalmente transformado dando lugar a la reliquia del santo sudario, puesto que fue el propio Jesucristo el que marcó su imagen en el lienzo de la Santa para que fuese venerado en los años postreros; por otra parte, los lienzos con la imagen de Cristo comenzaron a proliferar, y a cada uno de ellos se le daba un origen novotestamentario distinto: además del clásico en el camino al Gólgota, un segundo sudario con la efigie del Redentor habría salido de cuando Jesús se limpió el sudor en el huerto de Getsemaní, según otro de los libros que, sobre la leyenda de santa Verónica, escribió el francés Robert de Boron, llamado Petit Saint-Graal (ca. 1275). De entre todas las versiones del mito ésta presenta una gran importancia, puesto que emparenta a santa Verónica con la que, sin duda, fue la más grande leyenda de la Europa del medievo: el Santo Grial.

Ya se ha comentado la vinculación entre santa Verónica, la mujer de la escena de la Pasión (con independencia de que sea o no la hemorroisa del evangelio de Lucas), su marido, un soldado imperial de origen galo, y José de Arimatea, el portador tradicional del Cáliz Sagrado, del Grial, hacia las Galias tras la Resurrección de Jesucristo. Si en el siglo VI san Gregorio de Tours había narrado el viaje a Francia de Verónica, la conexión establecida por Robert de Boron en el siglo XIII fue ampliada en los años posteriores. Así, un dominico francés, Bernard de Guyena, escribió en 1330 su Flores Chronicorum, en la que se hacía a santa Verónica la esposa de san Amador, y se decía que ambos embarcaron hacia Aquitania acompañando no a José de Arimatea, sino a san Marcial, uno de los santos vinculados al misterio del Grial por los textos apócrifos. Un siglo más tarde, hacia 1440, otro dominico, Fray Antonino, añadió más lumbre al mito diciendo que san Amador, el marido de santa Verónica, falleció en el castillo de Rocamador, uno de los lugares tradicionales donde, según la leyenda, se guardó el Santo Grial. Tras ello, la santa se dirigió a Burdeos, donde vivió longevamente hasta su fallecimiento. Precisamente es en esta ciudad, capital de la populosa Gironda, donde más fuerte tradición beatífica tiene santa Verónica. La multidifusión de la leyenda llegó a los impresos de los siglos XV y XVI, donde se conectaba a Verónica como una de las compañeras de santa Magdalena y santa Marta, embarcadas hacia Marsella tras la Resurrección de Cristo, o la describían como una peregrina palestina en camino hacia Roma, donde falleció y fue canonizada. Esta última leyenda presenta algunas similitudes con uno de los hitos más importantes dentro de los textos religiosos hispanos de la Edad Media, como es la Vida de Santa María Egipcíaca; es muy posible que el autor manejase todas estas leyendas alrededor de mujeres piadosas, donde santa Verónica representa el paradigma más acusado. Oficialmente, la Iglesia católica, debido entre otras cosas a todo este elenco legendario, siempre ha negado el reconocimiento oficial como beata o santa a Verónica, pero ello no ha impedido la multidifusión de su mito a través de la religiosidad popular.

Veáse Paño de la Verónica.

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