Richard Thorpe (1896–1991): Artesano de Hollywood y Maestro del Cine de Géneros

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Kansas y los primeros pasos

Infancia en Hutchinson y primeros años del siglo XX

Richard Thorpe, cuyo nombre de nacimiento fue Rollo Smolt Thorpe, nació el 24 de febrero de 1896 en Hutchinson, Kansas, en el corazón del Medio Oeste estadounidense. Este entorno rural, profundamente influenciado por las transformaciones sociales y tecnológicas de finales del siglo XIX, marcaría indirectamente el sentido práctico y eficiente con el que Thorpe se aproximaría más tarde al oficio cinematográfico. Aunque los detalles íntimos de su infancia y formación familiar no han trascendido con claridad, su temprana inclinación hacia el mundo del espectáculo se manifestaría en la década de 1920, cuando decidió probar suerte en la naciente industria del cine.

Los Estados Unidos de comienzos del siglo XX eran un escenario de cambio: la consolidación del cine mudo, la expansión de los ferrocarriles y el crecimiento urbano creaban nuevas oportunidades culturales. En ese contexto, Thorpe migró a California, donde comenzó a trabajar en el cine, inicialmente como actor. Su participación en producciones como Burn’Em Up Barnes (1921) y Three O’Clock in the Morning (1923) no fue particularmente destacada, pero sí lo suficiente para integrarse a los círculos técnicos y artísticos de la industria, en pleno desarrollo.

Inicios como actor y transición al cine

La experiencia actoral de Thorpe no solo le proporcionó contactos, sino también una comprensión intuitiva del ritmo narrativo y las necesidades prácticas del set. Fue precisamente durante este periodo cuando trabó relación con Gregory La Cava, uno de los directores más innovadores del cine mudo. Bajo su tutela, Thorpe comenzó a trabajar como asistente de dirección, aprendiendo a fondo los engranajes técnicos de la producción cinematográfica.

Ese aprendizaje fue decisivo. En 1923, Thorpe se convirtió en director por derecho propio, iniciando una de las carreras más longevas y prolíficas de la historia del cine estadounidense. Si bien sus primeras incursiones estuvieron centradas en westerns de bajo presupuesto, su capacidad para rodar con rapidez y eficiencia pronto lo haría indispensable para los estudios pequeños que abundaban en el Hollywood de los años veinte.

Formación autodidacta y aprendizaje técnico

Influencia de Gregory La Cava y primeros rodajes

La relación profesional con La Cava no solo ofreció a Thorpe una vía de entrada a la dirección, sino también una mentalidad pragmática respecto a la puesta en escena. A diferencia de otros directores que buscaban imponer una visión artística única, Thorpe comprendió muy pronto que el cine también era una industria sujeta a limitaciones económicas, y que la viabilidad comercial de un filme dependía, muchas veces, de su cumplimiento presupuestario y su velocidad de ejecución.

En este sentido, Thorpe desarrolló una reputación como un director “resolutivo”, capaz de terminar películas en tiempo récord sin sacrificar la claridad narrativa. Aunque esta práctica le restó prestigio crítico en comparación con autores más reconocidos, le otorgó una solidez profesional que le permitiría trabajar de forma continua durante más de cuatro décadas.

Especialización en westerns y cine barato

Durante sus primeros diez años como director, Thorpe se especializó en películas del Oeste, muchas de ellas seriadas o concebidas como parte de colecciones temáticas que los estudios utilizaban para fidelizar audiencias. Obras como Rarin’ To Go (1924), Gold and Grit (1925) o The Bandit Buster (1926), aunque hoy olvidadas, constituían piezas fundamentales en la oferta del cine mudo para las clases populares, especialmente en zonas rurales del país.

Estos filmes compartían varias características: tramas sencillas, héroes arquetípicos, paisajes naturales, y sobre todo, una ejecución rápida. La capacidad de Thorpe para finalizar estos productos con eficacia llamó la atención de Chesterfield/Invincible, un estudio menor pero muy activo, con el que colaboraría intensamente entre 1933 y 1935.

Dominio del cine rápido y de bajo presupuesto

Chesterfield/Invincible y el modelo de una sola toma

En los años previos a la consolidación de los grandes estudios, compañías como Chesterfield necesitaban directores capaces de completar películas con presupuestos ínfimos y sin comprometer la agenda de estrenos. Thorpe no solo cumplió, sino que desarrolló una técnica que definió su estilo: filmar una sola toma por escena, práctica impensable para los grandes realizadores de la época, pero que permitía reducir drásticamente el tiempo y los costos de producción.

Este método, aunque arriesgado, funcionaba gracias a la meticulosidad previa de Thorpe en los ensayos y a su dominio del lenguaje visual. La calidad artística no era su prioridad; su objetivo era cumplir con el cronograma y entregar productos funcionales al mercado, algo que los ejecutivos valoraban enormemente.

Durante su paso por Chesterfield/Invincible, Thorpe llegó a ser en ocasiones el único director en nómina, lo cual ilustra tanto la confianza que generaba como la precariedad estructural de esos estudios. En este periodo dirigió títulos como Notorious But Nice (1933), Women Won’t Tell (1933) y Secret of the Chateau (1934), todos ellos alineados con los géneros más rentables del momento: melodramas, comedias ligeras y relatos criminales.

100 títulos en una década: eficiencia como sello personal

Entre su debut en 1923 y su ingreso en la Metro-Goldwyn-Mayer en 1935, Thorpe acumuló cerca de un centenar de títulos. Esta cifra, extraordinaria en cualquier estándar, revela una productividad solo comparable a la de los realizadores industriales del cine de serie B. Si bien la mayoría de estas películas no alcanzaron notoriedad, su volumen y regularidad sentaron las bases para que Thorpe pudiera aspirar a proyectos de mayor envergadura.

Fue precisamente en 1935 cuando se produjo el gran giro de su carrera: la entrada en MGM, uno de los estudios más poderosos del sistema hollywoodense. A diferencia de Chesterfield, aquí dispondría de mayores recursos, equipos técnicos avanzados y acceso a estrellas consagradas. No obstante, lo que convenció a los ejecutivos de la Metro no fue su estilo visual ni su enfoque autoral, sino su fiabilidad industrial: Thorpe era un director que entregaba a tiempo, dentro del presupuesto, y sin sobresaltos.

Esa fiabilidad sería el sello que lo acompañaría durante las siguientes tres décadas, permitiéndole dirigir desde adaptaciones literarias de alto perfil hasta sagas míticas como la de Tarzán, y participar incluso en proyectos monumentales como El mago de Oz o Ben-Hur.

Ascenso en MGM, sagas icónicas y consolidación estilística

El salto a Metro-Goldwyn-Mayer

De los seriales a los grandes estudios

El año 1935 marcó un punto de inflexión en la carrera de Richard Thorpe con su incorporación a Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), uno de los estudios más importantes del sistema clásico de Hollywood. La transición desde compañías menores como Chesterfield hacia una estructura poderosa como la MGM fue no solo un reconocimiento a su tenacidad, sino también una oportunidad para desplegar sus capacidades en un entorno más profesionalizado.

A diferencia del cine de bajo presupuesto que había dominado en sus años anteriores, en la MGM Thorpe encontró condiciones de trabajo más estables, mejores guiones, equipos técnicos de calidad y acceso a estrellas consolidadas. A partir de entonces, su filmografía reflejaría una mayor ambición, aunque seguiría caracterizándose por una eficiencia meticulosa y un apego a los géneros clásicos: western, aventura, musical y drama romántico.

Estilo de dirección y evolución técnica

El paso a la MGM no transformó radicalmente el estilo de Thorpe, pero sí lo adaptó a nuevas exigencias. Su enfoque seguía siendo funcionalista: no buscaba innovaciones estéticas ni imponer una visión autoral, sino servir a la narrativa y respetar los plazos de producción. Esa postura hizo que nunca se le asociara con el “cine de autor”, pero le permitió trabajar con constancia y diversidad.

Thorpe demostró una versatilidad técnica sorprendente, pasando de películas ligeras como Doble boda (1937) a aventuras juveniles como The Adventures of Huckleberry Finn (1939). Su dominio del lenguaje cinematográfico, sin alardes formales, facilitaba la integración con otros departamentos creativos, especialmente los de diseño de producción, montaje y música, fundamentales en la maquinaria de MGM.

La saga de Tarzán y el primer estrellato

La fuga de Tarzán y Tarzán y su hijo: Weissmuller y O’Sullivan

La primera gran saga que consolidó la reputación de Thorpe dentro de MGM fue la de Tarzán, cuyo éxito se cimentó en el carisma atlético de Johnny Weissmuller y el encanto de Maureen O’Sullivan. En 1936, Thorpe tomó las riendas de La fuga de Tarzán, un proyecto que había comenzado con James McKay y pasado brevemente por John Farrow antes de serle asignado de manera definitiva.

El filme, rodado con notable dinamismo, consolidó varios elementos icónicos de la franquicia: la exuberancia de la jungla, la expresividad física del protagonista, y un sentido del peligro controlado pero eficaz para las audiencias familiares. Thorpe entendió que el éxito residía en equilibrar la acción con una narrativa simple y directa, evitando complicaciones innecesarias.

Tres años más tarde, en 1939, dirigió Tarzán y su hijo, donde se introdujo el personaje de Boy, interpretado por Johnny Sheffield. Aunque el guion original planeaba eliminar a Jane, la presión de los fans obligó a reescribir el final para permitir una “resurrección” milagrosa. Este detalle ilustra cómo Thorpe, sin apego a la autoría personal, se adaptaba sin problemas a las decisiones comerciales del estudio.

Éxito de masas y decisiones de estudio

Las películas de Tarzán dirigidas por Thorpe fueron auténticos éxitos de taquilla, contribuyendo a que el personaje se convirtiera en uno de los pilares del cine de aventuras estadounidense. Más allá de su atractivo popular, estas producciones consolidaron la reputación de Thorpe como un director de confianza, capaz de sacar adelante proyectos difíciles, incluso cuando estos pasaban por varios directores antes de llegar a su mando.

En 1941, retomó la saga con El tesoro de Tarzán, una producción que sufrió recortes presupuestarios tras la muerte del influyente productor Irvin Thalberg. Para solucionar la escasez de recursos, se reutilizó metraje de películas anteriores, una solución pragmática que Thorpe implementó con su habitual destreza técnica. El cierre de esta etapa llegaría en 1942 con Tarzán en Nueva York, donde Weissmuller volvió a brillar en una historia que trasladaba al héroe de la jungla a la gran ciudad, ampliando el tono de aventura exótica a uno más urbano y moderno.

El Mago de Oz y las oportunidades perdidas

Relevo tras doce días de rodaje

En el mismo año de Tarzán y su hijo, Thorpe fue convocado para un proyecto mucho más ambicioso: la adaptación de la novela de L. Frank Baum, El mago de Oz (1939). Este sería, paradójicamente, el episodio más célebre —y frustrante— de su carrera. Tras apenas doce días de rodaje, Thorpe fue reemplazado por George Cukor, y finalmente el proyecto quedó en manos de Victor Fleming, quien recibió los créditos oficiales.

Su breve paso por El mago de Oz ha sido objeto de múltiples interpretaciones. Algunos críticos han señalado que sus secuencias eran demasiado estáticas o sombrías para el tono fantástico que buscaban los productores, mientras que otros han matizado que fue víctima de una reestructuración caótica, típica de las grandes producciones del Hollywood clásico. Lo cierto es que, aunque sus aportes fueron finalmente descartados, su vinculación con la obra más emblemática de MGM le otorgó una visibilidad que nunca había tenido.

La historia detrás de un clásico

El caso de El mago de Oz revela las tensiones internas de los estudios en su época dorada. A diferencia de directores más reconocidos, Thorpe no tenía un “poder de firma” que lo protegiera ante cambios ejecutivos. Era, en esencia, un hombre de estudio, y como tal, vulnerable a los vaivenes de la producción. No obstante, lejos de resentirse, continuó trabajando con la misma energía y profesionalismo en proyectos posteriores.

Durante los años 40, Thorpe dirigió una serie de películas que, sin alcanzar el impacto de Tarzán o de Oz, confirmaron su versatilidad: desde comedias como Three Hearts for Julia (1943), hasta musicales como Two Girls and a Sailor (1944), y dramas familiares como The Sun Comes Up (1949). Su nombre no acaparaba titulares, pero su productividad y confiabilidad lo mantenían en la nómina constante de la MGM, un lugar privilegiado en la jerarquía hollywoodense.

Consagración, legado fílmico y últimos años

Década de esplendor y grandes producciones

El gran Caruso y el regreso al western con Lancaster

La década de los cincuenta marcó el punto culminante de la carrera de Richard Thorpe, quien supo adaptarse a las nuevas exigencias del mercado fílmico sin abandonar su perfil de director eficiente y versátil. En 1951, alcanzó uno de sus mayores éxitos con El gran Caruso, un biopic musical protagonizado por Mario Lanza que, sin ser históricamente riguroso, cautivó al público por su emotividad y espectacularidad sonora. El filme fue galardonado con el Oscar al Mejor Sonido y recibió otras nominaciones en categorías técnicas, consolidando a Thorpe como un director rentable y comercialmente eficaz.

Ese mismo año, Thorpe volvió al western, género que había dominado en sus inicios, con El valle de la venganza, protagonizado por Burt Lancaster. La película, basada en una novela de Luke Short, demostraba que el director conservaba el pulso narrativo necesario para las historias del Oeste, ahora con mayor presupuesto, estrellas de primera línea y una realización más cuidada.

Ivanhoe, El prisionero de Zenda y Los caballeros del Rey Arturo

El éxito continuó con una serie de adaptaciones literarias épicas que se convirtieron en referentes del cine de aventuras de los años 50. En 1952, Thorpe dirigió Ivanhoe, basada en la novela de Sir Walter Scott, con un reparto estelar encabezado por Robert Taylor, Elizabeth Taylor y Joan Fontaine. Esta producción, ambientada en la Inglaterra medieval, supo conjugar romanticismo, acción y espectáculos visuales, y tuvo un notable rendimiento comercial.

Ese mismo año, Thorpe filmó El prisionero de Zenda, nueva versión de la novela de Anthony Hope, con Stewart Granger y Deborah Kerr como protagonistas. El filme, fiel al espíritu de la novela de capa y espada, consolidó el gusto de Thorpe por las historias clásicas de aventuras, un terreno donde podía desplegar su capacidad organizativa al servicio de una narrativa fluida y entretenida.

La trilogía de producciones medievales se completó en 1953 con Los caballeros del Rey Arturo, nuevamente con Robert Taylor, acompañado por Ava Gardner y Mel Ferrer. Esta cinta fue nominada al Oscar a la Mejor Dirección Artística y al Mejor Sonido, confirmando el prestigio técnico que Thorpe había alcanzado dentro del estudio. Ese mismo año dirigió también Todos los hermanos eran valientes, ambientada en el mundo de los balleneros, con Taylor y Granger, ampliando el registro aventurero hacia el cine marítimo.

Cambio de estudio y declive moderado

Universal Pictures y los desafíos de los años 60

En 1955, tras más de dos décadas en la MGM, Thorpe cambió de casa productora y comenzó a trabajar para Universal Pictures. Aunque intentó mantener su línea de cine comercial, el nuevo entorno no le ofrecía los mismos recursos ni el respaldo estructural del que había gozado en la MGM. Sus primeras películas en Universal, como El hijo pródigo y Las aventuras de Quentin Durward (ambas de 1955), mantuvieron un tono épico y de entretenimiento, pero ya no tuvieron el mismo impacto.

Durante el resto de los años 50 y principios de los 60, Thorpe continuó dirigiendo, aunque con resultados más irregulares. Algunas obras como La casa de los siete halcones (1959) y Los asesinos del Kilimanjaro (1959), ambas protagonizadas por Robert Taylor, mostraban aún una buena factura técnica y un correcto desarrollo narrativo, pero no alcanzaban la resonancia de sus filmes anteriores. La crítica comenzaba a cambiar sus parámetros y el estilo de Thorpe, basado en la eficiencia industrial, ya no resultaba tan atractivo en un entorno que privilegiaba la innovación estética.

Últimos trabajos y la contribución a Ben-Hur y La conquista del oeste

En 1961, Thorpe dirigió Zafarrancho en el casino, una comedia con Steve McQueen basada en una obra teatral de Lorenzo Semple Jr., que ofrecía un contraste interesante frente a sus obras de corte épico. Aunque no fue un gran éxito, demostró su capacidad para adaptarse a los nuevos tiempos y trabajar con estrellas emergentes.

Uno de los episodios más curiosos de su etapa final fue su participación no acreditada en grandes superproducciones corales. En Ben-Hur (1959), dirigida oficialmente por William Wyler, Thorpe se encargó de las escenas navales, demostrando que aún era requerido por los estudios para solucionar secuencias específicas. Esta labor volvió a repetirse en La conquista del oeste (1962), una superproducción con dirección compartida entre John Ford, Henry Hathaway y George Marshall, en la que Thorpe filmó varias escenas de transición.

Estas colaboraciones, aunque menores en términos de reconocimiento, reflejan el lugar especial que ocupaba Thorpe en la industria: un director de confianza al que se podía recurrir cuando había que sacar adelante partes complejas de rodajes monumentales.

Valoración crítica y legado profesional

Longevidad sin fama: un caso único en Hollywood

La carrera de Richard Thorpe es un ejemplo atípico dentro del panteón del cine clásico. Dirigió más de 200 películas en un período de más de 40 años, abarcando todos los géneros, desde el western hasta el musical, el drama romántico, la comedia y la épica histórica. Sin embargo, su nombre nunca se asoció a una escuela estética o corriente cinematográfica específica.

A diferencia de contemporáneos suyos como John Ford, Howard Hawks o Frank Capra, Thorpe fue considerado más un artesano que un autor, un director que ejecutaba con precisión pero sin buscar dejar una huella personal evidente. Esta percepción, aunque limitante en términos de reconocimiento artístico, fue clave para su longevidad profesional, ya que se adaptaba a cualquier encargo sin resistencias ideológicas o estilísticas.

Relecturas contemporáneas de su obra

En las últimas décadas, algunos historiadores del cine han empezado a revalorar el papel de directores industriales como Thorpe, cuyo trabajo fue esencial para sostener la maquinaria de Hollywood en su edad dorada. Más que un creador de visiones singulares, Thorpe fue un constructor de cine, un hombre que entendía cada elemento del set como parte de un engranaje mayor.

Además, muchas de sus películas —en especial las adaptaciones literarias de los años 50— siguen siendo proyectadas y estudiadas por su calidad narrativa y su meticuloso acabado técnico. En este sentido, el “director invisible”, como algunos lo han llamado, ha empezado a ganar el reconocimiento que su humildad profesional nunca buscó activamente.

Richard Thorpe se retiró en 1967, tras dirigir Duelo a muerte en Río Rojo, y falleció en Palm Springs (California) el 1 de mayo de 1991, a los 95 años. Su carrera, aunque poco celebrada en vida por la crítica especializada, representa un modelo de estabilidad, dedicación y competencia, cualidades que rara vez coinciden en una misma figura a lo largo de tantas décadas.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Richard Thorpe (1896–1991): Artesano de Hollywood y Maestro del Cine de Géneros". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/thorpe-richard [consulta: 12 de febrero de 2026].