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LiteraturaBiografía

Sturgeon, Theodore (1918-1985).

Narrador y guionista de televisión estadounidense nacido en St. George (en State Island, Nueva York) el 26 de febrero de 1918 y fallecido en Eugene (en el estado de Oregon) el 8 de mayo de 1985. Autor de una extensa producción narrativa que discurre, en su mayor parte, por el cauce genérico de la ciencia ficción, está considerado como uno de los pioneros del género y uno de los fundadores de la denominada "época dorada" de la ciencia ficción, junto a Isaac Asimov, Robert Anson Heinlein, Lester del Rey y Alfred E. van Vogt. Aunque el nombre que le pusieron al nacer era el de Edward Hamilton Waldo, eligió el apellido de Sturgeon -tomado del segundo marido de su madre- y el nombre de Theodore -abreviado en la forma coloquial de Ted- para firmar gran parte de sus obras.

VIda y obra

Nacido en el seno de una familia de la clase media, a los nueve años de edad (1927) sufrió el trauma del divorcio de sus padres. Su madre, Christine -una poetisa anglocanadiense que se ganaba la vida impartiendo clases de literatura-, contrajo segundas nupcias al cabo de dos años con William Sturgeon, un profesor de lengua inglesa; este enlace propició que el joven Edward Hamilton Waldo, descontento con un nombre propio que le recordaba a su padre (con el que siempre se había llevado mal), cambiara legalmente su antropónimo por el de Theodore Hamilton Sturgeon. A partir de entonces, este fue su auténtico nombre, y no un pseudónimo literario, como erróneamente han apuntado algunos de sus biógrafos. Esta confusión es debida a que el propio escritor utilizó, muchos años después, varios pseudónimos para firmar sus relatos publicados en la célebre revista Astounding Sciencie Fiction, como "E. Waldo Hunter", "E. Hunter Waldo" y "Fredrick R. Ewing"; por aquel tiempo, Theodore Sturgeon llegó a incluir a la vez varios relatos suyos en un mismo número de dicha publicación, por lo que creyó procedente presentarlos como obras de autores diferentes.

En el hogar familiar de los Sturgeon (y, anteriormente, en el de los Waldo), no sobraba el dinero, circunstancia que habría de perseguir al escritor, como una maldición, a lo largo de toda su vida (debido, en parte, a que nunca fue un profesional de la escritura, sino más bien un autor intermitente que igual entraba en una asombrosa fase de fecundidad creativa como caía en largos bloqueos de inspiración -acompañados, casi siempre, de hondas depresiones psíquicas- que le mantenían en un prolongado silencio editorial). A esta naturaleza guadianesca de su principal fuente de ingresos se sumaron otras circunstancias personales -como la necesidad de mantener a muchos hijos, frutos de sus numerosos matrimonios- que le obligaron a desempeñar los más variados oficios, desde vendedor a domicilio de revistas (en la década de los treinta) hasta columnista de The New York Times Book Review (1974-1975), pasando por marinero en la flota mercante (1935-1938); administrador de un establecimiento de hostelería en la India Oriental (mayo de1940-marzo de 1941); editor en una agencia de publicidad (1944); agente literario, promotor y encargado de la distribución internacional de varias revistas de interés general (1948-1949); editor de la revista Tales of Tomorrow (1950); redactor de reseñas de libros para la revista Venture (1957-1958); editor de Worlds of If (1961-1964); escritor ocasional de artículos y críticas literarias para revistas de ciencia ficción y The National Review (1961-1973); guionista de varios programas de televisión (entre 1966 y 1975 escribió tres episodios para Star Trek, The Invaders (Los Invasores) y Wild, Wild West); y redactor de reseñas de libros para la revista Galaxy (1972-1974). Además, durante la Segunda Guerra Mundial se incorporó a los Seabees ("Abejas Marinas"), un cuerpo civil dedicado a las construcciones navales, ocupación que le impidió escribir un sólo renglón por espacio de dos años.

Durante toda su infancia y su primera juventud, Theodore Sturgeon fue un muchacho débil y enfermizo, entregado a esa pasión por la lectura que le había inculcado su madre, e incapaz de realizar cualquier esfuerzo físico relacionado con el deporte. Pero en el transcurso de su formación secundaria descubrió, en las instalaciones deportivas de su escuela, la gimnasia acrobática, actividad que le dejó fascinado hasta el extremo de dedicar a ella la mayor parte de su tiempo libre, con lo que acabó convirtiéndose en un auténtico atleta. Era aún un adolescente cuando pensó seriamente en orientar sus pasos profesionales hacia los ejercicios circenses, y a punto estuvo de firmar un contrato con el circo Barnum & Bailey, donde habían gustado mucho sus números acrobáticos; pero una fiebres reumáticas que le sobrevinieron a los quince años de edad dieron al traste con su fugaz trayectoria atlética, pues le afectaron tan agudamente el sistema cardiovascular que ya no pudo practicar ningún deporte durante el resto de su vida.

Forzado, pues, por su frágil salud a buscar otras salidas profesionales, formalizó su ingreso en la Penn State Nautical School y acabó graduándose allí como oficial de tercera, lo que le permitió incorporarse a la tripulación de un viejo buque mercante, en calidad de encargado del cuarto de máquinas. Durante los tres años que -salvo episódicos desembarcos- permaneció a bordo de esta nave, Theodore Sturgeon entretuvo las largas horas de ocio en alta mar con el cultivo de la creación literaria, hasta acabar advirtiendo que la venta de los relatos escritos durante la navegación podía convertirse en una buena fuente de ingresos. Eran, aquellas narraciones primerizas del escritor neoyorquino, unas piezas de escasa calidad literaria, en nada relacionadas con ese género de la ciencia ficción en el que habría de consolidarse luego como un verdadero maestro, y siempre rechazadas por los editores; pero en 1938 consiguió que el McClure's Syndicate, una especie de agencia literaria que surtía de historias de ficción a diferentes rotativos y revistas de todo el país, se interesase vivamente por su relato titulado "Heavy Insurance", por el que Sturgeon cobró sus primeros derechos de autor, reducidos a cinco modestos dólares. Como dato anecdótico, cabe añadir que esta iniciación del escritor aficionado en el mercado editorial se debió tanto a su perenne necesidad de dinero como a su falta de arrojo a la hora de cometer un delito: la trama de "Heavy Insurance" revela, en clave de ficción, un plan urdido en verdad por Sturgeon para estafar a una compañía aseguradora, plan que, al no atreverse finalmente a ponerlo en práctica, se convirtió en el argumento de su primera historia publicada.

Al margen de los beneficios obtenidos por su primera venta de un cuento, lo importante para el autor principiante era el establecimiento de relaciones con una solvente distribuidora a la que, a partir de entonces, vendió otros muchos relatos, todos ellos de gran brevedad -como imponían los medios de comunicación a los que iban destinados- y ninguno encuadrable dentro del marco genérico de la ciencia ficción. Su primera incursión en dicho género fue el relato titulado "The God in the Garden ("El dios en el jardín"), una excelente historia que mereció de inmediato la aprobación del legendario escritor y editor John Wood Campbell, el gran promotor y difusor de la ciencia ficción en las Letras norteamericanas, quien no dudó un instante a la hora de publicarlo en la revista que dirigía, la célebre publicación Astounding Sciencie Fiction. A partir de entonces, Theodore Sturgeon se convirtió en una de las firmas asiduas en dicha revista -en ocasiones, oculto bajo diferentes pseudónimos, como ya se ha indicado más arriba-, y su nombre pasó a incorporarse a la "pléyade" de los grandes creadores de historias centradas en alienígenas, galaxias remotas y naves espaciales; su radical originalidad, dentro de este mundo ficticio tan caracterizado por la reiteración de temas y argumentos, consistía en la aportación de una serie de innovaciones que le convirtieron en una especie de "revolucionario" dentro del género, entre las que destacan la obsesión de sus personajes por algunas cuestiones universales que están presentes en los restantes campos temáticos de la ficción, como el sexo, la religión y, muy especialmente, el complejo de culpa. Los vaivenes de la psique humana provocados por los tabúes sociales y morales que atemorizan al hombre y obstaculizan su libre desarrollo constituyen, sin lugar a dudas, la singularidad más específica en las historias de ciencia ficción de Sturgeon.

Entretanto, su peripecia sentimental comenzaba a describir la misma trayectoria de altibajos que dominaba las restantes facetas de su vida. De igual modo que cambiaba constantemente de ocupación laboral, o que pasaba de escribir sin descanso a permanecer largas temporadas inactivo, fue conociendo diversas mujeres a las que se unía en matrimonio sin pensárselo dos veces, para solicitar muy pronto el divorcio y quedar otra vez sujeto a una nueva unión conyugal. En 1940 contrajo nupcias con Dorothe Fillingame, con la que sólo compartió un lustro de su vida, período en el que tuvo dos hijas (Patricia y Cynthia) y un varón (Colin). Divorciado durante cuatro años, volvió a casarse en 1949, esta vez con la cantante Mary Mair, de la que se separó al cabo de dos años de fugaz matrimonio, sin haber engendrado en ella ningún vástago. Tan pronto como hubo roto esta segunda relación conyugal, volvió a pasar por el juzgado del brazo de Marion McGahan (1951), con la que fue padre de Robin, Tandy, Noel y Timothy. Como era de esperar, este tercer matrimonio de Theodore Sturgeon también acabó en divorcio, experiencia que no desalentó al escritor neoyorquino a la hora de celebrar su cuarto connubio, ahora con Wina Bonnie Golden, con la que tuvo un hijo llamado Andros, octavo y, a la postre, último vástago de su prole. Divorciado de ella en 1969, a los cincuenta y ocho años de edad (1976) se casó con Helen Jayne Tennehill, con la que vivió durante el resto de sus días. No es de extrañar que el mantenimiento de sus ocho hijos y los gastos ocasionados por sus cuatro divorcios llevaran en muchas ocasiones a Sturgeon al borde de la ruina, en medio de una constante necesidad de obtener ingresos que le obligaba a aceptar cualquier ocupación, y a escribir relatos y novelas que, de no haberse visto acuciado por estos apuros económicos, tal vez jamás hubiera redactado; no en vano el propio Sturgeon declaró, en uno de sus momentos de crisis: "Yo no soy un escritor [...]. Un escritor es alguien que tiene que escribir. La única razón por la que yo escribo es porque es el único recurso que tengo a mi alcance para justificar todas las otras cosas que nunca hice".

A finales de los años cuarenta llegó a los anaqueles de las librerías norteamericanas el primer libro de Theodore Sturgeon, Whihout sorcery (1948), una recopilación de sus mejores narraciones de ciencia ficción, prestigiada por un prólogo del gran escritor de Illinois Ray Bradbury. Dos años después, pasó por la imprenta su primera narración extensa, titulada The dreaming jewels (Los cristales soñadores, 1950), cuyo éxito de ventas le animó a seguir publicando otras novelas de ciencia ficción, entra las que destacan las tituladas More than human (Más que humano, 1953), The Cosmic Rape (Violación cósmica, 1958) y Venus plus X (Venus más X, 1960), obras que situaron al autor neoyorquino en la elite de la ciencia ficción de mediados del siglo XX, al lado de otros grandes maestros del género como el susodicho Bradbury, Alfred Bester, Robert Heinlein, Isaac Asimov, Fredric Brown y Arthur Clarke.

Durante los cinco años que mediaron entre las apariciones de More than human (1953) y The Cosmic Rape (1958), Theodore Sturgeon se había visto lastrado por una crisis de inspiración tan aguda que se vio forzado a recurrir a una de las ayudas más humillantes para cualquier escritor: la necesidad de solicitar ideas de otros colegas. En un congreso de ciencia ficción celebrado en 1963, confesó que en 1955 se había dirigido por vía epistolar a su amigo Robert Heinlein para confesarle su desesperación, y rogarle que pusiera a su disposición algún argumento susceptible de ser convertido en una ficción literaria. La generosidad de Heinlein quedó bien patente cuando el autor de Missouri envió a su colega veintiséis tramas, de las cuales solo dos llegaron a convertirse en relatos salidos de la pluma del por aquel entonces ofuscado Sturgeon (los relatos titulados "Y ahora, las noticias" y "El otro hombre". Muchos años después, los fieles seguidores de la ciencia ficción pudieron comprobar que este rarísimo episodio entre dos escritores no era una mera invención de Theodore Sturgeon para crearse una "pose" de autor raro o para enaltecer la generosa inventiva de Heinlein, ya que la carta escrita por éste -con sus veintiséis ideas originales- fue publicada por The New York Review of Science Fiction (en su número de agosto de 1995) y reproducida, previa traducción al castellano, en la revista argentina Cuasar (27 de junio de 1996).

Quedó, pues, patente, la necesidad de Sturgeon de recurrir constantemente a múltiples ocupaciones que asegurasen su supervivencia y la de su extensa prole, pues a pesar de sus éxitos de ventas -bien es verdad que no tantos como hubiera deseado- no era capaz de vivir exclusivamente de su pluma, debido a los largos períodos de esterilidad que se apoderaban de su carácter depresivo. Para colmo de males, era muy aficionado a dispersarse en otros muchos pasatiempos que le distraían de sus afanes literarios, como el arte culinario -fue, al parecer, un excelente cocinero amateur- y el tañido de la guitarra de doce cuerdas, actividad en la que alcanzó un notable virtuosismo (según contaban los más allegados al escritor neoyorquino, se divertía componiendo canciones obscenas que interpretaba con arte y gracia). El escritor Damon Knigh, creador de la "Milford Conference" -destinada a congregar periódicamente a los autores de ciencia ficción para estudiar nuevas técnicas de escritura-, describió a Theodore Sturgeon como "una criatura de ojos amarillos y barbita en punta, una voz de funerario y la sonrisa original del dios Pan. Tuvo problemas en la escuela secundaria. Huyó hacía el mar. Se hizo nudista, manejó una topadora, se casó y se divorció, compuso música, redactó avisos comerciales y escribió fantasía".

A pesar de esta singular relación de amor y odio con la literatura, Sturgeon, desmintiendo su propias declaraciones en las que afirmaba no considerarse un escritor profesional, se vio impelido a tomar la pluma para promulgar una vehemente defensa del género de la ciencia ficción, a la sazón considerado por gran parte de la crítica especializada como un divertimento menor -cuando no como un subgénero facilón y populachero- al lado de la narrativa tradicionalmente tenida por "seria" e "intelectual". Aficionado a acuñar y difundir numerosas máximas relacionadas con el oficio de escribir, el autor neoyorquino publicó en cierta ocasión "Las Leyes y Corolarios de Sturgeon", formulados de la siguiente guisa:

La Ley de Sturgeon: Nothing is always absolutely so ("Nada es siempre absolutamente así").
La Revelación de Sturgeon: Ninety percent of everything is shit ("El noventa por ciento de todo es mierda").
Corolario 1: "La existencia de inmensas cantidades de basura en ciencia ficción es admitida y es lamentable; pero no es más antinatural que la existencia de basura en cualquier parte".
Corolario 2: "La mejor ciencia ficción es tan buena como la mejor ficción en cualquier campo".

Como fácilmente se desprende de estas leyes y corolarios, Sturgeon, a pesar de sus altibajos creativos, se sentía orgulloso de formar parte destacada dentro del grupo de autores que en los Estados Unidos de mediados del siglo XX habían puesto de moda en los gustos literarios del momento el género de la ciencia ficción, al que debía todo el prestigio y reconocimiento que nunca hubiera logrado con aquellas obras primerizas pertenecientes a distintas modalidades narrativas. Una parte importante de dicho reconocimiento quedó bien patente en los numerosos galardones que recibió por sus historias de naves, galaxias y alienígenas, entre los que cabe recordar aquí el primer premio obtenido en el concurso de cuentos cortos convocado en 1947 por la revista inglesa Argosy, que recayó en su narración breve titulada "Bianca's Hands", obra que había sido rechazado por todos los editores estadounidenses por su explícita temática sexual. Además, se alzó con el prestigioso "Premio Internacional de Novela de Fantasía (IFA)", otorgado, en su convocatoria de 1954, a su novela More Than Human (Más que Humano, 1953), y en 1970 recibió los no menos relevantes premios "Nebula" y "Hugo" por su relato titulado "Slow Sculpture". En 1985 se le honró, a título póstumo, con el "World Fantasy-Life Achievement Award", un galardón que venía a subrayar los méritos contraídos a lo largo de toda su carrera literaria. Consagrado como un autor "de culto" entre los adeptos al género de la ciencia ficción, en 1962 fue el Invitado de Honor en la World Science Fiction Convention; y en el año 2000, al cabo de tres lustros de su desaparición, fue incluido en The Science Fiction and Fantasy Hall of Fame. Se le recuerda, asimismo, con especial admiración por su labor de guionista de algunas de las exitosas series televisivas mencionadas en parágrafos anteriores, y muy especialmente por haber sido el creador de la famosa Primera Directiva de la serie Star Treck, cuyo ideario se sustentaba en un principio básico: la no-interferencia con otras culturas.

En lo que a su estilo y técnica narrativa se refiere, cabe destacar que Theodore Sturgeon fue, ante todo, un radical innovador dentro de las coordenadas temáticas y estilísticas habituales en la ciencia ficción, a la que enriqueció notablemente merced a la introducción de algunas inquietudes poco frecuentes en el género (como sus ya apuntadas obsesiones sobre el sexo y la religión) y de un original enfoque narrativo en el que primaba la calidad de literaria por encima de los argumentos (por lo demás, demasiado manidos por la exigencias temáticas de esta modalidad narrativa). Sturgeon supo advertir que, desde los orígenes de la ciencia ficción, existía una acusada inclinación a construir historias cuyos asuntos estaban casi exclusivamente referidos al desarrollo de un invento o un descubrimiento científico. Así las cosas, los autores que optaban por esta vía constructiva no se preocupaban demasiado por la forma de narrar sus historias, ni por la dimensión estética de las mismas, ni por la mayor o menor verosimilitud de unas situaciones o unos diálogos en los que, al socaire de la imaginación especulativa impuesta por el género, parecía dominar la máxima del "todo vale". Era, pues, habitual en estas obras la inclusión de farragosas digresiones discursivas en las que los inventores o descubridores que las protagonizaban se explayaban en la explicación o descripción de sus hallazgos científicos, sin reparar en el hastío o la incomprensión que sus largas peroratas tecnicistas provocaban en sus interlocutores -y, en último término, en los lectores, casi siempre fastidiados por la dilatada interrupción del fluir de la trama argumental-. Consciente de este extendido defecto, Sturgeon volcó sus esfuerzos en el estilo, en la manera de contar las cosas, sin detenerse demasiado en esos alardes científico-técnicos de los que abusaban sus colegas; y, al mismo tiempo, fascinado siempre por la complejidad de la psique, ahondó en los traumas, los tabúes y las inquietudes de sus personajes, hasta lograr que todas sus historias fueran, por encima de la anécdota de la invención, el descubrimiento o la lucha interestelar, narraciones centradas en la problemática humana contemporánea. Con el paso del tiempo, acentuó tanto esta tendencia que, en sus obras postreras, el argumento no es más que un débil pretexto para que sus protagonistas expongan sus pensamientos, que vienen a coincidir con el ideario radical y reformista del escritor neoyorquino.

Un buen ejemplo de esta difusión de sus postulados ideológicos a través de su obra puede hallarse en su relato titulado con la inquietante pregunta de "Si todos los hombres fueran hermanos, ¿permitirías que alguno se casara con tu hermana?", un texto que Sturgeon dio a la imprenta en 1967, después de tres largos años de sequía creativa. Furibundo enemigo de los tabúes morales que seguían lastrando la sociedad de su tiempo, el escritor neoyorquino se animó a plasmar sus ideas en una sugerente ficción ubicada en un remoto y aislado planeta, habitado por una sociedad humana que no conoce el tabú del incesto. Hasta allí llega un atribulado humano procedente de un planeta donde no se conciben las relaciones sexuales entre individuos de la misma familia, quien queda desconcertado por la naturalidad con que viven el incesto los pobladores de aquel cuerpo celeste. La magistral utilización del diálogo por parte de Sturgeon, obsesionado siempre por esa perfección estilística de sus obras, pone de manifiesto, a través de un fluido debate socrático entre los personajes, que las relaciones endogámicas pueden contribuir a la forja de sociedades más justas y estables, y menos violentas que las implantadas en los mundos donde se rechaza el incesto.

Pero el tema del incesto, abordado en todas sus implicaciones en "Si todos los hombres fueran hermanos, ¿permitirías que alguno se casara con tu hermana?" (1967), no fue el único tabú sexual combatido por Sturgeon en su original obra de ciencia ficción. Fascinado por el complejo de culpa -casi siempre relacionado, en sus textos, con la transgresión de los valores morales en las relaciones sexuales-, el narrador estadounidense escribió dos relatos sobre el tema de la homosexualidad, hasta entonces inédito en la ciencia ficción ("The World Well Lost" y "Affair With a Green Monkey"), y se atrevió a crear en su novela Venus más X (1960) un universo habitado por seres hermafroditas, en el que algunos personajes se convirtieron en portavoces de la mentalidad progresista de su autor para expresar ideas de este tenor:

"Hay dos canales directos que conducen a la mente inconsciente. Es sexo es uno, la religión es otro; y en los tiempos precristianos, era habitual expresarlos juntos. El sistema judeocristiano puso un alto a todo ello, por una razón muy comprensible... Un suplicante, bañado por la gracia, hablando en lenguas, todo su cuerpo en el trance de la danza estática, no se preocupa por la doctrina ni pide la intercesión de autoridades temporales o dogmáticas. Sus guías de conducta son sencillas. Hará todo lo que sea necesario para conseguir que se repita la experiencia. Si actúa correctamente, lo conseguirá; si no es capaz de repetir la experiencia, aquello ya será un total y absoluto castigo.

Ignorará lo que es la culpabilidad.

La única forma concebible de utilizar el inmenso poder de la religiosidad innata -la necesidad de adorar- para la adquisición de poder humano, es situar entre el adorador y la Divinidad un mecanismo de culpabilidad. La única forma de conseguir eso es organizar y sistematizar la adoración, y la forma obvia de lograrlo es controlar esa otra gran fuerza de la vida: el sexo.

El homo sapiens es único entre las especies, existentes y extintas, en imaginar sistemas para la represión del sexo".

De la lectura de este espléndido pasaje de Theodore Sturgeon se deduce fácilmente que el autor neoyorquino no apeló a la transgresión sexual con la mera finalidad de encandilar y excitar a sus lectores; sus constantes referencias eróticas son, lejos de un vulgar reclamo pornográfico, un inquietante -y, para muchos lectores, molesta- invitación a reflexionar sobre el tabú, la culpa y el castigo, y a buscar detrás de estas grandes lacras de la civilización occidental los poderosos hilos de poder que las crearon y las alimentan incesantemente.

En sus postreros años de existencia, Theodore Sturgeon dejó prácticamente de escribir. Falleció en el hospital del Sagrado Corazón, sito en la ciudad de Eugene (Oregon), en la primavera de 1985, a los sesenta y siete años de edad, víctima de una pulmonía.

Relación de sus obras

A continuación se ofrece al lector una exhaustiva relación, presentada por orden cronológico, de algunos de los relatos más célebres de Sturgeon. En los años cuarenta, publicó, entre otras narraciones ya citadas más arriba, "Ether Breathers" (1939) -un cuento protagonizado por unos seres que respiran éter-, "It" (1940), "The Microcosmic God" (1941) -un estudio de la figura del hombre como creador y de sus responsabilidades hacia sus creaciones- , "Killdozer" (1944) -inquietante historia de terror sobre una excavadora que cobra vida repentinamente-, "Bianca's Hands" (1947) -censurado por su contenido moral-, y "Thunder and Roses" (1947) -alegato antibelicista-.

En la década de los cincuenta, escribió "Rule of Three" (1951), "Baby Is Three" (1952) -uno de sus relatos más famosos, embrión de su no menos celebrada novela More Than Human (1953)-, "Saucer of Loneliness" (1953) -narración de hermosa aliento poético-, "Mr. Costello, Hero" (1953) -valiente denuncia de la "caza de brujas" desatada en un tiempo de auténtico pavor hacia el comunismo-, "The Education of Drusilla Strange" (1954) -intenso debate entre una cultura antigua y agonizante, y otro nueva e inexperta-, "Granny Won't Knit" (1954), "When You're Smiling" (1955), "Who?" (1955), "The Skills of Xanadu" (1956) -en la que Sturgeon inventa una extraña forma de invasión donde el invasor se convierte en invadido-, "The Claustrophile" (1956), "The Other Man" (1956), "The Other Celia" (1957), "The Pod and the Barrier" (1957) y "To Marry Medusa" (1958) -primer esbozo, también, de una narración extensa del propio Sturgeon, The Cosmic Rape (1958). Al margen de la ciencia ficción, por aquello años escribió también varios relatos pertenecientes a otros géneros, como el western y la literatura policíaca; entre ellos, cabe recordar los titulados "Cactus Dance" (1954), "Half-Way Tree Murder" (1956), "Dead Dames Don't Dial" (1956), "The Waiting Thing Inside" (1956), "The Deadly Innocent" (1956), "The Man Who Figured Everything" (1960), y "Night Ride" (1960).

Durante el decenio siguiente, surgieron de su pluma "How to Kill Aunty" (1961), "Some of Your Blood" (1961), "Tandy's Story" (1961), "Assault and Little Sister" (1961), "Voyage to the Bottom of the Sea" (1961), "The Blond with the Mysterious body" (1962), "When You Care, When You Love" (1962), "The player on the Other Side" (1963), "It Should be Beautiful" (1963) -relato inédito-, "Hold Up a la Carte" (1964), "How to Forget Baseball" (1964), "The Nail and the Oracle" (1965), "The Rare Breed" (1966), "If all men were brothers, would you let one marry your sister?" (1967), "Amok Time" (1969), "Brownshoes" (1969), "Jorry's Gap" (1969), "It Was Nothing" (1969) y "The Man Who Learned Loving" (1969).

De finales de dicha década y comienzos del decenio siguiente son los relatos titulados "Slow Sculpture" (1970) -uno de sus textos más aplaudidos por la crítica y los lectores, merecedor de los prestigiosos premios "Nebula" y "Hugo"-, "It's You!" (1970), "Take Care of Joey" (1971), "Crate Octubre" (1970), "The Girl Who Knew What They Ment" (1970), "Jorry's Gap" (1969), "It Was Nothing-Really!" (1969), "Brownshoes" (1969), "Uncle Fremmis" (1970), "The Patterns of Dorne" (1970) y "Suicide" (1970); todos ellos -denominados por el propio escritor neoyorquino "los cuentos de Wina", por haber sido su cuarta esposa quien le había animado a escribirlos- quedaron recogidos en el volumen recopilatorio titulado Sturgeon is Alive and Well (1971). Posteriormente, escribió otros dos relatos que vieron la luz en las páginas de la revista Harper's: "Ingenious Aylmer" (1973) y "I Love Maple Walnut" (1974).

Cada vez más alejado de la escritura, en los ochenta escribió "Why Dolphins Don't Bite" (1980), "Vengeance Is, Dark Forces" (1980), "Not an Affair" (1983), "The Trick" (1983) -relato inédito en vida del autor- y "Winesburg, Ohio" (1983) -también inédito-. Un año antes de su muerte, concluyó y dio a la imprenta la novela Godbody (1984), en la que llevaba trabajando más de un decenio, sin firmar ningún pre-contrato con las casas editoriales que se lo ofrecían, pues tenía el deseo de escribirla a su ritmo, sin prisas, en función de sus inestables estados de ánimo. A título anecdótico, conviene añadir, por último, que muchos de los fieles lectores de Theodore Sturgeon aficionados a la ciencia ficción ignoran que el autor neoyorquino escribía algunas novelas extensas pertenecientes a otros géneros tan alejados de ella como la narrativa histórica -I, Libertine (1956)-, la policíaca -The King and the four Queens (1956) y The player on the other side (1963)- y el western -The Rare Bred (1966) y Sturgeon's West (1973).

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.