Heinrich Schliemann (1822–1890): El Hombre que Descubrió Troya
Heinrich Schliemann (1822–1890): El Hombre que Descubrió Troya
Orígenes y Formación (1822–1846)
Heinrich Schliemann nació el 6 de enero de 1822 en Ankershagen, un pequeño pueblo en el principado de Mecklemburgo, en lo que hoy es Alemania. Su familia era de clase media baja, y su padre, un párroco luterano, se encargaba de la pequeña iglesia local. La vida de Heinrich transcurría en un entorno austero y sencillo, marcado por los rigores de una Alemania dividida y en procesos de transformación política y social debido a las Guerras Napoleónicas y los cambios que traía consigo el siglo XIX.
El contexto socioeconómico del joven Schliemann fue crucial para su formación, pues no estaba destinado a ser parte de las élites académicas o aristocráticas. La muerte prematura de su padre cuando Heinrich tenía solo siete años, sumió a la familia en la pobreza, y este evento marcó profundamente al joven, que se vio obligado a abandonar cualquier intento de educación formal en instituciones de prestigio. No obstante, las circunstancias difíciles de su infancia no fueron un obstáculo para el desarrollo de su carácter y, más tarde, de su legendaria carrera como arqueólogo. La temprana muerte de su padre forjó en Heinrich una independencia y un afán por superarse, que sería determinante en su vida posterior.
Los primeros años de vida y su educación
Desde muy joven, Heinrich mostró una inclinación insaciable por el aprendizaje. La lectura fue su refugio, y desde su niñez se interesó por los libros y la historia. Sin embargo, la imposibilidad de asistir a una escuela formal no detuvo su afán por adquirir conocimiento. Su educación formal fue limitada, pero compensada por su increíble capacidad para aprender de forma autodidacta. Esta pasión por la lectura no solo lo llevó a conocer la literatura alemana, sino que también lo impulsó a estudiar varios idiomas, lo que se convertiría en uno de sus mayores talentos a lo largo de su vida.
Según cuenta la leyenda que él mismo divulgó, la pasión de Schliemann por Grecia se despertó cuando tenía solo siete años, tras recibir de su padre un ejemplar de «La historia universal» de Jerrer. En una ilustración de este libro, se representaban los muros de Troya en llamas. Intrigado por la imagen, Heinrich preguntó a su padre si esa era la ciudad de Troya de la que había oído hablar en los relatos antiguos. Este momento dejó una marca indeleble en la mente de Schliemann, quien, según él mismo relató, se propuso desde entonces encontrar la legendaria ciudad perdida. Sin embargo, si bien esta historia se ha popularizado, el verdadero origen de su fascinación por Troya radica en su acceso a otros textos clásicos, como la «Odisea» de Homero, que más tarde devoraría en su totalidad, memorizando pasajes enteros y aprendiendo griego para comprender la obra de manera directa.
Trabajo temprano y habilidades lingüísticas
Después de la muerte de su padre, Heinrich se vio obligado a abandonar su hogar y comenzar a trabajar a una edad temprana. A los once años, comenzó a trabajar en una pequeña tienda de comestibles que regentaba un buhonero local. Este trabajo, aunque rudimentario, fue la primera experiencia de Schliemann en el mundo laboral. Sin embargo, la dura realidad económica no amilanó su espíritu. La lectura siguió siendo su gran pasión, y en sus ratos libres, devoraba todo tipo de textos históricos y literarios. Su capacidad para aprender idiomas fue extraordinaria. A una edad temprana, ya dominaba varios idiomas, incluyendo el latín y el griego antiguo, y desarrolló una gran facilidad para aprender nuevos idiomas, algo que más tarde le abriría puertas en su carrera comercial y arqueológica.
A los 14 años, la fragilidad de su salud, que lo llevó a ser un joven enfermizo, hizo que su madre decidiera enviarlo a Hamburgo, con la esperanza de que el aire del mar favoreciera su recuperación. En Hamburgo, Heinrich comenzó a trabajar en un comercio de alimentos, pero la salud siguió siendo un obstáculo en su vida. Buscando mejorar su estado físico, se embarcó como grumete en un velero que lo llevaría desde Hamburgo hasta Venezuela. Lamentablemente, el barco naufragó cerca de las costas de Holanda, y Schliemann y sus compañeros se vieron a la deriva durante horas en un bote salvavidas. A pesar del peligro y la adversidad, Heinrich sobrevivió al naufragio, lo que para él fue un episodio determinante, pues comenzó a ver la vida con una renovada energía y determinación.
A su regreso a Europa, se estableció en Ámsterdam, donde encontró trabajo en la oficina de un comerciante, F.C. Quien, cuya empresa trataba con letras de cambio y transportes. Aquí, Schliemann no solo continuó su labor comercial, sino que también pudo seguir cultivando su amor por los idiomas. Su asombrosa habilidad para aprender y dominar lenguas extranjeras no pasó desapercibida, y pronto se destacó como un empleado excepcional. A los 22 años, consiguió trabajo en una empresa importadora de especias, donde además de perfeccionar su alemán, aprendió polaco, sueco, español, portugués y más tarde, ruso.
Este dominio de las lenguas no solo le permitió destacarse como hombre de negocios, sino que también le permitió establecer conexiones clave en los círculos comerciales europeos, lo que resultó crucial para sus futuros proyectos. A la edad de 24 años, ya había dominado el ruso y, gracias a su creciente reputación, fue enviado como representante de su empresa a San Petersburgo, y más tarde a Moscú, donde adquirió gran prestigio como comerciante.
La carrera de Schliemann como hombre de negocios fue exitosa. A los 30 años, ya había amasado una considerable fortuna, lo que le permitió, finalmente, comenzar a enfocarse en el sueño que había albergado desde su niñez: la búsqueda de Troya.
La Carrera Arqueológica (1846–1874)
Primeros contactos con la arqueología
A pesar de su éxito en el mundo de los negocios, el sueño de Schliemann siempre fue el de convertirse en arqueólogo y descubrir la mítica ciudad de Troya, cuya ubicación había obsesionado a muchos estudiosos durante siglos. Después de haber alcanzado una posición económica cómoda, Heinrich decidió dedicarse por completo a su pasión por la arqueología, un campo al que se acercó no solo con el entusiasmo de un autodidacta, sino también con el deseo de dejar su huella en la historia.
Su primer contacto serio con la arqueología tuvo lugar en 1866, cuando decidió retirarse parcialmente de sus negocios. Se trasladó a Grecia, donde comenzó a estudiar los lugares mencionados en los textos clásicos, especialmente los de Homero, cuyo «Iliada» y «Odisea» siempre lo habían fascinado. En esta época, comenzó a formular sus primeras teorías sobre la localización de Troya y, a partir de allí, comenzó a viajar por toda Europa, incluidos lugares tan emblemáticos como Italia, Escandinavia y Siria. Durante estos años, Schliemann se dedicó a perfeccionar sus conocimientos sobre la historia antigua y la arqueología, apoyado por su dominio de los idiomas clásicos.
Sin embargo, la verdadera motivación de Heinrich siempre fue Troya. Convencido de que había encontrado la ubicación de la antigua ciudad en la colina de Hissarlik, en el actual Turquía, Schliemann publicó en 1868 su obra «Ítaca, el Peloponeso y Troya», en la que presentaba sus argumentos para sustentar su teoría sobre la localización de Troya en este sitio. Aunque la comunidad científica de la época no le prestó mucha atención, Schliemann estaba seguro de su descubrimiento y decidido a probar que Homero no solo había existido, sino que había retratado un mundo real en sus escritos.
Viajes y estudios en Europa y más allá
Antes de comenzar sus excavaciones en Hissarlik, Schliemann viajó por varias regiones del mundo para ampliar su comprensión de las culturas antiguas. En 1858, por ejemplo, hizo un largo viaje por el Medio Oriente, cruzando desde Jerusalén hasta El Cairo. Durante este periplo, visitó la antigua ciudad de Petra, en Transjordania, y aprendió árabe, lo que le permitió interactuar con las comunidades locales. La leyenda dice que, durante este viaje, Schliemann disfrazó de árabe para visitar la Meca, un relato que contribuyó a la mitología personal que él mismo fomentó.
Aunque sus viajes fueron principalmente motivados por el deseo de conocer y entender mejor las civilizaciones de la antigüedad, también fueron fundamentales para su desarrollo como investigador y su capacidad para formar redes de contacto. Durante sus estancias en Europa, Schliemann se relacionó con académicos, arqueólogos y otros expertos que, aunque en su mayoría se mostraron escépticos, le proporcionaron conocimientos que más tarde serían claves para sus excavaciones. Sin embargo, fue su estancia en Grecia la que tuvo el mayor impacto en su carrera arqueológica, pues fue allí donde, por fin, pudo comenzar a dar forma concreta a sus investigaciones sobre la civilización micénica y la localización de Troya.
Descubrimientos arqueológicos
En 1870, Schliemann compró el terreno en Hissarlik, Turquía, donde estaba convencido de que se encontraba Troya. En 1873, comenzó las excavaciones con un equipo muy pequeño, que consistía principalmente en él mismo y su esposa Sofía. A pesar de las dificultades financieras y los obstáculos burocráticos, Heinrich no se dio por vencido. Después de varios años de trabajo en el sitio, en 1873, Schliemann descubrió lo que él interpretó como los restos de la antigua ciudad de Troya.
La excavación de Schliemann en Hissarlik resultó ser una de las más significativas de la historia de la arqueología. Encontró, entre otras cosas, una impresionante colección de joyas y objetos preciosos que él creía que pertenecían a Príamo, el rey de Troya, según lo relatado en la «Ilíada». Esta serie de hallazgos fue conocida como «El Tesoro de Príamo» y se convirtió en uno de los descubrimientos arqueológicos más famosos de la época. Sin embargo, su descubrimiento no estuvo exento de controversia. Muchos académicos se mostraron escépticos acerca de sus métodos y de la autenticidad de los objetos encontrados, lo que generó una considerable disputa con la comunidad científica.
A pesar de las críticas, Schliemann se mantuvo firme en sus convicciones y continuó excavando. Aunque enfrentó varios desafíos, como la oposición del gobierno turco por la posesión de los artefactos y la larga batalla legal por las joyas descubiertas, Schliemann logró mantener su entusiasmo. Sin embargo, fue en 1874 cuando comenzó su trabajo en Micenas, lo que marcaría el inicio de otro de sus grandes logros arqueológicos.
En Micenas, Schliemann desenterró una impresionante serie de tumbas, entre ellas la famosa Tumba de Atreo, además de otros restos de la civilización micénica. Estos hallazgos ayudaron a confirmar que las ciudades que él había identificado, tanto en Troya como en Micenas, correspondían con las descripciones de Homero en sus épicos relatos. La arqueología clásica, hasta ese momento dominada por teorías más abstractas y menos empíricas, comenzaba a ser reformada gracias a los métodos innovadores de Schliemann.
Entre 1874 y 1884, Heinrich también llevó a cabo excavaciones en Orcómeno, Tirinto e Ítaca, siempre con el mismo enfoque: descubrir la historia de las civilizaciones mencionadas por los poetas antiguos. Cada uno de sus descubrimientos confirmaba su creencia de que los relatos de Homero no solo eran mitos, sino representaciones de un pasado real.
Reconocimiento, Legado y Últimos Años (1874–1890)
Reconocimientos y honores
A lo largo de su carrera, Schliemann enfrentó muchas críticas, pero también recibió numerosos reconocimientos por sus contribuciones a la arqueología. A medida que sus descubrimientos fueron cobrando mayor importancia, la comunidad científica comenzó a darle el crédito que merecía, y su nombre se asoció con el renacer de la arqueología moderna. En 1879, la Universidad de Rostock le otorgó el título de Doctor honoris causa en reconocimiento a su trabajo pionero en la excavación de Troya y Micenas. En 1881, Berlín lo nombró «Ciudadano honorario» por su contribución a la arqueología, lo que reflejaba el respeto creciente por sus métodos y logros.
Schliemann también fue reconocido por su habilidad para combinar sus conocimientos comerciales con su pasión por la arqueología, lo que le permitió financiar sus excavaciones, que eran costosas y complejas. Su capacidad para gestionar las expediciones y sus incursiones en el mundo académico lo llevaron a ser consultado por muchos estudiosos e instituciones científicas.
Sin embargo, no todos sus contemporáneos compartieron su entusiasmo. Muchos arqueólogos, como el británico Sir Arthur Evans, le criticaron por sus métodos apresurados y a menudo destructivos. Además, su enfoque en la «gloria personal» y la forma en que comercializó sus descubrimientos a menudo lo ponían en conflicto con la comunidad científica establecida.
Últimos descubrimientos y colaboradores
A pesar de las críticas y las dificultades que enfrentó en su vida personal y profesional, Schliemann continuó sus excavaciones hasta sus últimos días. En 1882 regresó a Troya, donde reanudó las excavaciones en el sitio que lo había hecho famoso. Fue en esta fase final de su carrera cuando contó con la ayuda de otros arqueólogos destacados, como Wilhelm Dörpfeld, quien se convertiría en su colaborador más cercano.
Dörpfeld, un experto en arquitectura, acompañó a Schliemann en sus excavaciones finales y asumió la responsabilidad de continuar el trabajo de Schliemann después de su muerte. Durante este tiempo, Schliemann también trabajó con Emil Burnouf y Rudolf Virchow, quienes contribuyeron a darle un enfoque más científico y organizado a sus investigaciones. La colaboración con estos eruditos permitió que los hallazgos de Schliemann se incorporaran a un campo más académico y estructurado, lo que finalmente consolidó su legado en la arqueología moderna.
Aunque la relación con sus colaboradores fue fundamental para el éxito de sus últimos proyectos, también sufrió tensiones personales. Schliemann estaba muy centrado en el valor simbólico de sus descubrimientos, a menudo privilegiando los aspectos más sensacionales de su trabajo, como el famoso «Tesoro de Príamo», a veces dejando de lado el rigor científico que requerían sus investigaciones.
Legado de Schliemann
El legado de Heinrich Schliemann es complejo y multifacético. A pesar de las críticas a sus métodos y su estilo poco ortodoxo, su impacto en la arqueología fue profundo y duradero. Su insistencia en que los relatos de Homero tenían base histórica fue una de las ideas más revolucionarias de su tiempo. Gracias a sus excavaciones, se pudo establecer la ubicación de Troya, lo que no solo confirmó la existencia de una ciudad antigua, sino que también permitió realizar una reevaluación completa de la historia de la civilización micénica.
Schliemann también introdujo nuevas técnicas de excavación, aunque estas eran muy destructivas por los estándares modernos. Sus métodos, aunque cuestionables, abrieron el camino para las futuras generaciones de arqueólogos, al mostrar la importancia de excavar de manera sistemática y de interpretar los hallazgos en el contexto de los textos antiguos.
La importancia de sus descubrimientos fue reconocida por la comunidad científica, aunque no sin controversia. En las décadas posteriores a su muerte, la arqueología continuó desarrollándose con un enfoque más académico y menos impulsado por el afán de reconocimiento personal, pero sin embargo, Schliemann quedó como un pionero que transformó la disciplina. La relevancia de sus excavaciones sigue viva en los estudios de la antigua Grecia y Anatolia, y su nombre se asocia con los más grandes hallazgos arqueológicos de la historia.
Además, el impacto de sus descubrimientos se extendió a la cultura popular, ya que las historias sobre Troya y la guerra de los griegos contra los troyanos continuaron siendo fuente de inspiración para generaciones de escritores, cineastas y artistas. Schliemann contribuyó a mantener viva la memoria de Homero, demostrando que los mitos y leyendas pueden tener raíces en eventos reales, aunque las interpretaciones y conclusiones de Schliemann, a veces excesivamente optimistas, continúan siendo un tema de debate en los círculos académicos.
Muerte y legado posterior
Heinrich Schliemann falleció el 26 de diciembre de 1890 en Nápoles, Italia, a la edad de 68 años. Su salud, ya debilitada por años de esfuerzos y viajes, finalmente cedió. Sin embargo, su legado perduró mucho más allá de su muerte. En las décadas siguientes, la arqueología se modernizó, y la forma en que Schliemann abordó la excavación y la interpretación de los sitios arqueológicos fue refinada por otros investigadores. Aunque sus métodos y teorías han sido objeto de revisión, su contribución al descubrimiento de Troya y Micenas sigue siendo fundamental para comprender la historia de las antiguas civilizaciones mediterráneas.
Hoy en día, el trabajo de Schliemann se estudia en las universidades y museos de todo el mundo. Su nombre está inscrito en la historia como el hombre que, con determinación y sin miedo a desafiar las normas académicas de su tiempo, logró lo que muchos consideraban imposible: la ubicación y el descubrimiento de Troya. Aunque su vida estuvo llena de controversias, descubrimientos y contradicciones, Heinrich Schliemann sigue siendo una figura crucial en la arqueología moderna, cuyo legado sigue vivo en cada excavación realizada en los antiguos sitios de Troya, Micenas y otras ciudades del mundo clásico.
MCN Biografías, 2025. "Heinrich Schliemann (1822–1890): El Hombre que Descubrió Troya". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/schliemann-heinrich [consulta: 17 de febrero de 2026].
