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DeportesBiografía

Petrovic, Drazen (1964-1993).

Baloncestista croata, nacido en Sibenik (Dalmacia) el 22 de octubre de 1964 y muerto en Dekendorf (Alemania) el 7 de junio de 1993. Considerado como el sucesor natural de los grandes talentos balcánicos de los setenta y primeros ochenta (Slavnic, Kikanovic, Varajic, Delibasic, Dalipagic, etc.), y reivindicado por muchos como el mejor baloncestista europeo de todos los tiempos, fue, junto al lituano Arvidas Sabonis, la máxima estrella de su época en el Viejo Continente. Logró llegar a la liga profesional estadounidense (NBA; National Basketball Association), donde triunfó plenamente y abrió el camino para el asentamiento de otras promesas procedentes de Europa. Un trágico accidente de circulación truncó su exitosa carrera y acabó con su vida cuando aún no había cumplido los treinta años.

Drazen Petrovic.

Sus inicios en el baloncesto

Hijo de Jolle, abogado criminalista que llegó a ser jefe de la policía de Sibenik, y de Bizerka, se inició en el deporte de la canasta de la mano de su hermano mayor, Aleksandar, conocido familiarmente como Aza, que, con apenas diez años, ya mostraba las cualidades que le llevarían a convertirse en uno de los grandes jugadores de la historia del baloncesto europeo. Aza enseñó al pequeño Drazen los fundamentos básicos del baloncesto y le insufló su espíritu competitivo, influencias que aquél asimiló e incorporó a su carácter metódico y disciplinado. A pesar de padecer una malformación congénita en la cadera que le podría imposibilitar para la práctica deportiva, según le advirtieron algunos médicos, Drazen se acostumbró desde su más tierna infancia a jugar en solitario con un balón. Así, al cumplir su primer decenio de vida se incorporó al equipo de su colegio, gracias a la mediación de su hermano, de donde pasó a ayudar en los entrenamientos del primer equipo de Sibenik... en categoría femenina. Pronto reveló la excepcionalidad de un talento que, unido a sus grandes aptitudes físicas, le sirvió para atraer la atención de los técnicos del Sibenka Sibenik, el club de su ciudad natal. En 1978 obtuvo la medalla de bronce en el Campeonato Juvenil de Yugoslavia, y un año más tarde se incorporó al primer equipo del Sibenka, aún sin cumplir los 16 años (ya medía entonces 1,91 cm). A pesar de su bisoñez y de que sólo se le había dado un puesto con el fin de reforzar los entrenamientos, no tardó en hacerse un hueco en el quinteto titular: para el entrenador-jugador del equipo, el inolvidable Moka Slavnic, el talento de Drazen no pasó desapercibido. Es reveladora de su obsesión por mejorar la costumbre que el joven Petrovic tenía en aquélla época: anotar 1.000 canastas cada mañana, antes de acudir a clase en su instituto. Ya entonces comenzaron a difundirse las noticias sobre sus extraordinarias posibilidades, y varios entrenadores estadounidenses intentaron reclutarlo para jugar en sus respectivas High School. Bajo el liderazgo del menor de los Petrovic, la modesta escuadra dálmata alcanzó los mayores éxitos de su historia: dos subcampeonatos de la Copa Korac y dos títulos de la Liga de Yugoslavia (1983 y 1984), que sirvieron para poner fin al dominio del Estrella Roja de Belgrado en el campeonato del país balcánico. En el ámbito continental, la selección yugoslava se alzó con el segundo puesto en el Campeonato de Europa de la categoría júnior, celebrado en Split, donde Drazen coincidió con quien sería una de sus parejas letales en el parqué: Danko Cvjeticanin. El subcampeonato se vio refrendado con el galardón como mejor jugador y su inclusión en el quinteto ideal del campeonato, escoltado por el entonces soviético José Biriukov, el alemán Detlef Schrempf, el búlgaro Dimitri Amiorkov y la estrella española, Jordi Villacampa.

Europa se rinde ante Petrovic

Aunque ya había debutado con la selección absoluta de Yugoslavia en el Europeo de Nantes (1983), fue en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1984) cuando se hizo con un puesto estable en el cinco inicial. Drazen acudió a la cita olímpica con sólo 19 años pero ya había tomado algunas decisiones importantes para su carrera: antes de viajar a la ciudad californiana, y tras desestimar la oferta que le efectuó la universidad norteamericana de Nôtre-Dame para integrarse a su programa de baloncesto, el Genio de Sibenik había fichado por la Cibona de Zagreb, el principal equipo de Croacia, en el que ya militaba su hermano Aza desde el año anterior. Con los lobos azules de la capital agramita y su hermano de lugarteniente, la joven e insolente estrella yugoslava comenzó a extender su fama por las canchas del continente, y en especial por una: la del viejo pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Los aficionados de la escuadra blanca, el equipo más laureado de Europa, asistieron asombrados a la exhibición ofensiva del imberbe número 10 de la Cibona, cuyos 35 puntos se sumaron a los 44 que ya había endosado a los madridistas en Zagreb. Españoles y yugoslavos se volvieron a ver las caras en la final de la Copa de Europa, celebrada en Atenas en marzo de 1985 y ganada por la Cibona (87-78) gracias a otra portentosa actuación de Drazen, que anotó 36 puntos y controló en todo momento el ritmo del partido. El triunfo sirvió para coronar por segunda vez a un equipo yugoslavo como campeón europeo (el Bosna Sarajevo le antecedió en 1979) y para confirmar a Petrovic como el mejor jugador en el ámbito FIBA, pese al fracaso de la selección yugoslava (séptimo puesto) en el Campeonato de Europa, celebrado en Sttutgart ese mismo año. La Cibona revalidó su título en 1986, tras volver a derrotar al Real Madrid en dos ocasiones (49 puntos de Petrovic en Madrid) y superar al Zalguiris Kaunas de Arvidas Sabonis en la accidentada final disputada en Budapest. Su confirmación en la élite del baloncesto internacional era ya un hecho, como reflejaban las palabras de Dan Peterson, afamado técnico norteamericano de la Simac de Milán y otro de los damnificados por las exhibiciones del genio de Sibenik: "es el mejor escolta blanco del mundo, incluidos los profesionales". En el Campeonato del Mundo de Baloncesto, celebrado en España durante el verano de ese año, Drazen comandó a una selección yugoslava que obtuvo la medalla de bronce y hubo de sobreponerse a la animadversión de gran parte del público español, que no perdonaba los ademanes y desplantes de la estrella balcánica en los ya míticos enfrentamientos contra el Real Madrid. A finales de esa temporada comenzó a especularse con el futuro deportivo de un jugador al que, con apenas 21 años, se le quedaba pequeño el baloncesto europeo. Cuando todo parecía indicar que acabaría jugando en el F.C. Barcelona, una rápida e imprevista gestión de la directiva del Real Madrid permitió, el 28 de octubre de 1986, asegurar su incorporación al equipo capitalino a partir de 1988, una vez finalizase la participación de Yugoslavia en los Juegos Olímpicos de Seúl; unos meses antes, en el tradicional sorteo de jugadores universitarios para entrar en la NBA (el llamado draft), Drazen Petrovic fue escogido por Portland Trail Blazers en tercera ronda (puesto 60). En la siguiente campaña, la Cibona ganó la Recopa de Europa, tras superar al Scavolini de Pésaro en la final de Novi Sad, si bien hubo de resignarse al dominio del Zadar en la Liga de Yugoslavia. Tampoco en el ejercicio 87-88, el último de Drazen con la Cibona, pudo alcanzar el título en la competición doméstica, que se resolvió con el triunfo de un nuevo poder emergente: la Jugoplastika de los jóvenes talentos Perasovic, Kukoc y Radja. Ese fue el único año en que su futuro club, el Real Madrid, logró imponerse a una formación de la Cibona liderada por Drazen Petrovic, que, pese a su excepcional rendimiento en el partido de vuelta, no pudo impedir la victoria de los españoles en la final de la Copa Korac. En septiembre participó con la selección balcánica en los Juegos de Seúl, donde Yugoslavia perdió la final contra la Unión Soviética de Sabonis, Marciulionis y Volkov, e inmediatamente se incorporó al Real Madrid para afrontar la temporada 88-89.

Su primera y única temporada en el baloncesto español, al que llegó tras firmar un contrato por un montante superior al millón de dólares, se saldó con un sabor agridulce. Los inicios fueron esperanzadores, puesto que sus 22 puntos, seis asistencias y seis rebotes contra los Boston Celtics en el Open McDonald's (Madrid, octubre de 1988), le hicieron merecedor de elogios en ambos continentes, a pesar de la derrota del Real Madrid ante el legendario equipo verde (111-96). Además, su nuevo equipo ganó la Copa del Rey al entonces campeón vigente, el F.C. Barcelona, tras una disputada fase final que tuvo por sede La Coruña, y demostró a lo largo de la temporada ser superior a su gran rival catalán, al que derrotó hasta en cinco ocasiones consecutivas antes de la final de la Liga. En Europa obtuvo la Recopa, tras eliminar en semifinales a la Cibona de Zagreb, que recibió por primera vez como visitante a su gran estrella de antaño, y doblegar en la inolvidable final de Atenas al Snaidero de Caserta, con prórroga incluida (117-113). Ese día, Petrovic elevó su producción ofensiva hasta los 62 puntos, cifra que le valió los más encendidos elogios de la prensa especializada, aunque también los reproches de sus compañeros por su excesivo protagonismo en el juego. Después de haberlo ganado todo durante la temporada, Petrovic, Martín y el resto de estrellas madridistas hubieron de plegarse en el Play-Off final de la ACB ante el gran potencial del F.C. Barcelona, que se impuso por tres victorias a dos y renovó su título de campeón. La imagen del máximo anotador de la competición (1.026 puntos en liga regular) en el banquillo del Palau Blaugrana, eliminado por faltas personales y asistiendo impotente a la derrota de su equipo, significó un triste colofón a su último partido de club en el continente. En el verano de 1989, Drazen llevó al triunfo a la selección de Yugoslavia en el Campeonato de Europa celebrado en Zagreb, derrotando en la final al anterior campeón, Grecia (98-77). Tras ser nombrado de nuevo mejor jugador del Europeo, y ante la ausencia de nuevos alicientes para continuar en un baloncesto en el que ya lo había ganado todo, decidió intentar la aventura americana y medir sus fuerzas con las grandes estrellas de la NBA.

La primera estrella europea en la NBA

A pesar de unir en su juego toda la secular y enorme tradición del baloncesto plavi, Drazen Petrovic siempre fue un innovador, un pionero, por así decirlo, de la gran eclosión del baloncesto europeo como deporte de masas acontecida en la década de los ochenta. Por ello, como prácticamente durante toda su vida, el reto de jugar en la mejor liga del mundo, la NBA norteamericana, y enfrentarse a los mejores jugadores (con el añadido de los dólares, naturalmente), no asustó jamás al Genio de Sibenik; tal espíritu no sólo cimentó su propio éxito sino que comenzó a allanar el camino para el resto de jugadores del continente, contribuyendo decisivamente a que los cazatalentos de la NBA comenzasen a mirar con otros ojos el oficio, progresión y genio deportivo que se desarrollaba al otro lado del Atlántico, en la Vieja Europa.

Los inicios de Drazen en la NBA comenzaron a miles de kilómetros de distancia: concretamente, en la capital española, Madrid. Allí le esperaba su club el 16 de agosto de 1989 para que, junto a su nuevo entrenador, George Karl, arrebatasen la supremacía peninsular a sus rivales barcelonistas. Drazen apareció en la presentación, estrechó la mano de Karl y sonrió con sorna cuando el presidente de la entidad, Ramón Mendoza, dijo una frase para la historia en lo referente a su renovación: "la he resuelto en cinco minutos". Al día siguiente Drazen Petrovic volaba rumbo a su destino americano: Portland; previamente, un escrito notarial advertía a los madridistas que su estrella se había acogido al Real Decreto 1006 para rescindir unilateralmente el contrato que le unía a la entidad blanca. También resultó Drazen un pionero en estos temas, puesto que su paso a la liga norteamericana obligó a la firma de un acuerdo entre NBA y FIBA para que el gigante estadounidense respetase los contratos y las fichas firmadas en territorio europeo; algo más de un millón de dólares pagados por Portland en concepto de traspaso (inexistente jurídicamente, pues la acción de Petrovic, aunque reprochable éticamente, era perfectamente legal) contribuyeron lo suyo también, qué duda cabe, a compensar el agravio madridista. El equipo de Oregón ya había tenido en su plantilla a otro ex-jugador blanco, Fernando Martín, durante la temporada 1986-87, pero el entrenador, Rick Adelman, apenas le concedió minutos. Tan extraña actitud se mantuvo tras la llegada de Drazen quien, además, tuvo mala suerte en su primera temporada en la NBA al lesionarse de gravedad en la espalda. Su mejor actuación individual tuvo lugar frente a Denver Nuggets (21-IV-1990), a los que masacró con 24 puntos, 6 asistencias y 5 rebotes. En su primer año logró otra marca de relumbrón: ser el primer europeo en disputar una final de la NBA, pese a que su equipo, con visibles problemas de tiro exterior, fue ampliamente superado en la final de dicha competición por los Detroit Pistons de Chuck Daly: los Bad Boys, con Rodman, Dumars, Thomas, Laimbeer y Aguirre, fueron demasiado para Adelman y sus muchachos. Al menos, la apertura de la participación de jugadores profesionales en los campeonatos organizados por la FIBA permitió a Petrovic desquitarse ese verano, tras comandar a una selección yugoslava de ensueño (Paspalj, Kukoc, Radja y Divac se le unían en el cinco inicial) que ganó el título mundial en el Luna Park de Buenos Aires (Argentina) a la selección soviética. Drazen promedió más de 21 puntos por partido en el campeonato y humilló a la potente selección norteamericana en las semifinales con 31 puntos.

La temporada 1990-91 comenzó en la NBA con unas polémicas declaraciones del insolente (mas sincero) europeo, al considerarse mucho mejor que los jugadores de su equipo con los que sí contaba Rick Adelman. Además de una sanción económica, Drazen continuó con el ostracismo en el club hasta que forzó su salida: en enero de 1991 tuvo lugar una curiosa operación a tres bandas Portland-Denver-New Jersey mediante la cual Petrovic pasó a vestir la camiseta de estos últimos, los Nets. Rápidamente se notaron sus mejoras: elevó su producción ofensiva a 10 puntos de media (durante 61 encuentros) y batió su propio récord de anotación (16-III-1991) frente a Washington Bullets, con 27 puntos. La mejoría de la estrella balcánica no pudo ser apreciada en Europa durante ese verano, puesto que ciertas desavenencias con el nuevo seleccionador yugoslavo, Dusan Ivkovic, le hicieron renunciar a formar parte del combinado que se alzó con el triunfo en el Campeonato de Europa de Roma, en el verano de 1991, de triste memoria para los aficionados al baloncesto pues se trató de la última aparición de la selección yugoslava: una cruenta guerra civil escindiría sus regiones históricas en estados autónomos independientes que, como es lógico, competirían deportivamente con sus propias selecciones; quién sabe si también las desavenencias entre Drazen e Ivkovic escondían este tipo de conflictos. La siguiente temporada, 1991-92 fue la de su consagración americana: a pesar de que los Nets no llegaron a clasificarse para los play-offs por el título, Drazen jugó los 82 partidos de la Regular Season con 3.027 minutos de juego, elevando su producción ofensiva hasta los 18 puntos por noche. Pese al avance, Petrovic declaró sus intenciones de regresar a Europa, debido al poco nivel competitivo demostrado por su equipo, lo cual forzó a sus directivos a contratar a un nuevo entrenador: Chuck Daly. En esta temporada quedó patente la mejoría física de Petrovic, cuyo trabajo en los gimnasios le había hecho ganar masa muscular en los brazos, más potencia en las piernas, más envergadura en el contorno... más, en definitiva, concienzudamente preparado para afrontar el último peldaño de su carrera: igualarse con las estrellas de la NBA. Es digno de alabar que ganar peso y potencia no modificó ni un ápice su estilo de juego, pues también logró mayor movilidad lateral (clave en la defensa), mayor rapidez en la mecánica de tiro y mayor (¡si cabía!) control del balón.

Los últimos años de la estrella croata

Vaya por delante el perdón sincero a quien las siguientes palabras ofendan, pues no intentan, en modo alguno, trivializar la sangrante realidad sino, más bien, mostrar sus absurdas y funestas consecuencias también en el campo del deporte. Si la guerra civil yugoslava fue, a nivel humano, una masacre patética, los aficionados al baloncesto se pueden considerar un poco más agraviados al verse huérfanos del que, sin ninguna duda, hubiera sido el más extraordinario partido de baloncesto del siglo XX, en el marco de las Olimpiadas de Barcelona-92: el Dream Team norteamericano contra la inexistente Yugoslavia, desgajada en mil pedazos por el irraciocinio de algunos. Las autoridades deportivas estadounidenses, ante el reiterativo fracaso de sus universitarios enfrente del cada vez más cercano, deportivamente al menos, baloncesto europeo, decidieron embarcar a sus grandes estrellas de la NBA en la reconquista por la primacía mundial, perdida ante los soviéticos en Seúl-88 y ante los mismos plavi en Argentina-90. Los Jordan, Bird, Barkley, Pippen, Malone y compañía aterrizaron en Barcelona como una máquina de aplastar rivales; ante ellos, únicamente la nueva selección croata, dirigida por Drazen Petrovic no sólo en la pista sino como capitán del equipo, plantó cara defendiendo el baloncesto europeo. Para el recuerdo quedan los primeros diez minutos de la final entre norteamericanos y croatas en los que, de la mano del Genio de Sibenik, hasta los cimientos de la NBA temblaron, especialmente después de que éste clavara un triple, delante de las mismas narices de Michael Jordan, que adelantó por primera y única vez en el encuentro a la selección croata. Una medalla de plata olímpica y el encumbramiento de Croacia como alternativa baloncestística a la NBA fueron las muescas que Drazen Petrovic arrancó de Barcelona-92, sintiéndose orgulloso sobre todo de la segundo (siempre fue un ferviente patriota croata). Tras ello, regresó a la NBA donde Chuck Daly había construido unos formidables New Jersey Nets al lograr la incorporación de una de las estrellas universitarias (Derrick Coleman) y también a un base de garantías (Kenny Anderson) para que Drazen jugase en su puesto natural: el de escolta tirador. A lo largo de su última temporada en la NBA, la 92/93, Petrovic llegó al status de estrella también en Estados Unidos: 64 partidos disputados, más de 23 puntos por partido de media y un récord de anotación personal al nivel de los más grandes jugadores históricos de la NBA, como fueron sus 44 puntos logrados frente a San Antonio Spurs (8-IV-1993). Participó también en el concurso de triples del tradicional All Star Weekend de febrero, y sólo la absurda resistencia de los norteamericanos ante las evidencias deportivas europeas (¿Adelmanía, quizá?), le privó de ser el primer jugador del Viejo Continente en participar en el All Star Game, pues su media de anotación, asistencias y rebotes era muy superior a otros jugadores que sí lo hicieron. Valgan tres botones como muestra: a la hora de la elección, por ejemplo, Drazen era líder en canastas de tres puntos anotadas y tenía el mejor porcentaje de tiros libres de la NBA, además de figurar entre los diez primeros anotadores del campeonato, dato este último impensable (en la mente de un norteamericano) para un europeo antes de su llegada; tales razones eran más que suficientes para que vistiera la camiseta del combinado del Este...salvo para los santones de David Stern.

El verano del 93 se presentaba, de nuevo, como un gran reto para Croacia y, por ende, para Drazen Petrovic: situarse en el primer lugar del podio en el Campeonato de Europa a celebrar en Alemania, relevando así al anterior campeón, Yugoslavia, en aquel momento enemiga también bélicamente y a quien las autoridades FIBA prohibieron competir por mor de las sanciones políticas que había emitido la ONU en su contra. Antes de ello, Croacia tenía que cumplir con el trámite que para una selección de su calidad (a la que se incorporaron nuevos talentos como Alanovic o Komazec) suponía el Pre-europeo clasificatorio, celebrado en Wroclaw (Polonia) entre mayo y junio de 1993. A pesar de lograr la clasificación, el paseo triunfal de Petrovic y sus compañeros derivó en una relajación que les costó verse superados por otra "nueva" selección producto de la escisión balcánica, la de Eslovenia (no menos potente, con Horvat, Zvdoc y Kotnik como baluartes), en el partido final. El día después, 6 de junio de 1993, mientras el resto del combinado partía en avión hacia Zagreb, Drazen Petrovic prefirió realizar un viaje en automóvil con dos amigas a través de Europa con destino a Alemania, donde se reuniría con sus compañeros. El desdichado accidente, al que tanto Drazen como sus acompañantes fueron ajenos, hizo imposible tal reunión. Atrás quedó el presunto adiós del croata a los Nets, cansado de su poca competitividad en la NBA, atrás quedó el sueño de las liras de Luciano Benetton para unir en su club de Treviso a Kukoc y Petrovic, atrás quedó el sueño de las dracmas griegas para que el Genio de Sibenik se enfundara la elástica roja de Olympiakos; naturalmente, atrás quedó el sueño del presidente madridista, Ramón Mendoza, consistente en unir bajo su escudo a las dos grandes estrellas europeas: Sabonis y Petrovic. Y, con mucho el más importante, atrás quedó el sueño de uno de los más grandes entrenadores de la historia del baloncesto, Pat Riley, para que Drazen Petrovic cambiara de pabellón, el de los Nets por el de los Knicks de New York: "con Petrovic tendríamos justo lo que necesitamos para ser campeones", fueron las últimas palabras que, procedentes de la NBA, el indómito croata escuchó antes de su fallecimiento. La selección no superó la baja de su estandarte, capitán y alma deportiva, pues sólo pudo hacerse a duras penas con la medalla de bronce del campeonato; días antes, el 10 de junio, su funeral colapsó el país balcánico y se convirtió en un auténtico duelo nacional. Su club croata, la Cibona de Zagreb, retiró su dorsal con el número 10 para que nadie pudiese utilizarlo nunca más, además de rebautizar su nueva y moderna cancha de juego como Centro de Baloncesto Drazen Petrovic. El gesto de la retirada del número se repitió al otro lado del Atlántico, en el Meadowlands Arena de los New Jersey Nets: el número 3 que vistió en la escuadra norteamericana reposará para siempre en el techo del pabellón, convirtiendo a Drazen en el único jugador europeo que goza de tal prebenda en la NBA. Por último, el Museo Olímpico de Lausanne (Suiza) se honra con una colosal estatua del Genio de Sibenik ante su entrada, así como el Trofeo Drazen Petrovic reposará siempre en las manos del mejor jugador del Open MacDonald`s. Su tumba, un auténtico mausoleo en el cementerio de Migoroi, es desde 1993 paso obligado de todo buen aficionado al baloncesto en Zagreb, mientras que el restaurante-pizzería que Drazen regentaba en la ciudad, Mozart, se ha convertido espontáneamente en una especie de Museo Petrovic, con fotografías, trofeos y otros objetos personales del más grande jugador de baloncesto nacido en Europa. Más allá de todos estos reconocimientos póstumos, en la memoria quedará para siempre su particular imagen en la cancha (brazos largos, desgarbado y siempre mordiéndose la lengua), sus inverosímiles reversos, su perfecto dominio del balón, su veloz mecánica de tiro, su precisión en los lanzamientos, su extraordinario juego en el poste bajo, sus geniales asistencias pasándose el balón entre las piernas, su velocidad en el contraataque y, sobre todos los gestos, quizá uno que le definía como competidor por naturaleza: su puño en alto cada vez que una canasta suya distanciaba un poco más al rival en el marcador. A pesar de que su nombre, Drazen, traducido al español significa "dulce", el Genio de Sibenik fue más de una vez definido como el "jugador más odiado de Europa" (entre otras razones, por ese gesto al que se aludía anteriormente); para todos los acólitos de tal aseveración, bien merece Drazen Petrovic como epitafio la famosa frase de Jonathan Swift que dio esencia a la no menos famosa novela de John Kennedy Toole: "Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede indentificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él".

Palmarés

Selecciones

-Dos medallas de plata en los Juegos Olímpicos (con Yugoslavia en Seúl-88 y con Croacia en Barcelona-92).
-Una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos (con Yugoslavia en Los Ángeles-84).
-Una medalla de oro en los Campeonatos del Mundo (con Yugoslavia en Argentina-90).
-Una medalla de bronce en los Campeonatos del Mundo (con Yugoslavia en España-86).
-Una medalla de oro en los Campeonatos de Europa (con Yugoslavia en Zagreb-89).
-Una medalla de bronce en los Campeonatos de Europa (con Yugoslavia en Atenas-87).
-Una medalla de plata en los Campeonatos de Europa junior (con Yugoslavia en Split-79).

Clubes

-Dos veces campeón de la Copa de Europa con la Cibona de Zagreb (1984/85 y 1985/86).
-Dos veces campeón de la Recopa de Europa (con la Cibona de Zagreb, 1986/87, y con el Real Madrid, 1988/89).
-Dos veces campeón de la Liga Yugoslava (con el Sibenka Sibenik, 1982/83, y con la Cibona de Zagreb, 1984-85).
-Tres veces campeón de la Copa de Yugoslavia (con la Cibona de Zagreb, temporadas 1984/85, 1985/86 y 1987/88).
-Una vez campeón de la Copa del Rey española (con el Real Madrid, 1988/89).

El más prestigioso medio informativo del baloncesto europeo, La Gazzeta dello Sport, eligió cuatro veces a Drazen Petrovic como mejor jugador del continente, en los años 1986, 1989, 1992 y 1993, éste último a modo de homenaje póstumo (aunque merecidísimo por motivos puramente deportivos) a la gran estrella croata.

Autor

  • Jose Antonio Casla HidalgoÓscar Perea Rodríguez.