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LiteraturaMúsicaBiografía

Peinador Narvión, María de los Dolores, o "La Dolores" (1819-1894).

Mujer española convertida en personaje célebre del acervo tradicional, nacida en Calatayud (Zaragoza) el 13 de mayo de 1819, y fallecida en Madrid el 12 de agosto de 1894. Dotada de una excepcional hermosura y una desenvoltura poco frecuente entre las mujeres de su tiempo, tras haber protagonizado una turbulenta historia de amor concitó la morbosa curiosidad de sus paisanos y fue puesta en coplas anónimas que pronto se convirtieron en uno de los principales referentes legendarios de su localidad natal ("Si vas a Calatayud / pregunta por La Dolores..."). Su importancia, empero, ha rebasado los límites folclóricos de la insidiosa jota que popularizó su nombre, para dar pie a un copioso aluvión de piezas artísticas que, desde las más diversas modalidades de la creatividad humana (novelas, dramas, comedias, zarzuelas, óperas, poemas sinfónicos, películas cinematográficas, etc.), ha elevado a este personaje popular a la categoría de mito literario. En realidad, a la luz de los datos objetivos que en la actualidad se conocen acerca de su tortuosa peripecia vital (y, desde luego, sin aplicar los envarados prejuicios morales que la juzgaron y condenaron en su época), sólo cabe presentar al ser humano real que a duras penas se vislumbra bajo el mito literario y folclórico como una de las muchas víctimas femeninas que, en su tiempo, sufrieron las miserias derivadas de la escasa o nula instrucción brindada a las mujeres, así como el sometimiento forzoso a los mandatos de los hombres que las rodeaban (en su caso, un padre egoísta y despreocupado y un marido ambicioso y libertino).

Vida

Hija de don Blas Peinador (un abogado militar gallego que, en el momento del nacimiento de María de los Dolores, poseía el rango de teniente de los Reales Ejércitos) y de doña Delfina Manuela Narvión (perteneciente a una de las familias precipuas de Calatayud), la futura protagonista de la jota más famosa recibió las aguas bautismales en la iglesia bilbilitana de San Juan el Real, y creció feliz en el seno familiar hasta que, en 1827, el repentino fallecimiento de su progenitora vino a quebrar dramáticamente el sosiego que se respiraba en su entorno. Huérfana de madre, en efecto, a los ocho años de edad, recibió junto con sus hermanos una considerable herencia procedente de la riqueza acumulada por su familia materna; pero, comoquiera que todos los hijos del matrimonio eran menores en el momento del óbito de doña Delfina Manuela, fue don Blas Peinador el encargado de administrar la herencia que correspondía a sus hijos en tanto que éstos alcanzaban la mayoría de edad.

Por aquel entonces, el padre de María de los Dolores ya se había convertido en una figura relevante dentro de la política local, en la que brillaba desde 1825 (dos años antes del fallecimiento de su esposa) por su nombramiento como Alcalde Mayor de la vecina localidad de Daroca. Enfrascado en esta relumbrante carrera pública, don Blas se despreocupó de la educación de sus hijos y contrajo matrimonio en segundas nupcias con una mujer que tampoco mostró interés alguno en la crianza de los vástagos habidos por su esposo en su matrimonio anterior. Una de las consecuencias inmediatas de la desatención de don Blas hacia sus hijos fue la demora del político (que en 1832 ejercía ya como Alcalde Mayor de Gerona, ciudad en la que luego alcanzó el honroso cargo de Juez de Primera Instancia) en la entrega de la cuantiosa suma que les había dejado en herencia su primera esposa; otra, la escasa o nula vigilancia con que cruzaron por la adolescencia María de los Dolores y sus hermanos.

Los vecinos de Calatayud y, en buena medida, los pobladores de toda la región criticaban la actitud de don Blas, al tiempo que se hacían lenguas del patrimonio que éste hurtaba a sus hijos; y esta preocupación común, aderezada por las fuertes dosis de imaginación que de ordinario acompañan al rumor, aumentó en el imaginario colectivo del pueblo bilbilitano la cuantía de la fortuna que doña Delfina Manuela había dejado a sus hijos. No es de extrañar, por ende, que pronto surgiera alrededor de la joven María de los Dolores un nutrido plantel de solícitos pretendientes que, alentados además por la excepcional belleza de la muchacha, se sentían poderosamente atraídos por ese patrimonio que -según se rumoreaba en el vecindario- pronto habría de poseer. Entre estos interesados cortejadores figuraba Esteban Tovar, un militar de origen andaluz que acababa de abandonar el Ejército después de haber alcanzado el grado de teniente ayudante del coronel de su Regimiento, ya que -como pronto vino a saberse- tenía otros planes respecto a la forma de procurarse su sustento (e, incluso, su bienestar económico) en un futuro inmediato.

Ocurrió, pues, que 1839, recién cumplidos los veinte años de edad, María de los Dolores Peinador Narvión se casó en secreto, en la iglesia zaragozana de San Miguel de los Navarros, con Esteban Tovar, quien con su talante libertino había sabido aproximarse con agrado a ciertas costumbres licenciosas que, por lo visto, ya eran notorias en la joven. Entregados ambos a una vida matrimonial tachada -cuando menos- de irregular por la moral de su tiempo, pronto se vieron embarcados en una serie de gastos cuantiosos a los que sólo podían hacer frente contando con la herencia de Dolores, por lo que iniciaron un trabajoso proceso litigante contra don Blas, reclamándole el dinero que, por voluntad expresa de su difunta primera esposa, sólo podía manejar en calidad de administrador. Así, tras una tensa sucesión de pleitos entre María de los Dolores, su padre y el resto de los hijos de doña Delfina Manuela, la joven consiguió que recayera sobre ella la mayor parte de la herencia materna, con el subsiguiente contento de Esteban Tovar, quien vio así cumplidos sus anhelos de alcanzar la riqueza por vía de un matrimonio ventajoso.

Poco tardó, empero, el licencioso marido de María de los Dolores en acabar con la fabulosa fortuna (según rumores de la época, equivalente a más de cien millones de pesetas actuales) que había ido a parar a manos de su cónyuge, por lo que ambos se vieron forzados a ir desprendiéndose vertiginosamente de todas sus propiedades, hasta quedar reducidos prácticamente a la miseria. Residían, desde que habían consumado su secreta unión en Zaragoza, en la localidad natal de la joven, donde pronto comenzaron a cargarse de una nutrida prole (formada en principio por Enrique, Amalia, Manuel y Emilia Cruz) que acrecentó sus penurias, y dio pie a confusos comportamientos de ambos esposos en los que, a su vez, se asienta la leyenda que vino a mancillar la honra de la hija de don Blas y doña Delfina. Sin embargo, los románticos y extravagantes episodios puestos en circulación por las elaboraciones cultas que sufrió la leyenda (es decir: "La Dolores" convertida en moza de mesón; seducida por un barbero; pretendida por un ricachón, un sargento y un seminarista; y causante indirecta, a la postre, de la muerte a puñaladas del citado rapador) distan mucho de la peripecia real que vivió la protagonista de esta historia, a la que sus convecinos sólo adjudicaron una malévola copla que pone de relieve su conducta disoluta, pero sin especificar ninguno de esos detalles fantasiosos que luego habrían de surgir en la vivaz imaginación de esa muchedumbre de artistas inspirados por la extraordinaria difusión de dicha jota.

Se ha averiguado, en fin, que, después de la miseria vergonzante y licenciosa que se apoderó del matrimonio en Calatayud, la familia entera -tal vez no sólo en busca de mejor fortuna, sino huyendo de la cruel murmuración alimentada por el asfixiante entorno provinciano que la rodeaba- se trasladó a Madrid, para instalarse primero en la popular calle de la Ballesta (a la que nunca le ha faltado una dudosa reputación) y, posteriormente, en el número veinte de la cercana calle de la Cruz Verde, en donde vino al mundo en 1860 el sexto fruto del enlace entre María de los Dolores y Esteban Tovar, una niña bautizada con el nombre de Casilda Enriqueta (tres años antes, también en Madrid, había nacido Esteban, el quinto hijo del desventurado matrimonio). Las confusas noticias que han llegado hasta nuestros días parecen describir una penosa vejez de María de los Dolores en la Villa y Corte (donde aún ocupó un nuevo domicilio, esta vez en el número doce de la calle Jardines), tal vez abandonada en plena madurez por el ambicioso Esteban Tovar, y cargada de hijos a los que sólo pudo sacar adelante ejerciendo ciertos menesteres que en nada contribuyeron a mejorar esa mala opinión que arrastraba desde su Calatayud natal. Para consolidar definitivamente el halo misterioso y legendario que venía envolviendo, ya en vida, a su persona, su muerte se produjo, en pleno verano de 1894, en el Palacio de los Marqueses de Altamira (sito en el número ocho de la calle de la Flor Alta), desde donde sus restos mortales fueron trasladados al cementerio madrileño de la Almudena, para recibir allí cristiana sepultura.

Leyenda popular y secuelas artísticas

No deja de llamar la atención, a la hora de emprender un apresurado recorrido por el fecundo aluvión de creaciones artísticas a que dio pie la difusa andadura real de "La Dolores", la fuerza generatriz de una mera copla que, arropada por el aire musical de la jota, se difundió velozmente por todos los rincones de la Península y captó no sólo la atención del pueblo llano, sino también el interés de los más variados artistas e intelectuales de muy distintas épocas (desde novelistas y dramaturgos de la segunda mitad del siglo XIX hasta compositores y cineastas de la centuria siguiente). Existió, en efecto, la persona real cuya trayectoria biográfica se acaba de presentar; pero, más que un lance concreto de su vida, fue su conducta la que dio pie a esa cancioncilla que, a su vez, generó toda una leyenda que dista mucho de coincidir con los hechos protagonizados verdaderamente por María de los Dolores.

La versión más conocida de esta leyenda (elaborada ya por la literatura culta, aunque pronto absorbida por el rico acervo de la cultura popular) presenta a "La Dolores" como una moza honrada, honesta y piadosa que sirve en un mesón bilbilitano, al que ha ido a parar después de haber sido seducida por el barbero Melchor. Dotada de una espléndida hermosura, de ella se enamoran el ricachón Patricio, el presumido sargento Rojas y el seminarista Lázaro, sobrino de Gaspara, la dueña del mesón. En el curso de una violenta disputa por el amor de la joven, salen a relucir cuchillos y navajas que acaban con la vida de Melchor. Éste es, básicamente, el argumento del drama La Dolores (1892), del escritor barcelonés José Feliú y Codina, quien alcanzó notable popularidad por esta pieza teatral y reelaboró, pocos años después (falleció en 1897), el material dramático para convertirlo en la novela titulada La Dolores: historia de una copla (¿1897?).

A partir del texto teatral original de Feliú y Codina, el celebérrimo compositor salmantino Tomás Bretón compuso la ópera La Dolores, que realmente popularizó el nombre de la infortunada mujer bilbilitana por todos los rincones del Reino. Estrenada en Madrid con gran éxito de crítica y público en 1895, esta versión operística de la leyenda de María de los Dolores Peinador Narvión ubica el escenario de sus ficticias andanzas en la antigua posada de San Antón, sita a su vez en un bello palacio del siglo XV que está considerado como uno de los edificios civiles más antiguos de cuantos se conservan en Calatayud, y que a partir de la ópera de Bretón pasó a ser conocido como "Mesón de la Dolores".

Pero la creación musical ya se había ocupado, mucho tiempo atrás, del personaje popular de "La Dolores". En 1867, una sinfonía de Mariano Obiols fue el punto de partida para la composición de otras obras como la ópera de Auteri Manzocchi, estrenada en Florencia en 1875, y la Tanda de valses de Emile Walteufel (1880), a las que luego siguieron otras piezas musicales de género tan variado como la ópera bufa del francés Desiré Henri Prys, llevada a los escenarios de Turnai en 1883; la ópera de André Pollonnais, puesta por vez primera en escena en Niza, en 1897; la Serenata de Carosio (1916); el minidrama musical de Adams y Sentís, estrenado en Marsella en 1919; la opereta de Robert Stloz, presentada ese mismo año en Budapest; el poema sinfónico "Una noche en Calatayud", del maestro zaragozano -de Alhama de Aragón- Pablo Luna (1924); la "Marcha española", de José Sentís (1927); el "Vals" de Rampaldi (1930); el pasodoble "Si vas a Calatayud" (1944), de Salvador Valverde y Ramón Zarzoso, sin duda alguna el tema musical más popular de cuantos conforman la copiosa discografía sobre el mito de "La Dolores"; la ópera de Germaine Tailleferre, estrenada en París en 1950; el roman musical de Michel Maurice Lèvy (París, 1952), con libreto de Louise Marion basado en la novela Flor de mayo, del valenciano Vicente Blasco Ibáñez; y, entre otras obras notables, el ballet lírico-dramático titulado ¿Quién fue La Dolores?, dirigido por José Miguel Pamplona -con asesoramiento de Antonio Sánchez Portero- e interpretado por Baluarte Aragonés (Calatayud, 1994).

Entre las versiones dramáticas de la leyenda de "La Dolores", cabe recordar aquí (además de la obra de Feliú y Codina mencionada más arriba) la parodia de Garcés titulada Dolores... de cabeza o El colegial atrevido (1895), con partitura musical del maestro Arnedo; el boceto lírico-dramático de Carlos Arniches Doloretes (1901), acompañado por la música de Vives y Quislant; la glosa dramática La hija de la Dolores (1927), del poeta y autor teatral madrileño Luis Fernández Ardavín, inspirada en la obra original de Feliú y Codina; la zarzuela Si vas a Calatayud (1932), con libreto de César de Haro y partitura musical del maestro Esquembre; y la comedia dramática de Acevedo Lo que fue de la Dolores (1933).

Entre las narraciones en prosa a las que ha dado lugar la peripecia de la moza bilbilitana, hay que citar (además de esa versión novelística de la obra teatral de Feliú y Codina, realizada por el propio autor barcelonés) las novelas tituladas La María, de Darío Pérez (1895); Dolores o La moza de Calatayud (1900), de Álvaro Carrillo; y Calatayud, una ilusión o La copla de la Dolores (1984), de Elías Filpi Labruna. Resulta, asimismo, obligado recordar el extraordinario rendimiento alcanzado por este argumento en el ámbito de la creación cinematográfica, al que ha aportado algunos films tan curiosos para la historia del cine español como La Dolores (1908), de Fructuoso Gelabert y Enrique Gimeno; las películas homónimas de Maximiliano Thous (1923) y Florián Rey (1939) -esta última, con Conchita Piquer en el papel de la desventurada moza de mesón-; La copla de la Dolores (1947), con Benito Perojo tras la cámara e Imperio Argentina de protagonista; y Alma Aragonesa (1961), dirigida por José Ochoa e interpretada por Lilián de Celis.

Bibliografía

  • SÁNCHEZ PORTERO, Antonio: La Dolores: un misterio descifrado (Calatayud [Zaragoza]: Ed. del Autor, 1987).

  • ---: La Dolores, algo más que una leyenda (Calatayud [Zaragoza]: Ed. del Autor, 1998).

J. R. Fernández de Cano.

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.