Joaquín de Monserrat (1700–1771): Virrey Reformista y Estratega Militar en Tiempos de Crisis en Nueva España
Joaquín de Monserrat (1700–1771): Virrey Reformista y Estratega Militar en Tiempos de Crisis en Nueva España
Los Primeros Años y Ascenso Militar
Joaquín de Monserrat, nacido el 27 de agosto de 1700 en Valencia, España, provenía de una familia con profundas raíces militares. Su padre, de origen militar, le inculcó desde muy temprano una fuerte disciplina y una orientación hacia el servicio a la corona. Desde su infancia, Monserrat mostró un gran interés por la carrera militar, lo cual no solo fue una tradición familiar, sino una oportunidad para ascender en la estructura social de la época, dominada por la nobleza y el servicio a la monarquía. Su destino parecía estar sellado desde su juventud, pues fue admitido en el regimiento de Reales Guardias Españolas, una de las unidades más prestigiosas de la época, lo que marcaría el comienzo de una carrera que lo llevaría a ocupar importantes puestos en el ejército.
Ingreso a las Reales Guardias Españolas y Primeros Ascensos
La carrera de Monserrat comenzó a una edad temprana, siendo admitido en las Reales Guardias Españolas en 1715, un regimiento elite que formaba parte de la Casa de Borbón, a cuya dinastía pertenecía el rey Felipe V. Ingresó como alférez, un puesto subalterno pero clave en el contexto militar del momento. Durante sus primeros años en el ejército, Monserrat tuvo que enfrentar diversos desafíos, pero su valía en el campo de batalla no tardó en hacerse evidente. A los 19 años, se unió a la campaña de las insurrecciones de Vizcaya, en el norte de España, un conflicto crucial durante la Guerra de Sucesión Española.
En 1719, tras la rendición de Fuenterrabía, Monserrat fue ascendido a segundo teniente, un signo claro de la confianza que el rey Felipe V depositaba en él. Esta promoción no fue solo un reflejo de sus habilidades estratégicas, sino también de su dedicación y liderazgo en momentos de tensión militar. Entre 1720 y 1721, participó en la campaña de Navarra y en la defensa de Ceuta contra los musulmanes, una plaza clave para la protección del dominio español en el norte de África. Su valía en estas campañas se vio reflejada en su ascenso a teniente a finales de 1721.
La Guerra de Gibraltar y los Primeros Éxitos en la Carrera
Uno de los momentos más destacados de los primeros años de Monserrat fue su participación en el sitio de Gibraltar en 1727, un episodio fundamental de las tensiones entre España y Gran Bretaña. Durante el largo asedio, que se extendió por más de cinco meses, Monserrat sirvió como primer teniente al mando de la compañía Coronela, un cargo de gran responsabilidad que equivalía al de capitán de compañía. Este puesto le permitió tener un contacto directo con los principales comandantes y con el sistema de defensa de la plaza, lo que le proporcionó una formación práctica crucial para su desarrollo como oficial.
Aunque el sitio de Gibraltar no logró la caída de la plaza, Monserrat sobresalió por su capacidad de liderazgo, disciplina y por la forma en que gestionó sus tropas bajo circunstancias difíciles. A pesar de la derrota, el comportamiento de Monserrat fue destacado por sus superiores y por la corte, lo que le permitió seguir ascendiendo rápidamente. Este episodio, en el que tuvo que enfrentarse a uno de los ejércitos más poderosos de la época, cimentó su reputación como un oficial de talento, leal y eficaz.
Expansión en Italia y Ascensos a Nivel Europeo
A partir de la década de 1730, Monserrat comenzó a realizar misiones internacionales que le permitirían ampliar su experiencia militar y ganarse el reconocimiento de la Casa de Borbón. En 1735, se trasladó a Génova, donde estuvo bajo las órdenes del marqués de Montemar, otro destacado comandante militar de la época. Juntos participaron en la conquista de Sicilia y en la campaña de Lombardía durante la guerra contra las fuerzas austriacas. En estos conflictos, Monserrat demostró sus dotes de estratega y táctico, participando activamente en las batallas que asegurarían el dominio español en Italia.
Durante estos años, el virrey de Nápoles y futuro Carlos III de España observó con atención el desempeño de Monserrat. En 1741, Monserrat fue ascendido a capitán de guardias, un reconocimiento a su desempeño en la campaña. Además, durante la batalla de Campo Santo en 1745, Monserrat se ganó el título de brigadier, un rango de alta distinción que lo colocó en la élite de los oficiales españoles. Esta promoción vino acompañada de una serie de responsabilidades, como la supervisión de las campañas militares en el ducado de Milán, un territorio clave en los intereses de España en Europa.
Reconocimientos y Encomienda de la Orden de Montesa
A medida que Monserrat continuaba con su carrera militar, recibió múltiples distinciones y honores, destacando la encomienda de la Orden de Montesa, una de las órdenes más prestigiosas de la nobleza española. Esta distinción llegó en 1745, y un año después, Monserrat fue nombrado clavero de dicha orden, un cargo que no solo reconocía su contribución al ejército, sino también su lealtad y servicio a la corona española.
En la misma época, Monserrat fue investido con el título de marqués de Cruilles por el rey Carlos de Nápoles, quien años más tarde ascendería al trono como Carlos III de España. Este título nobiliario fue una recompensa por los servicios prestados por Monserrat en diversas campañas en Italia y en otras partes de Europa. Con este reconocimiento, Monserrat se estableció como una de las figuras militares más relevantes del siglo XVIII en España, reconocido por su habilidad, astucia y compromiso con los intereses de la monarquía.
Gobernador de Badajoz y Últimos Ascensos Antes de la Virreinato
En 1751, Monserrat fue nombrado gobernador político y militar de Badajoz, un cargo de gran importancia en la defensa de la frontera portuguesa. Durante su mandato, se encargó de la organización y mejora de las fortificaciones, y también de la seguridad de la región, que en ese momento era estratégica debido a las continuas tensiones con Portugal. Su gestión en Badajoz fue considerada eficaz y notable, pues logró mejorar las defensas de la ciudad y garantizar su estabilidad.
En 1754, Monserrat fue designado para ocupar la comandancia militar de Aragón, un puesto de gran responsabilidad que implicaba la supervisión de una de las regiones clave para la defensa de España. Este cargo fue el último antes de que Monserrat recibiera el nombramiento que cambiaría el rumbo de su carrera: Virrey de Nueva España. A punto de cumplir 60 años, Monserrat se encontraba en la cúspide de su carrera y se preparaba para asumir uno de los cargos más importantes del Imperio español, justo cuando el reinado de Fernando VI llegaba a su fin, marcando el inicio de un nuevo periodo bajo la regencia de la reina madre y el futuro rey Carlos III.
Su Mando en el Virreinato de Nueva España
La vida de Joaquín de Monserrat dio un giro trascendental en 1760 cuando fue nombrado virrey de Nueva España por el recién coronado Carlos III, un monarca que, como príncipe de Nápoles, había tenido una gran relación con él. Monserrat asumió este importante cargo en un contexto de transición política, marcado por la muerte de Fernando VI y la regencia de la reina madre Isabel de Farnesio, lo que generó una sensación de incertidumbre en la corte española. En ese contexto, Monserrat fue llamado a asumir un virreinato que, en muchos aspectos, necesitaba reestructuración y mayor estabilidad.
El Contexto Político y la Designación del Virreinato
El virreinato de Nueva España se encontraba en una fase de incertidumbre a principios de 1760. Tras la muerte de Fernando VI, la regencia de Isabel de Farnesio fue un periodo lleno de cambios y ajustes. En medio de este panorama, Monserrat fue designado virrey de Nueva España, marcando el inicio de una etapa crucial para el gobierno colonial español. Su nombramiento, aunque confirmado oficialmente el 10 de marzo de 1760, coincidió con la muerte de Julián de Arriaga, el ministro encargado de los Despachos Universales de Indias y de Marina, lo que provocó que el virrey entrara en funciones en un momento en que las decisiones políticas estaban en pleno proceso de reestructuración.
A pesar de que el nombramiento de Monserrat fue en muchos aspectos visto como una respuesta a la necesidad de consolidar el control real sobre las colonias, la situación en Nueva España requería de un manejo muy delicado. No solo debía hacer frente a las tensiones internas y externas que afectaban la región, sino que además tendría que reorganizar la administración y las finanzas del virreinato para garantizar su estabilidad y eficiencia.
La Transición al Virreinato y los Primeros Desafíos
Monserrat partió de España en mayo de 1760, en un momento en que los rumores de una posible guerra con Inglaterra ya comenzaban a hacerse notar en las costas de Nueva España. Tras un largo viaje a bordo del navío Santiago, Monserrat llegó a Veracruz el 4 de septiembre de 1760, y de allí se trasladó a la capital. Aunque la ceremonia de entrada oficial se celebró en enero de 1761, Monserrat asumió ya en octubre de ese mismo año el cargo de virrey, ante una Audiencia que se encontraba en funciones tras la muerte de Marqués de las Amarillas. En su primer discurso ante los funcionarios coloniales, Monserrat hizo hincapié en la importancia de restaurar el orden en el virreinato y de aplicar políticas eficientes que permitieran que la administración virreinal se adaptara a las necesidades del momento.
La llegada de Monserrat se produjo en medio de una serie de desafíos cruciales, tanto en términos de gobernanza interna como de relaciones internacionales. En el ámbito económico, la Hacienda real se encontraba en una situación precaria, debido a los constantes envíos de recursos a la Península, que habían mermado las reservas y capacidad de gestión local. La administración de la Real Hacienda estaba agotada por las presiones constantes de la Corte, que demandaba más recursos para financiar las guerras en Europa y en otras partes del Imperio.
Además, el sector minero, que era una de las principales fuentes de ingresos para la Corona, atravesaba por un periodo de decadencia. Los antiguos yacimientos se encontraban agotados, y las nuevas explotaciones no ofrecían los resultados esperados. La escasez de azogues —esencial para la extracción de minerales— y la insuficiencia de mano de obra calificada también afectaban gravemente la producción. Monserrat, al asumir el virreinato, se enfrentó de inmediato a estos problemas estructurales que se habían acumulado en los últimos años.
Enfrentamientos Internacionales: La Guerra con Inglaterra
Uno de los principales desafíos con los que se encontró Monserrat al llegar a Nueva España fue la tensión creciente entre España y Gran Bretaña, que desembocó en la Guerra de los Siete Años (1756–1763). Aunque el conflicto comenzó en Europa, su extensión se hizo sentir en América, especialmente en el Caribe y en América del Norte. En 1762, Gran Bretaña declaró la guerra a España, y el virrey de Nueva España tuvo que tomar medidas para fortalecer las defensas del virreinato ante la amenaza de ataques británicos, especialmente en las costas del Golfo de México y en las Islas Filipinas, que formaban parte del vasto Imperio colonial español.
Una de las primeras medidas tomadas por Monserrat ante la amenaza británica fue el refuerzo de las defensas en Veracruz, el principal puerto de entrada y salida para las flotas españolas en el Nuevo Mundo. Monserrat también organizó la movilización de las milicias locales, y promovió la construcción de fortificaciones a lo largo de la costa, con el fin de asegurar el control de los principales puntos estratégicos. A su vez, en Acapulco, otro puerto clave para el comercio con Asia, se implementaron medidas similares.
A pesar de la ansiedad generalizada por el conflicto, la respuesta militar de Monserrat fue firme. Sin embargo, la situación geopolítica y las crecientes tensiones diplomáticas afectaron las relaciones con las autoridades españolas en la Península. Mientras que en Europa, la guerra con Inglaterra era una lucha a gran escala, en América la falta de recursos y las limitaciones logísticas complicaban los esfuerzos por enfrentar la amenaza británica de manera efectiva. Monserrat, consciente de la magnitud del desafío, intentó equilibrar sus políticas internas con la necesidad de reforzar las defensas y las finanzas del virreinato.
La Economía Colonial: Desafíos Financieros y Respuesta del Virrey
Uno de los principales problemas a los que Monserrat tuvo que enfrentarse fue la crisis económica. Al llegar a Nueva España, encontró las arcas de la Real Hacienda en un estado alarmante. La dependencia excesiva de los envíos de dinero a la Península había dejado al virreinato en una situación precaria. Además, el comercio y la producción minera estaban en declive, y las enfermedades, como la viruela y el matlazahuatl (la peste negra), causaron una disminución significativa de la población y de la mano de obra disponible para la producción de recursos.
Monserrat, consciente de esta situación, comenzó a implementar medidas para recuperar la estabilidad económica del virreinato. Pidió a la Corona permisos para aumentar los tributos a las clases comerciales y para reestructurar el sistema de impuestos en las minas, con el fin de mejorar los rendimientos. A pesar de sus esfuerzos, los resultados fueron limitados, ya que la escasez de recursos y la falta de inversiones en infraestructura empeoraron la situación económica.
El virrey también tuvo que lidiar con las tensiones sociales derivadas de la crisis económica. Los sectores más pobres de la población se vieron especialmente afectados por las políticas fiscales y la disminución de la oferta de bienes, lo que provocó brotes de descontento, especialmente entre las clases indígenas y los trabajadores de las minas. Monserrat, aunque comprometido con el orden y la estabilidad, tuvo que enfrentarse a esta creciente presión social, que culminó en varios disturbios a lo largo de su mandato.
El Comercio y las Relaciones con las Filipinas
El comercio con las Filipinas, una de las fuentes más lucrativas de intercambio para Nueva España, también sufrió grandes alteraciones durante el mandato de Monserrat. La situación bélica y las tensiones comerciales interrumpieron las rutas comerciales del galeón de Manila, lo que afectó directamente la economía del virreinato. A pesar de los esfuerzos por restablecer las ferias comerciales, las relaciones con Asia nunca fueron completamente satisfactorias bajo su mandato.
La inestabilidad en las rutas comerciales, sumada a la escasez de recursos y la presión por los gastos militares, dificultó aún más las finanzas del virreinato. Monserrat debió afrontar la crítica situación económica con medidas paliativas, como la organización de nuevas ferias comerciales para estimular la circulación de bienes, aunque los resultados fueron limitados.
Desafíos Durante la Guerra con Inglaterra y Crisis de Salud
A medida que avanzaba el año 1762, la situación política y militar en Nueva España se volvía cada vez más compleja. El virrey Joaquín de Monserrat se encontraba en el centro de una tormenta geopolítica sin precedentes: la guerra con Inglaterra, las tensiones internas por la crisis económica, y el brote de enfermedades graves, como la viruela y el matlazahuatl, que azotaban duramente la población. Durante este periodo, Monserrat tuvo que tomar decisiones cruciales para salvaguardar los intereses de la Corona, mientras lidiaba con las dificultades inherentes al colapso económico y social que acechaba el virreinato.
La Guerra con Inglaterra: Una Amenaza Inminente
En 1762, tras la declaración de guerra entre España e Inglaterra, Monserrat se vio obligado a reforzar las defensas en Nueva España frente a una amenaza británica que no solo se limitaba a las costas del virreinato, sino que también ponía en peligro la estabilidad de las Islas Filipinas, una posesión clave en el Imperio español. Aunque la guerra había comenzado en Europa, las repercusiones inmediatas se sintieron en América, donde los británicos comenzaron a realizar incursiones y ataques en las zonas costeras y en puntos clave de comercio, como Veracruz y La Habana.
Monserrat, al recibir la noticia de la guerra, organizó una serie de medidas para fortalecer la seguridad en los puntos vulnerables del virreinato. Uno de los primeros pasos que dio fue reforzar la defensa de Veracruz, un puerto crucial para la llegada y salida de las flotas españolas. Sabía que la caída de Veracruz podría significar el colapso de la defensa española en todo el virreinato, por lo que rápidamente implementó una serie de fortificaciones y medidas defensivas en la ciudad, preparándola para un posible asedio británico.
Además de la protección de las costas, Monserrat también ordenó el fortalecimiento de las milicias locales y el suministro de armas y municiones para garantizar que las tropas coloniales estuvieran listas para cualquier eventualidad. La amenaza británica se percibió especialmente grave en la región del Caribe, donde las islas de Cuba y Puerto Rico estaban en el centro de las disputas. La batalla por el control de estos territorios se intensificó cuando los británicos lograron tomar la habana en agosto de 1762, un golpe duro para España.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por asegurar las rutas comerciales y las defensas en Veracruz y otras ciudades portuarias, la guerra con Inglaterra no solo afectó a las zonas costeras, sino que también tensionó las relaciones diplomáticas y afectó la capacidad de Monserrat para garantizar la estabilidad interna del virreinato. Aunque España y Gran Bretaña finalmente llegaron a un acuerdo de paz en 1763, la amenaza constante durante esos años dejó una huella profunda en la administración virreinal.
La Crisis Sanitaria: La Viruela y el Matlazahuatl
Además de la amenaza militar, Monserrat tuvo que lidiar con una crisis sanitaria sin precedentes en el virreinato. A mediados de 1762, las epidemias de viruela y matlazahuatl (peste negra) comenzaron a devastar la población de Nueva España, especialmente en la Ciudad de México y en otras áreas urbanas. Las enfermedades, que habían golpeado con dureza en años anteriores, encontraron un terreno fértil para su expansión debido a las difíciles condiciones sociales y económicas, que favorecían la propagación de los brotes.
La viruela, que ya había causado estragos en la población indígena y mestiza en décadas anteriores, se desató con particular virulencia en 1762, provocando miles de muertes en todo el virreinato. Las cifras exactas varían, pero se estima que la capital mexicana vio morir a más de 30.000 personas, y algunos informes mencionan que el número total de víctimas en toda la región alcanzó los 100.000, entre las que se incluyen tanto los pobladores indígenas como los europeos y mestizos.
El impacto de la viruela fue devastador, ya que no solo afectó a la población en términos de vidas humanas, sino que también paralizó la economía y agravó aún más la crisis económica que ya sufría el virreinato. Los campos, las minas y las ciudades fueron golpeados por la falta de mano de obra, y la administración de Monserrat tuvo que hacer frente a una situación desesperante, en la que la escasez de recursos y la necesidad de atender las emergencias sanitarias complicaban aún más el panorama.
El virrey intentó implementar medidas para frenar la propagación de la enfermedad, como el cierre temporal de mercados y el aislamiento de las personas infectadas. Sin embargo, la falta de infraestructura adecuada y el conocimiento limitado sobre las enfermedades epidémicas hicieron que sus esfuerzos fueran insuficientes. Además, la población vivía en condiciones de pobreza extrema y hacinamiento, lo que favorecía la transmisión de la enfermedad y dificultaba las medidas de control.
El Impacto de la Epidemia en la Economía y la Sociedad
La epidemia no solo tuvo consecuencias en términos de salud pública, sino que también exacerbó los problemas económicos de Nueva España. La disminución de la población afectó la productividad en sectores clave como la agricultura, la minería y el comercio. Las minas, que ya se encontraban en una situación precaria por la falta de inversión y los altos costos de extracción, sufrieron aún más por la escasez de mano de obra.
Monserrat intentó contrarrestar los efectos de la epidemia en la economía solicitando préstamos de particulares para financiar la operación de las flotas, la compra de suministros médicos y la organización de ferias comerciales que pudieran reactivar la circulación de productos básicos. Sin embargo, las dificultades económicas eran tales que no hubo solución inmediata, y muchas de las iniciativas del virrey se vieron truncadas por la incapacidad del sistema financiero colonial para hacer frente a la crisis.
Además, las tensiones sociales aumentaron como consecuencia de las enfermedades y la escasez de alimentos y recursos. Los grupos sociales más desfavorecidos, especialmente las poblaciones indígenas y mestizas, fueron los más afectados por la crisis sanitaria. A su vez, las clases más acomodadas, que en muchos casos se beneficiaban de los recursos del virreinato, también se vieron tocadas por la enfermedad y la falta de apoyo por parte del gobierno virreinal.
El Declive de la Minería y las Dificultades en el Comercio
La minería, que durante siglos fue el pilar económico de Nueva España, también sufrió un duro golpe durante el gobierno de Monserrat. A pesar de que se intentaron reformas para revitalizar el sector, la falta de azogues y la agotada infraestructura minera impidieron un aumento significativo de la producción. Las minas de Bolaños, que en el pasado habían sido una fuente rica de plata, se estaban agotando, y las nuevas prospecciones eran infructuosas. La escasez de recursos para financiar la exploración de nuevos yacimientos y la baja en los precios de los metales preciosos fueron factores decisivos en la caída de la minería durante este periodo.
El comercio exterior también se vio afectado por la guerra con Inglaterra y la inestabilidad generalizada en el virreinato. Las rutas comerciales con Filipinas, que eran esenciales para el intercambio de bienes como la seda, el azúcar y el oro, fueron interrumpidas debido a las tensiones militares. La falta de recursos y la disminución de la producción minera afectaron gravemente el comercio, lo que empeoró aún más la situación económica.
La Respuesta de Monserrat: Diplomacia y Reformas
A pesar de las dificultades, Monserrat intentó implementar reformas para recuperar el control de la economía y la administración del virreinato. Su enfoque estuvo centrado en asegurar el bienestar de las tropas y en garantizar que el comercio colonial siguiera siendo un pilar esencial para la economía de Nueva España. Sin embargo, la constante presión de la guerra, las epidemias y la pobreza generalizada dificultaron su capacidad para llevar a cabo una gestión eficaz.
Monserrat también tomó medidas para fortalecer la defensa del virreinato frente a la constante amenaza de los británicos. Aunque la paz en 1763 alivió las tensiones, las secuelas de la guerra y la crisis interna permanecieron.
Enfrentamientos Internos y las Disputas con Villalba
La gestión de Joaquín de Monserrat en el virreinato de Nueva España estuvo marcada por conflictos internos que no solo surgieron debido a los problemas económicos y sociales, sino también por cuestiones de poder, en particular con las relaciones de Monserrat con el general Juan de Villalba, el comandante general de las tropas de la Nueva España. Estos enfrentamientos, aunque centrados en cuestiones de autoridad y jurisdicción, revelaron la compleja dinámica de poder entre el virrey y sus subordinados, así como las tensiones entre el gobierno virreinal y las autoridades militares.
La Llegada de Villalba y el Desafío a la Autoridad del Virrey
El conflicto con el general Villalba comenzó poco después de su llegada a Nueva España en 1764. Villalba fue enviado desde España para reorganizar las fuerzas militares del virreinato, especialmente en el contexto de la Guerra con Inglaterra y la necesidad de fortalecer las defensas frente a posibles amenazas extranjeras. La llegada de Villalba fue vista por algunos como una intervención directa en la autoridad del virrey Monserrat, quien ya había estado lidiando con la presión de mantener el control del virreinato ante las dificultades internas.
Monserrat, aunque leal a la Corona, interpretó el envío de Villalba como un desafío a su autoridad. Desde su llegada a Veracruz, Villalba comenzó a tomar decisiones sin consultar previamente al virrey, lo que generó una creciente tensión entre ambos. En sus primeras semanas en el virreinato, Villalba hizo cambios significativos en la organización militar, reorganizando las fuerzas, reestructurando las tropas y tomando decisiones sobre el reclutamiento de soldados y la disciplina sin el consentimiento de Monserrat. Además, en una serie de decisiones clave, Villalba optó por actuar sin la consulta previa del virrey, lo que causó un malestar inmediato entre los altos mandos del gobierno virreinal.
El virrey Monserrat, por su parte, se sintió desautorizado por la presencia de Villalba, quien, además, recibía órdenes directas de la Corte en Madrid. En las primeras disputas, Monserrat intentó mantener la autoridad que le correspondía como virrey, pero la arrogancia del general Villalba y su independencia de acción aumentaron las fricciones. El punto de quiebre llegó cuando Villalba comenzó a cuestionar algunas de las decisiones de Monserrat sobre la organización de las milicias locales, argumentando que el virrey no estaba tomando las decisiones correctas para defender el virreinato ante una posible invasión.
El Conflicto de Jurisdicción: La Autoridad del Virrey frente a la del Comandante General
Uno de los puntos más álgidos del conflicto entre Monserrat y Villalba fue la disputa sobre las competencias y jurisdicciones. Monserrat, como virrey, tenía la autoridad suprema en el virreinato, no solo en los asuntos políticos y civiles, sino también en el ámbito militar. Sin embargo, Villalba, como comandante general, ejercía un poder considerable sobre las tropas y la defensa del virreinato, lo que lo colocaba en una posición privilegiada para desafiar las decisiones del virrey en materia de defensa.
El conflicto alcanzó su punto máximo cuando Villalba intentó disolver la Junta de Guerra del virreinato, un órgano creado para tomar decisiones estratégicas sobre la defensa y la seguridad del territorio. Villalba consideraba que los miembros de la junta eran incompetentes y no sabían cómo manejar los asuntos militares de la colonia. Este acto fue visto por Monserrat como una afrenta directa a su autoridad, ya que la junta estaba bajo su supervisión como virrey.
El virrey respondió a la tentativa de Villalba con una defensa vehemente de su poder, alegando que las decisiones de la junta eran fundamentales para la estabilidad política y social de Nueva España. Según Monserrat, Villalba no tenía derecho a intervenir en los asuntos internos del gobierno virreinal sin su consentimiento. Este enfrentamiento de egos y competencias fue escalando rápidamente, convirtiéndose en una disputa pública que afectó la cohesión del gobierno en Nueva España.
La Intervención de la Corte: El Intento de Resolución
Dado el creciente conflicto entre el virrey y el general, la Corte en Madrid intervino para mediar entre las partes. La situación no solo afectaba la gobernanza del virreinato, sino que también ponía en peligro la estabilidad interna en un momento de vulnerabilidad. En respuesta a las quejas de Villalba y a las solicitudes de Monserrat, la Corona envió un despacho en el que se dejaba claro que, a pesar de las atribuciones de Villalba, la autoridad del virrey debía prevalecer.
Sin embargo, la resolución de la Corte fue un claro intento de comprometer a ambas partes sin otorgar una victoria clara a ninguno de los dos. Se reconoció la autoridad de Monserrat como virrey, pero también se instó a que Villalba tomara en cuenta los puntos de vista del virrey en las decisiones militares. En lo que se consideró un compromiso, se permitió a Villalba continuar con sus reformas, pero siempre bajo la supervisión de Monserrat.
La situación, aunque aparentemente resuelta a nivel diplomático, no mejoró las relaciones personales entre ambos hombres. A partir de ese momento, la relación entre Monserrat y Villalba se volvió aún más tensa, con el general acusando al virrey de obstaculizar sus reformas y el virrey sintiendo que su autoridad estaba siendo constantemente menospreciada.
El Fracaso de la Junta Militar y la Resistencia de Monserrat
Una de las principales victorias de Villalba en su enfrentamiento con Monserrat fue la disolución de la Junta de Guerra, que había sido un elemento clave en la toma de decisiones en Nueva España. Esta victoria le otorgó más poder a Villalba en la organización de las fuerzas militares del virreinato, pero también profundizó la desconfianza entre él y Monserrat. A pesar de las órdenes de la Corte para mantener la paz entre ambos, Monserrat no cedió completamente ante las exigencias del general.
A lo largo de 1765, la tensión continuó, y el conflicto no solo se limitó a las cuestiones de autoridad, sino que también afectó la eficiencia administrativa en el virreinato. Los desacuerdos constantes entre el virrey y Villalba dificultaron la toma de decisiones en temas cruciales como la organización de la defensa en el norte del virreinato, la política indígena, y la administración de la Real Hacienda.
La Figura de José de Gálvez: El Visitador General y Su Papel en la Resolución
El Visitador General, José de Gálvez, jugó un papel crucial en la resolución de las disputas entre Monserrat y Villalba. Nombrado por la Corte para revisar la situación administrativa y financiera del virreinato, Gálvez también fue enviado para investigar los problemas entre el virrey y el comandante general. Gálvez, un hombre de fuertes convicciones y con una gran capacidad para la gestión, se convirtió en una figura clave para tratar de resolver los conflictos internos en Nueva España.
Su llegada a Veracruz en 1765 marcó el inicio de una serie de reformas administrativas y la implementación de medidas más estrictas para garantizar la eficiencia en el gobierno. Gálvez actuó de manera pragmática, buscando siempre un equilibrio entre las autoridades locales y la administración central, pero también enfrentó la resistencia de Monserrat, quien seguía sintiendo que su poder estaba siendo socavado por las decisiones de Villalba y por la intervención de Gálvez.
La Solución Provisional: El Relevo de Monserrat
A pesar de los esfuerzos por resolver las disputas, el mandato de Monserrat terminó en 1766, cuando fue reemplazado por el marqués de Croix, Carlos Francisco de Croix, quien llegó a Nueva España para asumir el virreinato en un contexto de tensión prolongada. La solución, aunque definitiva, fue necesaria para preservar la estabilidad política del virreinato, y Monserrat fue llamado a regresar a España para enfrentar un juicio de residencia, procedimiento habitual para todos los virreyes tras su mandato.
El Fin del Mandato y El Juicio de Residencia
El virreinato de Joaquín de Monserrat llegó a su fin en 1766, cuando, tras un largo periodo de disputas internas y tensiones políticas, fue relevado de su cargo como virrey de Nueva España. Su mandato estuvo marcado por una serie de desafíos difíciles de gestionar, desde las dificultades económicas hasta los enfrentamientos con el comandante general Juan de Villalba y la intervención de José de Gálvez como Visitador General. El cierre de su etapa en el virreinato, sin embargo, no significó el final de su relación con las autoridades españolas ni la resolución definitiva de los conflictos que marcaron su tiempo en América.
La Relevancia de la Visita General de Gálvez
La llegada de José de Gálvez en 1765 como Visitador General fue un momento clave en la historia del virreinato y en la resolución de los enfrentamientos internos. Gálvez, nombrado por la Corte en Madrid, tenía como misión principal realizar una inspección exhaustiva de la administración virreinal, evaluar las finanzas, los sistemas de defensa y la organización del gobierno, y, en particular, mediar en los conflictos que surgían entre el virrey Monserrat y el general Villalba.
Gálvez rápidamente se dio cuenta de la tensión entre Monserrat y Villalba, dos figuras de gran poder que se veían incapaces de trabajar en armonía. Su intervención, aunque en principio tenía como objetivo resolver los problemas administrativos y de gobernanza, no logró apaciguar del todo las disputas personales que tanto minaron la capacidad del virreinato para prosperar durante esos años. La figura de Gálvez, aunque reconocida por su eficiencia y pragmatismo, se convirtió en un nuevo obstáculo para Monserrat, quien veía en él una extensión de la autoridad de la Corte, lo que socavaba aún más su propio poder.
A pesar de la mediación de Gálvez, la relación entre el virrey y el comandante general no mejoró sustancialmente, y los desacuerdos continuaron influyendo en la política y la administración del virreinato. Fue en este contexto de creciente desconfianza y frustración que la Corte decidió que era necesario un cambio de liderazgo.
El Relevo del Virrey: La Designación del Marqués de Croix
A principios de 1766, Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, fue nombrado como sucesor de Monserrat. Este nombramiento marcó el fin de un ciclo turbulento en la administración de Nueva España, un virreinato que había experimentado una gran inestabilidad bajo la gestión de Monserrat. El marqués de Croix, quien ya tenía experiencia como capitán general de Galicia, llegó con la misión de consolidar el orden y restaurar la confianza tanto en el gobierno virreinal como en las relaciones con la Corte.
La transición entre Monserrat y Croix fue relativamente rápida, y el 23 de agosto de 1766, Monserrat entregó formalmente el bastón de mando a su sucesor. A pesar de las dificultades de su mandato, Monserrat fue tratado con respeto por la Corte y se le permitió continuar su residencia en Nueva España mientras se le sometía al tradicional juicio de residencia, un procedimiento habitual para los virreyes que al final de su mandato debían justificar su gestión ante las autoridades coloniales y españoles.
El Juicio de Residencia: Un Procedimiento Habitual
El juicio de residencia fue un proceso legal y administrativo que buscaba evaluar la conducta de los virreyes y otros altos funcionarios durante su mandato. A través de este proceso, se comprobaba si el virrey había actuado de acuerdo con las leyes y las expectativas de la Corona, si había cometido abusos de poder o si había administrado de manera eficaz el virreinato. En este caso, el juicio de Monserrat se vio complicado por las tensiones con Villalba y las quejas sobre su gestión financiera.
Monserrat se retiró a Cholula tras entregar el cargo, y allí escribió repetidamente al rey y a sus ministros, buscando que se reconsiderara el proceso que se estaba llevando a cabo. En sus cartas, Monserrat defendió su gestión, argumentando que, a pesar de los problemas internos que afectaron su mandato, siempre actuó con el mejor interés del virreinato y la Corona en mente. Monserrat, con su carácter resiliente, insistió en que las dificultades que había enfrentado eran consecuencia de la situación de emergencia que había heredado, y no de una mala administración o de decisiones erróneas de su parte.
En 1767, Monserrat se trasladó a Jalapa, desde donde continuó su correspondencia con las autoridades de la Corte. Finalmente, en abril de ese mismo año, Monserrat abandonó Nueva España, embarcándose en el navío Dragón, que lo llevó de vuelta a Cádiz. Esta fue una de las últimas etapas de su vida en América, y con ella se cerraba un capítulo en la historia del virreinato de Nueva España.
El Regreso a España y la Absolución
Una vez en Cádiz, Monserrat se enfrentó al juicio de residencia que había sido iniciado en su contra. Este procedimiento, aunque riguroso, no resultó en una condena significativa para el ex virrey. La Corte, después de revisar su mandato, absolvió a Monserrat de las acusaciones que se habían formulado contra él, considerando que, a pesar de los desacuerdos internos y los problemas económicos que sufrió durante su gestión, no había incurrido en delitos graves ni abuso de poder.
La sentencia, pronunciada en febrero de 1768, resolvía que Monserrat no debía ser castigado, y que su comportamiento en el virreinato había sido, en líneas generales, acorde con las expectativas de la Corona. Aunque la sentencia fue en su favor, no pudo evitar que su imagen se viera dañada por los conflictos que marcaron su mandato y la intervención de figuras como Villalba y Gálvez.
Con su absolución, Monserrat se retiró a Madrid, donde residió hasta marzo de 1771. En ese momento, su salud, que ya se había visto afectada por las tensiones y dificultades de su vida pública, comenzó a deteriorarse aún más. Finalmente, el 21 de noviembre de 1771, Joaquín de Monserrat falleció en su ciudad natal, Valencia, después de una vida marcada por la dedicación a la Corona y por la complejidad de los desafíos a los que se enfrentó durante su mandato en Nueva España.
Legado y Reflexión Final
El legado de Joaquín de Monserrat como virrey de Nueva España es un tema complejo. Su mandato estuvo lleno de retos y de decisiones difíciles que lo colocaron en una situación extremadamente complicada, dada la situación económica y las tensiones políticas del virreinato. Monserrat es recordado por su capacidad para manejar los desafíos bélicos, por su esfuerzo en defender las fronteras del virreinato durante la guerra con Inglaterra, y por su intento de estabilizar una economía agobiada por la guerra y las epidemias. Sin embargo, los conflictos con el comandante general Villalba y las intervenciones de figuras como José de Gálvez oscurecieron la percepción de su gobierno.
A pesar de los conflictos internos y su eventual relevamiento, Monserrat dejó una huella en la historia del virreinato, pues su gestión fue una de las últimas que intentó resolver las tensiones entre las autoridades locales y la Corte, antes de que los problemas estructurales del Imperio español en América se hicieran irreversibles en las décadas siguientes.
MCN Biografías, 2025. "Joaquín de Monserrat (1700–1771): Virrey Reformista y Estratega Militar en Tiempos de Crisis en Nueva España". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/monserrat-joaquin-de [consulta: 7 de febrero de 2026].
