María II de Portugal (1819–1853): La Reina que Nació en el Exilio y Reconquistó su Trono
Infancia en el Exilio y Herencia Interrumpida (1819–1834)
Contexto internacional y la situación del Imperio luso-brasileño
El nacimiento de María II de Portugal, originalmente María da Glória, tuvo lugar el 4 de abril de 1819 en Río de Janeiro, en un momento histórico marcado por tensiones coloniales y redefiniciones políticas en el mundo iberoamericano. Hija del emperador Pedro I de Brasil (también Pedro IV de Portugal) y de la archiduquesa Leopoldina de Austria, María vio la luz en el contexto de una monarquía trasatlántica dividida entre dos continentes, en un Imperio portugués en franco declive y un Brasil en plena efervescencia independentista.
La abdicación de Juan VI de Portugal en 1826, seguida por la decisión de su hijo Pedro de no asumir directamente la corona lusa, provocó un vacío político que afectó directamente a la joven princesa. Pedro intentó resolver la cuestión dinástica proclamando a su hija María como heredera al trono portugués, con la condición de que se casara con su tío, el infante Miguel de Braganza, lo que buscaba reconciliar a las facciones absolutistas y liberales dentro del reino. Sin embargo, ese acuerdo se convertiría pronto en la fuente de un conflicto civil que marcaría el destino de la niña reina.
Primeros años de María da Glória en Brasil y Europa
Desde su nacimiento en el palacio de São Cristóvão, María fue criada en un entorno de lujos imperiales, pero su vida temprana estuvo lejos de ser serena. La muerte de su madre cuando apenas era una niña dejó una profunda huella emocional, mitigada en parte por la presencia de figuras como Leonor de Câmara, su aya y tutora afectiva. Su educación, aunque marcada por una sólida formación religiosa y moral, estuvo atravesada por la incertidumbre política generada por los conflictos entre Brasil y Portugal.
En 1826, a los siete años de edad, María fue oficialmente proclamada Reina de Portugal, aunque la coronación real se vería pospuesta. La propuesta matrimonial con Miguel, un hombre muchos años mayor, fue aceptada formalmente, pero pronto se reveló inviable. En 1828, tras la abdicación de Pedro en el trono portugués, el infante Miguel asumió la regencia y, en un giro dramático, se autoproclamó rey de Portugal en abierta traición a los acuerdos previos. Este acto desencadenó la guerra civil entre miguelistas (absolutistas) y pedristas (liberales constitucionales), forzando el exilio de María.
El exilio y la tutela liberal
Con apenas nueve años, María inició un exilio que la llevaría a varios países europeos. En primer lugar, su tutor el marqués de Barbacena, temiendo por su seguridad, desvió su ruta hacia Inglaterra, donde se encontraba una nutrida comunidad de exiliados liberales portugueses. El gobierno británico, sin embargo, adoptó una postura de no intervención, frustrando temporalmente los planes de restauración dinástica.
Acompañada por una comitiva en la que figuraban Leonor de Câmara y Amelia de Beauharnais, segunda esposa de Pedro I, María encontró refugio afectivo en su nuevo entorno, pero la incertidumbre continuaba. En 1829, su padre le ordenó regresar a Brasil, donde vivió nuevamente bajo su protección en el palacio de São Cristóvão. Durante este período, Pedro desplegó una intensa actividad diplomática, enviando múltiples embajadas a Europa en busca de apoyo para la causa de su hija.
En 1831, el emperador Pedro I abdicó también en Brasil, presionado por los conflictos internos, y decidió consagrarse por completo a la causa portuguesa. María, entonces de doce años, quedó al cuidado de su madrastra en París, donde continuó su educación junto a los hijos del rey Luis Felipe de Orleans. Esta estancia en Francia fue fundamental para su formación cultural y política, ya que se consolidó su identidad como monarca constitucional en contraste con la visión absolutista de su tío Miguel.
Regreso a Portugal y proclamación real
En 1833, tras años de exilio y guerra, el duque de Loulé llegó a París con instrucciones de escoltar a la joven reina hacia el archipiélago de las Azores, base estratégica de los liberales. Allí se reunió con su padre, quien lideraba militarmente la resistencia contra Miguel I. A pesar de su corta edad, María fue recibida como un símbolo de legitimidad y esperanza por las fuerzas constitucionalistas.
El esfuerzo de Pedro I, convertido ya en un general revolucionario, culminó con la entrada triunfal de las tropas liberales en Lisboa en 1834, evento que selló la victoria contra los miguelistas. El 24 de septiembre de ese mismo año, María II fue oficialmente proclamada Reina de Portugal en una ceremonia cargada de emoción y legitimidad. Su coronación marcaba el fin de un capítulo doloroso de guerra civil y el inicio de una nueva etapa para el país.
Sin embargo, la tarea de gobernar un reino fragmentado sería titánica. Con apenas quince años, María no tenía aún la preparación ni el apoyo político suficientes para asumir plenamente las riendas del Estado. Fue su padre, enfermo pero aún activo, quien presidió un Consejo de Regencia, intentando consolidar la monarquía constitucional. La muerte de Pedro I al año siguiente dejaría a María II sola frente a un país dividido, aunque con un trono finalmente asegurado.
Juventud en el Trono y Crisis de Gobierno (1834–1846)
Primeros años del reinado y regencia de facto
Tras su proclamación como reina en 1834, María II de Portugal asumió nominalmente el trono, pero debido a su juventud, la responsabilidad del gobierno recayó inicialmente en un Consejo de Regencia encabezado por su padre, Pedro IV, durante su breve tiempo de vida. La muerte del antiguo emperador apenas un año después provocó un vacío político, que fue resuelto por el Parlamento, declarando mayor de edad a la joven monarca con tan solo quince años, en cumplimiento del testamento paterno.
Este acto político no solo consolidó su posición como soberana, sino que también aceleró los planes para su primer matrimonio. En un intento por reforzar la legitimidad del nuevo régimen liberal y asegurar la sucesión dinástica, se eligió como esposo al príncipe alemán Augusto de Leuchtenberg, miembro de una casa con vínculos napoleónicos y de fuerte prestigio internacional. El matrimonio se celebró en marzo de 1835, pero tuvo un desenlace trágico: Augusto falleció pocos meses después, sin haber dejado descendencia. Este golpe emocional y político dejó a la reina en una situación delicada, presionada nuevamente por el Parlamento para encontrar un nuevo consorte y asegurar la línea sucesoria.
Segundo matrimonio y vida familiar
La búsqueda de un nuevo pretendiente no fue sencilla, ya que debía satisfacer los equilibrios diplomáticos europeos y las exigencias internas de la monarquía constitucional. Finalmente, el 9 de abril de 1836, María II contrajo matrimonio con el príncipe Fernando de Saxe Coburgo Gota, de apenas diecinueve años, un noble alemán de la influyente casa de Sajonia-Coburgo, emparentado con casas reales como la británica y la belga. A pesar de tratarse inicialmente de una unión de Estado, el matrimonio evolucionó hacia una relación profundamente afectiva, marcada por la complicidad, el respeto mutuo y un compromiso compartido con la vida familiar y pública.
Con Fernando, quien adoptó el título de rey consorte Fernando II, María II tuvo once hijos, entre ellos Pedro V, su heredero y sucesor, y Luis I, quien eventualmente también sería rey. La reina, apodada por sus súbditos como «Boa Mãe» (“Buena Madre”), se involucró activamente en la educación y bienestar de sus hijos, procurando ofrecerles una infancia estable y afectiva, muy diferente a la que ella misma había vivido entre exilios y guerras.
La corte, bajo la influencia de la reina, intentó proyectar una imagen de armonía doméstica y estabilidad institucional. María II cultivó un entorno doméstico marcado por la discreción y la piedad, donde la educación de los príncipes fue un asunto prioritario. Esta imagen contrastaba, sin embargo, con los conflictos políticos que sacudían incesantemente al país.
Inestabilidad política y tensiones internas
Durante los primeros años de su reinado, Portugal vivió una continua inestabilidad institucional, resultado de la pugna entre liberales constitucionalistas, absolutistas residuales y nuevos sectores radicales. La reina, comprometida con el respeto a la legalidad constitucional, intentó actuar como árbitro entre las distintas facciones, pero su juventud, inexperiencia y el carácter incipiente del sistema parlamentario dificultaban esa tarea.
Uno de los episodios más significativos fue la revolución de septiembre de 1836, un levantamiento de carácter popular que obligó a María II a aceptar, contra su voluntad, la Constitución de 1822, más progresista y restrictiva del poder monárquico que la Carta Constitucional de 1826, que había defendido su padre. Este giro institucional marcó el inicio de un nuevo período de reformas, que generó fuerte resistencia por parte de sectores conservadores y del alto clero.
A lo largo de la década de 1830 y los primeros años de la siguiente, se sucedieron gobiernos breves, conspiraciones palaciegas, motines militares y fracturas parlamentarias. La figura de la reina, aunque respetada, se convirtió en blanco de críticas tanto por parte de los absolutistas nostálgicos del ancien régime como de los progresistas que consideraban insuficientes las reformas emprendidas.
La figura de Costa Cabral y el ascenso de los radicales
Uno de los personajes más polémicos y determinantes en esta etapa fue Antonio Bernardo da Costa Cabral, inicialmente aliado del liberalismo moderado, quien se convirtió en ministro del Reino y figura central del gobierno durante varios periodos. Su política de modernización autoritaria, basada en la centralización del poder, la profesionalización de la administración pública y la promoción de obras públicas, generó adhesiones pero también profundos rechazos. Fue acusado por sus opositores de autoritarismo, corrupción y clientelismo, y su figura polarizó intensamente la vida política.
En 1846, estalló la revolución de María da Fonte, un levantamiento rural que, aunque espontáneo, canalizó el descontento popular hacia la gestión cabralista y las políticas fiscales impopulares. Este levantamiento fue especialmente relevante porque combinó elementos de protesta social, resistencia a la secularización y crítica al centralismo. María II, en una postura institucional firme, intentó evitar la intervención extranjera en el conflicto, aunque la situación se tornó insostenible.
La reina, consciente del peligro que representaba la erosión de su legitimidad, aceptó finalmente la intervención del duque de Saldanha, un militar liberal de prestigio, quien fue clave en restaurar parcialmente el orden. Sin embargo, esta solución fue más una tregua que una resolución definitiva de las tensiones acumuladas. El Estado portugués seguía frágil, expuesto a crisis recurrentes, y el sistema parlamentario no lograba consolidarse plenamente.
En este contexto, la figura de María II continuó siendo percibida como una monarca respetuosa del orden constitucional, pero limitada por las divisiones políticas y la debilidad estructural del Estado. Su capacidad de maniobra se vio condicionada por los vaivenes parlamentarios, la presión de las facciones y la necesidad constante de sostener alianzas cambiantes. Aun así, logró mantener la continuidad institucional, algo notable en una Europa convulsa por las revoluciones de 1848.
Consolidación del Régimen y Muerte Prematura (1846–1853)
Últimos años del reinado: entre reformas y resistencias
La década final del reinado de María II de Portugal estuvo marcada por un doble esfuerzo: consolidar el régimen constitucional y resistir los embates de una oposición cada vez más compleja. Tras la crisis de la revolución de María da Fonte, la reina buscó estabilizar el escenario político con una nueva etapa de moderación, pero la sombra del descontento popular y los movimientos republicanos se mantenía presente. La situación se agravó durante el segundo mandato de Costa Cabral, quien regresó al poder con un enfoque más pragmático, pero aún con fuerte oposición desde los sectores progresistas.
Los últimos años de la monarca estuvieron dominados por el intento de renovar las bases institucionales del Estado. En 1852, la promulgación de las primeras Actas Adicionales a la Constitución de 1838 representó un hito importante. Estas reformas buscaban fortalecer el equilibrio entre el poder real y el Parlamento, así como institucionalizar un sistema más funcional para una monarquía liberal. Aunque no resolvieron del todo los conflictos ideológicos, sí contribuyeron a dar una cierta estabilidad al gobierno, lo cual permitió proyectar un futuro más predecible para el país.
Este esfuerzo por consolidar un orden constitucional fue percibido positivamente tanto dentro como fuera de Portugal. En una Europa que apenas había sobrevivido a las convulsiones de las revoluciones de 1848, el ejemplo portugués comenzó a ganar respeto como una monarquía constitucional viable. A pesar de los escollos, María II había logrado preservar la unidad del reino, consolidar su legitimidad como soberana y asegurar la sucesión dinástica, elementos fundamentales en un contexto donde muchas casas reales europeas habían caído.
La dimensión personal de la reina
A nivel personal, María II había evolucionado de una reina joven e inexperta a una figura firme, austera y profundamente comprometida con su familia. Su matrimonio con Fernando II de Saxe Coburgo Gota, aunque nacido de razones de Estado, se transformó en una relación íntima, respetuosa y amorosa, respaldada por una voluminosa correspondencia privada que da testimonio de la complicidad y cariño mutuos.
Durante estos años, la reina se dedicó intensamente a su rol como madre, acompañando el crecimiento y formación de sus hijos en un entorno que intentó mantener lo más alejado posible de los vaivenes políticos. Su primogénito, Pedro V, fue preparado desde muy joven para asumir la corona, y su formación fue una prioridad en la corte. El segundo hijo, Luis, también recibiría educación destinada a responsabilidades reales, ya que se convertiría en rey tras la prematura muerte de su hermano.
María II tuvo en total once hijos, aunque muchos de ellos murieron en la infancia, lo que representó una fuente constante de dolor. Entre sus descendientes destacan, además de Pedro y Luis, figuras como doña Antonia, que contrajo matrimonio con Leopoldo de Hohenzollern, convirtiéndose en figura central de la dinastía alemana; y doña María Ana, que se casó con el futuro rey Jorge de Sajonia. A través de estas alianzas, la descendencia de María II quedó estrechamente vinculada con las grandes casas reales de Europa.
El carácter maternal y afectivo de la reina le valió el aprecio de su pueblo. Era comúnmente llamada la “Boa Mãe”, no solo por su dedicación a la familia, sino también por su sensibilidad social y cercanía hacia las clases populares. Intentó humanizar la figura real, haciendo frecuentes apariciones públicas y fomentando una imagen de reina accesible y justa.
Muerte de María II y sucesión dinástica
El 15 de noviembre de 1853, la vida de María II se truncó abruptamente tras el parto de su hijo menor, el infante Eugenio, en el Palacio das Necessidades de Lisboa. A los 34 años, su salud no pudo resistir las complicaciones del alumbramiento, y tanto ella como el recién nacido fallecieron pocas horas después. Su muerte fue un acontecimiento profundamente sentido por la nación, que había aprendido a ver en ella una figura de estabilidad y esperanza tras años de guerra y conflicto.
Su esposo, Fernando II, quedó devastado por la pérdida, al igual que sus hijos, varios de ellos aún menores de edad. El país entero se sumió en un luto nacional. Aunque la reina había muerto joven, dejó tras de sí un legado político y personal consolidado: una monarquía constitucional estabilizada, una sucesión asegurada y una imagen pública de monarca ejemplar.
El trono pasó a su hijo Pedro V, quien tenía entonces apenas 16 años. Su ascenso fue bien recibido, y se le consideró como heredero digno del proyecto político de su madre. Pedro V daría continuidad a los ideales de modernización y legalidad constitucional que María II había defendido, aunque su propio reinado también estaría marcado por la tragedia.
Revalorización histórica y legado
La figura de María II ha sido objeto de revalorización historiográfica en las últimas décadas. Si bien durante mucho tiempo fue vista como una reina de transición, atrapada entre la restauración y la modernidad, hoy se le reconoce como una pieza clave en la consolidación del liberalismo portugués. A diferencia de otros monarcas europeos que resistieron las reformas o que fueron derrocados por las revoluciones, María II supo encarnar un modelo intermedio de autoridad limitada pero estable.
Su firme adhesión al orden constitucional, su rechazo a los excesos autoritarios incluso dentro del bando liberal, y su capacidad para preservar la unidad nacional en tiempos de extremismos la convierten en una figura de equilibrio y lucidez política. En un país fragmentado, ella fue el símbolo de la legalidad restaurada y la garantía de continuidad dinástica.
En el ámbito familiar, su legado también es notorio. Su descendencia se expandió por toda Europa, influyendo en diversas casas reales. Su rol como madre, esposa y monarca le confirió una triple dimensión histórica que rara vez se conjuga con tanta coherencia.
La vida de María II fue corta, pero intensamente significativa. Nació en el exilio, vivió una guerra civil, gobernó un país dividido y murió joven, dejando tras de sí no solo una dinastía sino un ideal de monarquía constitucional. Su biografía, tejida entre afectos personales y decisiones de Estado, representa una de las experiencias más complejas y admirables de la realeza ibérica del siglo XIX.
MCN Biografías, 2025. "María II de Portugal (1819–1853): La Reina que Nació en el Exilio y Reconquistó su Trono". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/maria-ii-reina-de-portugal [consulta: 2 de febrero de 2026].
