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Illescas, Carlos (1918-1998).

Poeta y guionista cinematográfico guatemalteco, nacido la ciudad de Guatemala el 9 de mayo de 1918 y fallecido en Ciudad de México el 23 de junio de 1998. Autor de una espléndida producción poética cuyo perfecto acabado formal reúne, en unas mismas composiciones, la mejor tradición de la poesía clásica hispana y la riqueza imaginativa y verbal aportada por algunas vanguardias contemporáneas, está considerado como una de las voces más sobresalientes de la lírica guatemalteca contemporánea.

Aunque, por razones políticas, Carlos Illescas desarrolló la mayor parte de su obra en suelo mexicano, pertenece por derecho propio a la denominada "Generación del 40" y, dentro de ella, al "Grupo Acento", un colectivo de escritores congregados en torno a la revista homónima, y caracterizados por su rebeldía política y su apertura a los postulados estéticos y los contenidos temáticos procedentes del exterior. Entre estos autores figuran, al lado de Carlos Illescas -que fue uno de los fundadores de la publicación que dio nombre al grupo, así como uno de sus principales animadores-, otros escritores de la talla de Antonio Brañas (1920-1998) -autor de los poemarios La isla en mis manos (1958) y Transportes y mudanzas (1938)-, Otto Raúl González (1921) -autor de Voz y voto del geranio (1943), Viento claro (1953) y La siesta del gorila y otros poemas (1972), y una de las voces que con mayor firmeza se elevaron para denunciar la situación política y social en Guatemala a mediados del siglo XX-, Raúl Leiva (1916-1974) -a cuya pluma se deben algunas colecciones de versos tan notables como Angustia (1942), Sonetos de amor y muerte (1944) y Oda a Guatemala (1953)- y un joven e inquieto Augusto Monterroso (1921-2003).

Escritor de vocación precoz, descubrió su inclinación hacia la poesía ya en sus años de infancia, cuando, por influencia directa de su madre, comenzó a leer versos sencillos y populares de contenido en su mayor parte religioso. Ya en su juventud, se integró plenamente en los círculos literarios guatemaltecos y, en colaboración con Augusto Monterroso, fundó la revista Acento, que no sólo encauzó los afanes de rebeldía política y renovación estética de los jóvenes intelectuales del país, sino también supuso el mejor vehículo para la introducción y difusión en Guatemala de las obras de algunos autores universales de la talla del francés Paul Valéry, el austríaco Rainer Maria Rilke, el chileno Pablo Neruda o el español Federico García Lorca.

Algunos de los autores que militaron al principio en el grupo "Acento" -como el citado Raúl Leiva- se pasaron después a "Saker-ti", el otro colectivo de escritores que conformó esa brillante "Generación del 40"; y otros -como Augusto Monterroso o el propio Carlos Illescas- se vieron forzados pronto a desarrollar su obra literaria en países vecinos, siguiendo el rumbo del exilio que ya habían marcado otros literatos e intelectuales guatemaltecos de promociones anteriores, como el gran poeta, periodista, crítico y ensayista Luis Cardoza y Aragón (1904-1992), quien pasó buena parte de su vida en México (y en otros lugares de América y Europa) por mostrar públicamente su disconformidad con los regímenes totalitarios implantados en Guatemala.

La trayectoria literaria (y, desde luego, toda su peripecia vital) de Carlos Illescas experimentó, en efecto, un violento giro a raíz de la llegada al poder en su país natal del teniente-coronel Jacobo Arbenz Guzmán, que rigió los destinos de la nación centroamericana entre 1951 y 1954. A comienzos de este último año, ante el temor de un inminente golpe de estado, Arbenz suprimió las garantías constitucionales y tomó otras medidas drásticas que, entre otras consecuencias de triste recuerdo en la historia reciente del país, provocaron la inmediata salida de Guatemala de un nutrido grupo de intelectuales entre los que se encontraba Carlos Illescas, y su subsiguiente petición de asilo político en la vecina nación mexicana. Fue así como estos autores se incorporaron plenamente a la vida cultural azteca, en la que produjeron algunas de sus mejores obras y a la que permanecieron íntimamente ligados durante la mayor parte de su andadura literaria, hasta el extremo de que México bien puede reclamarlos como una parte importante de sus propias Letras.

Illescas, que en el momento de abandonar Guatemala colaboraba intensamente en la citada revista Acento, desplegó desde México una intensa labor en favor de las reformas sociales, culturales y políticas que estaba reclamando su patria, y apoyó en todo momento cualquier movimiento progresista que surgía allí. Pero, a pesar de la conservación de estos estrechos lazos de unión con su país natal, permaneció en suelo azteca por espacio de cuarenta y tres años, sin hacer realidad su deseo de regresar a Guatemala hasta que, un año antes de su muerte, fue invitado personalmente por el presidente Álvaro Arzú para hacerle entrega de la orden "Miguel Ángel Asturias". Corría, a la sazón, el mes de mayo de 1997, y sólo un año después perdía la vida este gran poeta guatemalteco que, por razones ajenas a las estrictamente literarias, se había visto forzado a producir y publicar la mayor parte de sus versos en suelo extranjero.

Durante su prolongado exilio en México, Carlos Illescas vivió de sus habituales colaboraciones en Radio Universidad, de la Universidad Nacional Autónoma de México, así como de sus labores docentes en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (perteneciente también a dicho centro de enseñanza superior). La relación de Carlos Illescas con el Séptimo Arte dejó para la posteridad algunos guiones tan sobresalientes como Ángeles y querubines, La mansión de la locura, Auandar Anapu y Pafnuncio Santo. Además, en México fue también muy apreciada su producción poética, que mereció algunos de los reconocimientos y galardones más prestigiosos del país, como el Premio Xavier Villaurrutia, otorgado -en su convocatoria de 1983- a su poemario titulado Usted es la culpable.

Entre las colecciones de versos más importantes en su amplia bibliografía, conviene recordar aquí las tituladas Friso de otoño (México: Librería de M. Porrúa, 1958); Manual de simios y otros poemas (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, 1977); El mar es una llaga (México, D.F.: Liberta-Sumaria, 1979); Fragmentos reunidos (México, D.F.: Tucán de Virginia, 1981) -con ilustraciones de José Antonio Hernández-; Réquiem del obsceno (México: Premia, 1982); Usted es la culpable (México, D.F.: Katun, 1983); Modesta contribución al arte de la fuga (México: Secretaría General de Gobierno del Estado de Jalisco, Coordinación de Difusión Cultural/UNAM, 1988); Carlos Illescas (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, 1988) -muestra antológica de su obra, seleccionada por el propio autor-; Diez cuentos difíciles (México, D.F.: Praxis, 1994); Planto (Id. Id., 1995); Tus ángeles (México, D.F.: Papeles Privados, 1997) -con ilustraciones de Carlos Villegas-Ivich-; y Poemas de hospital (México, D.F.: Praxis, 1997). Otras obras suyas son las tituladas Ejercicios y Los Cuadernos de Marcias.

La mejor forma de ilustrar el espléndido quehacer poético del escritor guatemalteco pasa, tal vez, por ofrecer una muestra de su asombroso dominio de un molde estrófico tan clásico y complejo como el soneto, del que Carlos Illescas se sirve por partida cuádruple en esta bellísima composición de Manual de simios y otros poemas:

POLVO ENAMORADO

A ROBERTO Y CUCA
A LA SOMBRA DE BRAHMS

Los arroyos puros
se adormecen al son del llanto mío
y, a su modo, también se duerme el río
.

("Al sueño", Quevedo).

Llamó a la puerta un día el mar. Sedujo,
entre las olas solo, la agonía.
Llamó a mi puerta solo el mar un día;
pero entendí la noche que produjo.

Entre las altas ondas me condujo,
llamas de sombra, su melancolía;
y aquella blanca nave sólo mía,
a ser ajena noche se redujo.

Hoy que lo entiendes, dime, amor, cuál río,
camino en movimiento, es quien me nombra
en olas tristes que tu arena apura.

Responde con pasión al labio mío
antes que al río el mar un día, sombra
conceda. Y a tus ondas sepultura.

Después del sueño, el sueño. Acrece un punto
el universo demencial. Urgencia
de un invisible dardo: su impaciencia,
su camino, su blanco, su conjunto.

El juego de vivir es otro asunto,
más rata, más amor, más penitencia
sin universo y dardo, sin demencia,
más al fondo, ay, de un íntimo difunto.

¿Y antes del sueño cuál -decid- cauterio
de hielo prenatal escalda el día,
su espejo, su calvicie, sus desiertos?

La respuesta descubre un cementerio
más hueso enamorado que agonía
de los sueños que sueñan a sus muertos.

Razona el fuego. En rojo ramo ofrece,
huraño, flores a la sombra. Vela,
en barca trascendido, flota, vuela.
Pulsa el fulgor del mar donde se cuece.

Luego es cenizas, llaga. Desmerece,
bocas sin fin, sus flores. Le desvela
un sueño en otra sombra; se congela,
luz sin llama en el labio que estremece.

Es sin embargo, amor, más decidido
infierno; porque a un beso moribundo,
un cálido estertor al mar indaga;

y en su fondo epitafia, trascendido,
otra llama, otra boca y otro mundo,
en sueño, en ascua, en mar, en beso, en llaga.

Con golpes de ceniza me reprendo.
Yo soy la llaga. Azote mi letargo.
Vuelvo a la vida, creo, sin embargo,
el pan que como a mí me está comiendo.

De un horno alucinado me trasciendo.
Las ascuas lamo. Soy su perro amargo.
Y mientras gruño, sobre el hombro cargo
la llaga del mendrugo en que me enciendo.

Vuelvo a la vida, creo. Miro en torno
a Cristo calcinado. La locura
del pan sin lengua. El can en ascua y grito.

Su hueso enfermo. La fealdad del horno.
El muslo de la virgen, levadura.
La puta muerte, su hambre. Su infinito.

J. R. Fernández de Cano.

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.