Felipe IV (1605–1665): El Rey Planeta que marcó el Siglo de Oro y el declive del Imperio Español

Felipe IV (1605–1665): El Rey Planeta que marcó el Siglo de Oro y el declive del Imperio Español

Primeros años y ascensión al trono

1.1 Infancia y contexto familiar

Felipe IV nació en Valladolid el 8 de abril de 1605, en un momento en que la monarquía española atravesaba una etapa de gran estabilidad, pero también de tensiones internas. Hijo mayor de Felipe III y Margarita de Austria, el joven Felipe fue el heredero de una dinastía que, aunque poderosa, se encontraba marcada por las estructuras políticas complejas y la influencia creciente de los validos. La familia real desempeñó un papel crucial en la educación y formación del futuro monarca, pero también estuvo envuelta en dificultades inherentes a las decisiones dinásticas y las expectativas puestas sobre él desde su nacimiento.

El reinado de Felipe III, padre de Felipe IV, se caracterizó por una considerable delegación de poder, ya que el monarca se dedicó más a los placeres cortesanos que a la administración directa del reino. Fue en este contexto que Felipe IV creció, influenciado por una corte que, aunque pomposa y lujosa, estaba marcada por la inercia política. La figura de Felipe III, su padre, fue crucial en este aspecto, pues fue durante su reinado que se sentaron las bases para el ascenso de los validos, figuras como Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares, que terminarían jugando un rol central en la vida política de Felipe IV.

La madre del futuro rey, Margarita de Austria, hija del emperador Felipe II y sobrina del propio Felipe IV, fue una figura clave durante sus primeros años. Aunque su muerte prematura en 1611, cuando Felipe IV solo tenía seis años, marcó un duro golpe para su desarrollo emocional y político, la figura de Margarita no dejó de ser un referente para el joven príncipe. Su fallecimiento dejó una profunda huella en el futuro rey, quien creció en un ambiente en el que la figura materna se consideraba una guía moral y política.

Felipe IV fue, además, educado bajo estrictas normas de etiqueta y protocolo cortesano, donde las lecciones de gobernanza, diplomacia y economía se entremezclaban con un fervor religioso que caracterizó a la monarquía española de la época. Sin embargo, el carácter del joven príncipe no reflejaba la energía o la ambición que se esperarían de un futuro rey de una potencia imperial. Desde niño, Felipe IV mostró ser una persona de carácter retraído, frágil y tímido, con una inclinación por las artes y la cultura más que por los asuntos políticos y militares, una característica que definiría su reinado.

A medida que Felipe IV crecía, sus habilidades para el gobierno no eran tan notorias como su afición por las actividades que formaban parte de la corte. La equitación, la caza y el disfrute de las artes se convirtieron en sus principales ocupaciones. En un contexto de absolutismo monárquico, la labor del monarca no se limitaba solo al ámbito personal o cultural, sino que se extendía hacia el control político y la supervisión directa del reino. Sin embargo, Felipe IV no era capaz de asumir completamente este control desde su adolescencia.

1.2 La educación y formación del futuro rey

La educación de Felipe IV estuvo marcada por una rigidez monárquica que abarcaba desde su conocimiento de las artes hasta sus habilidades militares. El joven príncipe fue formado en un entorno donde las enseñanzas sobre el arte de gobernar y el conocimiento del Estado eran tan esenciales como las lecciones sobre etiqueta y comportamiento. El monarca no solo fue educado en las artes de la corte, sino también en la cultura clásica, con una profunda admiración por la pintura, la literatura y la filosofía, lo que lo convertía en un mecenas natural.

Desde muy temprana edad, Felipe IV mostró una predilección por las artes, en particular la pintura, lo que fue favorecido por la cercanía de la corte de Madrid a figuras tan trascendentales como Diego de Velázquez. La relación de Felipe IV con el pintor, que sería una de las más duraderas de su vida, permitió la creación de algunas de las obras más emblemáticas del Siglo de Oro español. La pintura, en particular, se convirtió en una de las formas de expresión preferidas por el rey, lo que reflejaba su sensibilidad artística. El retrato de Felipe IV realizado por Velázquez en 1623, una de las obras más icónicas de este periodo, es un testimonio palpable de la simbiosis entre el monarca y el pintor.

Además de las artes, Felipe IV también tuvo un profundo interés por la literatura. Lope de Vega, Calderón, Quevedo y Góngora fueron figuras literarias con las que Felipe IV mantuvo una estrecha relación, favoreciendo su obra y asegurando la difusión de sus trabajos. Aunque la corte estaba envuelta en intrigas políticas y sociales, Felipe IV cultivaba el espacio de las letras y las artes como su principal campo de actuación. Su fascinación por la cultura fue tan profunda que se puede decir que, en su reinado, España vivió un auge literario y artístico, aunque, paradójicamente, el propio Felipe IV fue más admirador que actor principal en estos movimientos.

1.3 El acceso al trono y las primeras dificultades

En 1621, a los 16 años, Felipe IV ascendió al trono de España tras la muerte de su padre, Felipe III. Aunque el reinado de Felipe IV apenas comenzaba, la realidad política y social del reino era mucho más compleja de lo que se podría haber imaginado. La temprana muerte de su madre y la excesiva delegación de poder en manos de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares durante los primeros años de su reinado marcarían profundamente su política. Desde el comienzo, Olivares se erigió como una figura fundamental en la corte, un hombre capaz de dominar los hilos del poder en nombre de un rey que, si bien era la cabeza visible, carecía de la voluntad de gobernar.

El papel de Olivares como valido fue clave. Se le encomendó la tarea de administrar el reino y dirigir la política exterior e interior de España, dejando a Felipe IV un papel secundario en los asuntos gubernamentales. Sin embargo, el rey era consciente de la situación y mantenía una supervisión personal sobre los principales asuntos del Estado, aunque siempre delegando decisiones importantes en su valido. Esta estructura de poder no solo consolidó la figura de Olivares, sino que también permitió que el joven Felipe IV se dedicara a sus intereses más personales y artísticos.

Aunque no fue un monarca enérgico ni un gobernante que tomara decisiones radicales, Felipe IV mostró un interés creciente en el gobierno, especialmente en los asuntos relacionados con la administración interna y la cultura. Sin embargo, su escasa capacidad para enfrentarse a las dificultades políticas fue evidente desde los primeros años de su reinado. Este problema de liderazgo se agravó con el creciente descontento de la nobleza y la clase gobernante ante las reformas impulsadas por Olivares, que intentaba restaurar la autoridad de la corona.

El ascenso al trono de Felipe IV fue, en muchos sentidos, el comienzo de un reinado marcado por la sombra del valido. La figura del rey estaba presente, pero fue el propio Gaspar de Guzmán y Pimentel quien detentaba el verdadero poder, guiando la política del Imperio español mientras el joven Felipe IV se dedicaba más a sus aficiones personales que a los deberes reales. Esta división de poderes, que caracterizó los primeros años de su reinado, sería un factor determinante en la estructura política de España durante su gobierno.

El reinado bajo el dominio del Conde-Duque de Olivares

2.1 El poder del valido y la política interior

Desde el mismo momento en que Felipe IV ascendió al trono en 1621, la figura de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares, asumió un papel central en la política española. Aunque el joven rey intentó ejercer su papel como monarca, el carácter tímido y su falta de experiencia le impidieron tomar las riendas del poder de forma autónoma. En consecuencia, Olivares se convirtió en el verdadero motor detrás de las decisiones políticas, convirtiéndose en uno de los validos más influyentes en la historia de España.

Olivares era un hombre ambicioso y hábil, que desde su llegada a la corte tuvo la capacidad de consolidar su poder, primero como secretario del rey y luego como valido. Su ascenso se vio facilitado por su estrecha relación con Felipe IV, quien confiaba en él tanto para resolver los problemas internos de España como para gestionar la política exterior del imperio. Sin embargo, su enfoque de gobierno fue muy distinto al de su predecesor, el duque de Lerma, bajo el reinado de Felipe III, cuyo gobierno había sido caracterizado por la indulgencia y la laxitud. Olivares se presentó como un hombre de acción, dispuesto a imponer reformas profundas y a consolidar un modelo de gobernanza basado en la centralización del poder, que, según él, sería clave para asegurar la grandeza de España.

El Conde-Duque asumió la dirección del gobierno con la intención de restaurar el control real sobre las instituciones del Estado. En su plan, la centralización del poder sería fundamental. A través de las reformas administrativas, intentó modernizar la burocracia del imperio y mejorar la eficiencia del gobierno. Sin embargo, los cambios impulsados por Olivares tuvieron una recepción desigual, ya que la nobleza y los estamentos más tradicionales se resistieron a una mayor concentración de poder en la figura del monarca.

Uno de los aspectos más importantes de las reformas de Olivares fue la Unión de Armas, que pretendía centralizar los recursos humanos y económicos de los distintos reinos de la monarquía española, como Castilla, Cataluña, Aragón, Portugal y las posesiones italianas, para crear un ejército común que enfrentara las crecientes amenazas externas. La idea de unificar la administración y la organización militar de los diversos reinos de la monarquía española no solo tenía una base económica, sino también una intención política de fortalecer la unidad del imperio. Sin embargo, esta política provocó un fuerte rechazo, sobre todo en los reinos periféricos, que veían en ella una amenaza a sus propias instituciones y un atentado a sus autonomías.

Olivares no solo impulsó reformas militares, sino que también adoptó medidas económicas que, según su visión, buscarían revitalizar el imperio. A través de una serie de impuestos y medidas fiscales, trató de aumentar los ingresos del Estado para sostener la guerra, y en especial, la lucha contra los enemigos externos de España, como Francia, Inglaterra y los Países Bajos. Sin embargo, el sistema fiscal estaba basado en una estructura que era profundamente ineficaz y que recaía principalmente sobre las clases más bajas, lo que generó descontento entre la población. La administración fiscal, sumada a la creciente presión económica de las guerras y la dificultad para mantener la cohesión de los diversos reinos, comenzó a agrietar la base de apoyo a Olivares.

La centralización administrativa, que fue uno de los pilares de la política de Olivares, también incluyó reformas en la justicia y el aparato burocrático del Estado. Las Juntas, comisiones de expertos y funcionarios que sustituían a los tradicionales Consejos, fueron instauradas para gestionar los diferentes aspectos de la vida social y económica del imperio. Estas reformas, aunque bien intencionadas, encontraron obstáculos prácticos, como la corrupción generalizada de la administración y la falta de preparación de los funcionarios para implementar las reformas de forma efectiva.

Además de la resistencia de la nobleza y la falta de infraestructura adecuada para llevar a cabo sus reformas, Olivares también se enfrentó a problemas internos que complicaron aún más la situación. A pesar de su indudable habilidad política, el valido no logró implementar cambios sustanciales en la estructura del imperio. La Unión de Armas, por ejemplo, se encontró con una feroz oposición en los reinos periféricos, que consideraban que la reforma iba en contra de sus intereses y sus tradiciones políticas. En Cataluña y Portugal, la centralización de poder y las reformas fiscales impulsadas por Olivares generaron un creciente descontento, que desembocaría en conflictos abiertos en la década de 1640.

2.2 Crisis internas y las tensiones territoriales

Uno de los mayores desafíos que enfrentó Felipe IV durante el gobierno de Olivares fue el estallido de varias revueltas en los reinos periféricos del imperio. La Unión de Armas, con su enfoque de centralización y control fiscal, fue vista como una amenaza directa a las identidades regionales de Cataluña, Portugal y Aragón. Estas tensiones, combinadas con la crisis económica y las constantes guerras en Europa, crearon un caldo de cultivo para los levantamientos que sacudirían a España en la década de 1640.

En Cataluña, el descontento con la política fiscal de Olivares y la creciente presión por parte de la administración central se tradujeron en la Guerra de los Segadores de 1640. La revuelta, que comenzó como una serie de enfrentamientos entre campesinos y las fuerzas de la corona, se transformó rápidamente en un conflicto armado de mayor escala. Los catalanes, en su mayoría, buscaron el apoyo de Francia, lo que agrandó la crisis y obligó a España a intervenir militarmente para sofocar la rebelión. A pesar de los esfuerzos por parte del ejército español para restaurar el orden, Cataluña se separó de facto del reino durante varios años, y la intervención de Francia agravó aún más la situación.

La revuelta en Portugal siguió un camino similar. Los intentos de Olivares de centralizar el poder y aumentar los impuestos para financiar la guerra en los Países Bajos y otros frentes llevaron a un creciente malestar en el reino vecino. En 1640, Portugal proclamó su independencia, aprovechando la debilidad de la monarquía española en ese momento. La secesión portuguesa fue otro golpe devastador para Felipe IV, quien no pudo evitar que la independencia de Portugal fuera reconocida por otras potencias europeas. De esta manera, España perdió no solo un territorio clave en la península ibérica, sino también una parte fundamental de su infraestructura económica y comercial.

Por otro lado, en Aragón y en otras partes de la península, las tensiones también aumentaron debido a la presión fiscal y la implementación de reformas impopulares. Aunque los levantamientos en estas regiones no llegaron a la magnitud de los de Cataluña y Portugal, el descontento generalizado contribuyó al debilitamiento del poder central y a la creciente debilidad de Felipe IV frente a la nobleza y los territorios periféricos.

Estas crisis territoriales fueron un claro indicio de la incapacidad de Olivares para consolidar un imperio que, a pesar de su tamaño, se estaba desmoronando debido a las tensiones internas. La falta de apoyo popular y la resistencia de los diversos reinos a las reformas centralizadoras minaron la autoridad del valido y de Felipe IV, que, aunque conocía la situación, no tenía la capacidad de imponer un cambio efectivo. A medida que la década de 1640 avanzaba, la monarquía española se encontraba en un proceso de declive, con los reinos periféricos y las potencias extranjeras avanzando en sus propios intereses a expensas del imperio.

Felipe IV como mecenas cultural y la Edad de Oro española

3.1 El fomento de las artes y las letras

El reinado de Felipe IV está marcado, además de por las dificultades políticas y militares, por un florecimiento sin igual de las artes y las letras. A pesar de las tensiones que asolaban su imperio, Felipe IV logró transformar su corte en un centro de actividad cultural de primer orden, contribuyendo al desarrollo del Siglo de Oro español. Este florecimiento cultural no solo se debió a la generosidad del monarca, sino también a su genuino amor por las artes, especialmente la pintura, la literatura y el teatro.

Felipe IV fue un verdadero mecenas, promoviendo la creación artística y literaria en un momento en que España, a pesar de las derrotas y crisis territoriales, vivía una de las etapas más brillantes de su historia cultural. La figura del Rey Planeta, como algunos historiadores lo denominan, se asocia con una corte que se dedicó a los placeres de la cultura y la sofisticación, a pesar de los desafíos exteriores.

Uno de los aspectos más destacados del reinado de Felipe IV fue su relación con el pintor Diego de Velázquez, a quien el monarca consideraba un amigo cercano y un aliado artístico. Velázquez, quien había sido nombrado pintor de la corte en 1623, es el mayor exponente del Siglo de Oro español y el pintor que mejor reflejó la majestuosidad y los problemas del reinado de Felipe IV. Las obras de Velázquez, como el famoso retrato de Felipe IV en 1623 y la célebre «Las Meninas» de 1656, no solo documentan a la corte real, sino también las complejidades del poder y la vanidad humana.

A lo largo de su reinado, Felipe IV no solo impulsó la obra de Velázquez, sino también la de otros artistas de renombre como Rubens, el pintor flamenco que estuvo en la corte española en varias ocasiones y cuya influencia sobre el arte barroco fue trascendental. La obra de Rubens, especialmente sus retratos de la familia real, contribuyó a la proyección de la imagen de Felipe IV como un monarca cuya majestad y poder trascendían las fronteras de España.

Pero el fomento de las artes no se limitó solo a la pintura. Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo y Góngora, autores de la talla de los cuales la corte disfrutó de su cercanía, aprovecharon las protecciones y las oportunidades de promoción que el rey brindó. Felipe IV fue un gran admirador del teatro y la poesía, y su apoyo a figuras literarias como Lope de Vega, quien dominaba el teatro español de la época, permitió que las obras de Calderón y otros autores se hicieran populares tanto dentro como fuera de las fronteras de España.

El teatro barroco floreció en España durante este periodo, con Calderón de la Barca como uno de sus principales exponentes. Las obras de Calderón, que tocaban temas como la moralidad, el honor y el destino, fueron representadas en la corte y en otros lugares de España, reflejando no solo la vida de la corte, sino también las complejas relaciones entre la nobleza y el pueblo. La dedicación de Felipe IV a la cultura convirtió su reinado en un símbolo de esplendor intelectual y artístico, incluso cuando los problemas económicos y políticos de España eran profundos.

3.2 El legado arquitectónico y cultural

Felipe IV también dejó un legado arquitectónico impresionante, que sigue siendo uno de los símbolos más duraderos de su reinado. Entre los proyectos más emblemáticos que impulsó durante su mandato se encuentran los Jardines del Retiro, un complejo palaciego que comenzó a ser construido en 1630 y que se convirtió en un centro de recreo y disfrute para la corte. Los jardines fueron concebidos como un espacio para la diversión y el esparcimiento, pero también reflejaban el sentido del gusto y la magnificencia que caracterizaban a Felipe IV.

El Palacio del Buen Retiro, situado en el corazón de los jardines, fue otro de los grandes legados arquitectónicos de Felipe IV. El palacio, que servía como residencia real, contaba con amplios jardines, fuentes y pabellones, además de un impresionante teatro flotante en su lago, donde se representaban obras de teatro y óperas para el deleite de la corte. Este complejo se convirtió en uno de los centros de la vida cultural y artística de Madrid, un lugar donde la monarquía no solo disfrutaba de las artes, sino también del ocio y la vida cortesana.

Además, Felipe IV también fue responsable de la construcción de varias obras arquitectónicas de menor escala, pero igualmente significativas, que enriquecieron el panorama cultural de la corte. Estas construcciones reflejaban no solo su gusto personal, sino también el deseo de proyectar una imagen de poder y grandeza que coincidía con la visión imperial de España en esa época.

Sin embargo, no todo en la vida de Felipe IV fue dedicado exclusivamente a la cultura y las artes. El monarca también tuvo que enfrentarse a una serie de problemas internos y externos que amenazaron la estabilidad de su imperio, aunque su mayor preocupación seguía siendo la guerra. Las tensiones en los territorios de Cataluña y Portugal seguían siendo una constante amenaza para su reinado, y la incapacidad para gestionar estos conflictos se convirtió en un factor crucial en el eventual declive del imperio.

3.3 La política exterior y las derrotas militares

A pesar del esplendor cultural, Felipe IV tuvo que lidiar con las crecientes presiones externas que enfrentaba el imperio español. La Guerra de los Treinta Años, que se libró entre 1618 y 1648, fue uno de los mayores desafíos para la monarquía española. El conflicto, que tuvo implicaciones religiosas, políticas y territoriales, fue en parte una consecuencia de las tensiones entre las potencias católicas y protestantes de Europa, con España como uno de los principales actores en el bando católico.

El rey Felipe IV y su valido Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares, se involucraron en la guerra con la esperanza de restaurar el poder y la influencia de España en Europa. Durante los primeros años del conflicto, España logró victorias significativas, especialmente en los Países Bajos, donde las tropas españolas, al mando del general Ambrosio Spínola, infligieron derrotas a los ejércitos enemigos. Sin embargo, la prolongación de la guerra agotó los recursos del imperio y contribuyó al desgaste del poder militar español.

Uno de los momentos más significativos de la guerra fue la derrota en la batalla de Rocroi en 1643, donde los tercios españoles fueron derrotados por el ejército francés. Este fue un golpe devastador para la reputación militar de España, que hasta entonces había sido considerada una de las potencias militares más formidables de Europa. La derrota en Rocroi marcó el comienzo del declive de la hegemonía militar española en Europa, y a partir de este momento, las victorias de los tercios fueron más escasas y difíciles de alcanzar.

Además, la intervención en la guerra con Francia y las tensiones con Inglaterra y Los Países Bajos agotaron aún más las arcas del Estado. A pesar de los esfuerzos por recuperar el control en Europa, la expansión imperial española comenzó a frenarse, y el sueño de un imperio católico dominante se desvaneció.

3.4 La decadencia de la hegemonía española

Aunque Felipe IV continuó buscando mantener el control en Europa durante los años siguientes, la acumulación de derrotas, combinada con los problemas internos, dejó a España al borde del colapso. La Paz de los Pirineos en 1659, que marcó el fin de la guerra con Francia, fue una derrota diplomática para España. La firma del tratado obligó a España a ceder territorios clave, como el Rosellón y Cerdeña, a Francia, y reconoció la supremacía francesa en Europa.

A pesar de los esfuerzos por recuperar el equilibrio del poder en Europa, la realidad era que España ya no era la potencia dominante que había sido en siglos anteriores. Felipe IV, quien había sido un rey dedicado a las artes y la cultura, veía cómo su imperio se desmoronaba bajo el peso de las derrotas militares y las crisis internas. El reinado de Felipe IV, que había comenzado con grandes expectativas, culminó con una pérdida irreparable de territorios y prestigio.

Las tensiones exteriores y la decadencia final del reinado de Felipe IV

4.1 La crisis política y las derrotas continuas

A medida que avanzaba la década de 1640, el reinado de Felipe IV comenzó a mostrar signos evidentes de agotamiento, tanto en el ámbito político como en el militar. Si bien las primeras décadas de su mandato estuvieron marcadas por la intervención en la Guerra de los Treinta Años y las tensiones con los territorios periféricos de su imperio, fue en estos años cuando la crisis política y económica de España alcanzó su punto máximo. La capacidad del rey para tomar decisiones se vio reducida y las derrotas militares se acumularon, lo que erosionó aún más la legitimidad de su gobierno.

Una de las primeras señales de la decadencia de la hegemonía española fue la pérdida de la guerra en Cataluña. La Guerra de los Segadores (1640), que se había iniciado como una revuelta de campesinos catalanes contra la opresión fiscal y las políticas centralistas de Olivares, se convirtió en un conflicto mucho más amplio. Los catalanes, en busca de apoyo, se aliaron con Francia, lo que desató un conflicto abierto con las tropas españolas. A pesar de los esfuerzos por sofocar la revuelta, la independencia de facto de Cataluña fue reconocida por Francia, lo que representó una derrota significativa para la monarquía española.

A esto se sumó la secesión de Portugal, que proclamó su independencia en 1640, lo que supuso otro golpe a la estabilidad del imperio. La falta de recursos y el desgaste de la guerra en varias frentes impidieron a España reaccionar con la fuerza necesaria para evitar esta pérdida. Estos eventos reflejaron la creciente debilidad del poder central, que se encontraba sumido en una serie de crisis simultáneas tanto internas como externas.

La falta de cohesión en el gobierno de Felipe IV, exacerbada por la figura de los validos que tomaban decisiones clave sin la intervención del monarca, contribuyó a la falta de acción decidida. La crisis política fue acompañada de un descenso en la calidad de vida de los españoles, quienes sufrieron las consecuencias de una administración ineficaz y una creciente presión fiscal.

4.2 El impacto de la muerte de Olivares

La figura de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares fue clave durante los primeros años del reinado de Felipe IV, pero a medida que avanzaba el tiempo, su influencia comenzó a decaer. A pesar de su ambición y las reformas que intentó implementar, Olivares no logró frenar la caída del imperio. La presión de la nobleza y la creciente oposición a sus políticas de centralización llevaron a la caída de su poder en 1643, después de la derrota en la batalla de Rocroi y la creciente crisis interna.

La retirada de Olivares marcó el comienzo de una nueva etapa en la corte de Felipe IV, pero la falta de un valido eficaz dejó un vacío de poder que el monarca no supo llenar. Aunque la administración pasó a manos de Luis Méndez de Haro, sobrino de Olivares, su figura carecía de la ambición y el talento estratégico de su antecesor. De hecho, Luis de Haro era mucho más discreto y menos audaz en sus decisiones, lo que llevó a una política exterior menos agresiva y más centrada en la búsqueda de una paz honrosa con los enemigos de España.

El monarca, por su parte, no estaba dispuesto a asumir el liderazgo político y continuaba dejando que las decisiones importantes fueran tomadas por su círculo de consejeros y validos. Felipe IV parecía más interesado en sus aficiones personales que en los asuntos del Estado, lo que solo agravaba la situación. Su dedicación a las artes y su vida cortesana contrastaban con la gravedad de los problemas que enfrentaba su imperio.

4.3 Las tensiones internas y la desestabilización social

La crisis política y militar fue acompañada de una creciente desestabilización social. Las tensiones en los territorios periféricos, como Cataluña y Portugal, se vieron reflejadas en una serie de levantamientos y motines en el resto del reino. Las políticas fiscales implementadas por Olivares y los sucesivos validos aumentaron la presión sobre la población, que ya se encontraba afectada por las constantes guerras y la mala gestión económica.

La guerra en Cataluña, que comenzó en 1640 con el Corpus de Sangre, no solo implicó una derrota para España, sino también un enfrentamiento con la identidad catalana, que comenzó a cuestionar su relación con el centro del poder en Madrid. Esta rebelión no solo fue un conflicto político, sino también una manifestación de las profundas tensiones sociales y económicas que existían entre las diferentes regiones del imperio.

A su vez, la creciente influencia de Francia, que apoyaba las revueltas en Cataluña y en otros territorios, provocó una serie de derrotas humillantes para España, que vio cómo perdía parte de su poderío en Europa. La intervención francesa, liderada por Luis XIII de Francia y Cardinal Richelieu, fue decisiva para inclinar la balanza contra España en varias ocasiones, y esto se reflejó en la pérdida de importantes territorios como el Rosellón y Cerdeña, que fueron cedidos a Francia en 1659 a través de la Paz de los Pirineos.

El conflicto también se extendió a otras zonas del imperio español, como en Nápoles y Sicilia, donde los motines populares y las tensiones entre las clases sociales llevaron a un aumento en la inestabilidad. Estos movimientos, que se originaron en el descontento con la administración española, afectaron gravemente a la capacidad de Felipe IV para gobernar eficazmente.

4.4 La figura de Sor María de Jesús y la influencia religiosa

En medio de estas dificultades, Felipe IV encontró en la religión un refugio y una fuente de consejo. Una de las figuras más influyentes en su vida en esta etapa fue Sor María de Jesús de Ágreda, una mística y abadesa de gran renombre. Sor María mantuvo una correspondencia regular con el rey, ofreciendo orientación espiritual y religiosa, y su influencia sobre el monarca fue considerable.

Sor María de Jesús fue una figura clave en el proceso de toma de decisiones de Felipe IV, y su influencia se hizo sentir no solo en cuestiones religiosas, sino también en aspectos más personales y políticos. A través de sus cartas, Felipe IV buscaba consuelo y guía en momentos de crisis, lo que demuestra la falta de un liderazgo político efectivo en su reinado. A pesar de las dificultades de su imperio, el rey parecía más interesado en la espiritualidad que en la acción política directa.

Esta relación con Sor María de Jesús también refleja la tendencia del monarca a delegar decisiones importantes en figuras fuera del ámbito político, lo que continuó contribuyendo a la debilidad del poder real en España. Mientras tanto, el reino se sumergía en una creciente desesperanza ante la incapacidad de Felipe IV para tomar decisiones radicales y resolver los conflictos internos y externos que amenazaban con destruir el imperio.

4.5 La sucesión y la incertidumbre del futuro

A medida que Felipe IV se acercaba a sus últimos años de vida, la cuestión de la sucesión comenzó a ser un tema de creciente preocupación. Carlos II, hijo de Felipe IV, era un niño enfermizo y débil, lo que generó incertidumbre sobre la capacidad de España para mantener su influencia en Europa una vez que el rey falleciera. Felipe IV se vio rodeado de temores sobre el futuro del imperio, y aunque hizo esfuerzos por asegurar una transición pacífica, la falta de un heredero fuerte y capaz presagiaba tiempos difíciles para la monarquía.

La salud del rey empeoró y su reinado llegó a su fin el 17 de septiembre de 1665, cuando falleció en Madrid a los 60 años de edad. Su muerte marcó el cierre de una era que, a pesar de los avances culturales, se vio opacada por las derrotas militares y la pérdida de territorios esenciales para el imperio. El ascenso al trono de Carlos II, apodado «El Hechizado» debido a sus problemas de salud y su debilidad física, sumió a España en una nueva etapa de incertidumbre.

La decadencia final y el legado de Felipe IV

5.1 La crisis de sucesión y el final de un reinado agónico

Felipe IV falleció el 17 de septiembre de 1665 en Madrid, dejando a España en una situación de profunda crisis tanto interna como externa. A lo largo de su reinado, que duró más de 40 años, su gobierno estuvo marcado por una mezcla de magnificencia cultural y un continuo declive político y militar. En sus últimos años, Felipe IV, aunque obsesionado por las tensiones exteriores y los conflictos territoriales, también tuvo que enfrentarse a la incertidumbre de la sucesión. Su hijo, Carlos II, era un niño enfermizo que heredó el trono a la muerte de su padre, y su salud debilitada no hacía más que añadir incertidumbre sobre el futuro del imperio.

La sucesión de Carlos II fue un tema que preocupó profundamente a Felipe IV durante los últimos años de su vida. El joven rey, quien pronto recibiría el apodo de «El Hechizado» debido a sus múltiples enfermedades, no estaba en condiciones de asumir el rol de monarca con la fuerza necesaria. A pesar de los esfuerzos realizados por Felipe IV para asegurar una transición pacífica, el vacío de poder que dejó su muerte sumió al reino en una nueva etapa de inestabilidad. La crisis de sucesión, combinada con la debilidad de Carlos II, presagiaba una época aún más difícil para España, que ya se encontraba al borde del colapso político.

El reinado de Felipe IV se caracterizó por un gobierno que dejó una huella ambigua en la historia de España. Mientras que en términos culturales se puede hablar de un auge notable, sobre todo en las artes y las letras, la falta de cohesión política y la debilidad militar que acompañaron a sus decisiones estratégicas condujeron al progresivo deterioro del poder español en Europa.

5.2 La pérdida del Imperio y el fin del sueño imperial

Uno de los legados más duraderos de Felipe IV fue la gradual pérdida del imperio español que había sido uno de los más poderosos de Europa en el siglo XVI. Aunque el reinado del monarca estuvo marcado por un interés constante en mantener y expandir los dominios de España, las derrotas militares y las crisis internas fueron minando la estructura imperial que su abuelo Felipe II había construido.

El conflicto más emblemático de este proceso de declive fue la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), en la que España se vio obligada a participar, principalmente en su intento por asegurar la supremacía católica en Europa. Si bien hubo victorias españolas en las primeras fases de la guerra, la prolongación del conflicto y la intervención de nuevas potencias como Francia resultaron en un agotamiento total para el imperio. La firma de la Paz de Westfalia en 1648 significó la pérdida de influencia en los Países Bajos, una región clave para la economía y el poderío militar de España. A este revés se sumaron las derrotas frente a Francia, como la humillante batalla de Rocroi (1643), que marcó el fin de la supremacía de los tercios españoles en Europa.

En la península ibérica, el reinado de Felipe IV también estuvo marcado por la pérdida de Portugal, que en 1640 se separó de la corona española tras un levantamiento que culminó con la proclamación de Juan IV de Braganza como rey. Este hecho debilitó aún más el imperio español, pues perdió un territorio clave que aportaba riqueza y recursos, en especial a través de sus posesiones en ultramar.

A nivel interno, las revueltas y secesiones en Cataluña y Nápoles fueron otro indicio de la fragilidad del imperio. Cataluña, que en 1640 comenzó a luchar por su independencia, y Portugal, que consiguió su secesión con el apoyo de Inglaterra y Francia, dejaron en evidencia la incapacidad del rey para mantener el control sobre los territorios periféricos. Estas crisis revelaron la debilidad del modelo centralista propuesto por Olivares y su fracaso en lograr una verdadera cohesión entre las diversas naciones de la monarquía española.

La Paz de los Pirineos (1659) significó la rendición de España frente a Francia, con la pérdida de territorios como el Rosellón y Cerdeña. La cesión de estos territorios a los franceses, así como la firma de un tratado de paz que reconoció la superioridad francesa en Europa, cerró el ciclo de una decadencia irreversible para el imperio. A pesar de la resistencia de Felipe IV y sus esfuerzos por recuperar el control, el sueño imperial de España se desmoronó bajo su liderazgo.

5.3 Felipe IV como mecenas cultural y su legado en las artes

A pesar de los problemas políticos y territoriales, el reinado de Felipe IV dejó un legado perdurable en el campo de la cultura. El monarca fue un gran mecenas de las artes, y su apoyo a figuras clave como Velázquez, Rubens, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y Quevedo permitió que el Siglo de Oro español viviera una de sus etapas más brillantes.

En la pintura, Velázquez se destacó como el principal pintor de la corte, y su obra se convirtió en un testimonio visual de la grandeza y los problemas del reinado de Felipe IV. Su famoso cuadro «Las Meninas» (1656), que representa a la familia real en un instante íntimo y a la vez público, es considerado una de las obras más importantes de la historia del arte occidental. Rubens, otro de los grandes artistas de la época, también dejó su huella en la corte española, creando obras de gran tamaño y esplendor que reflejaban la majestuosidad de la monarquía española.

En la literatura, figuras como Lope de Vega y Calderón de la Barca vivieron durante el reinado de Felipe IV, produciendo obras teatrales que siguen siendo relevantes en la literatura española hasta el día de hoy. La obra de Lope de Vega fue fundamental para el desarrollo del teatro barroco, mientras que Calderón ofreció una visión más filosófica y moral en sus comedias y autos sacramentales.

Felipe IV, además de su amor por las artes, también se interesó por el fomento de la ciencia y el pensamiento, apoyando la creación de instituciones como la Academia Real de Bellas Artes de San Fernando y la Real Biblioteca. Aunque su reinado estuvo plagado de crisis, su patrocinio de las artes y su apoyo al desarrollo cultural contribuyeron a que España viviera una época de esplendor literario y artístico que perduraría mucho después de su muerte.

5.4 El legado de Felipe IV y la decadencia de España

Aunque el reinado de Felipe IV se cerró con una gran crisis de sucesión y la pérdida de territorios clave, su legado cultural permanece intacto. El Siglo de Oro español, al que contribuyó enormemente, sigue siendo una de las épocas más importantes de la historia de España, tanto en términos de producción literaria como artística. Los pintores, poetas y dramaturgos de su época, bajo el auspicio del rey, dejaron una marca indeleble en la historia del arte y la cultura.

Sin embargo, el legado político de Felipe IV está empañado por la decadencia y el declive de la monarquía española. La pérdida de territorios, la incapacidad para mantener el control sobre los reinos periféricos y las derrotas militares frente a Francia marcaron un periodo de declive irreversible para el Imperio español. El fracaso de Felipe IV para gestionar los asuntos internos y su delegación de poder a figuras como Olivares y Luis de Haro contribuyó al colapso del sistema político de la monarquía.

Finalmente, la monarquía de los Austrias Menores, con Carlos II como su último monarca, entró en una etapa de decadencia que culminaría con la Guerra de Sucesión Española (1701-1714). España, después de más de un siglo de dominio, se vio relegada a un papel secundario en el escenario europeo, y el final de la dinastía de los Austrias marcó el comienzo de una nueva era para el país.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Felipe IV (1605–1665): El Rey Planeta que marcó el Siglo de Oro y el declive del Imperio Español". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/felipe-iv-rey-de-espanna [consulta: 14 de febrero de 2026].