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LiteraturaBiografía

Elvir, Raúl (1927-1998).

Poeta y traductor nicaragüense, nacido en Comayagüela (al lado de Tegucigalpa, en el Distrito Central de Honduras) el 23 de enero de 1927, y fallecido en Managua (Nicaragua) en junio de 1998. Aunque natural de Honduras, residió desde los doce años en Nicaragua y acabó adquiriendo la ciudadanía del país que le había acogido, por lo que siempre se consideró un escritor nicaragüense. Así lo ha estimado también la mayor parte de la crítica hispanoamericana, que le incluye en historias y antologías de la lírica del país de Rubén Darío.

Desde muy joven se sintió alentado por una innata vocación literaria que le impulsó a escribir versos y publicarlos en la prensa local de Granada (ciudad en la que se había afincado en 1939) cuando todavía estaba cursando el Bachillerato. Por aquel tiempo, en el Instituto de Oriente y Mediodía de Granada, entabló amistad con otros dos estudiantes de su misma edad que, al igual que él, empezaban a componer sus poemas primerizos. Se trataba de Fernando Silva (1927- ) y Ernesto Gutiérrez (1927-1998), quienes, con el paso del tiempo, habrían de formar parte de una brillante generación poética en la que, además de su antiguo condiscípulo Raúl Elvir, también figuraron Guillermo Rothschuh Tablada (1926), Mario Cajina-Vega (1929-1995), Octavio Robleto (1935), Horacio Peña (1936) y David McField (1936).

Así pues, tras haberse dado a conocer como poeta merced a la publicación de sus primeros versos en El Diario Nicaragüense y El Correo -los dos rotativos más importantes de Granada-, Raúl Elvir continuó forjándose una extraordinaria cultura humanística que, entre otras cosas, habría de permitirle ganarse la vida como traductor en distintos períodos de su edad adulta. Entre otras obras, tradujo del francés el gran poemario Anábasis, de Saint-John Perse, trabajo que realizó en colaboración con su inseparable amigo Ernesto Gutiérrez; y, unos años después, se enfrentó él solo a la traducción de Pájaros y otros poemas, otra gran obra del poeta nacido en Guadalupe y galardonado con el Premio Nobel en 1960.

Buen conocedor, además, de la lengua inglesa, Raúl Elvir vertió también al castellano las obras tituladas La finca de un naturalista, El ascenso de la vida, Merienda y Cuentos de un naturalista, escritas por el estadounidense Alexander Skucth (un estudioso de la lengua náhuatl que había abandonado su país para afincarse en Costa Rica).

A pesar de esta densa cultura humanística y de su constante dedicación al cultivo de la poesía, Raúl Elvir había cursado estudios superiores relacionados con el ámbito de la ingeniería y la tecnología, y llegó a graduarse como Ingeniero civil, profesión que desempeñó durante varios años.

Su producción poética parte de una observación minuciosa y detallada -casi se puede decir que desde un emocionado ensimismamiento-, de la Naturaleza en general y, en particular, de las pequeñas cosas que conforman el paisaje nicaragüense, al que, en un plano más íntimo y personal, Elvir describe con amor y ternura. Fue, en este aspecto, tal vez el poeta de su generación que con mayor acierto recurrió al léxico de la fauna y de la flora, hasta llegar a familiarizar plenamente al lector de sus versos con los nombres de las plantas, los árboles y las aves de mayor presencia en Nicaragua. Y, en medio de esa sutil emoción con que el poeta describe la lujuriante riqueza paisajística de su tierra de adopción, emerge como el fruto más preciado de la Naturaleza la figura femenina, con lo que la voz del poeta cobra matices de honda sensibilidad panteísta: "Con esa rosada cualidad de manzana / que te nace en la boca, / con la sonrisa que a menudo / crece al borde de tus labios como un trigo, / con todo eso que se acoge a tu sombra y te rodea / formando un mundo aparte / entre los otros mundos, / tú significabas algo más que una forma, / en tus ojos había algo más que unos ojos. / [...] / Yo acostumbraba amarte de noche sobre todo / cuando ya la montaña había / apagado sus árboles / y el cielo giraba lento como un barco. / Tú sola iluminabas / saliendo a flote en medio de las sombras / entre negros corceles y fantasmas / que asolaban la noche milenaria. / Como una playa eras el amanecer. / Como todos los pájaros del mundo / eras al amanecer. / Tú salías al paso en cada rosa / dibujando golondrinas / con tus dedos dispuestos al amor, / naciéndote ademanes de sauce involuntario, / azorados como aves / tus dos senos tembladores. / Todo lo hermoso entonces / estaba referido a tu sonrisa / y algo de tu ser permanecía / en la perenne juventud de la montaña, / en las laderas, / en los bosques, / en los valles desplegados, / en los ríos presurosos, / en los riscos y las vegas, / y en el mar".

Este bellísimo poema, titulado "Canto número cinco", pertenece al poemario titulado Cantos del nuevo poblador. Otras espléndidas colecciones poéticas del escritor nicaragüense son las tituladas La rama y el cielo (1960) y Círculo de fuego (1971).

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.