Charles Darwin (1809–1882): El Naturalista que Revolucionó la Ciencia con la Teoría de la Evolución
Charles Darwin (1809–1882): El Naturalista que Revolucionó la Ciencia con la Teoría de la Evolución
Primeros años y educación
Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, una pequeña ciudad en el condado de Shropshire, en el oeste de Inglaterra. Fue el quinto de seis hijos de Robert Waring Darwin, un médico afluente y respetado, y Susan Wedgwood, hija de Josiah Wedgwood, el famoso ceramista y empresario. La familia de Darwin pertenecía a la clase alta media británica, lo que le permitió gozar de una educación privilegiada. Desde temprana edad, Darwin fue testigo del entorno intelectual y científico que rodeaba a su familia, influenciado por figuras destacadas de la ciencia y la filosofía, como su abuelo Erasmus Darwin, quien había propuesto teorías sobre la evolución de las especies en su obra Zoonomia, escrita en 1794.
El entorno familiar y la influencia de su abuelo paterno fueron fundamentales en el desarrollo temprano del interés de Darwin por las ciencias naturales. Erasmus Darwin había adelantado ideas sobre la transformación de las especies, describiendo la naturaleza como un sistema dinámico donde los organismos podían cambiar con el tiempo, algo que dejó una huella en la mente del joven Darwin. Sin embargo, en sus primeros años, Darwin no mostró una inclinación sobresaliente hacia la academia. En su infancia, asistió a varias escuelas locales, donde, aunque sus profesores lo describían como un estudiante que no destacaba, su amor por la historia natural y la colección de objetos de la naturaleza era evidente.
A la edad de ocho años, Darwin fue inscrito en la escuela primaria de la Capilla Unitaria, una institución educativa en la que su madre tenía influencia. Aunque no destacó en ninguna asignatura académica, comenzó a desarrollar su pasión por la historia natural. Durante su tiempo en esta escuela, se dedicó a coleccionar objetos como plantas, insectos y minerales, lo que poco a poco lo convirtió en un «sistemático investigador de la naturaleza», como él mismo lo describiría años después. Aunque este primer período de educación no fue particularmente brillante en términos académicos, sí fue la semilla de su interés por la biología y la geología.
En 1818, Darwin fue enviado a un internado en el colegio del Dr. Butler, un establecimiento con un enfoque en las humanidades clásicas. Sin embargo, Darwin no se sintió motivado por las materias tradicionales que allí se impartían, y más bien se inclinó hacia la exploración de la naturaleza, un tema que parecía estar mucho más relacionado con su verdadera pasión. A pesar de no ser un estudiante destacado, el joven Darwin desarrolló una profunda fascinación por las ciencias naturales, algo que se acentuó cuando, junto a su hermano, construyó un pequeño laboratorio en el patio del colegio donde realizaban experimentos. Este espacio improvisado fue el lugar donde Darwin comenzó a experimentar con diferentes sustancias y a realizar observaciones científicas.
Las preocupaciones de su padre sobre la falta de enfoque académico de Darwin lo llevaron a considerar que la carrera de medicina podría ser una opción viable. Así, en 1825, Darwin fue inscrito en la Universidad de Edimburgo para estudiar medicina, siguiendo los pasos de su hermano mayor Erasmus Darwin, quien ya estudiaba allí. Sin embargo, la medicina nunca fue una vocación para Darwin. Las clases de anatomía le parecían aburridas, y la idea de practicar cirugía le aterraba, especialmente porque las operaciones se realizaban sin anestesia, lo que le causaba gran incomodidad. En cambio, Darwin se interesó profundamente por las ciencias naturales y la zoología marina. Fue en Edimburgo donde conoció al Profesor Robert Edmund Grant, un naturalista que influyó profundamente en él y le mostró la importancia del estudio de los animales marinos, particularmente la teoría de la transformación de las especies, que más tarde sería central en su propia teoría de la evolución.
La experiencia en Edimburgo marcó una etapa fundamental en la vida de Darwin, ya que comenzó a forjar relaciones con científicos e intelectuales que influirían en sus futuras investigaciones. Uno de estos personajes clave fue Lavoisier, cuyas teorías sobre la química inspiraron a Darwin a profundizar en la investigación de la historia natural. Además, Darwin se unió a la Sociedad Pliniana de la Universidad de Edimburgo, donde participó en discusiones científicas y realizó sus primeras presentaciones sobre temas de zoología y biología. Aunque sus estudios en medicina fueron insatisfactorios, esta etapa le permitió a Darwin contactar con algunos de los principales intelectuales y científicos de su tiempo, lo que reforzó su interés en la investigación científica.
En 1828, debido a la falta de entusiasmo de Darwin por la medicina, su padre decidió cambiar su rumbo académico y lo inscribió en Christ’s College en la Universidad de Cambridge para estudiar teología, una opción considerada más adecuada para un joven de su estatus social. En Cambridge, Darwin comenzó a estudiar teología, aunque sin mucho interés, mientras se sumergía cada vez más en el estudio de las ciencias naturales. Fue aquí donde conoció a figuras clave como el Reverendo John Stevens Henslow, un botánico que influyó profundamente en su vida. Henslow se convirtió en un mentor y amigo cercano, alentando a Darwin a explorar su pasión por las ciencias naturales, y le presentó la obra del geólogo Charles Lyell, cuyos principios sobre la geología evolucionista influyeron en las ideas de Darwin sobre la lenta y gradual transformación de la Tierra.
Durante su estancia en Cambridge, Darwin también tuvo la oportunidad de profundizar en la zoología, y se unió al Club Pliniano, una sociedad científica donde discutía temas de historia natural y realizó sus primeras exposiciones científicas. Aunque Darwin no estaba particularmente interesado en la teología, sus estudios en Cambridge le ofrecieron la oportunidad de interactuar con científicos influyentes y profundizar en su amor por las ciencias naturales. En 1831, Darwin completó su licenciatura y, tras recibir un grado en Artes, se dedicó completamente al estudio de la historia natural, lo que lo llevaría a tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre: aceptar la oportunidad de unirse al capitán Robert Fitz Roy en un viaje de investigación a bordo del H.M.S. Beagle.
Este viaje representaba para Darwin una oportunidad única para explorar el mundo y estudiar la naturaleza en sus diversas formas. Aunque inicialmente fue reacio a embarcarse en la travesía, las recomendaciones de Henslow y su propio deseo de aprender más sobre las ciencias naturales lo llevaron a tomar la decisión. En 1831, Darwin se embarcó en lo que sería un viaje de cinco años que le permitiría formular sus teorías sobre la evolución y la selección natural, cambios que, a la postre, revolucionarían nuestra comprensión de la vida en la Tierra.
La expedición del Beagle (1831-1836)
El viaje a bordo del H.M.S. Beagle marcó un punto de inflexión fundamental en la vida de Charles Darwin y en la historia de la ciencia. A finales de 1831, Darwin recibió una carta de su mentor John Stevens Henslow informándole de una vacante para un naturalista en el viaje de investigación del Beagle, un navío que partía hacia un largo recorrido de exploración científica. El objetivo principal de la expedición era estudiar las costas sudamericanas y recoger datos geológicos, biológicos y meteorológicos, además de realizar mapas y levantamientos hidrográficos para la Corona británica. A pesar de las dudas iniciales de su familia, en particular de su padre, Darwin aceptó la oferta con entusiasmo, con la esperanza de que esta aventura fuera la oportunidad para dedicarse a las ciencias naturales de manera más profunda.
La decisión de Darwin de unirse al Beagle no fue fácil. Durante los primeros meses previos al viaje, el joven naturalista experimentó una profunda depresión debido al miedo de estar alejado de su familia durante un largo período. La relación con Robert Fitz Roy, el capitán del navío, no ayudaba a mejorar su ánimo. Fitz Roy era conocido por su carácter difícil y su rígida disciplina. Los dos hombres tuvieron varios desacuerdos, especialmente cuando Fitz Roy propuso que Darwin se encargara de las observaciones geológicas y naturales del viaje sin recibir salario, sino que solo se le proporcionaría manutención, una oferta que inicialmente no convenció a Darwin. No obstante, el apoyo de su tío Josiah Wedgwood y la mediación de Henslow le permitieron superar las dificultades y embarcarse en lo que sería uno de los viajes más trascendentales de la historia de la ciencia.
El Beagle zarpó del puerto de Plymouth el 27 de diciembre de 1831, iniciando su viaje hacia el continente sudamericano. A pesar de los problemas iniciales, como el mareo constante de Darwin, quien se sentía incapaz de realizar sus investigaciones debido al malestar físico, el viaje comenzó a ser una experiencia profundamente formativa. Darwin empezó a tomar notas minuciosas de todo lo que observaba, desde los paisajes geológicos hasta las especies de flora y fauna. A lo largo de la expedición, sus observaciones detalladas de los diferentes ecosistemas y sus respectivas especies le permitieron acumular datos que más tarde serían clave para el desarrollo de su teoría de la evolución.
El Beagle pasó por diversas localizaciones en el océano Atlántico y el Pacífico, incluyendo Las Azores, Cabo Verde, la isla de San Fernando, Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Perú, las Islas Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda y Australia. Cada uno de estos lugares ofreció a Darwin una rica variedad de ecosistemas y especies animales y vegetales, lo que alimentó su creciente comprensión sobre la diversidad de la vida en la Tierra. En sus observaciones, Darwin comenzó a notar algo que más tarde sería crucial para su teoría: las especies de un mismo continente presentaban diferencias marcadas respecto a las de otros continentes, y muchas de las especies de las islas remotas eran diferentes de las de la región continental más cercana, aunque con evidentes similitudes.
Uno de los momentos más significativos del viaje se produjo en las Islas Galápagos, donde Darwin comenzó a formular las primeras ideas sobre la selección natural. Observó que las especies de pinzones en las Galápagos variaban según la isla en la que habitaban, y sus picos se adaptaban a los diferentes tipos de alimentos disponibles en cada isla. A partir de este y otros estudios de variaciones dentro de las especies, Darwin empezó a sospechar que las especies no eran inmutables, sino que podían cambiar a lo largo del tiempo en respuesta a su entorno. Este fue uno de los primeros indicios de lo que más tarde sería su teoría revolucionaria de la evolución.
En sus viajes por América del Sur, Darwin también comenzó a recolectar fósiles de grandes mamíferos extintos, como los de un megaterio y un gliptodonte que había encontrado en la Patagonia. Estos descubrimientos de fósiles prehistóricos de criaturas que ya no existían en la región fueron una clave fundamental para la construcción de sus ideas sobre la evolución. Darwin se preguntó cómo se explicaba la existencia de estos grandes mamíferos en una época tan reciente si no era mediante el proceso de extinción y la transformación gradual de las especies. A lo largo del viaje, Darwin reunió más y más piezas de este rompecabezas científico, comenzando a formar la base de lo que más tarde sería su teoría sobre la selección natural.
Otro aspecto importante del viaje fue la oportunidad de Darwin para interactuar con diferentes culturas y poblaciones, especialmente durante su estancia en la Tierra del Fuego, donde los nativos de la región llamaron su atención. A pesar de su perspectiva monárquica, Darwin observó que la estructura social de los pueblos indígenas de esta región parecía más igualitaria que la de las sociedades europeas. Esto lo llevó a reflexionar sobre las distintas formas de organización política y social, y sobre cómo la civilización y la barbarie podían interpretarse de maneras diferentes según el contexto histórico y cultural. Durante su estancia en Argentina, también fue testigo de las luchas entre las facciones políticas locales y la opresión de los pueblos originarios. Conoció al general Juan Manuel de Rosas, dictador de Argentina, quien lideraba la represión contra los pueblos indígenas, lo que contribuyó a las ideas de Darwin sobre las complejidades de la civilización y la barbarie.
Las experiencias de Darwin durante el viaje no se limitaron a las observaciones científicas, sino que también incluyeron largas conversaciones con el capitán Fitz Roy, quien era un ferviente cristiano y un defensor de la teoría creacionista. A pesar de la relación algo tensa entre ambos, Darwin comenzó a cuestionar sus propias creencias religiosas a medida que avanzaba en sus estudios científicos. El viaje le permitió reflexionar profundamente sobre las implicaciones de la ciencia y la religión, y cómo sus descubrimientos podrían desafiar las nociones tradicionales de la creación del mundo. Fue en este contexto que Darwin comenzó a ser consciente de las posibles consecuencias de sus ideas para el cristianismo y la doctrina bíblica, un tema que sería central en su vida personal y profesional en los años venideros.
Tras casi cinco años de exploración, el Beagle regresó a Inglaterra el 2 de octubre de 1836. Darwin, exhausto pero con una gran cantidad de datos y colecciones, regresó a casa para comenzar a dar forma a las ideas que había estado desarrollando durante su viaje. Aunque la teoría de la evolución por selección natural aún estaba lejos de completarse, los descubrimientos que hizo durante su tiempo a bordo del Beagle sentaron las bases para lo que sería su obra maestra, El origen de las especies. En su regreso, Darwin ya era un naturalista de renombre y un científico de gran prestigio, reconocido por su capacidad para recopilar datos y teorías innovadoras en el campo de la biología, la geología y la paleontología.
El regreso a Inglaterra y el desarrollo de la teoría de la evolución
El regreso de Charles Darwin a Inglaterra en 1836 marcó el inicio de una nueva etapa crucial en su vida, una etapa de reflexión, recopilación de datos y formulación de ideas que, eventualmente, revolucionaría el campo de las ciencias naturales. Aunque el viaje a bordo del Beagle le había proporcionado una enorme cantidad de información sobre geología, biología, zoología y paleontología, Darwin ahora se encontraba ante el desafío de organizar y analizar los vastos datos que había recolectado durante su viaje de cinco años. Este proceso le tomaría varios años más, pero la información que recogió serviría como la base para desarrollar su teoría de la evolución por selección natural, una de las ideas científicas más influyentes de todos los tiempos.
Tras el regreso del Beagle, Darwin se instaló nuevamente en Shrewsbury, su ciudad natal, donde comenzó a ordenar las notas de su diario y las colecciones de ejemplares. Sus primeras semanas en Inglaterra fueron de intenso trabajo, pero también de conversaciones con científicos y amigos, quienes estaban ansiosos por escuchar los detalles del viaje. Entre ellos se encontraba John Stevens Henslow, su mentor y amigo cercano, quien desempeñó un papel clave en la conexión de Darwin con otros científicos, incluidos algunos de los más destacados naturalistas y geólogos de la época.
A pesar de la importancia de sus descubrimientos, Darwin comenzó a enfrentar un dilema importante: la interpretación de sus hallazgos. Mientras que sus observaciones sobre la geología y la biología apuntaban a la idea de que las especies de animales y plantas no eran inmutables, sino que podían haber cambiado a lo largo del tiempo, Darwin no estaba dispuesto a formular públicamente una teoría que desafiara las creencias religiosas y las explicaciones tradicionales de la creación. Sin embargo, la creciente evidencia científica lo impulsó a considerar la posibilidad de que la vida en la Tierra había cambiado a través de un proceso de selección natural, en el cual las especies mejor adaptadas a su entorno sobrevivían y se reproducían, mientras que las menos adaptadas desaparecían.
Este proceso de reflexión y análisis fue enriquecido por las lecturas que Darwin continuó realizando, especialmente las de Charles Lyell, un geólogo que influyó profundamente en sus ideas. Lyell, autor de Principios de geología, presentó la teoría de que los cambios geológicos en la Tierra ocurren de manera gradual, a través de procesos lentos y continuos, como la erosión y la sedimentación, en lugar de por cataclismos repentinos. La teoría de Lyell sobre el cambio gradual coincidía con las observaciones de Darwin en el viaje del Beagle, y le proporcionó un marco para pensar en la evolución de las especies de manera similar: como un proceso lento, gradual y continuo.
Además, el trabajo de Jean Baptiste Lamarck, un naturalista francés que había propuesto la teoría de que los organismos adquirían características durante su vida en respuesta a las condiciones del entorno y las transmitían a sus descendientes, también influyó en Darwin. Aunque Darwin no estuvo completamente de acuerdo con la idea de Lamarck, la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos le ayudó a comprender cómo podían ocurrir ciertos cambios en las especies a lo largo del tiempo. El concepto de la adaptación de los organismos a su entorno se integró en las ideas de Darwin, pero de una manera mucho más compleja y matizada.
El análisis de sus colecciones también reveló patrones fascinantes que Darwin no podía ignorar. Una de las observaciones más significativas fue la variabilidad de las especies de pinzones en las Islas Galápagos, que habían sido uno de los puntos más importantes de su investigación. Al comparar las características de los pinzones de las diferentes islas, Darwin se dio cuenta de que las variaciones en el tamaño y forma de los picos estaban relacionadas con el tipo de alimento disponible en cada isla. En una isla, los pinzones tenían picos grandes y gruesos, adaptados para romper semillas duras; en otra, los picos eran más pequeños y finos, adecuados para comer insectos. Esta observación llevó a Darwin a formular la hipótesis de que las especies podrían variar según el entorno en el que vivieran, y que esas variaciones podrían ser heredadas por las generaciones posteriores.
Poco después de su regreso a Inglaterra, Darwin comenzó a recibir una creciente cantidad de correspondencia de científicos y naturalistas interesados en sus hallazgos. Uno de los más importantes fue Joseph Dalton Hooker, botánico y amigo cercano de Darwin, quien se convirtió en un defensor temprano de sus ideas sobre la evolución. Hooker, junto con Lyell, ayudó a Darwin a organizar sus ideas y a pensar en cómo presentar sus descubrimientos de manera sistemática. Sin embargo, Darwin todavía no estaba listo para publicar sus teorías sobre la evolución, ya que sabía que su trabajo desafiaba las creencias religiosas profundamente arraigadas sobre la creación.
La lucha interna de Darwin sobre la publicación de su teoría de la evolución se intensificó cuando recibió la carta de Alfred Russel Wallace, un naturalista británico que había estado trabajando en el sudeste asiático y había llegado a conclusiones sorprendentemente similares a las de Darwin sobre la evolución por selección natural. Wallace había leído los trabajos de Darwin y, basándose en sus propios estudios, había formulado una teoría sobre cómo las especies cambian y se adaptan a su entorno. La carta de Wallace le dejó a Darwin en un dilema moral y científico. Aunque Darwin había trabajado en su teoría durante muchos años y había recopilado una enorme cantidad de evidencia, nunca la había publicado por completo.
Ante esta situación, Darwin decidió que lo mejor era presentar su trabajo de forma conjunta con las ideas de Wallace, para evitar el plagio y reconocer el trabajo de ambos científicos. En 1853, Lyell y Hooker presentaron la teoría de la evolución de Darwin y Wallace en la Sociedad Linneana de Londres. La publicación conjunta causó un gran revuelo en el mundo científico, y aunque la mayoría de los científicos aceptaron las ideas de Darwin y Wallace, el debate sobre la evolución por selección natural se intensificó, ya que la teoría iba en contra de las enseñanzas bíblicas y de la visión tradicional de la creación.
Fue en 1859 cuando Darwin finalmente publicó su obra más famosa, El origen de las especies, que revolucionó por completo la biología y las ciencias naturales. El libro presentaba un exhaustivo cuerpo de evidencia que respaldaba su teoría de la evolución por selección natural. A pesar de las fuertes críticas que recibió, especialmente por parte de la Iglesia, El origen de las especies tuvo un enorme impacto en el campo de la biología y se convirtió en la piedra angular de la teoría evolutiva. En este trabajo, Darwin presentó pruebas de cómo las especies podían cambiar con el tiempo y cómo la selección natural actuaba sobre los organismos, favoreciendo a aquellos que estaban mejor adaptados a su entorno y eliminando a los menos aptos.
El impacto de El origen de las especies fue inmediato, y la comunidad científica se vio obligada a enfrentarse a nuevas preguntas sobre el origen de la vida, la diversidad de las especies y la relación entre los seres vivos. Las implicaciones filosóficas y teológicas del trabajo de Darwin fueron profundas, y el debate sobre la evolución continuó siendo una cuestión central en la ciencia y la religión durante muchas décadas.
La vida en Down House y el trabajo posterior
Tras la publicación de El origen de las especies en 1859, Charles Darwin se encontró en una posición única. Había hecho una de las contribuciones más trascendentales a la ciencia, pero, al mismo tiempo, se enfrentaba a las consecuencias de desafiar las creencias religiosas de su tiempo. Las reacciones a su teoría de la evolución por selección natural fueron mixtas, y muchos de sus contemporáneos, incluidos científicos, filósofos y líderes religiosos, no estaban dispuestos a aceptar sus ideas. Sin embargo, para Darwin, las controversias que generó su obra no fueron lo único que marcó los años posteriores. También se encontraba lidiando con una salud cada vez más delicada, lo que lo llevó a tomar decisiones sobre su vida y trabajo en un contexto personal y científico muy diferente al que había tenido durante su juventud.
En 1842, tres años antes de la publicación de su obra maestra, Darwin ya había experimentado problemas de salud. Durante este período, se encontraba constantemente agotado, sufriendo dolores estomacales, mareos y otros síntomas que le dificultaban llevar una vida normal. Debido a su estado físico, Darwin decidió mudarse con su familia a un lugar más tranquilo y apartado. Optaron por Down House, una gran casa en el campo cerca de Beckenham, en el condado de Kent, a unos 25 kilómetros al sureste de Londres. Este traslado marcó el inicio de una nueva etapa de su vida, caracterizada por un trabajo más tranquilo, pero también por un aumento en su dedicación científica.
Down House se convertiría en el centro de su vida y de sus investigaciones durante los siguientes 40 años. La casa estaba ubicada en un área alejada de la bulliciosa ciudad, rodeada de jardines y bosques, lo que ofrecía a Darwin la calma y el aislamiento que tanto necesitaba. Con el paso del tiempo, la propiedad fue adaptada a sus necesidades científicas. Darwin estableció un invernadero en el jardín, donde realizaba experimentos con plantas, y también un pequeño criadero de aves, que usaba para observar su comportamiento y hacer sus propias investigaciones de biología.
A pesar de la tranquilidad del campo, Darwin nunca abandonó por completo su vínculo con la comunidad científica. De hecho, continuó teniendo correspondencia frecuente con sus colegas más cercanos, incluidos Joseph Dalton Hooker, Lyell y otros naturalistas que apoyaban sus ideas. Su correspondencia era una de las principales formas de mantenerse en contacto con los avances científicos, ya que su salud le impedía asistir regularmente a conferencias o reuniones científicas. No obstante, las visitas a Londres y otras ciudades eran frecuentes, y sus amistades, especialmente con Hooker, se mantuvieron muy activas. A pesar de sus problemas de salud, estas relaciones ayudaron a Darwin a continuar siendo una figura influyente en el mundo de la ciencia.
Uno de los aspectos más destacables de la vida de Darwin en Down House fue su dedicación al trabajo meticuloso. Aunque sus problemas de salud eran constantes, él se mantuvo firme en su compromiso con la ciencia, dedicando largas horas al estudio, la experimentación y la escritura. Su rutina diaria en Down House se desarrollaba con un orden meticuloso. Se levantaba antes de las 7 de la mañana, realizaba un paseo por el jardín para despejar la mente y luego desayunaba antes de comenzar su jornada laboral. Pasaba la mayor parte de la mañana trabajando en su despacho, donde organizaba sus notas, leía libros y redactaba trabajos. A media mañana, se dedicaba a sus experimentos en el invernadero o a cuidar de sus aves y otros animales. Durante la tarde, respondía a su correspondencia y continuaba con sus investigaciones. Finalmente, pasaba las noches con su esposa Emma Wedgwood y sus hijos, disfrutando de momentos de descanso, lectura o juegos familiares.
A lo largo de su vida en Down House, Darwin sufrió pérdidas personales significativas. La muerte de tres de sus hijos fue una de las experiencias más dolorosas que enfrentó. En particular, la muerte de su hija Annie en 1851 afectó profundamente a Darwin y a su familia. Annie había sido su hija predilecta, y su fallecimiento dejó una marca imborrable en la vida emocional de Darwin. Esta tragedia personal, sumada a sus problemas de salud, llevó a Darwin a reflexionar sobre la naturaleza de la vida y la muerte, y también sobre su propia fe religiosa. A lo largo de los años, Darwin se alejó de las creencias cristianas tradicionales, adoptando una visión más agnóstica, aunque nunca se identificó completamente como ateo.
En cuanto a sus investigaciones científicas, Darwin continuó trabajando de manera incansable, publicando una serie de estudios que ampliaban y profundizaban los conceptos expuestos en El origen de las especies. En 1862, publicó La variación de los animales y las plantas bajo domesticación, un estudio en el que exploraba cómo la selección artificial en la domesticación de plantas y animales ofrecía paralelismos con la selección natural en la naturaleza. Este trabajo fue de gran importancia, ya que proporcionó más evidencia a favor de su teoría y ayudó a consolidar su posición en la comunidad científica.
A medida que pasaban los años, Darwin continuó investigando y escribiendo sobre diversos temas científicos. En 1871, publicó La descendencia del hombre, en el que aplicó las ideas de la evolución y la selección natural al origen de los seres humanos. En este trabajo, Darwin defendió la idea de que los seres humanos, al igual que todas las especies, eran el resultado de un proceso de evolución, y que compartían ancestros comunes con otros primates. Este libro provocó una gran controversia, especialmente entre los defensores de la visión tradicional de la creación del ser humano. Sin embargo, a pesar de las críticas, la obra de Darwin consolidó aún más su reputación como uno de los más grandes científicos de su tiempo.
Darwin también dedicó tiempo a investigar la geología y los corales, un campo que le apasionaba profundamente. En 1842, antes de mudarse a Down House, había comenzado a estudiar los arrecifes de coral, y a lo largo de los años escribió varias obras sobre este tema, entre ellas La estructura y distribución de los arrecifes de coral (1842). En este estudio, Darwin desarrolló una teoría sobre la formación de los arrecifes de coral y cómo estos se relacionaban con los movimientos geológicos de la Tierra. Sus teorías sobre los corales fueron influyentes y continuaron siendo un área importante de estudio durante décadas.
Además de su trabajo científico, Darwin también fue una figura de respeto en su comunidad local. Aunque su salud frágil limitaba su participación en actividades sociales, desempeñó varios roles en la vida pública, como tesorero del Club del Carbón y Tejidos y supervisor de cuentas de la Escuela Nacional de la Iglesia de Inglaterra. También fue Juez de Paz en Beckenham, donde desempeñó una labor administrativa resolviendo disputas locales. A pesar de su carácter introspectivo, Darwin nunca abandonó su responsabilidad con la comunidad.
A nivel personal, la vida de Darwin estuvo profundamente influenciada por su esposa, Emma Wedgwood, quien fue una fuente constante de apoyo emocional y espiritual. Aunque Emma no compartía la visión evolucionista de su marido, especialmente en lo que respecta a las implicaciones religiosas de su trabajo, su relación fue siempre respetuosa y afectuosa. Emma, de hecho, fue una de las principales preocupaciones de Darwin, ya que ella se oponía a las ideas que Darwin estaba desarrollando, sobre todo porque estas desafiaban la doctrina cristiana sobre la creación del hombre. A pesar de sus desacuerdos religiosos, Darwin y Emma compartieron una vida de amor y respeto mutuo, criando juntos a diez hijos.
Con el paso de los años, el estado de salud de Darwin empeoró, y sus visitas a Londres se volvieron cada vez menos frecuentes. Su enfermedad no fue diagnosticada con claridad durante su vida, pero muchos investigadores sugieren que podría haber padecido la enfermedad de Chagas, una enfermedad tropical transmitida por un insecto que Darwin pudo haber contraído durante su estancia en Sudamérica. Aunque su salud le impidió participar activamente en la vida pública, sus contribuciones científicas siguieron siendo fundamentales, y su legado perduró mucho después de su muerte.
Últimos años y legado
Los últimos años de la vida de Charles Darwin estuvieron marcados por un profundo reconocimiento académico, una producción científica constante y la consolidación de su legado como uno de los pensadores más influyentes en la historia de la ciencia. A pesar de sus limitaciones físicas y el desgaste progresivo de su salud, Darwin nunca dejó de trabajar ni de investigar. Vivió en Down House hasta el final de sus días, rodeado de su familia, su biblioteca, su laboratorio y su jardín, en un entorno que él mismo había convertido en un centro de observación natural inigualable.
Su capacidad de concentración y organización, incluso en medio de sus dolencias crónicas, era impresionante. Como señaló su hijo Francis Darwin, a pesar de los mareos, vómitos y erupciones cutáneas que lo aquejaban, su padre mantenía un ritmo de trabajo admirable. Establecía metas diarias, distribuía sus tareas con precisión y mostraba una dedicación casi monástica a la observación y al análisis científico. Esta disciplina fue esencial para el desarrollo de una serie de obras posteriores que ampliaron su teoría de la evolución y sus aplicaciones en distintas áreas de la biología y la psicología comparada.
Entre sus publicaciones más destacadas de esta etapa se encuentra La expresión de las emociones en los animales y en el hombre (1872), un estudio pionero en la psicología evolutiva. En este libro, Darwin exploró cómo las emociones humanas tienen raíces biológicas comunes con las de otras especies animales, planteando que muchas expresiones emocionales, como el miedo, la ira o la alegría, no son exclusivas del ser humano, sino que han evolucionado como mecanismos adaptativos. Este trabajo lo posicionó como precursor de disciplinas modernas como la psicología evolutiva y la etología.
En paralelo, Darwin continuó escribiendo sobre botánica con un enfoque sorprendentemente innovador. Obras como Los movimientos y los hábitos de las plantas trepadoras (1865), La fecundación de las orquídeas (1862), El poder del movimiento en las plantas (1880) y La formación del mantillo vegetal por la acción de las lombrices (1881) muestran su interés por temas que a menudo pasaban desapercibidos en la ciencia de su época. Estas investigaciones no solo reforzaban su teoría general de la selección natural, sino que también evidenciaban su profunda capacidad de observación y su voluntad de demostrar que los mismos principios evolutivos se aplicaban en todos los niveles de la vida, desde los animales hasta los vegetales más modestos.
Durante esta última etapa, Joseph Dalton Hooker, su amigo de toda la vida, siguió siendo uno de sus principales interlocutores científicos. También mantuvo correspondencia constante con otros investigadores, como Alfred Russel Wallace, quien siempre reconoció la prioridad intelectual de Darwin en la formulación de la teoría de la evolución por selección natural. La relación con Wallace fue siempre cordial, aunque Wallace adoptó posturas más espirituales que Darwin, especialmente respecto a la evolución del ser humano. Esta divergencia no impidió que ambos compartieran un respeto mutuo profundo, y Wallace fue uno de los defensores más fervientes de Darwin ante la comunidad científica.
Por otro lado, Darwin también fue blanco de críticas y oposiciones notables. Richard Owen, anatomista y paleontólogo de renombre, inicialmente fue un aliado, pero se convirtió en uno de los críticos más acerbos de Darwin después de la publicación de El origen de las especies. Owen, defensor de una visión teísta de la biología, rechazaba que la selección natural pudiera explicar la complejidad y diversidad de la vida. Estas críticas no detuvieron a Darwin, pero sí generaron tensiones significativas dentro de la comunidad científica victoriana.
Otra fuente de controversia fue la implicación de la teoría evolutiva en la comprensión del ser humano. Aunque Darwin evitó en El origen de las especies tratar directamente la evolución del hombre, en La descendencia del hombre (1871) abordó el tema sin ambigüedades. En esta obra, Darwin defendió que el ser humano, al igual que cualquier otra especie, era resultado de un largo proceso evolutivo. Propuso que los rasgos mentales y morales también eran productos de la evolución, afirmando que la capacidad de razonar, el lenguaje y el sentido moral podían rastrearse a través de la selección natural y sexual.
Estas afirmaciones causaron una conmoción aún mayor en los círculos religiosos y filosóficos. Darwin, que ya no se consideraba cristiano practicante, nunca negó del todo la posibilidad de una dimensión espiritual en el universo, pero tampoco la defendió abiertamente. Se autodefinía como agnóstico, término acuñado por Thomas Huxley, uno de sus más fervientes defensores. Huxley, apodado el “bulldog de Darwin”, jugó un papel crucial en la defensa pública de las teorías darwinianas, enfrentando a sus opositores en debates que marcaron la historia intelectual del siglo XIX.
A pesar de las controversias, el prestigio de Darwin creció con el paso del tiempo. Fue galardonado con numerosos reconocimientos científicos y académicos, incluido su nombramiento como miembro de la Royal Society y diversas distinciones internacionales. En vida, Darwin fue testigo de cómo su teoría se convertía en el nuevo paradigma para entender la vida en la Tierra, influyendo no solo en la biología, sino también en la antropología, la psicología, la sociología y la filosofía.
La vida familiar de Darwin en Down House también continuó siendo fundamental en estos años. A pesar de las diferencias religiosas con su esposa Emma Wedgwood, ambos compartieron una vida de afecto y respeto. Emma, aunque nunca abandonó su fe, fue una compañera leal que cuidó de su esposo durante sus largas enfermedades y lo apoyó en sus investigaciones. Juntos tuvieron diez hijos, tres de los cuales murieron prematuramente. Entre los sobrevivientes, Francis Darwin se destacó como botánico y biógrafo de su padre, mientras que Leonard Darwin fue un defensor de la eugenesia, corriente que, aunque más tarde fue desacreditada, en su época se consideraba una extensión lógica de la teoría de la herencia.
El 15 de abril de 1882, mientras cenaba con su familia, Darwin sufrió un mareo repentino y perdió el conocimiento. Recuperado brevemente, pronunció con serenidad las palabras: “No tengo miedo a morir”. Cuatro días después, el 19 de abril de 1882, a las cuatro de la tarde, Charles Darwin fallecía en su hogar. Su muerte fue recibida con gran pesar en el mundo científico y social británico. Aunque su familia deseaba enterrarlo en el jardín de Down House, una petición firmada por numerosos miembros del Parlamento y representantes de la comunidad científica solicitó que fuera enterrado en la Abadía de Westminster, el panteón de los grandes de Inglaterra.
El 25 de abril se celebró un funeral nacional al que asistieron figuras prominentes como Hooker, Huxley, y Wallace. Su cuerpo fue depositado cerca del de Isaac Newton, otro de los gigantes de la ciencia británica. Este gesto simbólico selló el reconocimiento de Darwin como uno de los pensadores más influyentes de la historia, y su lugar en la historia de la ciencia quedó asegurado para las generaciones futuras.
El legado de Charles Darwin es inmenso. Su teoría de la evolución por selección natural transformó radicalmente la comprensión del mundo natural. Ofreció una explicación unificada sobre el origen y la diversidad de la vida en la Tierra, y colocó al ser humano en continuidad con el resto de las especies vivas. Su enfoque basado en la observación empírica, la experimentación y el razonamiento lógico se convirtió en un modelo para la investigación científica moderna. Además, su vida ejemplifica el espíritu del investigador riguroso, honesto y comprometido con la verdad, aun cuando esta contradiga los valores predominantes de su tiempo.
Darwin no solo fue un científico, sino un pensador que cambió la manera en que la humanidad se comprende a sí misma. Su legado continúa vivo en cada rama de la biología, en los debates filosóficos sobre el lugar del ser humano en el universo, y en la forma en que concebimos la historia de la vida. En tiempos en que la ciencia sigue enfrentándose a desafíos ideológicos, Darwin permanece como símbolo de la integridad intelectual, el pensamiento crítico y el poder de la razón.
MCN Biografías, 2025. "Charles Darwin (1809–1882): El Naturalista que Revolucionó la Ciencia con la Teoría de la Evolución". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/darwin-charles-robert [consulta: 24 de enero de 2026].
