Isaac Chocrón Serfaty (1930–2011): Renovador del Teatro Venezolano y Cronista de la Soledad Contemporánea
Formación intelectual y primeras búsquedas creativas
Infancia en Maracay y entorno familiar sefardí
Isaac Chocrón Serfaty nació el 25 de septiembre de 1930 en Maracay, capital del estado Aragua, en una Venezuela aún dominada por el legado autoritario del general Juan Vicente Gómez. Su familia pertenecía a la comunidad judía sefardí, de raíces profundamente ligadas al comercio y al cosmopolitismo del Mediterráneo oriental. Este entorno, marcado por el cruce de culturas, religiones y lenguas, influiría de manera decisiva en su sensibilidad artística y en su concepción pluralista de la identidad.
Desde muy joven, Chocrón manifestó una curiosidad intelectual desbordante, alentada tanto por su entorno familiar como por el acceso a una educación de calidad. Su infancia transcurrió en un país en plena transformación: la Venezuela de la posguerra estaba dando pasos hacia la modernización, y los ecos de la Segunda Guerra Mundial y del nuevo orden global llegaban con fuerza a las clases medias ilustradas.
Estudios en el extranjero: Inglaterra y Estados Unidos
Consciente de las limitaciones que ofrecía el panorama cultural venezolano de mediados del siglo XX, Chocrón fue enviado a completar su formación académica en el extranjero. Primero recaló en Inglaterra, donde entró en contacto con la tradición teatral británica, especialmente con el legado de Shakespeare y las corrientes dramáticas más contemporáneas. Posteriormente, se trasladó a Estados Unidos, donde obtuvo una licenciatura en Ciencias Económicas en la Universidad de Columbia (Nueva York), una de las instituciones más prestigiosas del mundo.
Este paso por universidades extranjeras no solo le proporcionó herramientas conceptuales y metodológicas rigurosas, sino que le permitió entrar en contacto directo con corrientes intelectuales de vanguardia, como el existencialismo, el psicoanálisis freudiano, el estructuralismo y las nuevas propuestas escénicas del teatro estadounidense y europeo. Estas influencias serían decisivas en la configuración de su estilo como dramaturgo.
Primeras obras narrativas y entrada al mundo diplomático
Antes de consagrarse al teatro, Chocrón incursionó en la narrativa breve, un género que le permitió explorar tempranamente sus obsesiones temáticas: la soledad, la incomunicación, la crisis de valores y la búsqueda de identidad. En 1956, publicó en Madrid su primer libro de cuentos, titulado «Pasaje» (Edime). Esta colección fue recibida con entusiasmo por la crítica venezolana e internacional, que vio en Chocrón a una voz nueva y poderosa dentro de la literatura hispanoamericana.
Ese mismo año, inició una breve pero significativa incursión en la carrera diplomática, que lo llevó a representar a Venezuela en distintas instancias internacionales. Sin embargo, su paso por el cuerpo diplomático fue fugaz: el llamado del arte y la literatura, más fuerte que cualquier otra vocación institucional, lo llevó a abandonar esta vía para dedicarse por completo a la creación literaria.
«Pasaje» (1956) y el anuncio de una nueva voz literaria
En «Pasaje», ya se vislumbraban las líneas temáticas que marcarían toda su obra posterior. Los cuentos, ambientados en contextos urbanos o de tránsito (aeropuertos, hoteles, estaciones), presentaban personajes desarraigados, incapaces de establecer vínculos auténticos. El estilo era sobrio pero elegante, influido por narradores como Albert Camus y James Joyce, con un uso magistral del monólogo interior y la introspección psicológica. El título mismo aludía a la transitoriedad de la existencia y a la fragilidad de las certezas humanas.
La publicación de este libro no solo le valió el reconocimiento inmediato como cuentista, sino que marcó el inicio de una mirada autoral profundamente filosófica y existencialista, que se trasladaría con fuerza a su teatro. Chocrón no se limitaba a contar historias: las convertía en símbolos de una época marcada por la incomunicación y el vacío existencial.
Abandono de la diplomacia y giro hacia el teatro
El viraje decisivo en su trayectoria ocurrió a finales de los años cincuenta, cuando Chocrón decidió canalizar sus inquietudes creativas hacia el género dramático. Su primera pieza, «Mónica y el florentino» (1959), supuso un hito en el panorama teatral venezolano. Estrenada con discreto pero sólido respaldo institucional, la obra fue rápidamente aclamada por su frescura, su profundidad psicológica y su propuesta escénica renovadora.
En esta pieza, Chocrón exploraba el tema de la soledad humana a través de un grupo de personajes que compartían una pensión en Florencia. Aparentemente unidos por el azar del lugar, sus vidas se cruzaban sin llegar a tocarse del todo. La imposibilidad de comunicarse plenamente, el choque entre culturas y la represión moral impuesta por normas sociales caducas emergían como fuerzas disgregadoras que impedían cualquier verdadera conexión.
Este debut marcó el inicio de una de las carreras dramáticas más sólidas, innovadoras y coherentes del teatro hispanoamericano del siglo XX. Pronto seguirían nuevas piezas, cada una más ambiciosa que la anterior, en las que Chocrón consolidaría una poética escénica centrada en la angustia existencial, el drama identitario y la crítica a los modelos de convivencia tradicionales.
La obra «El quinto infierno» (1961) reafirmó su posición como voz renovadora del teatro venezolano. Ambientada en Estados Unidos, la pieza abordaba nuevamente la soledad del individuo, esta vez vinculada a la búsqueda de identidad nacional en un contexto de exilio emocional. Era el inicio de una exploración constante sobre lo venezolano desde el extrañamiento, un tema que se volvería central en su producción.
Isaac Chocrón no llegaba al teatro desde una tradición localista o costumbrista, sino desde una formación cosmopolita, influida por Brecht, el Teatro del Absurdo, el realismo psicológico y la dramaturgia anglosajona contemporánea. Su aporte fue abrir el escenario venezolano a nuevas formas, tanto en el contenido como en la forma.
Al cerrar esta primera etapa de su vida, Chocrón ya se perfilaba como uno de los intelectuales más lúcidos y audaces de su generación. Su decisión de abandonar una cómoda carrera diplomática por el incierto camino del teatro reflejaba no solo una apuesta artística, sino una ética existencial profundamente comprometida con la creación.
La revolución del teatro venezolano (1960–1972)
Debut y consolidación como dramaturgo innovador
Tras el impacto inicial de Mónica y el florentino (1959) y El quinto infierno (1961), Isaac Chocrón consolidó su reputación con una serie de estrenos que marcaron un punto de inflexión en la dramaturgia venezolana. La publicación conjunta de estas dos obras en 1961 reafirmó su visión escénica centrada en la soledad existencial, los conflictos interiores y las relaciones humanas fracturadas por una sociedad que impone normas alienantes. En esta etapa inicial, Chocrón optó por escenarios mínimos, diálogos introspectivos y una mirada crítica a la sociedad moderna.
En 1962, estrenó Amoroso o Una mínima incandescencia, obra centrada en la angustia existencial ante el paso del tiempo. Con este texto, el autor alcanzó una madurez estilística que le permitió ahondar en la desintegración psíquica del individuo. La pieza muestra cómo las sucesivas transformaciones en la conducta humana, impuestas por el devenir histórico, terminan por minar el equilibrio emocional del sujeto.
Ese mismo año, Chocrón se unió a José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud para escribir la obra colectiva Triángulo, estrenada bajo el signo de la renovación estética. Cada uno de los tres dramaturgos escribió un acto autónomo, con tres personajes por parte, y sin conocimiento previo del contenido de los demás. El acto de Chocrón, titulado A propósito de Triángulo, reflejaba sus temas recurrentes: la decadencia, la autoevaluación y la frustración del artista ante el paso del tiempo. Esta colaboración marcó un hito simbólico en la escena nacional, al posicionar a los tres autores como los pilares de una nueva dramaturgia venezolana.
Trilogía y colaboración con Cabrujas y Chalbaud
La colaboración en Triángulo no fue un episodio aislado, sino el reflejo de un espíritu de época. A lo largo de la década de 1960, estos tres dramaturgos lideraron una transformación del teatro venezolano, alejándose del costumbrismo y el folklorismo en favor de una escena más reflexiva, filosófica y formalmente innovadora. El trío estableció un diálogo fecundo entre las influencias extranjeras y los conflictos locales, abriendo un espacio nuevo para la exploración de la identidad venezolana.
Chocrón, en particular, se mantuvo fiel a una línea de trabajo introspectiva, pero empezó a incorporar dimensiones sociales y políticas más explícitas en su obra. La soledad ya no era solo individual: comenzaba a ser también colectiva, consecuencia de estructuras sociales disfuncionales. Así se abría camino hacia una dramaturgia más comprometida.
En Animales feroces (1963), Chocrón dio un paso audaz al integrar elementos autobiográficos en una historia que denunciaba los efectos corrosivos de las estructuras familiares tradicionales. El matrimonio impuesto, las separaciones, las frustraciones conyugales y los conflictos entre parientes fueron tratados con una crudeza inédita. El escenario vacío y el uso expresivo del lenguaje sirvieron para destacar la desolación afectiva que atraviesa a los personajes. Con esta obra, la soledad individual se transformó en el síntoma de un malestar social más amplio.
La evolución continuó con dos piezas emblemáticas: Asia y el lejano Oriente y Tric-trac, ambas publicadas en un volumen conjunto en 1967. Estas obras llevaron al extremo la experimentación formal. Concebidas como sucesiones de cuadros independientes —a modo de fotografías teatrales—, ofrecían una radiografía fragmentada pero contundente de la vida cotidiana venezolana, marcada por la frustración, la hipocresía y el desconcierto. Los actores se veían obligados a desdoblarse en múltiples personajes, lo que exigía una entrega total y una gran versatilidad escénica. El uso del ritmo acelerado y los escenarios desnudos consolidó el estilo de Chocrón como una mezcla de vanguardismo y aguda crítica social.
Ese mismo año, 1967, también participó como libretista en la ópera Doña Bárbara, basada en la famosa novela de Rómulo Gallegos. La versión operística, dividida en tres actos, combinaba la tradición literaria venezolana con un enfoque escénico moderno. Aquí, Chocrón logró una síntesis entre su formación clásica y sus inclinaciones renovadoras.
El teatro como espejo del país
El interés de Chocrón por los conflictos sociales se profundizó en obras como O.K. (1969) y La máxima felicidad (1974), ambas centradas en la pareja y la familia como unidades en crisis. A diferencia de sus piezas anteriores, donde los vínculos tradicionales eran cuestionados desde fuera, en estas obras se indagan formas alternativas de convivencia, sin que ninguna resulte totalmente satisfactoria. La soledad y la incomunicación persisten, incluso en los modelos nuevos.
En este periodo, Chocrón empezó a transitar el terreno de la autoficción. Sus obras ya no eran solo ejercicios de observación, sino también de autorrepresentación. Muchos personajes compartían rasgos biográficos, culturales y emocionales con el autor: hombres cultos, cosmopolitas, vulnerables, que se debatían entre la tradición y la libertad, entre el deber y el deseo.
La culminación de esta etapa llegó con La revolución (1972), tal vez su obra más ambiciosa y provocadora. Dividida en dos partes, la pieza abordaba la homosexualidad como forma de exclusión social, en un país todavía marcado por el machismo y la represión moral. Chocrón rompía un doble tabú: el de la orientación sexual y el de la teatralidad abiertamente crítica. Aquí, el tema de la soledad alcanzaba una nueva dimensión: ya no era solo una angustia filosófica o emocional, sino una condición política.
En La revolución, los protagonistas enfrentan no solo su incapacidad de comunicarse, sino también la imposibilidad de ser plenamente quienes son, debido al rechazo de una sociedad arcaica. La pieza anticipaba temas que décadas después serían centrales en el debate cultural: la identidad, el género, el reconocimiento y el derecho a la diferencia.
A esta altura, Isaac Chocrón era ya una figura central e insoslayable en el panorama teatral latinoamericano. Su obra había trascendido las fronteras de Venezuela para presentarse en escenarios de Colombia, Uruguay y España, donde fue recibida con entusiasmo por su profundidad emocional y su precisión técnica. Su estilo, que conjugaba el lirismo con la crítica social, el simbolismo con la modernidad, resultaba universal y local al mismo tiempo.
Durante esta etapa, Chocrón también se consolidó como gestor cultural. Fue fundador del colectivo Nuevo Grupo, una de las agrupaciones más influyentes del teatro venezolano, y más tarde dirigió la Compañía Nacional de Teatro. Su doble condición de creador y promotor lo convirtió en una figura estratégica en el renacimiento escénico del país.
La concesión del Premio Nacional de Teatro en 1979 fue un reconocimiento a una trayectoria que había transformado no solo la dramaturgia, sino la manera de pensar el teatro en Venezuela. Chocrón no solo escribió obras memorables: redefinió el lugar del teatro como espacio crítico, como espejo de la sociedad y como refugio del individuo moderno.
Madurez artística, experimentación y nuevas formas
Teatro, identidad y marginalidad
A mediados de los años setenta, Isaac Chocrón alcanzó un punto de madurez artística donde la exploración de la identidad, el deseo y la marginación social se volvió aún más intensa. Esta etapa se inaugura con El acompañante (1977), una obra centrada en la psicología patológica de dos personajes enfrentados en un juego de dominación, dependencia y soledad. El texto expone con precisión quirúrgica las dificultades para establecer vínculos humanos auténticos, una constante en su obra, pero ahora filtrada por un prisma más oscuro y clínico.
El acompañante refleja una dramaturgia en la que la estructura narrativa es mínima, y la tensión se sostiene gracias al análisis emocional y a la confrontación verbal. La escenografía es reducida, los diálogos intensos, y los personajes —aislados del mundo exterior— se convierten en espejos deformantes el uno del otro. La obra reitera que en la soledad extrema se producen los mayores actos de autoconocimiento, pero también de alienación.
Filosofía escénica y retorno al humanismo
Con Alfabeto para analfabetos (1980), Chocrón alcanza el punto culminante de su vertiente más experimental. Se trata de una obra lúdica, inspirada en el Teatro del Absurdo, donde los actores se entregan a un juego lingüístico que prescinde de la representación mimética. No hay personajes definidos, ni trama lineal: todo gira en torno al uso del lenguaje como vehículo de sentido, absurdo y juego. El teatro se convierte aquí en un laboratorio donde el lenguaje, despojado de referentes estables, es tanto fuente de creación como de incomunicación.
Ese mismo año aparece Mesopotamia (1980), un viraje hacia una expresión más filosófica y sobria. Con un estilo escénico depurado y un lenguaje casi ascético, Chocrón plantea la angustia existencial frente a la muerte, pero desde una perspectiva contemplativa más que dramática. En lugar de conflicto, hay reflexión; en vez de acción, hay conciencia. Mesopotamia prescinde del ruido exterior para internarse en el dolor esencial de estar vivo y saber que se dejará de estarlo.
En este periodo, se percibe un cambio en el tono general de su obra: la crítica social y la irreverencia ceden espacio a una introspección más serena, más cargada de sentido filosófico. La soledad ya no es solo síntoma de una época, sino una condición inevitable de la existencia. Chocrón se convierte así en un dramaturgo existencial, cuya obra se pregunta por el sentido de la vida, la autenticidad del ser y la relación entre memoria, lenguaje y muerte.
«Simón»: diálogo histórico y drama existencial
En 1983, Chocrón sorprendió al público con Simón, una obra centrada en dos figuras clave de la historia venezolana e hispanoamericana: Simón Bolívar y Simón Rodríguez. En un giro audaz, el autor no se limita a representar hechos históricos, sino que utiliza estos personajes como vehículos de reflexión existencial. El joven Bolívar aparece como un ser vulnerable, inseguro y atormentado por el futuro, mientras que su maestro encarna la sabiduría y el idealismo, pero también el desencanto.
La obra desplaza el foco de la gesta libertadora a la interioridad de los protagonistas. El conflicto dramático no es militar ni político, sino filosófico y afectivo. ¿Qué significa ser libre? ¿Cómo reconciliar el deber con el deseo? ¿Puede el pensamiento transformar la realidad o está condenado a la impotencia? Estas preguntas atraviesan el diálogo entre Bolívar y Rodríguez, y con ellas, Chocrón pone en escena una versión desacralizada pero profundamente humana de los héroes nacionales.
Simón representa una síntesis de sus búsquedas previas: la teatralidad depurada, el diálogo como herramienta de pensamiento, la revisión crítica del pasado, y la persistente soledad del individuo ante los grandes relatos que intenta habitar.
«Clípper» y «Solimán el Magnífico»: los últimos signos de su dramaturgia
En 1992, Chocrón publica el volumen Teatro V, que incluye tres de sus últimas obras: Simón, Clípper y Solimán el Magnífico. Estas piezas, aunque diferentes en forma y tono, comparten una mirada más compasiva, incluso nostálgica, sobre las relaciones humanas.
En Clípper, regresa al tema de la familia, pero lo hace desde un ángulo más íntimo, menos crítico. Los personajes ya no son máscaras vacías ni figuras simbólicas, sino seres sensibles, quebrados, que buscan consuelo en medio de sus fracasos. La crítica social está presente, pero atenuada por una empatía humanista que revela el cambio de tono del autor en sus años maduros.
Solimán el Magnífico, en cambio, propone una reflexión sobre el poder y la vulnerabilidad, al presentar a un gobernante solitario que, pese a su dominio del mundo exterior, es incapaz de llenar el vacío interior. La figura histórica sirve de pretexto para explorar una dimensión universal del poder como cárcel emocional.
Estas dos obras marcan el cierre de una etapa creativa, pero también el resumen de una trayectoria que siempre se movió entre el intelectualismo y la emoción, entre la crítica aguda y la ternura discreta. Chocrón no renuncia a sus temas —la soledad, el fracaso, la búsqueda de sentido—, pero los expresa ahora con una madurez emocional que les da una nueva profundidad.
Labor pedagógica y liderazgo cultural
Más allá de su producción literaria, Isaac Chocrón desempeñó un papel clave en la formación de nuevas generaciones de artistas y pensadores. Durante varios años, fue profesor universitario y director de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, donde influyó de forma decisiva en el desarrollo del pensamiento teatral contemporáneo del país.
Fue también fundador del colectivo Nuevo Grupo, una de las experiencias más fecundas del teatro venezolano. Desde allí promovió montajes audaces, impulsó a jóvenes dramaturgos y consolidó un modelo de gestión artística basado en el rigor, la creatividad y el compromiso social.
Asimismo, como director de la Compañía Nacional de Teatro, Chocrón introdujo criterios profesionales de alto nivel, impulsó giras internacionales y fortaleció la presencia del teatro venezolano en el mapa cultural latinoamericano.
Su figura fue reconocida no solo como autor, sino como intelectual público, formador, gestor y promotor del arte teatral, en una época en que las instituciones culturales comenzaban a dar espacio a voces críticas e innovadoras.
Hacia el final de los años ochenta y comienzos de los noventa, su producción escénica disminuyó, pero su influencia seguía siendo palpable. Las nuevas generaciones de dramaturgos lo veían como una figura fundacional, pero también como un puente hacia nuevas formas de representación.
Narrativa, ensayo y legado post mortem
Producción narrativa paralela
A pesar de su gran éxito y dedicación al teatro, Isaac Chocrón nunca abandonó la narrativa. Si bien su obra dramática lo consolidó como uno de los grandes referentes de la dramaturgia latinoamericana, su faceta de narrador nunca dejó de explorar temas similares a los que abordó en el escenario. En sus novelas, el autor siguió explorando la soledad existencial, el desarraigo y la incomunicación, pero en un formato narrativo más amplio.
A principios de los años setenta, Chocrón publicó Se ruega no tocar la carne por razones de higiene (1970) y Pájaro de mar por tierra (1972). Ambas obras se caracterizan por un tono irónico y un estilo narrativo directo que recuerda a los cuentos breves de sus inicios, pero con una mayor complejidad estructural. Las tramas, aunque cargadas de humor y a veces surrealistas, siguen la misma preocupación central: la condición humana contemporánea y sus absurdos.
En Rómpase en caso de incendio (1975), Chocrón experimentó con el género epistolar para estructurar una novela cuyo contenido es un conjunto de cartas que se envían los personajes. Este formato, en apariencia tradicional, es subvertido por la naturaleza lúdica del texto, en el que las cartas se convierten en un juego de palabras y significados. Esta obra se inscribe dentro de la línea experimental de su teatro y marca un punto de inflexión en su narrativa, acercándola a lo absurdo y lo experimental, recursos que ya se habían manifestado en sus piezas teatrales.
En la década de 1980, Chocrón continuó explorando el mundo de la narrativa con 50 vacas gordas (1980) y Toda una dama (1988). Aunque ambas obras muestran un mayor enfoque en los conflictos de la clase media venezolana, no abandonan la crítica existencialista y social que marcó su obra teatral. La interacción de sus personajes con el mundo y las tensiones internas que experimentan siguen siendo el eje de sus narrativas.
Ensayos teatrales y visión crítica
Además de su trabajo como escritor de ficción y dramaturgo, Chocrón fue un prolífico ensayista, cuyos textos ofrecieron una reflexión profunda sobre el teatro contemporáneo, las corrientes artísticas de su tiempo y el papel del arte en la sociedad. Su serie de ensayos, publicada a lo largo de los años, muestra un interés constante por la evolución del teatro venezolano y las tendencias del teatro mundial.
Entre sus obras ensayísticas más destacadas se encuentran El nuevo teatro venezolano (1966), Tendencias del teatro contemporáneo (1968), Señales de tráfico (1972), y Sueño y tragedia en el teatro norteamericano (1984). Estos textos son un testimonio de su profunda erudición y su capacidad para situar el teatro local dentro de un contexto global. A través de ellos, Chocrón aboga por la renovación del teatro en Venezuela, ofreciendo análisis de las corrientes vanguardistas, el Teatro del Absurdo y las nuevas formas de expresión dramática.
Su ensayo Tres fechas claves del teatro venezolano (1978) es particularmente significativo, pues ofrece una reflexión sobre los momentos históricos que marcaron el resurgir del teatro nacional y su capacidad para influir en el imaginario colectivo de la sociedad venezolana. De esta manera, Chocrón se presenta no solo como un creador de ficciones, sino como un crítico comprometido con la evolución cultural del país.
Últimos años y recepción internacional
Isaac Chocrón continuó siendo una figura clave en el ámbito cultural de Venezuela hasta sus últimos años. Falleció el 6 de noviembre de 2011 en Caracas, dejando un legado incomparable tanto en el ámbito teatral como literario. Su muerte fue una gran pérdida para el panorama cultural venezolano, que aún recuerda sus obras como puntos de referencia de una era que buscaba romper con las convenciones y mirar con ojos nuevos la realidad social y política del país.
Aunque su obra fue mayormente conocida en Venezuela y algunos países de Hispanoamérica, el reconocimiento internacional de Chocrón creció a lo largo de los años. Sus piezas fueron representadas en Colombia, Uruguay y España, donde su enfoque moderno y profundo sobre la soledad humana, la crítica a la sociedad y la condición existencial lo convirtieron en un referente de la dramaturgia contemporánea en habla hispana.
El Premio Nacional de Teatro, que le fue otorgado en 1979, fue solo uno de los muchos honores que recibió a lo largo de su carrera, pero no fue el único. La crítica internacional destacó la capacidad de Chocrón para representar, de manera simultánea, lo universal y lo local, fusionando las tensiones del individuo con las demandas de la sociedad, todo ello en un lenguaje elegante pero profundamente humano.
Relecturas contemporáneas de su obra
Hoy en día, Isaac Chocrón sigue siendo estudiado en los principales centros académicos y teatrales de América Latina. Su obra ha sido objeto de relecturas contemporáneas, y aunque su estilo y sus preocupaciones existenciales continúan siendo pertinentes, la crítica actual también ha señalado el valor que sus obras tienen en el contexto del teatro latinoamericano. Su capacidad para mezclar la crítica social con una profunda exploración de la psicología humana lo coloca como uno de los grandes dramaturgos de la región.
A través de su teatro y su narrativa, Chocrón dejó un legado duradero. No solo fue un innovador en el teatro, sino que fue también un intelectual comprometido que utilizó el escenario y la palabra para abrir espacios de reflexión sobre la condición humana en tiempos de crisis. Su trabajo sigue siendo una inspiración para los artistas y pensadores de las nuevas generaciones, que encuentran en su obra una crítica atemporal a las estructuras sociales, los valores establecidos y la lucha del individuo por encontrar su lugar en el mundo.
MCN Biografías, 2025. "Isaac Chocrón Serfaty (1930–2011): Renovador del Teatro Venezolano y Cronista de la Soledad Contemporánea". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/chocron-serfaty-isaac [consulta: 23 de enero de 2026].
