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LiteraturaBiografía

Chocrón Serfaty, Isaac (1930-2011)

Narrador, dramaturgo, diplomático y profesor universitario venezolano, nacido en Maracay (en el estado de Aragua) el 25 de septiembre de 1930 y fallecido en Caracas, Venezuela, el 6 de noviembre de 2011. Autor de una brillante y exitosa producción dramática que encabezó el resurgir del teatro venezolano en la década de los años sesenta, está considerado -junto a sus dos compañeros de generación, José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud- como una de las voces más representativas del Arte de Talía en la Venezuela de la segunda mitad del siglo XX.

Vida y obra dramática

Hombre de vastas inquietudes intelectuales y gran preocupación humanística, desde su infancia y juventud se procuró una profunda formación académica que le llevó a ampliar sus estudios primero a Inglaterra y, posteriormente, a los Estados Unidos de América, donde obtuvo el título de graduado en Ciencias Económicas por la Universidad de Columbia. Poco después, emprendió una breve trayectoria profesional en la carrera diplomática, que pronto interrumpió para consagrarse de lleno a la creación literaria. Así, a mediados de los años cincuenta se dio a conocer como escritor por medio de la publicación de Pasaje (Madrid: Edime, 1956), una espléndida colección de relatos que anunció la irrupción de una firme y prometedora voz narrativa en las Letras venezolanas contemporáneas.

Tres años después de la publicación de esta opera prima, Isaac Chocrón sorprendió a críticos y espectadores con el estreno de su primera pieza teatral, titulada Mónica y el florentino (1959), a la que pronto siguió una segunda entrega dramática que, estrenada bajo el título de El quinto infierno (1961), confirmó la aparición de un autor que, aprovechando algunos modelos formales y temáticos de las corrientes vanguardistas, venía a imprimir un poderoso impulso renovador al adormecido panorama teatral venezolano. Ambas obras, publicadas en una edición conjunta a comienzos de los años sesenta (Caracas: Ediciones Zodíaco, 1961), abordan una de las preocupaciones temáticas que habría de mantenerse constante en el resto de su producción teatral: la soledad del individuo en la sociedad actual.

En Mónica y el florentino, Isaac Chocrón encarna la soledad en una serie de personajes que, vinculados entre sí por su coincidencia en una pensión de Florencia (Italia), ponen de manifiesto las dificultades actuales para establecer relaciones humanas (incluidas las amorosas), debido sobre todo a los problemas de comunicación originados por sus distintas procedencias y sus idiomas diferentes. Pero, al lado de estas dificultades externas que podrían ser fácilmente subsanadas, el texto de Chocrón platea en el fondo la existencia de otras trabas internas que, mucho más arraigadas -y, por ende, más difíciles de superar-, acentúan de forma dramática la soledad existencial del ser humano en la sociedad contemporánea: la falta de valores, los prejuicios morales que arrinconan a quienes no aceptan vivir de acuerdo con las rígidas convenciones sociales, y la aparición de nuevos núcleos humanos que, en su intento de sustituir la fórmula tradicional de la familia biológica, parecen condenados al fracaso o, al menos, al rechazo de quienes no están dispuestos a aceptar estas nuevas formas de convivencia.

También la acción de El quinto infierno se desarrolla en territorio extranjero, aunque ahora en los Estados Unidos de América, donde la constante de la soledad del protagonista se ve enriquecida con otra veta temática que, a partir de entonces, reaparecerá de forma obsesiva en la obra teatral del dramaturgo de Aragua: la necesidad de encontrar las claves válidas para la interpretación de la identidad nacional venezolana.

El mismo año en que vio la luz la edición impresa de Mónica y el florentino y El Quinto infierno se estrenó la tercera obra teatral de Isaac Chocrón, titulada Amoroso o Una mínima incandescencia (Caracas: Ediciones TAC, 1962), una pieza centrada en la angustia y la desazón que acaban por minar al ser humano tras haber sufrido las numerosas mutaciones impuestas en su conducta por el inexorable transcurrir del tiempo. Consagrado, ya por aquel entonces, como una de las figuras cimeras de la dramaturgia hispanoamericana contemporánea, en 1962 el escritor de Aragua se unió a sus dos colegas anteriormente citados para ofrecer al público de su nación una novedosa propuesta escénica que, entre otras intenciones, perseguía el objetivo de consolidar definitivamente los postulados renovadores de los tres autores. Surgió así la pieza titulada Triángulo (Caracas: Tierra Firme, 1962), una obra compuesta de tres actos cuya particularidad esencial consistía en que cada uno de ellos había sido creado, de manera autónoma y sin tener en cuenta la escritura dramática de sus otros dos compañeros, por uno de los tres dramaturgos. El último acto -que, como los dos anteriores, sólo cuenta con tres personajes- se debía a la pluma de Isaac Chocrón, quien abordaba en él el mundo de la escena desde su particular interpretación de la soledad y la frustración que dominan toda su obra. Bajo el título de "A propósito de Triángulo", los tres protagonistas de este acto (todos ellos intérpretes teatrales: un joven actor, otro maduro y una actriz que, después de haber logrado el favor del público y la crítica, comienza a notar los primeros síntomas de su decadencia) reflejan, a través de sus dichos y sus actuaciones, los desastres ocasionados por el paso del tiempo, la necesidad de afrontar la vida con una mirada introspectiva que exige una constante autocrítica y, en general -como ya era habitual en el teatro de Chocrón-, los problemas que dificultan unas relaciones humanas entre seres marcados por su soledad radical.

A partir de su siguiente estreno teatral, Animales feroces (Caracas: Grafos, 1963), estas constantes temáticas se fueron viendo enriquecidas con el añadido de sucesivas experiencias biográficas que aportaron mayor riqueza y profundidad en el tratamiento de situaciones y personajes, con lo que la problemática individual de sus protagonistas anteriores fue dando paso a enfoques colectivos nuevos -o mucho más intensificados que en sus primeras obras- que abordan los problemas de la familia y, en líneas generales, de todo el tejido social de las comunidades humanas contemporáneas. Así, en Animales feroces Isaac Chocrón dibuja, con deslumbrante vigor dramático dentro de un escenario vacío, todos los males derivados de un motivo recurrente en la casuística amorosa del teatro de todos los tiempos: el matrimonio concertado por imposición. Salen entonces a escena la infelicidad conyugal, las separaciones matrimoniales, las disputas de allegados y parientes, y, en suma, todo un complejo tejido de relaciones humanas fracasadas que, a la postre, conducen a un dramático final.

A partir de estos cambios introducidos por Isaac Chocrón en Animales feroces, su producción teatral evoluciona hacia una denuncia mucho más concreta y directa de la situación sociopolítica en que se encuentra su país. Animadas por un extraordinario dinamismo, sus dos obras siguientes pueblan el escenario de numerosos actores que se ven forzados a desdoblarse en múltiples personajes para abarcar la compleja realidad social que el autor pretende representar sobre las tablas, en una vertiginosa sucesión de cuadros y escenas que, concebidas a modo de fotografías independientes, persiguen configurar, en su sucesiva exposición, el panorama de la vida cotidiana del país. Se trata de las piezas tituladas Asia y el lejano Oriente y Tric-trac, editadas en un volumen conjunto (Mérida [Venezuela]: Universidad de los Andes, Ediciones del Rectorado, 1967) y caracterizadas por su ritmo acelerado, por su rápida sucesión de acciones y también -una constante formal en buena parte de la obra de Chocrón- por sus escenarios vacíos, sostenidos por la mera presencia de los personajes.

Aquel mismo año de 1967 se estrenó Doña Bárbara, una ópera en tres actos con libreto del dramaturgo de Aragua, quien al cabo de un año recopiló algunas de sus piezas anteriores en la muestra antológica titulada Teatro (Caracas: Imprenta Universitaria, 1968). Poco después dio a la imprenta el texto de su nuevo estreno teatral, O.K. (Caracas: Monte Ávila Editores, 1969), en el que volvía a ocuparse de las relaciones humanas centradas en el ámbito de la pareja y la familia, aunque ahora desde una perspectiva que, frente a los núcleos convencionales reflejados en Animales feroces (aparentemente sólidos en su respeto formal hacia las normas vigentes, pero interiormente deshechas), prefiere analizar otras modalidades de convivencia que tampoco están exentas de situaciones conflictivas. Idénticas claves temáticas configuran otra de sus entregas teatrales, estrenada bajo el título de La máxima felicidad (Caracas: Monte Ávila Editores, 1974).

A comienzos de los años setenta, el teatro de Isaac Chocrón había experimentado un giro intelectual que se hizo patente en la que tal vez sea su obra maestra, La revolución (Caracas: Tiempo Nuevo, 1972), una pieza dividida en dos partes que centró el tema de la soledad de los marginados sociales en el ámbito de la homosexualidad, que ya había asomado -aunque de forma secundaria- en algunas de sus obras anteriores. Aquí, dificultades para establecer la comunicación entre los protagonistas vienen impuestas por una sociedad caduca e intransigente que impone sus prejuicios morales e impide a los personajes asumir su auténtica identidad.

Los temas predilectos de la dramaturgia de Chocrón reaparecieron a mediados de la década de los setenta en su obra titulada El acompañante (Caracas: Monte Ávila Editores, 1977), donde las psicologías patológicas de dos únicos personajes sostienen toda una trama en la que abundan las situaciones conflictivas, y donde vuelven a ponerse de manifiesto una vez más las dificultades de establecer una relación entre seres humanos desarraigados. La búsqueda de nuevas fórmulas experimentales iniciada por Isaac Chocrón desde sus primeros estrenos dramáticos culminó, poco después, en su obra titulada Alfabeto para analfabetos (Caracas: Fundarte, 1980), un lúcido y lúdico divertimento que, aprovechando las mejores propuestas del denominado Teatro del Absurdo, da pie a un ameno juego de palabras entre actores que no necesitan encarnar sobre la escena a ningún personaje.

Aquel mismo año de 1980 salió de la imprenta otra de las obras más interesantes del teatro de Chocrón, Mesopotamia (Caracas: Ateneo de Caracas, 1980), en la que ahora triunfa la desnudez dramática y la sencillez lingüística en aras de un discurso filosófico que pone de relieve -una vez más- la soledad del individuo que se enfrenta con su propia muerte. En esta ocasión, el dramatismo creciente sobre la escena no viene dado por las situaciones conflictivas del argumento ni por el enfrentamiento entre los personajes, sino por las altas dosis de dolor y sufrimiento que acarrea la propia vida, condenada inexorablemente a dejar de ser. Idéntica preocupación existencial -aunque expresada a través de personajes y situaciones muy diferentes- aparece en la siguiente pieza teatral de Chocrón, estrenada bajo el título de Simón (Caracas: Alfadil Editores, 1983), y concebida alrededor de dos figuras históricas de decisiva influencia en el devenir de los pueblos hispanoamericanos: el joven Simón Bolívar y su maestro, el escritor Simón Rodríguez. En la obra del dramaturgo de Aragua, el que un día será conocido por el nombre de "Libertador" aparece enfrascado en sus propias inquietudes existenciales, zaherido por la crudeza del presente y desorientado ante las incertidumbres del porvenir; en este caso, la indagación de Isaac Chocrón acerca de la complejidad de las relaciones humanas se circunscribe al vínculo establecido entre las dos poderosas personalidades del maestro y el discípulo.

Las dos últimas piezas teatrales escritas por el autor venezolano, Clípper y Solimán el Magnífico, vieron la luz al lado de Simón en el volumen titulado Teatro V (Caracas: Monte Ávila Editores, 1992). En la primera de ellas, Chocrón volvió a asomarse a uno de sus temas predilectos, el de las relaciones familiares, para exhibir ahora una galería de personajes mucho más sensibles y humanizados que los que habían protagonizado algunas de sus obras de juventud centradas en los mismos contenidos temáticos (como, por ejemplo, Animales feroces). En Solimán el Magnífico retomó en cambio el recurrente drama de la soledad, manifiesta aquí en la figura histórica de un poderoso gobernante que, a pesar de su grandeza, es tan vulnerable a sus efectos como cualquier otro mortal.

En líneas generales, la escritura teatral de Isaac Chocrón puede caracterizarse por su asombroso dominio técnico de las estructuras dramáticas, por la luminosa desnudez del lenguaje literario empleado en su construcción y, en sus primeros estrenos, por su acentuada depuración de unas tramas argumentales que, orientadas siempre hacia la síntesis, acercaron peligrosamente estas piezas juveniles al esquematismo dramático; sin embargo, sus obras de madurez supieron eludir con acierto este riesgo de caer en la simpleza argumental, merced a la introducción de algunos elementos nuevos que, como la recuperación de lances autobiográficos, dio mayor consistencia y profundidad a sus personajes y situaciones. También en sus primeros pasos como dramaturgo hizo gala de unos planteamientos estilísticos que, de puro eclécticos, mostraban sin tapujos el influjo del teatro realista convencional, de las propuestas ultimísimas de la Vanguardia, del magisterio universal de Bertolt Brecht y de la ya mencionada corriente del Teatro del Absurdo; a grandes rasgos, puede afirmarse que sus tentativas experimentales alcanzaron su punto culminante en Alfabeto para analfabetos, para volver luego con discreción a una arquitectura teatral más convencional que, en sus obras de madurez, ofrecía el molde más adecuado para sus más serenas -pero siempre constantes- preocupaciones existenciales, entre las que cobraba primacía la desoladora constatación de la vejez y la amenazante proximidad de la muerte.

Cabe recordar, por último, dentro de este obligado espacio destinado a su obra teatral, que las piezas dramáticas de Isaac Chocrón han traspasado las fronteras de Venezuela para subir, con notable éxito de crítica y público, a los escenarios de otros países hispanoamericanos como Colombia y Uruguay, así como a las tablas de la escena española. Desde su condición de profesor universitario y promotor cultural, el dramaturgo de Aragua contribuyó también con entusiasmo y eficacia a la difusión del Arte de Talía en su país natal, donde fundó y presidió uno de los colectivos teatrales más fecundos y aplaudidos, el Nuevo Grupo, y dirigió durante varios años la Compañía Nacional de Teatro. Entre los muchos honores y distinciones rendidos a su obra dramática, conviene destacar el prestigioso Premio Nacional de Teatro, que recayó en su persona en 1979.

Obra narrativa y ensayística

Al comienzo de esta semblanza bio-bibliográfica se han comentado los inicios literarios de Isaac Chocrón, que discurrieron por el sendero de la narrativa breve. A pesar de sus resonados triunfos teatrales, el autor de Aragua nunca abandonó el cultivo de la prosa de ficción, en la que tocó temas muy similares a los que gobernaron su trayectoria como dramaturgo. Así, su interés por la problemática existencial del individuo y la extracción de esos materiales autobiográficos que dieron forma a su teatro de madurez aparecen también en sus novelas tituladas Se ruega no tocar la carne por razones de higiene (Caracas: Tiempo Nuevo, 1970) y Pájaro de mar por tierra (Id. Id., 1972), dos obras que presentan otras características comunes, como el rendimiento extraído al sentido del humor -presente ya desde sus respectivos títulos-, la frescura e inmediatez de las descripciones, la agilidad en los diálogos, la diversidad de localizaciones espaciales y la renovación de las anquilosadas estructuras formales y lingüísticas que arrastraba aún buena parte de la narrativa tradicional venezolana. Coincidiendo con su época teatral más experimentalista, este afán innovador de la prosa de ficción de Isaac Chocrón alcanzó su cota más alta a mediados de los setenta, cuando dio a la imprenta la novela titulada Rómpase en caso de incendio (Caracas: Monte Ávila Editores, 1975), en la que se sirvió de uno de los modelos formales más clásicos de la narrativa universal -el género epistolar- para componer un lúdico relato cuyo argumento y desenlace debe desentrañar el lector a partir de las cartas que se remiten los personajes, único material en el que sustenta toda la novela.

En la década de los años ochenta, la producción novelesca de Isaac Chocrón se incrementó con la aparición de dos nuevos relatos extensos, publicados bajo los títulos de 50 vacas gordas (Caracas: Monte Ávila Editores, 1980) y Toda una dama (Id. Id., 1988).

El resto de la producción impresa del fecundo escritor de Aragua se completa con agudas e intuitivas publicaciones ensayísticas centradas, en su mayoría, en ese mundo teatral que ha gobernado las directrices de su vida. Entre sus ensayos más notables, vale la pena mencionar los titulados El nuevo teatro venezolano (Caracas: Oficina Central de Información, 1966), Tendencias del teatro contemporáneo (Caracas: Monte Ávila Editores, 1968), Señales de tráfico (Id. Id., 1972), Tres fechas claves del teatro venezolano (Caracas: Fundarte, 1978), Sueño y tragedia en el teatro norteamericano (Caracas: Alfadil, 1984) y El teatro de San Shepard (Caracas: Monte Ávila Editores, 1991). Otros libros suyos no citados en las líneas precedentes son Color natural (Caracas: Grupo Montana, 1969) y Maracaibo 180 (Maracaibo: Centro de Bellas Artes, 1978).

Bibliografía

  • AZPARREN, Leonardo: "Isaac Chocrón: En busca de las pistas perdidas", en El teatro venezolano y otros teatros, Caracas: Monte Ávila Editores, 1979, pp. 107-128.

  • CASTILLO, Susana: "Una trilogía significativa: Chalbaud, Chocrón y Cabrujas", en El desarraigo en el teatro venezolano (Caracas: El Ateneo de Caracas/CELCIT, 1980), pp. 99-114.

  • HERNÁNDEZ, Gleider: Tres dramaturgos venezolanos de hoy: R. Chalbaud, J.I. Cabrujas, I. Chocrón, Caracas: Ediciones El Nuevo Grupo, 1979, pp. 20-22, 91-127 y 131-136.

  • KORN, Guillermo-GRACIA, Miguel: Teatro en Caracas. De febrero de 1978 a abril de 1979, Caracas: Ediciones Casuz, 1979, pp. 13-15 y 121-123.

  • MONASTERIOS, Rubén: Un enfoque crítico del teatro venezolano, Caracas: Monte Ávila Editores, 1975, pp. 92-96.

  • SUÁREZ RADILLO, Carlos Miguel: 13 autores del nuevo teatro venezolano, Caracas: Monte Ávila Editores, 1971, pp. 179-181.

  • VESTRINI, Miyó: Isaac Chocrón frente al espejo, Caracas: Ateneo de Caracas, 1980.

Autor

  • José Ramón Fernández de Cano