Julio Cejador y Frauca (1864–1927): Filólogo, Crítico Literario y Revolucionario del Lenguaje
Infancia, Formación y Primeros Años (1864–1900)
Orígenes familiares y primeros años
Julio Cejador y Frauca nació el 7 de enero de 1864 en Zaragoza, en una familia que, como tantas en la época, estuvo marcada por la adversidad desde sus primeros años. A la temprana edad de siete años, Cejador perdió a su madre, y con solo doce años, quedó huérfano de padre. Estas tempranas pérdidas lo marcaron profundamente, y ya desde su niñez se mostró un carácter introspectivo y solitario. Al parecer, el joven Cejador encontró consuelo en la lectura y en la reflexión, actividades que marcarían su vida futura y su vocación como intelectual.
En sus primeros años de formación, Cejador asistió a la escuela en Tudela y, posteriormente, en Francia. Su paso por el sistema educativo no fue del todo convencional, ya que desde muy joven se orientó hacia un conocimiento más profundo de las lenguas clásicas y las ciencias que más tarde serían su especialidad. La profunda influencia de la pérdida de sus padres y la necesidad de encontrar un refugio en el mundo de los libros le dieron una visión distinta de la vida, más volcada hacia el estudio y la dedicación intelectual.
Formación en el seno de la Compañía de Jesús
Con 16 años, en 1880, Cejador ingresó en la Compañía de Jesús, un paso que marcaría una etapa significativa en su vida. Durante los años que pasó en la orden, Cejador se dedicó tanto al estudio como a la enseñanza. Realizó su noviciado en Loyola, donde permaneció por cuatro años. Estos años de formación dentro de la Compañía fueron cruciales para la configuración de su personalidad y su carrera. Como él mismo recordaba más tarde, durante su noviciado nunca recibió un cargo importante, lo que reflejaba su carácter de «soldado de filas», siempre dispuesto a aprender y colaborar sin buscar un reconocimiento de autoridad. Este rasgo de humildad sería uno de los elementos que caracterizaría su vida posterior.
Durante esta etapa, Cejador tuvo contacto con textos fundamentales de la cultura española, como Don Quijote de la Mancha. Sin embargo, el joven Cejador fue testigo de la censura de los textos en la Compañía, una experiencia que, como él mismo relató, le permitió leer la famosa obra de Cervantes en una versión reducida, donde se ocultaban ciertos pasajes. Esta censura dejó una huella en su pensamiento, formando parte de las primeras inquietudes críticas que más tarde expresarían sus teorías lingüísticas y literarias.
Educación en Oña, Deusto y Carrión de los Condes
Los años de formación de Cejador continuaron en Oña, donde estudió Filosofía, complementando sus estudios con aritmética, geometría, física y astronomía. Fue una etapa intensa, en la que se formó no solo en los principios filosóficos, sino también en las ciencias que le ayudarían a desarrollar su visión crítica. Después de tres años en Oña, fue enviado a Deusto, donde enseñó griego durante dos años. Aquí, Cejador comenzó a desplegar sus capacidades pedagógicas, algo que sería clave en su carrera futura. Más tarde, fue destinado a Carrión de los Condes, donde continuó su labor educativa, pero también amplió su campo de conocimiento. En esta localidad, enseñó disciplinas como fisiología, higiene, ciencias naturales y agricultura, además de asumir la dirección de la banda de música.
Durante estos años, Cejador no solo adquirió más conocimientos en diversos campos del saber, sino que también tuvo su primer contacto con la enseñanza de lenguas orientales. Fue en esta época cuando decidió viajar a Oriente, un viaje que marcaría un punto de inflexión en su carrera. En Oriente, Cejador se sumergió en el estudio de lenguas como el árabe, el copto, el siriaco y el hebreo, ampliando sus horizontes lingüísticos. Estas lenguas se convirtieron en un pilar de su vida intelectual, y más tarde las incorporaría en sus teorías lingüísticas, que lo harían destacar como un pionero de la filología comparada en España.
Crisis con la Compañía y paso al clero secular
A medida que avanzaba en su formación, Cejador comenzó a sentirse cada vez más incómodo con la rígida disciplina de la Compañía de Jesús. Su naturaleza libre y su pensamiento liberal chocaban con las estrictas normas de la orden religiosa. La tensión entre su vocación intelectual y las estrictas reglas de la Compañía alcanzó su punto máximo, y en 1900 Cejador tomó la decisión de abandonar la orden religiosa, pasando al clero secular. Este paso representó un giro importante en su vida, pues significaba la liberación de la férrea disciplina jesuita, lo que le permitió desarrollar su carrera académica sin las restricciones impuestas por la Compañía.
Este cambio no fue fácil para Cejador, quien siempre expresó su admiración por la Compañía de Jesús y su dedicación al servicio de Dios, pero la incompatibilidad con su carácter y su visión personal de la vida se hizo insostenible. Después de dejar la Compañía, Cejador se estableció en Madrid, donde comenzó a impartir clases de griego y hebreo en la Facultad de Escritura del Seminario de Madrid. Fue una etapa en la que, lejos de las estructuras religiosas, Cejador pudo concentrarse plenamente en sus intereses académicos, lo que le permitió iniciar su camino hacia la cátedra universitaria y la fama como filólogo.
Carrera Académica y Desarrollo Profesional (1900–1914)
Inicios de su carrera docente en Madrid
Una vez establecido en Madrid, Cejador comenzó a consolidar su carrera académica y a ejercer una notable influencia en el ámbito educativo español. Su primer paso importante en esta nueva etapa fue su trabajo como profesor de griego y hebreo en la Facultad de Escritura del Seminario de Madrid. Aunque su enseñanza se centraba en las lenguas clásicas, Cejador ya había comenzado a experimentar con enfoques innovadores que más tarde se reflejarían en sus propios estudios de lingüística y filología. En este entorno, Cejador se mostró como un pedagogo riguroso y apasionado, buscando siempre métodos más efectivos para enseñar las lenguas clásicas y hacerlas accesibles a sus estudiantes.
En paralelo, Cejador comenzó a impartir clases en la Escuela Superior del Ateneo, donde dirigió el curso de lingüística entre 1902 y 1906. Durante su tiempo en esta institución, Cejador desarrolló y compartió sus teorías lingüísticas, que comenzaron a llamar la atención por su originalidad. Fue en este contexto académico en el que se consolidaron sus ideas sobre la evolución del lenguaje y la importancia de las lenguas clásicas en la formación cultural de la sociedad. Esta etapa en el Ateneo no solo le permitió afianzar sus conocimientos, sino también forjar una red de contactos con otros intelectuales y académicos que influirían en su carrera futura.
Triunfos académicos y oposiciones ganadas
El verdadero salto en la carrera de Cejador se produjo en 1906, cuando ganó, por oposición, la cátedra de latín en el Instituto de Palencia. Este logro fue un reconocimiento a su arduo trabajo y dedicación en el campo de la filología y la enseñanza de las lenguas clásicas. Cejador comenzó a ser reconocido como una de las figuras más destacadas de la filología española, aunque su estilo de vida austero y su carácter reservado no lo convirtieron en un hombre de fácil acceso para el gran público.
La obtención de esta cátedra en Palencia no fue más que un escalón en su trayectoria, ya que en 1914 alcanzó la Cátedra de Lengua y Literatura Latina en la Universidad Central de Madrid, uno de los puestos más prestigiosos en el ámbito académico de la época. La cátedra en Madrid le ofreció la oportunidad de profundizar en sus estudios y dar a conocer sus investigaciones a un público más amplio. A lo largo de su carrera, Cejador continuó demostrando un compromiso con la enseñanza y una dedicación excepcional a sus alumnos, destacándose no solo por su erudición, sino por su capacidad para transmitir sus conocimientos de manera clara y accesible.
El carácter y la vida diaria de Cejador en Madrid
En su vida personal, Cejador llevaba una rutina extremadamente disciplinada, que reflejaba tanto su carácter como su dedicación al trabajo. Según sus biógrafos, su día comenzaba temprano, con una taza de café y la compañía de su amado gato de Angora, al que llamaba “Titín”. Este gato, que le brindaba momentos de distracción, era su único compañero en esos largos periodos de concentración. Cejador era conocido por su enorme capacidad de trabajo, pasando horas sumido en sus estudios y sin preocuparse por las necesidades más básicas, como alimentarse o descansar. Sus familiares, preocupados por su salud, solían interrumpirlo para recordarle la importancia de la comida y el descanso.
La vida de Cejador en Madrid era también austera, alejada de los lujos y las pretensiones. Su carácter, como se describía con frecuencia, era algo brusco, pero genuino y sincero. A pesar de su fama académica, Cejador mantenía una humildad ejemplar, tanto en su trato con los demás como en su visión de sí mismo. Aunque interactuaba con importantes figuras de la política y la cultura, nunca buscó la notoriedad ni el reconocimiento por encima de su trabajo. Era un hombre de principios firmes, conocido por su rechazo a la corrupción y la mediocridad en los círculos académicos. Esto se hizo evidente cuando amigos cercanos y colegas le ofrecieron favores y recompensas a cambio de su apoyo en diferentes cuestiones, pero Cejador, fiel a su independencia y principios, siempre rechazó cualquier tipo de transacción de este tipo.
Cejador era un hombre de carácter íntegro, y su honestidad se convirtió en una de sus principales virtudes. A lo largo de su vida, resistió presiones y ofertas que muchos habrían considerado tentadoras, pero su firme decisión de mantenerse fiel a sus creencias lo posicionó como una figura respetada, tanto en los círculos académicos como entre aquellos que le conocían más de cerca.
Aportes y Desafíos en el Mundo de la Lingüística y la Literatura (1914–1927)
Su influencia en la lingüística española
La tercera fase de la vida de Julio Cejador estuvo marcada por su vertiginosa actividad en el campo de la lingüística, donde se consolidó como una figura de referencia, aunque controversial. En los años posteriores a su llegada a la Universidad Central de Madrid, Cejador se dedicó en cuerpo y alma al estudio de las lenguas, la evolución del lenguaje y la historia de la lengua española. Su enfoque innovador lo llevó a estudiar el origen de las lenguas indoeuropeas, realizando investigaciones que le permitieron formular una teoría que, aunque poco aceptada por sus contemporáneos, le dio una identidad única en el ámbito filológico.
Una de las áreas en las que Cejador destacó fue en la comparación de lenguas para entender su evolución. En particular, su teoría sobre el vasco (o euskera) como la lengua madre de las lenguas indoeuropeas fue una propuesta arriesgada que, sin embargo, reflejaba su capacidad para pensar más allá de las convenciones académicas de la época. Cejador sostenía que el vasco era no solo un idioma pre-indoeuropeo, sino la lengua primitiva de todas las lenguas indoeuropeas, una tesis que nunca obtuvo la aceptación de la comunidad lingüística. Sin embargo, su valentía al presentar una visión tan original de los orígenes de las lenguas reflejaba su compromiso con la renovación y el avance del conocimiento.
Además de sus teorías lingüísticas, Cejador fue un apasionado defensor de la necesidad de modernizar los métodos de enseñanza de las lenguas clásicas. Frente al enfoque tradicional y memorístico predominante en la enseñanza del latín y el griego, Cejador promovió un sistema basado en el análisis, la traducción práctica y el estudio de la estructura del lenguaje. Este enfoque práctico y racional se plasmó en obras fundamentales como su Nuevo método teórico-práctico para aprender la lengua latina (1907-1908), que introdujo métodos innovadores para el aprendizaje de las lenguas clásicas.
Enfrentamientos académicos y su visión crítica
A lo largo de su vida, Cejador se enfrentó a numerosas críticas, tanto por su metodología innovadora como por sus opiniones sobre la evolución de la lengua española y la función de las instituciones académicas. Una de las disputas más notorias de su carrera fue su crítica directa a la Real Academia Española y a la figura de Ramón Menéndez Pidal, un referente en el campo de la filología española. Cejador no dudó en cuestionar públicamente las prácticas y métodos de Menéndez Pidal, acusando a la institución de ser conservadora y de carecer de una verdadera comprensión de las lenguas clásicas.
En sus escritos, Cejador describió a la Academia como un organismo que favorecía la mediocridad y la falta de rigor en la investigación lingüística. En su opinión, la Academia estaba más interesada en los aspectos políticos y sociales que en el verdadero estudio del idioma. Estas críticas le valieron el rechazo de muchos de sus colegas y la marginación de su obra en ciertos círculos académicos. Cejador, sin embargo, no se amedrentó y continuó defendiendo sus posiciones con firmeza, sin importarle las consecuencias. De hecho, sus declaraciones sobre la Academia y sus miembros más prominentes, incluidos Menéndez Pidal y Américo Castro, reflejaban no solo su desacuerdo con las instituciones establecidas, sino también su deseo de renovar profundamente el estudio del lenguaje y la literatura.
Su obra literaria y sus estudios sobre autores clásicos
Junto a su actividad lingüística, Cejador se dedicó también al estudio y la edición de obras literarias de gran trascendencia. Su pasión por los clásicos españoles lo llevó a realizar ediciones y estudios de autores fundamentales de la literatura española, como La Celestina de Fernando de Rojas, El Lazarillo de Tormes, y El Criticón de Baltasar Gracián. Estas ediciones no solo incluían los textos originales, sino que también contenían anotaciones detalladas que ayudaban a contextualizar y comprender mejor la obra en su marco histórico y literario.
Uno de sus trabajos más ambiciosos fue la Historia de la lengua y literatura castellana (1915-1922), una obra monumental en 14 tomos que intentó cubrir la evolución del lenguaje y la literatura española a lo largo de los siglos. Aunque la obra fue criticada por algunos contemporáneos por su enfoque cronológico rígido y sus errores en la clasificación de ciertos períodos literarios, no cabe duda de que representó un avance significativo en el conocimiento de la literatura española de la época. A pesar de las críticas, la obra de Cejador fue muy influyente en su momento, y muchos estudiosos la utilizaron como una de las principales fuentes de referencia para el estudio de la lengua y la literatura castellanas.
Además de sus trabajos sobre la literatura española, Cejador también dedicó tiempo al estudio de la poesía popular castellana, un campo que fue ampliamente ignorado por la mayoría de sus contemporáneos. Su antología La verdadera poesía castellana (1921-1930) fue un intento de rescatar y valorar la lírica popular, un género que había quedado en segundo plano ante el auge de las vanguardias literarias y los ismos. A través de esta obra, Cejador mostró su profundo amor por las tradiciones populares y su capacidad para comprender la riqueza literaria que existía más allá de los grandes nombres de la literatura culta.
Últimos Años, Muerte y Legado (1926–1927)
La enfermedad y muerte de Julio Cejador
Los últimos meses de la vida de Julio Cejador estuvieron marcados por un severo deterioro físico. En diciembre de 1926, Cejador contrajo una bronconeumonía que lo postró en cama, y su salud se fue deteriorando rápidamente. Durante esos días de enfermedad, Cejador recibió la visita de algunos amigos y colegas, pero su estado de salud empeoró irremediablemente. El 1 de enero de 1927, Julio Cejador y Frauca falleció en su casa de Madrid, en la Glorieta de Quevedo, a los 62 años.
El deceso de Cejador pasó relativamente desapercibido en los medios, y su muerte no recibió la atención que su figura hubiera merecido. Fue enterrado en el nuevo cementerio de Madrid, envuelto en el humilde hábito de San Francisco, con una sencillez que reflejaba la vida austera que había llevado siempre. La falta de reconocimiento oficial por su trabajo y su desinterés por las recompensas materiales lo convirtieron en una figura aún más noble a los ojos de sus más cercanos.
La recepción póstuma y las críticas a su obra
Tras su muerte, la figura de Cejador permaneció en cierto olvido, especialmente por parte del Estado y de muchos de sus colegas que se beneficiaron de su trabajo sin reconocerlo adecuadamente. Antonio Domínguez, su biógrafo, señaló cómo Cejador murió sin recibir las recompensas que le correspondían por su labor intelectual y académica. Esta falta de reconocimiento fue algo que Cejador padeció durante toda su vida, y su muerte no alteró esta realidad. En su obituario, se subrayó la tristeza de que un hombre tan brillante y dedicado fuera ignorado por la sociedad y las instituciones oficiales.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la importancia de su obra comenzó a ser reevaluada. Su influencia en la lingüística española y su contribución a la comprensión de las lenguas clásicas, especialmente el latín y el griego, no pasaron desapercibidas para los estudiosos posteriores. Aunque las críticas a su enfoque y algunas de sus teorías continúan siendo objeto de debate, la erudición y la pasión de Cejador por el lenguaje y la literatura le aseguraron un lugar en la historia del pensamiento español.
Valoración de su legado en la crítica literaria
El legado de Julio Cejador en la filología española es significativo, aunque su nombre no siempre se asoció con la reverencia que merecía. Fue un pionero en muchos aspectos, como en su defensa de un enfoque práctico y racional para el aprendizaje de las lenguas clásicas, y en su trabajo sobre el origen y la evolución de las lenguas. Su crítica a las instituciones académicas de su tiempo, como la Real Academia Española, y su resistencia a la mediocridad académica lo convirtieron en una figura controversial, pero también admirable por su integridad.
El impacto de su trabajo en la literatura española también fue fundamental, sobre todo por su labor de edición y anotación de clásicos como El Lazarillo de Tormes, La Celestina, y las obras de autores como Quevedo y Cervantes. Sus ediciones, aunque superadas por los avances de la moderna filología, siguen siendo valiosas por la erudición y el contexto histórico que proporcionaron a los estudios literarios de la época.
En sus últimos años, Cejador también fue reconocido por su pasión por la poesía popular castellana, un campo que él contribuyó a revitalizar en una época en la que las vanguardias literarias comenzaban a ganar terreno. Su antología La verdadera poesía castellana sigue siendo un testimonio de su capacidad para entender y valorar las tradiciones populares de España, que en su momento eran ignoradas o desestimadas por muchos de sus contemporáneos.
El legado perdurable de Julio Cejador
A pesar de que las circunstancias de su vida y la falta de reconocimiento durante su tiempo le impidieron disfrutar de la notoriedad que su trabajo merecía, el legado de Cejador perdura. Su pasión por las lenguas, su contribución a la crítica literaria y su insistencia en la renovación del estudio de las lenguas clásicas y la literatura española lo convierten en una figura fundamental en la historia intelectual de España. A través de sus estudios, Cejador logró aportar una nueva perspectiva sobre el origen y la evolución del idioma, y su crítica literaria sigue siendo apreciada por los estudiosos que buscan entender la complejidad del patrimonio literario español.
Aunque muchas de sus obras y teorías fueron objeto de controversia, su perseverancia y su capacidad para desafiar las convenciones académicas lo aseguran un lugar destacado en la historia de la lingüística y la literatura. En el futuro, su figura será recordada no solo por sus logros académicos, sino por su integridad y su dedicación incansable al estudio y la difusión del conocimiento.
MCN Biografías, 2025. "Julio Cejador y Frauca (1864–1927): Filólogo, Crítico Literario y Revolucionario del Lenguaje". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/cejador-y-frauca-julio [consulta: 10 de febrero de 2026].
