Cristóbal de Castillejo (ca. 1490–1550): El último defensor del verso castellano en la Europa del Renacimiento

Infancia, corte, vocación religiosa y exilio

Orígenes y primeros años en la corte de los Reyes Católicos

Cristóbal de Castillejo nació en Ciudad Rodrigo, en la provincia de Salamanca, en una fecha imprecisa situada hacia finales de la década de 1490. La falta de documentación precisa sobre su niñez y primera formación no impide, sin embargo, intuir que procedía de un entorno relativamente acomodado o con conexiones cortesanas, ya que a los quince años ingresó al servicio de Fernando el Católico, primero como paje y más tarde como secretario del infante don Fernando, hermano del futuro emperador Carlos V.

Este temprano acceso a la corte —posiblemente comprado, o resultado de algún tipo de protección noble— situó a Castillejo en el corazón de las tensiones sucesorias que marcaron la política española de comienzos del siglo XVI. El joven poeta vivió desde dentro las maniobras que pretendían que el infante Fernando, nacido y educado en Castilla, sucediera a los Reyes Católicos en lugar de su hermano Carlos, criado en Flandes y apoyado por los sectores flamencos de la nobleza.

Estos años iniciales no solo le ofrecieron una formación política de primer nivel, sino que también lo expusieron a las redes de poder y a la cultura cortesana en su versión más cruda. Su lealtad al infante Fernando lo situó en un bando que pronto caería en desgracia. Cuando Carlos V llegó a España y fue reconocido como rey, desplazó a su hermano y lo envió a Flandes en 1518. Curiosamente, Castillejo no formó parte del séquito que lo acompañó en ese momento, lo cual marca el inicio de un período en sombras en la biografía del poeta.

Intrigas sucesorias, tensiones entre Castilla y Flandes

La disputa sucesoria entre Carlos y Fernando era mucho más que un problema dinástico. Simbolizaba el conflicto entre dos modelos de identidad política y cultural. Mientras Carlos traía consigo una corte europeísta, multilingüe y guiada por intereses ultramontanos, Fernando representaba el arraigo castellano, la continuidad institucional y una visión más territorial de la monarquía.

Castillejo, partícipe indirecto de estas tensiones, pareció encarnar en su obra y en su vida ese mismo conflicto: el de un español tradicional atrapado en una Europa en transformación, entre la herencia del medievo y las novedades del Renacimiento. Su rechazo posterior al uso del verso italiano puede entenderse también desde esta perspectiva: como una defensa de la identidad literaria castellana frente a la invasión de modelos foráneos.

En 1515, acompañó al rey en un viaje a Extremadura, último episodio conocido de su juventud antes de que desaparezca de los registros históricos por casi una década. Este silencio documental ha dado pie a múltiples hipótesis.

La década oscura: retiro monástico y formación intelectual

Entre 1515 y 1525, la vida de Castillejo permanece envuelta en el misterio. Varios estudiosos han conjeturado que ingresó en la orden del Císter y que vivió como monje en el monasterio de Santa María de Valdeiglesias, un centro religioso de cierta relevancia espiritual y cultural. No hay pruebas concluyentes de esta etapa, pero el estilo de algunas de sus obras posteriores, así como sus conocimientos humanísticos, parecen confirmar que pasó estos años en formación teológica y literaria.

Esta etapa monástica no significó una ruptura con el mundo cortesano, sino más bien un repliegue estratégico, quizás impulsado por razones políticas. Algunas teorías afirman que Castillejo pudo haber tenido alguna vinculación con la revuelta de los comuneros (1520–1521), una insurrección que, entre otras cosas, criticaba el poder de los flamencos y defendía los intereses del reino de Castilla frente al centralismo imperial. Si fue así, el retiro monástico habría sido un modo de protegerse hasta que el clima político permitiera su retorno a la actividad pública.

Regreso a la corte y exilio voluntario en Viena

En 1525, el embajador Martín de Salinas, figura clave en la corte del archiduque Fernando, propuso que Castillejo volviera al servicio de su antiguo señor, ya convertido en rey de Bohemia y de Hungría y con creciente influencia en los asuntos imperiales. Fernando aceptó con agrado, y Castillejo abandonó España rumbo a Viena, ciudad en la que residiría hasta su muerte en 1550.

Este retorno no fue solo una restauración profesional, sino también una especie de autoexilio definitivo. Castillejo nunca volvió a España, y su presencia en la corte vienesa lo convirtió en un testigo privilegiado de las tensiones entre el mundo hispánico y el germánico, entre el catolicismo reformador y el protestantismo emergente, entre la vieja poesía castellana y los nuevos modelos italianizantes.

La vida cortesana en Viena, sin embargo, no fue cómoda ni lujosa. A pesar de sus servicios como secretario real, Castillejo vivió en condiciones económicas precarias, dependiendo de pensiones irregulares y beneficios eclesiásticos que no siempre se le concedían a tiempo. Obtuvo una pensión en el obispado de Ávila, un beneficio en la colegiata austríaca de Ardegge —del que pronto se desvinculó—, y una ayuda económica vinculada al obispado de Córdoba. En 1549, apenas un año antes de su muerte, el archiduque le asignó una pensión de doscientos florines, que no llegó a cobrar completamente.

Identidad cortesana y entorno cultural en Viena

A pesar de la precariedad económica, Castillejo gozó de un cierto reconocimiento simbólico. El propio Carlos V le concedió un escudo de armas con tres ruiseñores de oro, reflejo quizás de su talento poético y su fidelidad a la causa hispánica en un entorno extranjero. Sin embargo, su verdadera integración en la corte vienesa se produjo a través de la cultura erasmista, muy influyente en los círculos intelectuales del archiduque Fernando.

Erasmo de Róterdam, gran defensor de una religiosidad interior, racional y crítica con la corrupción clerical, había sido preceptor del infante Fernando, y su pensamiento impregnaba las conversaciones, lecturas y formas de sociabilidad en Viena. Castillejo absorbió este espíritu, lo reelaboró en sus escritos y se convirtió en una figura literaria a medio camino entre el monje, el cortesano y el erasmista crítico.

Este ambiente intelectual, dominado por el ideal del diálogo, la sobriedad expresiva y el análisis de costumbres, se reflejaría claramente en su obra posterior, donde dialogan la sátira medieval, la poesía cortesana y la reflexión humanística.

Vida cortesana en Europa y producción literaria

La vida en Viena: entre diplomacia, erasmismo y precariedad

Durante los veinticinco años que Cristóbal de Castillejo pasó en Viena, su existencia osciló entre los compromisos oficiales, la escritura literaria y una vida privada marcada por contradicciones. Aunque ocupó el cargo de secretario del archiduque Fernando, su sueldo era insuficiente, y sus frecuentes peticiones de beneficios eclesiásticos o pensiones adicionales no siempre fueron atendidas. Esta situación precaria contrasta con los honores simbólicos que recibía, lo que revela una tensión entre el prestigio cultural y la realidad material de los escritores cortesanos.

En este contexto, la escritura se convirtió en un medio de expresión, de crítica y también de subsistencia. Castillejo desarrolló una obra literaria diversa, marcada por una actitud crítica hacia los excesos cortesanos y por una voluntad de renovación poética dentro de los límites de la tradición castellana.

Además de sus tareas administrativas, realizó viajes diplomáticos a Inglaterra (1532), Italia (Roma y Venecia) y otros puntos de Europa. Estas experiencias ampliaron su horizonte cultural y consolidaron su contacto con el humanismo renacentista, que, sin embargo, reinterpretó desde una óptica nacionalista y conservadora, propia de un poeta que no renunciaba a las formas métricas tradicionales de su lengua.

Viajes por Europa: misiones, contactos e influencias

El contacto con el extranjero fue fundamental en la evolución de Castillejo. Su paso por Venecia, por ejemplo, no solo le ofreció un conocimiento directo del renacimiento italiano, sino que fue el lugar donde publicó sus primeros poemas, como el “Sermón de amores” en 1542, y más tarde el “Diálogo de mujeres” en 1544. Estos textos, editados fuera de España, circularon en ámbitos intelectuales que no estaban controlados por la Inquisición española, lo que le permitió mayor libertad expresiva.

A pesar de su defensa del verso castellano y de su oposición a los italianizantes, Castillejo no fue ajeno a la cultura clásica. Tradujo varios pasajes de las “Metamorfosis” de Ovidio, como el “Canto de Polifemo”, la “Fábula de Acteón” y la “Historia de Píramo y Tisbe, además de tratados filosóficos como el “De amicitia” y el “De senectute” de Cicerón. Estas traducciones, realizadas en verso castellano, muestran una forma de humanismo nacionalista, que incorpora el legado grecolatino sin abandonar las formas métricas tradicionales.

Este gesto no era menor: en una época en que Garcilaso de la Vega y Juan Boscán introducían el endecasílabo y las formas italianas en la poesía española, Castillejo se mantuvo firme en la defensa del octosílabo y las coplas castellanas, lo que le valió ser visto por la crítica moderna como “el último de los nacionalistas” dentro de la poesía del siglo XVI.

La poética de Castillejo: entre tradición y renovación

La postura estética de Castillejo queda condensada en su célebre poema “Reprensión contra los poetas españoles que escriben en verso italiano”, donde equipara la adopción de formas italianas con la herejía de Lutero, afirmando con ironía:

Han renegado la fee / de las trovas castellanas, / y tras de las italianas / se pierden”.

Esta crítica no debe interpretarse como una muestra de anquilosamiento poético, sino como una propuesta alternativa de renovación. Castillejo no se oponía a la evolución de la poesía, sino a la imitación servil de modelos extranjeros. Su intención era modernizar el lenguaje poético castellano desde dentro, preservando su cadencia, su musicalidad y su sintaxis popular.

Prueba de esta postura es que incluso en esa misma “Reprensión” incluyó tres sonetos y una octava real, que son las únicas muestras de poesía italianizante que conservamos de él. Más que un rechazo absoluto, su posición era la de un crítico lúcido del extranjerismo excesivo, que consideraba poco fiel al espíritu castellano.

En su poesía empleó de forma preferente el verso octosílabo, a menudo en composiciones con pie quebrado, y ocasionalmente estrofas irregulares en los villancicos. Recurrió a las estructuras métricas heredadas del siglo XV, pero con un tono renovado, irónico, incluso grotesco, que lo alejaba del sentimentalismo del amor cortés tradicional.

El humor crítico y la sátira social

Uno de los elementos más característicos de Castillejo fue su humor corrosivo y su capacidad satírica, especialmente visible en textos como el “Sermón de amores”, una parodia que imita la estructura de un sermón religioso para criticar la locura amorosa desde un punto de vista paródico y desenfadado. En este poema aparece un falso predicador, el “Maestre fray Ridel de la Orden del Tristel”, una figura que juega con la etimología entre Cister, Cistel y clister (jeringuilla), en una clara muestra del gusto por el juego de palabras.

La obra se divide en dos partes: la primera aborda las penas del amor no correspondido, y la segunda, las contradicciones del amor correspondido, sin dejar de lado las críticas al clero, especialmente a los beneficiados que mantenían relaciones con mujeres a pesar de sus votos de castidad.
En versos mordaces, Castillejo escribe:

¡Cuántos hay beneficiados / que después que las apañan / nunca las desacompañan / hasta que son sepultados / con el vicio!

Este tono jocoso y crítico conecta con la tradición de la sátira bajomedieval, y al mismo tiempo anticipa algunas de las actitudes del Barroco español, como el desengaño, la crítica a las apariencias y el pesimismo vital. En sus versos abundan las referencias a obras canónicas como “La Celestina” o la “Cárcel de amor” de Diego de San Pedro, pero reinterpretadas desde una óptica burlona.

Publicación y circulación de sus textos

Durante su vida, Castillejo vio publicadas varias obras, aunque muchas otras aparecieron póstumamente. Además de las ediciones venecianas del “Sermón de amores” y el “Diálogo de mujeres”, se conocen otras ediciones sueltas en el siglo XVII, como la “Historia de Píramo y Tisbe” (Alcalá, 1615) o el “Diálogo entre la Verdad y la Lisonja” (1614).

En 1573, se publicó en Madrid una recopilación organizada en tres libros temáticos:

  1. Obras de amores

  2. Obras de conversación y pasatiempo

  3. Obras morales y de devoción

Esta clasificación posterior permite apreciar la amplitud temática y estilística de su producción, que abarca desde la sátira amorosa, hasta la crítica social, pasando por reflexiones filosóficas y comentarios religiosos.

Castillejo fue, sin duda, una figura ambigua y fascinante: clérigo enamorado, poeta tradicionalista con espíritu reformador, español en el exilio que defendía la lengua propia, y cortesano crítico de la corte. Su obra constituye un valioso testimonio de la tensión entre nacionalismo literario y universalismo humanista que marcó la poesía del siglo XVI.

Diálogos, misoginia y visión del mundo

“Diálogo de mujeres”: entre misoginia literaria y erasmismo crítico

Una de las obras más extensas y discutidas de Cristóbal de Castillejo es el “Diálogo de mujeres”, poema que condensa buena parte de su pensamiento, su visión del mundo y su actitud crítica hacia la sociedad. Escrita en forma de conversación entre dos hombres —Alethio y Fileno—, la obra adopta el esquema tradicional de las disputas medievales, pero con una profundidad y una riqueza discursiva que revelan la influencia del diálogo erasmista.

El tema del texto —la naturaleza de las mujeres— es abordado desde dos posturas enfrentadas. Alethio, el personaje dominante, encarna la visión misógina y desengañada; mientras que Fileno representa una defensa tímida y algo idealizada de la mujer. Sin embargo, el peso argumental recae de forma clara sobre Alethio, que monopoliza el discurso con un anecdotario extenso y cargado de ejemplos que subrayan los vicios femeninos, según su visión.

La misoginia del texto no es casual ni meramente literaria. Forma parte de una larga tradición medieval que incluye obras como el “Corbacho” del Arcipreste de Talavera o las “Coplas de maldecir de mujeres” de Torrella. Sin embargo, Castillejo aporta una estructura más ordenada y sistemática, dividiendo a las mujeres en estados vitales: casadas, doncellas, monjas, viudas, solteras y alcahuetas. Cada grupo es objeto de críticas específicas, basadas en tópicos tradicionales pero también en observaciones de tipo sociológico o moral.

Este enfoque refleja una mentalidad que, aunque heredera del medievalismo, se ve atravesada por el espíritu erasmista que Castillejo había absorbido en la corte vienesa. El diálogo, como forma literaria, había sido reivindicado por Erasmo de Róterdam como instrumento para reflexionar sobre la condición humana, sin dogmatismos ni rigideces. Castillejo se sirve de esta forma para explorar los límites del comportamiento femenino, pero también para lanzar una crítica más amplia a la corrupción religiosa, las apariencias sociales y los excesos del mundo cortesano.

Las mujeres por estados: estructura, tradición y polémica

La originalidad del “Diálogo de mujeres” radica en su división temática, que permite una exploración exhaustiva —aunque claramente tendenciosa— de los distintos roles femeninos en la sociedad del siglo XVI. Cada sección ofrece una galería de vicios y defectos, construida con un tono irónico, sarcástico y, en ocasiones, claramente ofensivo.

  1. Las casadas son presentadas como una fuente constante de preocupación para el marido, obsesionadas con el control del hogar y la vigilancia de sus esposos.

  2. Las doncellas son descritas como raras e hipócritas: aunque aparentan inocencia, en realidad desean dejar de serlo lo antes posible.

  3. Las monjas reciben uno de los ataques más duros. Se las acusa de lascivia, coquetería y falsedad religiosa. Según Castillejo, muchas de ellas entraron al convento demasiado jóvenes y vivían en un estado permanente de excitación amorosa, adornándose y buscando galanteadores, lo que traicionaba su vocación espiritual.

  4. Las viudas, por su parte, son tachadas de deshonestas y desmandadas, divididas en las que fingen decoro y las que abiertamente buscan nuevas relaciones.

  5. Las solteras y prostitutas son comparadas con animales, pues, según Alethio, se entregan al sexo por dinero, sin ningún atisbo de pudor o moralidad.

  6. Las alcahuetas, aunque descritas brevemente, son vistas como mentirosas, manipuladoras y corruptoras del orden social.

Esta galería de críticas encierra una visión profundamente patriarcal y moralizante, que se hacía eco de las preocupaciones de una época marcada por la ansiedad moral y el control de los comportamientos femeninos. Sin embargo, el texto también funciona como espejo invertido de la corte, una forma de poner al descubierto los engaños y apariencias que dominaban tanto el mundo religioso como el profano.

Las formas del diálogo en Castillejo: entre Erasmo y la sátira medieval

Castillejo adoptó la forma dialogada como vehículo expresivo central de su obra, no solo en el “Diálogo de mujeres”, sino también en textos como el “Diálogo entre la Verdad y la Mentira”, “Diálogo entre Memoria y Olvido” y el “Diálogo entre el autor y su pluma”. Esta predilección por el diálogo refleja una influencia doble: por un lado, la tradición escolástica y medieval, y por otro, la modernidad crítica del erasmismo.

El modelo erasmista exigía naturalidad, llaneza, ironía y libertad estilística. Castillejo lo adoptó con entusiasmo, salpicando sus diálogos de refranes populares, expresiones coloquiales y sintaxis libre, en un intento por reflejar la voz del pueblo y desmarcarse del lenguaje elevado y afectado de los italianizantes.

En estos diálogos, los personajes encarnan ideas o temperamentos opuestos —joven y viejo, idealista y cínico, sabio y ambicioso— y debaten con argumentos que, más allá del contenido, permiten una radiografía moral y social de su tiempo. La sátira no se limita al plano amoroso: alcanza a los clericales hipócritas, a los cortesanos ambiciosos, a los falsos eruditos y a los poetas sin talento.

Así, Castillejo se sitúa en una tradición crítica que anticipa el Barroco, con su desconfianza hacia la apariencia, su gusto por el equívoco y su inclinación al desengaño como clave de lectura del mundo.

Crítica a la vida cortesana y visión desengañada

Entre los diálogos de carácter moral, destaca el “Aula de cortesanos” o “Diálogo de la vida en la corte”, obra compuesta —según el propio Castillejo— a instancias del doctor Carnicer, quien le recomendó tanto el tema como el modelo a seguir. Se trata de una reflexión amarga sobre las miserias del mundo palaciego, donde la ambición, la falsedad y la inconstancia impiden una vida auténtica.

Los personajes del diálogo, Lucrecio y Prudencio, representan, una vez más, la tensión entre el joven ambicioso y el hombre sabio y escéptico. Lucrecio cree que la corte es el lugar ideal para alcanzar prestigio, dinero y reconocimiento; mientras que Prudencio le advierte de los peligros que entraña ese ambiente, donde el mérito rara vez es reconocido y donde la verdad es sustituida por la lisonja.

El texto adopta la alegoría de la navegación, inspirada en obras como el “De curialium miseriis” de Eneas Silvio Piccolomini y el “Misaulus” de Ulrich von Hutten, para presentar a la corte como un océano de trampas y tempestades, donde los marineros (cortesanos) naufragan en busca de riquezas imposibles.

Esta visión crítica no está exenta de autobiografía. Castillejo, que vivió durante décadas en la corte de Viena sin grandes recompensas materiales, se proyecta en Prudencio como un hombre hastiado de las promesas incumplidas, que solo encuentra consuelo en la escritura y en la denuncia moral.

Castillejo como clérigo crítico: tensiones entre vocación y deseo

A lo largo de su vida, Castillejo mantuvo una relación ambigua con su condición clerical. Aunque se lo considera miembro del clero y beneficiado por pensiones eclesiásticas, también vivió de forma amancebada, tuvo al menos un hijo, y quizá varios más que se presentaban como “sobrinos”. Esta doble vida, lejos de ser excepcional, era frecuente en el clero del Renacimiento, y fue un tema recurrente en sus propios versos.

En el “Sermón de amores”, así como en otros poemas satíricos, se burla de los religiosos que predican la castidad mientras mantienen relaciones amorosas. Su crítica, sin embargo, no apunta tanto contra la religión como institución, sino contra la hipocresía de los clérigos que traicionan sus votos.

En este punto, Castillejo se alinea con el humanismo cristiano de Erasmo, que defendía una fe más íntima, racional y libre de ritualismos vacíos. Su postura es la del clérigo crítico, que conoce desde dentro los defectos del sistema y los denuncia con agudeza y humor.

Este desdoblamiento entre la norma religiosa y la experiencia vital es también visible en su poesía amorosa, donde combina el tono devoto del amor cortés con una sensualidad explícita, y donde aparecen múltiples nombres femeninos —Mencía, Inés, Ángela, Ana— que ilustran su vida afectiva compleja y posiblemente real.

Últimos años, recepción y legado literario

Castillejo clérigo y hombre de pasiones

A medida que avanzaba en su vida, Cristóbal de Castillejo se consolidó como una figura singular dentro de la corte vienesa. Su condición de clérigo no fue un obstáculo para sus pasiones, tanto literarias como sentimentales. A lo largo de los años, su vida estuvo marcada por un constante desajuste entre los votos religiosos que profesaba y sus prácticas amorosas, que reflejaban la tensión entre la santidad oficial y la pasión humana.

El poeta vivió amancebado y tuvo al menos un hijo reconocido, lo que contrasta con su imagen de clérigo. Esta contradicción fue un aspecto llamativo de su vida personal, que se reflejó indirectamente en su obra literaria. En sus versos amorosos, Castillejo no tenía una única destinataria, sino que el amor se repartía entre diversas mujeres, como Mencía, Inés, Ángela, y Ana, esta última posiblemente identificada con Ana von Schaumburg, mujer con la que pudo haber tenido un vínculo más cercano.

A pesar de sus compromisos religiosos, Castillejo no se desmarcó de la tradición de poetas clérigos enamorados, como Fernando de Herrera o Luis de Góngora. En sus textos, el amor cortés se entrelaza con el conocimiento teológico, y su relación con las mujeres se presenta bajo la óptica de un amor idealizado pero también terrenal, donde el deseo y la devoción se fusionan en una compleja amalgama de emociones y pasiones.

El caso de Castillejo no es raro dentro del Renacimiento, época en la que muchos poetas y clérigos vivieron una vida de contradicciones, luchando por conciliar las expectativas sociales y religiosas con sus impulsos personales. Esta duplicidad fue, sin duda, una fuente de riqueza literaria, y le permitió al poeta construir una voz propia, que no se limitaba a las estrictas normas de su tiempo.

Muerte en Viena y publicaciones póstumas

El 12 de junio de 1550, Cristóbal de Castillejo falleció en Viena, donde residió durante más de dos décadas al servicio del archiduque Fernando de Austria. Su muerte, lejos de su tierra natal, marcó el fin de una vida que transcurrió en el crisol de tensiones políticas, culturales y literarias. A pesar de los obstáculos económicos y sociales, Castillejo logró dejar una huella en la literatura española del Renacimiento.

Sus obras más importantes no se publicaron en vida, sino después de su fallecimiento, lo que demuestra que su influencia no fue plenamente reconocida en su época, pero sí se consolidó con el paso de los siglos. En 1573, ya bien entrada la segunda mitad del siglo XVI, se publicó en Madrid una recopilación completa de su obra, organizada en tres libros: obras de amores, obras de conversación y pasatiempo, y obras morales y de devoción.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII, Castillejo siguió siendo una figura respetada, y sus escritos fueron reeditados en diversas ediciones. Su “Diálogo de mujeres” y su “Sermón de amores” se publicaron de manera individual, y se convirtieron en obras representativas del Renacimiento español, ya que ofrecían una reflexión crítica sobre la moralidad, el amor y la sociedad cortesana.

Relectura crítica y legado en la poesía española

El legado literario de Castillejo ha sido objeto de varias relecturas críticas, que han puesto de manifiesto su importancia dentro de la evolución de la poesía española. Aunque tradicionalmente fue considerado un poeta antirrenacentista, su obra revela un renovador conservador, que trató de transformar la poesía tradicional castellana sin recurrir a los excesos italianizantes que dominaban la literatura de su época.

Castillejo se resistió a la imposición de modelos extranjeros, especialmente aquellos provenientes de Italia, y abogó por una evolución interna del verso castellano. En su crítica a la poesía de Boscán y Garcilaso de la Vega, Castillejo no solo rechazaba el italianismo, sino que también defendía una poesía más auténtica y accesible, más cercana a las tradiciones populares y al sentimiento nacional.

Aunque su figura pasó desapercibida durante gran parte de su vida, Castillejo dejó una marca indeleble en el Renacimiento español, al ofrecer una alternativa a las formas poéticas dominantes, con su renovación de la métrica castellana y su visión crítica de la vida cortesana.

Algunos estudiosos lo han considerado como el último de los nacionalistas en la poesía española del siglo XVI, ya que su obra es una defensa decidida de la identidad literaria española frente a las influencias extranjeras. Su obra puede leerse como una reacción al Renacimiento italiano, en un momento en que España vivía una profunda transformación tanto cultural como política.

La vigencia de su crítica social y literaria

Aunque Castillejo fue una figura que se mantuvo en gran medida al margen de los grandes círculos literarios de su tiempo, su crítica social y literaria continúa siendo relevante. Su misoginia y sus agudas observaciones sobre la vida cortesana nos ofrecen una mirada desafiante y lúgubre de la sociedad del Renacimiento. A pesar de sus prejuicios y limitaciones, sus obras reflejan las tensiones y contradicciones de una época marcada por la explosión cultural y las disputas de poder dentro de la corte.

Su crítica a la vida religiosa y su denuncia de la hipocresía clerical lo colocan como uno de los poetas más innovadores de su tiempo, al integrar en sus versos elementos de la sátira social, la crítica política y el análisis moral. Castillejo no fue un poeta de una sola faceta, sino un hombre que vivió en los márgenes, y que, en sus escritos, no solo desnudó las debilidades humanas, sino que también abordó las profundas contradicciones de su propio ser.

Conclusión

Cristóbal de Castillejo fue un poeta de frontera, un defensor de la tradición que se vio obligado a adaptar su voz a las exigencias de una época que se encontraba entre el Medievo y el Renacimiento. A través de sus obras, mostró su firmeza en la defensa del verso castellano frente a las influencias italianas, mientras reflexionaba sobre los temas universales de la moralidad, el amor y la vida cortesana. Su figura sigue siendo un referente clave para entender las complejidades de la poesía española del siglo XVI y su evolución hacia el Barroco.


Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Cristóbal de Castillejo (ca. 1490–1550): El último defensor del verso castellano en la Europa del Renacimiento". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/castillejo-cristobal-de [consulta: 5 de febrero de 2026].