Juana de Castilla (1462-1530): La Beltraneja, la Princesa que Desafió aIsabella Católica
Juana de Castilla (1462-1530): La Beltraneja, la Princesa que Desafió a Isabel la Católica
El Origen Controvertido de Juana: ¿Legítima o Ilegítima?
La historia de Juana de Castilla, conocida principalmente bajo el título de Juana la Beltraneja, está marcada desde su nacimiento por un halo de controversia que no solo ha acompañado su vida, sino que también ha influido profundamente en el devenir de la historia de España en el siglo XV. Hija del rey Enrique IV de Castilla y Juana de Portugal, su existencia estuvo siempre envuelta en un debate sobre su legitimidad como heredera del trono, debate que se cimentó en las sospechas de infidelidad que pesaban sobre su madre, Juana de Portugal, y las dudas sobre la virilidad de su padre. Esta controversia, alimentada por las facciones políticas que se disputaban el poder en el reino, convertiría a Juana en una pieza clave en la lucha por el control del trono castellano, una lucha que, finalmente, marcaría su destino.
Juana nació en Madrid en los primeros días de enero de 1462, un momento en el que la dinastía Trastámara estaba lejos de ser un modelo de estabilidad. Enrique IV, su padre, llevaba ya años gobernando un reino fracturado, en el que las facciones nobiliarias luchaban por ganar influencia sobre la corte. Su madre, Juana de Portugal, era la segunda esposa del rey, y aunque su matrimonio con él había sido estratégicamente beneficioso para los intereses de la corona, el vínculo entre ellos no parecía ser particularmente fuerte ni estable. La relación entre Enrique IV y Juana de Portugal, como tantas otras relaciones en la corte medieval, estuvo marcada por las tensiones, las intrigas y las acusaciones de deslealtad.
Desde el momento en que Juana nació, las dudas sobre su paternidad comenzaron a circular. A pesar de que su madre era la reina consorte, las sospechas sobre su fidelidad fueron alimentadas por la creciente influencia de Beltrán de la Cueva, un noble al que muchos acusaban de ser amante de la reina. La cercanía de Beltrán de la Cueva a Juana de Portugal, junto con las frecuentes ausencias de Enrique IV en la corte y su escaso interés por su esposa, hicieron que los rumores de un posible romance entre la reina y el aristócrata se convirtieran en un tema recurrente en las conversaciones de la corte y entre los nobles. Las sospechas alcanzaron su punto álgido cuando los detractores del rey, en especial aquellos alineados con la facción que apoyaba a Isabel de Castilla, hermana de Enrique IV, comenzaron a difundir la idea de que Juana no era hija biológica de Enrique IV, sino de Beltrán de la Cueva.
Este escenario de duda y rumor se convirtió en uno de los pilares fundamentales de la lucha dinástica que marcaría la vida de Juana. Las facciones nobiliarias que se oponían a la legitimidad de Enrique IV aprovecharon cualquier resquicio de incertidumbre para socavar su autoridad, y las acusaciones de ilegitimidad contra Juana fueron una herramienta clave en esta estrategia. Desde su nacimiento, Juana fue vista por muchos como un obstáculo para las aspiraciones al trono de los sectores más poderosos del reino, y su futuro como heredera estuvo plagado de obstáculos impuestos por los intereses políticos que querían apartarla de la sucesión.
El apodo de «la Beltraneja», que ha perdurado a lo largo de los siglos, es uno de los legados más significativos de esta controversia. Aunque este apelativo no aparece en los documentos contemporáneos a su vida, sí se consolidó con el tiempo y, especialmente, a partir del siglo XIX, cuando los historiadores comenzaron a interpretar la figura de Juana a través de los lentes de los relatos de la época, más centrados en la lucha por la legitimidad dinástica que en la realidad de la princesa. En las crónicas medievales, Juana era conocida como Juana la Beltranica, un término más neutral que indicaba una posible conexión con Beltrán de la Cueva, pero sin la carga negativa que la palabra «Beltraneja» llevaba consigo en los relatos posteriores. Este apodo, de hecho, ha sido uno de los puntos de mayor debate historiográfico, ya que muchos argumentan que la estigmatización de Juana como la Beltraneja fue en gran parte producto de una campaña de desprestigio impulsada por los enemigos de su causa, en especial los partidarios de Isabel.
Pero, ¿realmente existe evidencia que confirme la paternidad de Enrique IV sobre Juana? La historiografía ha sido clara al respecto: no hay pruebas concluyentes que demuestren que Juana fuera hija ilegítima, pero tampoco hay pruebas irrefutables que prueben su legitimidad. La falta de documentos, que algunos historiadores sugieren que fueron destruidos deliberadamente, hace imposible llegar a una conclusión definitiva. Sin embargo, la propaganda política jugó un papel fundamental en la creación de esta incertidumbre, ya que los nobles contrarios al reinado de Enrique IV utilizaron cualquier oportunidad para cuestionar la legitimidad de Juana, lo que les permitía deslegitimar el reclamo de la princesa al trono.
El reinado de Enrique IV fue uno de los más convulsos de la historia de Castilla, y la incertidumbre sobre su propia virilidad jugó un papel importante en la perpetuación de las dudas sobre la paternidad de Juana. En su primer matrimonio con Blanca de Navarra, que se celebró en 1444, las crónicas ya mencionaban la falta de consumación del matrimonio, lo que alimentó los rumores sobre la impotencia del rey. Estos rumores fueron avivados por la oposición política, que usó cualquier indicio de debilidad en Enrique IV para cuestionar su capacidad para gobernar y su virilidad. A lo largo de su reinado, los relatos sobre su supuesta impotencia se convirtieron en un tema común en la literatura popular y en las conversaciones de la corte, lo que creó un ambiente propicio para que las dudas sobre la paternidad de Juana se multiplicaran.
La biografía de Enrique IV está llena de contradicciones y misterios. Gregorio Marañón, en su estudio sobre el monarca, sugirió que Enrique IV podría haber sufrido de una disfunción hormonal que afectaba su capacidad reproductiva, lo que podría explicar en parte la falta de consumación de su matrimonio con Blanca de Navarra y las sospechas sobre su capacidad para engendrar un heredero. Aunque los estudios científicos modernos no han podido confirmar de manera rotunda esta hipótesis, los testimonios de la época y las investigaciones posteriores han dejado claro que Enrique IV fue uno de los monarcas más cuestionados de su tiempo, y su figura estuvo rodeada de rumores y controversias.
Por otro lado, la figura de Juana de Portugal, madre de Juana, también fue objeto de críticas y sospechas. Se sabe que Juana de Portugal tuvo varios amantes durante su matrimonio con Enrique IV, y algunos de estos amoríos fueron conocidos por la corte. Entre los más mencionados se encuentran Pedro de Castilla, bisnieto de Pedro I el Cruel, y, por supuesto, Beltrán de la Cueva, a quien se le atribuía una cercanía especial con la reina. Sin embargo, no es raro que en la corte medieval las relaciones extramatrimoniales fueran comunes, y aunque las acusaciones contra la reina fueron amplificadas por la oposición, no debe olvidarse que la infidelidad real era un fenómeno que, en muchos casos, era tolerado o incluso aceptado por la sociedad de la época.
A pesar de todo esto, la falta de pruebas concluyentes sobre la paternidad de Juana ha llevado a muchos historiadores a defender la idea de que Enrique IV era, de hecho, el padre de la infanta, y que las acusaciones contra él fueron parte de una maniobra política para apartar a Juana de la sucesión. Esta postura se apoya en la falta de documentación oficial sobre la paternidad de Juana, lo que podría sugerir que, efectivamente, los documentos que podrían haber confirmado la verdad fueron destruidos para evitar que la situación fuera aclarada.
En resumen, el nacimiento de Juana de Castilla estuvo rodeado de dudas, rumores y especulaciones que perdurarían a lo largo de toda su vida. Su legitimidad, o más bien la falta de certeza sobre ella, fue uno de los factores determinantes en su futuro político, y su historia está marcada por la lucha por la corona de Castilla y por la lucha por su propia identidad y derechos dinásticos. La controversia sobre su paternidad, alimentada por intereses políticos y por las debilidades del reinado de Enrique IV, creó un ambiente en el que las aspiraciones de Juana al trono fueron sistemáticamente socavadas, un escenario que daría lugar a los eventos que definirían su vida.
De la Farsa de Ávila al Pacto de Guisando: El Conflicto Dinástico
La vida de Juana de Castilla, desde su temprana infancia, estuvo marcada por un conflicto dinástico que transformó su existencia en un escenario de disputas políticas y luchas de poder. La incertidumbre sobre su legitimidad, combinada con las tensiones en la corte de Enrique IV, generó un clima de inestabilidad que sería alimentado por la ambición de nobles y facciones políticas contrarias al monarca castellano. En este contexto, Juana pasó a ser una pieza clave en la lucha por la sucesión al trono de Castilla, aunque, a pesar de sus esfuerzos, su futuro se vería truncado por los intereses de aquellos que no reconocían su derecho legítimo al trono.
El proceso que llevaría a Juana a ser excluida de la sucesión no comenzó de forma inmediata, pero fue en los años posteriores a su nacimiento cuando comenzaron a gestarse los elementos que más tarde desencadenarían la crisis dinástica. A pesar de las dudas sobre su paternidad, su posición inicial como heredera al trono parecía estar garantizada. La naturaleza conflictiva de su nacimiento, sin embargo, puso a la joven infanta en el centro de una lucha que involucraba a facciones nobles y políticas que, en última instancia, influirían sobre su destino.
El primer evento significativo que alteró la percepción de Juana como heredera del trono tuvo lugar en 1465, cuando la situación política en Castilla alcanzó un punto crítico. A tan solo tres años de edad, Juana se vio involucrada en lo que sería uno de los episodios más dramáticos del reinado de Enrique IV: la Farsa de Ávila. Este evento fue el resultado de un ambiente de creciente descontento entre los nobles, que se sentían desplazados por los favoritos del rey y la creciente influencia de Beltrán de la Cueva. La facción opositora, encabezada por figuras como Juan Pacheco, Marqués de Villena, y Enrique Enríquez, conde de Alba de Liste, decidió desafiar abiertamente el poder de Enrique IV.
La Farsa de Ávila fue un acto simbólico que pretendía cuestionar la legitimidad del rey y la sucesión de su hija Juana. En este acto, los nobles depusieron una imagen de Enrique IV y proclamaron a su hermano Alfonso, que era entonces el segundo en la línea de sucesión, como el legítimo heredero del trono de Castilla. Esta demostración de desobediencia al rey fue una clara manifestación del rechazo a la figura de Juana como heredera. En este momento, la imagen de Enrique IV como monarca débil y rodeado de intrigas comenzó a tomar fuerza, y la oposición a su gobierno se hizo más evidente.
El ambiente de tensión y desconfianza que se vivió durante esta fase de la historia castellana no solo estaba marcado por los rumores sobre la paternidad de Juana, sino también por la figura de Alfonso, el hermano de Enrique IV, que fue considerado por muchos como el verdadero heredero al trono. Aunque en 1465, Enrique IV parecía haber encontrado un acuerdo con los nobles para que Alfonso fuera proclamado heredero, el destino de este príncipe sufriría un giro trágico. Alfonso, conocido como Alfonso el Inocente, murió en 1468 en circunstancias que aún se consideran inciertas. La muerte prematura de Alfonso dejaba a Juana en una situación aún más precaria, ya que su principal competidor por la sucesión al trono ya no estaba en la escena.
El vacío dejado por Alfonso y las tensiones políticas resultantes de su muerte conducirían a una nueva etapa en la lucha por la sucesión en Castilla. Durante los años de 1465 a 1468, los nobles que se oponían a Enrique IV y su política comenzaron a tomar una serie de decisiones clave que influirían de manera decisiva en la vida de Juana. En este período, las disputas entre las facciones se intensificaron, y la figura de Juana pasó a ser vista como un obstáculo por aquellos que deseaban asegurar el poder para sí mismos. La debilidad del rey, un monarca que no parecía tener el control absoluto de su reino, permitió que las facciones contrarias a su reinado ganaran terreno.
En 1468, el Pacto de Guisando marcaría un punto de inflexión en la historia de Juana de Castilla. Este acuerdo, celebrado en un contexto de creciente presión de los nobles sobre Enrique IV, fue un acto formal en el que el rey, cediendo a las demandas de los poderosos, excluyó a Juana de la sucesión al trono y proclamó a su hermana Isabel como la nueva heredera. Este pacto representó una de las decisiones más significativas en la vida de Juana, ya que su derecho a heredar el trono fue arrebatado de forma definitiva por la acción política de su tía Isabel.
El Pacto de Guisando fue el resultado de un acuerdo entre Enrique IV y Isabel, que se vio forzada a aceptar las condiciones impuestas por los nobles, que favorecían el ascenso de la princesa Isabel al trono. Aunque Isabel fue proclamada heredera en el pacto, la situación de Juana no solo quedó resuelta de manera negativa para ella, sino que también se consolidó el estigma que la acompañaría durante toda su vida: la percepción de que Juana no era la legítima heredera de Castilla.
La formalización de la exclusión de Juana en el Pacto de Guisando no solo significó su derrota en la lucha por la sucesión, sino también el comienzo de un período de lucha interna en Castilla. Mientras Isabel tomaba el control del reino, Juana se convirtió en la figura central de una serie de conspiraciones y enfrentamientos políticos que implicaron a nobles leales a su causa. Los grupos que la apoyaban, como los descendientes de Beltrán de la Cueva, se enfrentaron a las fuerzas isabelinas en una serie de batallas políticas que pusieron a Juana en el centro de la contienda por el trono.
A pesar de la derrota sufrida en Guisando, Juana continuó siendo vista por algunos como la legítima heredera de Castilla. De hecho, muchos de los nobles que seguían fieles a su causa no dudaron en seguir apoyándola en su lucha por recuperar lo que consideraban su derecho legítimo al trono. Sin embargo, el panorama político de Castilla estaba cambiando rápidamente, y el poder de Isabel aumentaba a medida que los años pasaban.
En resumen, los años comprendidos entre la Farsa de Ávila de 1465 y el Pacto de Guisando de 1468 representan un período clave en la historia de Juana de Castilla. Estos eventos marcaron la transformación de la infanta en una figura de conflicto dinástico, rodeada de intrigas y batallas por la legitimidad del trono. La lucha por la sucesión, alimentada por las disputas de poder entre las facciones nobles y la creciente influencia de Isabel, relegó a Juana al papel de una figura excluida, cuya aspiración al trono se desvaneció bajo el peso de las maniobras políticas y las decisiones de los poderosos.
Los Proyectos Matrimoniales y la Excluida Heredera
A partir de los años posteriores al Pacto de Guisando, Juana de Castilla se vio desplazada de la línea de sucesión al trono, pero su vida no estuvo exenta de nuevos intentos de recuperar su estatus y sus derechos. A pesar de la renuncia formal de su padre, Enrique IV, y la proclamación de su tía, Isabel, como heredera de Castilla, la joven princesa fue objeto de diversos proyectos matrimoniales que la involucraron en intrigas políticas, en un contexto de creciente inestabilidad. Los matrimonios que se le ofrecieron, sin embargo, fueron utilizados principalmente como una estrategia para asegurar el apoyo de potencias extranjeras en la lucha por la corona de Castilla, mientras que, en su vida personal, estos compromisos eran imposiciones de intereses ajenos a sus propios deseos.
La situación de Juana tras el Pacto de Guisando de 1468 no solo la relegó a un segundo plano en cuanto a la sucesión, sino que también la colocó en el centro de una serie de negociaciones matrimoniales que fueron vistas como parte de los cálculos políticos de las facciones que la apoyaban. Aunque Isabel ya había sido nombrada heredera, los partidarios de Juana, como Beltrán de la Cueva y sus seguidores, no renunciaron a sus aspiraciones. De hecho, el futuro de Juana estaba íntimamente ligado a los movimientos estratégicos de los nobles que querían ver a la infanta como la reina legítima de Castilla.
El primero de los matrimonios que se propuso para Juana fue el de unirse al rey de Portugal, Alfonso V, quien en ese momento se encontraba en un proceso de expansión y tenía un gran interés en reforzar sus lazos con Castilla. Este matrimonio fue percibido como una forma de consolidar el poder de Juana como heredera en tierras portuguesas, lo que permitiría a Alfonso V tener una fuerte influencia en el reino castellano, dado que su esposa sería una figura con un reclamo legítimo al trono de Castilla.
A pesar de las negociaciones y los acuerdos que se alcanzaron con Portugal, el matrimonio entre Juana y Alfonso V no llegó a concretarse de inmediato, y los intereses políticos que rodearon la figura de la infanta fueron cada vez más complejos. En este contexto, los intentos de Enrique IV de mantener una alternativa a Isabel en la sucesión fueron persistentes, lo que se tradujo en un esfuerzo por casar a Juana con personajes influyentes en la corte europea.
En 1469, mientras Isabel se encontraba comprometida con Fernando de Aragón, Enrique IV promovió el matrimonio de Juana con el rey Alfonso V de Portugal. Sin embargo, las negociaciones se complicaron cuando Isabel se casó con Fernando de Aragón, lo que estableció una nueva dinastía en Castilla y significó un fuerte golpe para los proyectos matrimoniales de Juana. El acuerdo entre Enrique IV y Alfonso V parecía ofrecer una vía para recuperar el poder perdido, pero la rápida consolidación de Isabel y Fernando frustró cualquier intento de impedir el ascenso de la hija de Enrique IV al trono.
El fracaso del matrimonio con Alfonso V fue solo el primero de una serie de fracasos matrimoniales en la vida de Juana. La situación política de Castilla continuaba siendo inestable, y su exclusión de la sucesión al trono se fue haciendo más definitiva con el paso de los años. La intervención de Fernando de Aragón en las negociaciones de Castilla y Portugal fortaleció la causa de Isabel, mientras que la figura de Juana continuó siendo manipulada por las facciones que deseaban que se casara con figuras clave de la monarquía europea.
Para Juana, este tipo de matrimonios eran en su mayoría acuerdos políticos que reflejaban su estatus como instrumento en la lucha dinástica. Mientras que su tía Isabel logró convertirse en reina, Juana se veía obligada a someterse a estas alianzas, que a menudo no representaban la realización de sus propios deseos o aspiraciones. En 1473, otro intento fallido de matrimonio surgió cuando Enrique IV intentó negociar la unión de Juana con el infante Enrique de Aragón, conocido como Enrique Fortuna, sobrino de Juan II de Aragón. Sin embargo, al igual que los intentos anteriores, este matrimonio no se materializó, ya que las fuerzas isabelinas continuaron ejerciendo su influencia, bloqueando cualquier intento de fortalecer el poder de Juana.
A pesar de que Juana fue una figura central en los intentos de reforzar la legitimidad de su posición, sus matrimonios proyectados se vieron empañados por la intriga política. Las constantes luchas por el poder en Castilla reflejaron cómo los intereses de la nobleza y la monarquía internacional se anteponían a los derechos de la infanta. Cada uno de estos matrimonios estaba diseñado no solo para asegurar su posición, sino también para asegurar los intereses de aquellos que aún la apoyaban en su lucha por el trono. Sin embargo, al final, los intentos de matrimonio fueron más una forma de control político que una oportunidad de empoderar a Juana.
En 1474, la situación de Juana como heredera se volvió aún más incierta después de la muerte de Enrique IV, cuando su hermana Isabel fue proclamada reina. La proclamación de Isabel como reina no solo consolidó su poder en Castilla, sino que también destruyó las posibilidades de Juana de ser reconocida como heredera legítima. A pesar de ello, Juana continuó siendo un personaje clave en las intrigas políticas de la época, y su figura fue utilizada como una excusa para que muchos de los nobles de Castilla se alinearan con Portugal en un intento por socavar el poder de Isabel.
Tras la muerte de Enrique IV y la consolidación del poder de Isabel, Juana ya no fue considerada como una amenaza seria para la corona de Castilla, pero su vida seguía marcada por los acuerdos matrimoniales que se habían hecho en su nombre. En sus años de juventud, Juana pasó de un matrimonio fallido a otro, siendo continuamente objeto de decisiones políticas y estrategias matrimoniales que no dependían de su voluntad. La historia de Juana de Castilla es, por tanto, una historia de frustración personal y política, donde los intereses de la nobleza y las potencias extranjeras se antepusieron a su derecho legítimo de heredar el trono.
A pesar de todo, Juana continuó siendo una figura de importancia para los partidos que seguían reclamando la legitimidad de su causa. La guerra civil encubierta entre Castilla y Portugal se desató como una forma de dirimir la disputa sobre la sucesión al trono, y Juana fue utilizada como una pieza en este enfrentamiento, que culminaría con la derrota de sus aspiraciones.
En resumen, los intentos matrimoniales en la vida de Juana fueron una serie de maniobras políticas que reflejaron la compleja realidad de Castilla en la segunda mitad del siglo XV. Juana nunca fue una protagonista en la definición de su propio destino, ya que sus proyectos matrimoniales fueron siempre subordinados a los intereses de las facciones que la utilizaban como herramienta para sus propios fines. Esta etapa de su vida marcó su destino como una figura que, a pesar de sus derechos legítimos, quedó atrapada en una red de intrigas que la relegaron de la historia oficial.
La Guerra Civil Encubierta: Juana en Portugal
El período posterior a la muerte de Enrique IV de Castilla, en 1474, y la proclamación de Isabel como reina, marcó un punto decisivo en la vida de Juana de Castilla. Mientras Isabel consolidaba su poder en Castilla, Juana se refugiaba en Portugal, donde su situación pasaba de ser la de una aspirante al trono a la de una princesa relegada, atrapada entre las intrigas políticas y los intereses de las potencias extranjeras. En este contexto, Juana se convirtió en una figura clave en una lucha que, más allá de sus deseos personales, reflejaba las tensiones entre dos grandes coronas ibéricas: Castilla y Portugal.
El Matrimonio con Alfonso V de Portugal
El primer gran proyecto que permitió a Juana mantener viva la esperanza de recuperar el trono castellano fue su matrimonio con Alfonso V de Portugal. A pesar de que el pacto con el rey portugués no se concretó antes de la muerte de Enrique IV, Juana siguió siendo vista como una pieza clave en los planes de Portugal para disputar la corona de Castilla a Isabel. En este contexto, la figura de Juana fue utilizada estratégicamente por Portugal, ya que su matrimonio con el monarca portugués le otorgaba una base de apoyo en la lucha por la legitimidad dinástica de Castilla.
En marzo de 1475, Alfonso V cruzó la frontera hacia Castilla y se dirigió al reino castellano con la intención de celebrar su matrimonio con Juana. Este acto fue considerado por muchos como el inicio de una guerra civil encubierta entre Castilla y Portugal, ya que el compromiso matrimonial no solo representaba una alianza dinástica, sino también un desafío directo a la autoridad de Isabel. Juana y Alfonso V se casaron el 29 de mayo de 1475 en Plasencia, en un acto que fue legitimado por el Papa con la emisión de dos bulas papales en 1477 y 1478 debido al parentesco cercano entre los contrayentes.
Este matrimonio, que tuvo el apoyo de una parte significativa de la nobleza castellana y portuguesa, representó un intento claro por parte de Portugal de lograr una doble coronación: la de Juana como reina de Castilla y la de Alfonso V como rey consorte. La intención de Portugal era, por un lado, reforzar su influencia en el reino castellano, y por otro, desafiar abiertamente el poder de Isabel, quien a pesar de su proclamación como reina de Castilla, aún no gozaba de un control absoluto sobre todo el territorio.
La Guerra de Sucesión Castellana y la Batalla de Toro
La situación en Castilla se convirtió rápidamente en una guerra civil, en la que se disputaba la legitimidad de Isabel y el derecho de Juana a la corona. Aunque Juana no participó directamente en los combates, su figura se convirtió en el eje central de un conflicto bélico que enfrentó a los partidarios de Isabel y Juana. En realidad, el conflicto no fue entre las dos hermanas, sino entre los seguidores de ambas, que se alinearon con las grandes potencias europeas, como Portugal y Aragón, en lo que fue, de facto, una guerra de sucesión encubierta.
Uno de los momentos más cruciales de este enfrentamiento fue la batalla de Toro (1476), en la que las tropas de Isabel se enfrentaron a las fuerzas de Alfonso V de Portugal. La batalla fue decisiva en la medida en que resultó en una clara victoria para las fuerzas isabelinas, lo que marcó la derrota definitiva de Portugal en su intento de asegurar la corona para Juana. La victoria de Isabel sobre los portugueses consolidó su poder en Castilla, pero el conflicto dejó una huella profunda en la relación entre Castilla y Portugal.
A pesar de la derrota de Portugal en la batalla, Juana no abandonó su aspiración a recuperar el trono. Se refugió en Portugal, donde fue tratada con el respeto que merecía una princesa de sangre real. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba y la causa de Juana perdía fuerza, su posición se volvió cada vez más precaria. La intervención de Fernando de Aragón y el apoyo de Isabel en la consolidación de la paz con Portugal significaron que Juana ya no contaba con el mismo respaldo de los nobles y la corte lusa.
El Tratado de Alcáçovas y la Renuncia de Juana
El Tratado de Alcáçovas, firmado el 4 de septiembre de 1479, fue el acuerdo que puso fin a las hostilidades entre Castilla y Portugal. Este tratado, que significó la paz entre los dos reinos, estableció la renuncia formal de Juana a sus derechos sobre la corona de Castilla a cambio de una dote y ciertos privilegios. El acuerdo también estipulaba que Juana debía permanecer en Portugal y, si no contraía matrimonio con Juan de Castilla, hijo de Isabel, debía ingresar en un convento. De esta manera, el destino de Juana quedó sellado: su aspiración al trono de Castilla fue eliminada de forma definitiva, y la princesa se vio obligada a vivir el resto de su vida enclaustrada en un convento.
La Vida Religiosa en Portugal
El acuerdo que resultó del Tratado de Alcáçovas y la posterior renuncia de Juana a su derecho al trono no significaron el fin de su vida en Portugal. Después de la firma del tratado, Juana se retiró a la vida religiosa, como lo estipulaba el acuerdo, y entró en el convento de Santa Clara de Santarém el 5 de noviembre de 1479. Durante el noviciado, se dedicó a la vida monástica, alejándose de los asuntos mundanos y de las disputas dinásticas que habían marcado su vida. Aunque su vida religiosa fue tranquila y en muchos aspectos una liberación de las tensiones políticas que la habían acosado, la figura de Juana continuó siendo vista con interés tanto en Portugal como en Castilla.
La princesa fue conocida por sus compañeras de convento como «A Excelente Freira» (La Excelente Hermana), un título que más tarde se transformó en «A Excelente Senhora» (La Excelente Señora), y que refleja el respeto que se le tenía en su nuevo entorno. A pesar de su retiro de la vida política, la figura de Juana continuó siendo utilizada como un símbolo de la legitimidad de la causa de los enemigos de Isabel. Sin embargo, en Portugal, la infanta fue tratada con una dignidad que la distinguió de otras figuras de la corte, y su vida religiosa fue respetada por los monarcas portugueses.
En los últimos años de su vida, Juana se mantuvo apartada de la política, pero no exenta de algunos intentos de matrimonio que pretendían utilizarla nuevamente como una herramienta política. Las propuestas de matrimonio llegaron incluso de Fernando el Católico, quien, tras la muerte de Isabel, pensó en casarse con ella para asegurar la fidelidad de Castilla a su causa. Sin embargo, Juana siempre rechazó estas ofertas, permaneciendo fiel a su elección de vida religiosa.
Juana de Castilla falleció en Lisboa el 28 de julio de 1530. Su vida, marcada por la lucha por la corona de Castilla, la inestabilidad política y las intrigas matrimoniales, concluyó en la paz del monasterio, donde pudo finalmente escapar de los tormentos que le habían acompañado desde su infancia.
Últimos Años en Portugal: El Descanso en el Monasterio y su Legado
Después de la derrota definitiva de sus aspiraciones al trono de Castilla, Juana de Castilla inició una nueva etapa en su vida, marcada por la reclusión monástica, el silencio político y la renuncia a las luchas dinásticas que habían consumido su juventud. Sin embargo, esta fase no estuvo exenta de episodios singulares que revelan la importancia simbólica que la princesa mantuvo para la política ibérica hasta sus últimos días.
El retiro en Santa Clara: una vida religiosa impuesta
El Tratado de Alcáçovas (1479) estableció condiciones estrictas para poner fin a la guerra de sucesión castellana. Entre ellas, se encontraba la obligación de Juana de elegir entre dos opciones: contraer matrimonio con el príncipe Juan, hijo de Isabel la Católica y heredero de la Corona, o ingresar en una orden religiosa y renunciar formalmente a sus derechos dinásticos. La primera opción fue una maniobra diplomática diseñada para sellar la paz entre las dos ramas de la familia, pero el proyecto nunca llegó a concretarse. El príncipe Juan era todavía un niño y la unión habría requerido años de espera, mientras que la causa de Juana se debilitaba cada vez más. Ante esta perspectiva, la princesa aceptó el camino del convento, una decisión que, aunque en apariencia obedecía a la resignación, también puede interpretarse como un acto de dignidad frente a la imposición política.
El 5 de noviembre de 1479, Juana ingresó en el Monasterio de Santa Clara de Santarém, donde profesó como clarisa tras cumplir el año de noviciado. Este monasterio, situado en el corazón de Portugal, se convirtió en su refugio durante más de dos décadas. Allí adoptó una vida austera y contemplativa, marcada por la oración y las obras de caridad, que contrastaba radicalmente con la agitada existencia que había llevado en su niñez y adolescencia. A pesar de la renuncia pública a sus derechos, Juana nunca dejó de considerarse la legítima reina de Castilla, y en el ámbito portugués mantuvo el título honorífico de “Rainha de Castela”, desafiando de manera simbólica la autoridad de su tía Isabel.
El sobrenombre de “A Excelente Senhora”, que le fue otorgado por el cronista Rui de Pina, refleja la consideración y el respeto que se le dispensaba en Portugal. Esta designación reemplazó progresivamente al apelativo despectivo de “la Beltraneja”, que había surgido en Castilla como parte de la propaganda isabelina. En el convento, Juana cultivó una reputación de mujer piadosa, virtuosa y caritativa, características que contribuyeron a suavizar la imagen que sus enemigos habían proyectado sobre ella.
La vigilancia de Isabel y las sospechas persistentes
A pesar de su vida en clausura, Juana no estuvo completamente libre de control. Isabel la Católica, consciente del peligro que representaría cualquier intento de reactivación de la causa juanista, ordenó que la princesa fuera vigilada de cerca. Agentes castellanos se mantuvieron durante años atentos a los movimientos de Juana, e incluso se establecieron disposiciones diplomáticas para impedir su fuga del convento. Las capitulaciones del tratado eran claras: Juana no debía abandonar Portugal ni volver a aspirar al trono. Sin embargo, el mero hecho de que existiera un grupo de nobles dispuestos a utilizar su nombre en conspiraciones justificaba la estricta vigilancia.
En paralelo, la propia corte portuguesa, bajo el reinado de Juan II, tampoco se mostró completamente desinteresada en la figura de Juana. Aunque el rey respetó las cláusulas del tratado, se sabe que en determinados momentos consideró la posibilidad de utilizarla como elemento de negociación frente a Castilla. No obstante, la estabilidad interna del reino portugués y la consolidación del poder de los Reyes Católicos hicieron que estos proyectos nunca se materializaran.
Intentos de rescatarla para la política matrimonial
Uno de los aspectos más curiosos de la vida de Juana en el convento es que, aun después de su profesión religiosa, continuó recibiendo propuestas de matrimonio. Algunas de estas ofertas procedían de intereses políticos desesperados que buscaban reactivar la antigua guerra de sucesión. Poco antes de su entrada en Santarém, diplomáticos franceses habían planteado su matrimonio con el delfín Carlos, hermano del rey Luis XI, como una estrategia para reforzar la alianza franco-castellana. Este proyecto se frustró por la falta de apoyo portugués y por la rápida evolución de la política europea.
Más sorprendente aún fue la propuesta que, décadas después, hizo Fernando el Católico, ya viudo de Isabel, con el fin de casarse con Juana. El objetivo era recuperar la unidad dinástica frente a las crecientes ambiciones de Felipe el Hermoso y su esposa, Juana I de Castilla (conocida como Juana la Loca), hija de los Reyes Católicos. La idea de que Fernando considerara a su sobrina como una opción viable demuestra la persistencia del prestigio dinástico de Juana, incluso tras más de veinte años de vida religiosa. No obstante, ella rechazó categóricamente la oferta, manteniendo su voto monástico.
Otras tentativas incluyeron propuestas procedentes de Navarra, concretamente del rey Francisco Febo, que buscaba frenar la anexión de su reino mediante una alianza con la antigua pretendiente castellana. Todas estas iniciativas fracasaron, bien por la oposición portuguesa, bien por la firme decisión de Juana de no abandonar la vida conventual.
Del claustro al palacio: últimos años en Lisboa
A comienzos del siglo XVI, Juana abandonó el convento para trasladarse a Lisboa, donde se le concedió residencia en el Palacio de la Alcazaba. Este cambio no implicó un retorno a la vida política, pero sí un alivio en la austeridad del claustro. En la capital lusa, Juana mantuvo una pequeña corte, compuesta por damas de compañía y servidores, y gozó de ciertos privilegios, como una pensión otorgada por la corona portuguesa. Aun así, nunca renunció al título de reina de Castilla, que siguió utilizando hasta su muerte, como un recordatorio silencioso de lo que pudo haber sido.
En esta etapa, Juana se dedicó a obras de beneficencia, manteniendo su reputación de mujer virtuosa. La correspondencia diplomática de la época revela que su figura seguía siendo motivo de especulación en algunos círculos, pero la realidad es que su papel en la política había quedado reducido a un mero símbolo.
Muerte y memoria histórica
Juana de Castilla falleció en Lisboa el 28 de julio de 1530, a los 68 años de edad. Fue sepultada en el Monasterio de Santa Clara, el mismo espacio que había marcado su retiro espiritual. Su muerte pasó casi desapercibida en los reinos peninsulares, eclipsada por los grandes acontecimientos que transformaban Europa: el reinado de Carlos V, la expansión ultramarina y las reformas religiosas. Sin embargo, su figura nunca desapareció del todo del imaginario histórico, y su nombre continuó evocando la tragedia de una mujer utilizada como peón en la lucha por el poder.
El legado de Juana: entre la leyenda y la historia
El recuerdo de Juana la Beltraneja ha estado condicionado por la propaganda de los vencedores. La historiografía tradicional, dominada por la glorificación de los Reyes Católicos, la presentó como un personaje secundario, reducido a la caricatura de una princesa ilegítima. Sin embargo, investigaciones recientes han revisado esta visión, subrayando la injusticia de una narrativa que omitió deliberadamente la complejidad de su vida. Hoy sabemos que Juana fue víctima de una doble opresión: la de una sociedad que restringía el papel de las mujeres y la de un sistema político que instrumentalizaba su identidad.
Lejos de la imagen frívola o pasiva que transmitieron algunas crónicas, Juana demostró una notable capacidad de resistencia. Aceptar el claustro, rechazar matrimonios forzados y mantener hasta el final el título de reina de Castilla son gestos que revelan dignidad y firmeza. Su historia, además, invita a reflexionar sobre las estrategias de propaganda que definieron la política bajomedieval y sobre el papel que desempeñaron las mujeres en los procesos de consolidación monárquica.
Hoy, la figura de Juana de Castilla suscita un interés renovado entre historiadores y novelistas, no solo por el dramatismo de su destino, sino porque encarna las tensiones de una época en la que el poder se decidía tanto en los campos de batalla como en los espacios íntimos del matrimonio y la maternidad.
MCN Biografías, 2025. "Juana de Castilla (1462-1530): La Beltraneja, la Princesa que Desafió aIsabella Católica". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/castilla-juana-de [consulta: 5 de febrero de 2026].
