Juan Álvarez Mendizábal (1790–1853): El Reformista Liberal que Transformó la Hacienda y la Propiedad en la España del Siglo XIX

Contexto histórico y raíces familiares

España a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX

La biografía de Juan Álvarez Mendizábal se inserta en uno de los momentos más convulsos de la historia de España: el tránsito del Antiguo Régimen a la sociedad liberal. Nacido en Cádiz el 25 de febrero de 1790, su vida abarcó el ocaso del absolutismo borbónico, la irrupción del constitucionalismo, las guerras civiles carlistas y la emergencia de nuevos actores sociales. Cádiz, su ciudad natal, fue en sí misma un símbolo de cambio: una ciudad portuaria, cosmopolita y liberal, convertida en baluarte de la resistencia contra Napoleón y cuna de la Constitución de 1812.

Durante la infancia de Mendizábal, España sufría las consecuencias del colapso económico del Imperio y del desgaste del absolutismo. La Guerra de la Independencia (1808–1814) marcaría profundamente su generación, abriendo paso a un ciclo de pronunciamientos militares, constituciones efímeras y reformas frustradas. Este clima de inestabilidad sería tanto un obstáculo como una oportunidad para alguien con el pragmatismo y el olfato político-financiero de Mendizábal.

Orígenes judíos y ambiente familiar

Proveniente de una familia modesta, Juan Álvarez de Mendizábal era hijo de Rafael Álvarez Montañés y Margarita Méndez, comerciantes dedicados al negocio de trapos. Su entorno familiar estaba claramente ligado al mundo mercantil, lo que le permitió familiarizarse desde muy joven con el lenguaje de los balances, las operaciones de crédito y el comercio exterior. De ascendencia judía sefardí, Mendizábal fue consciente desde sus primeros años de la tensión entre los prejuicios del viejo orden social y las oportunidades que ofrecía la economía emergente.

El cambio de su segundo apellido, de Méndez a Mendizábal, no fue casual. Se trató de una decisión estratégica para disimular su ascendencia judía, en una España donde los conversos aún eran objeto de sospecha y discriminación. Este gesto revela tanto su astucia como la persistente sombra del antisemitismo en la España del siglo XIX.

Formación y primeros pasos en la administración

Aprendizaje en el sector financiero y militar

Mendizábal no recibió una educación universitaria tradicional. Su formación fue práctica y autodidacta, basada en el comercio, el cálculo y el dominio de idiomas extranjeros. Ingresó muy joven como empleado en un banco y pronto destacó por su capacidad para los números y los negocios. Durante la Guerra de la Independencia, se integró en la Administración militar del ejército del Centro como funcionario encargado de los suministros y logística. Su eficiencia en estas tareas lo hizo destacar, aunque también sufrió en carne propia los vaivenes del conflicto: fue capturado en dos ocasiones, aunque logró escapar ambas veces.

Este temprano contacto con el mundo militar y burocrático dejó una huella indeleble en su visión del Estado: para Mendizábal, la administración debía ser eficaz, racional y estar al servicio de un proyecto reformista. Su experiencia como comisario de guerra honorario en 1817 consolidó su perfil como gestor público, combinando la visión empresarial con una incipiente conciencia política.

Influencia de Bertrán de Lis y la masonería

Una figura clave en su ascenso fue Vicente Bertrán de Lis, influyente financiero liberal con quien Mendizábal colaboró estrechamente. Aceptó un empleo bajo su tutela y más tarde se convirtió en su socio. A través de Bertrán de Lis, entró en contacto con las elites liberales gaditanas, especialmente aquellas que militaban en logias masónicas como el Taller Sublime, a la que también pertenecían Francisco Javier de Istúriz y Antonio Alcalá Galiano. La masonería, más allá de su mística, funcionaba como una red de afinidades políticas y económicas, facilitando alianzas que serían decisivas en la carrera de Mendizábal.

Estos círculos compartían una visión transformadora de España: aspiraban a modernizar el Estado, racionalizar la economía y construir un orden basado en la libertad individual, el laicismo y la propiedad privada. Aunque nunca se consideró un ideólogo, Mendizábal absorbió estos ideales desde una perspectiva eminentemente práctica: para él, la libertad no era una abstracción, sino un instrumento para desbloquear el crecimiento económico.

Del comercio a la revolución

De empresario a revolucionario

En la década de 1810, Mendizábal consolidó su posición como proveedor del ejército en Andalucía, lo que le permitió acumular una fortuna inicial y ampliar su red de contactos. Al mismo tiempo, su implicación con sectores revolucionarios fue creciendo. En un entorno marcado por el descontento con la monarquía de Fernando VII, Mendizábal fue un actor clave en la conspiración que desembocó en el pronunciamiento de Rafael del Riego en 1820.

La paradoja de su biografía es reveladora: un empresario que financiaba revoluciones; un banquero que apostaba por el derrumbe del orden absolutista. Su lógica era simple: el absolutismo era un obstáculo para el libre comercio, la innovación y la circulación de capital. En ese sentido, la revolución no era para Mendizábal una cuestión de ideales románticos, sino una necesidad económica y administrativa.

Papel en el pronunciamiento de Riego (1820)

Durante la expedición militar enviada por Fernando VII a América para sofocar las independencias, Mendizábal fue designado proveedor de la misión militar, cargo que aprovechó para canalizar fondos, armas y logística al levantamiento planeado por Riego. Desde el 27 de enero hasta el 4 de marzo de 1820, acompañó a la tropa insurgente, firmando documentos como comisario de guerra y participando activamente en la estrategia del pronunciamiento.

El éxito inicial de Riego, que obligó al rey a restaurar la Constitución de 1812, marcó la entrada oficial de Mendizábal en la historia política de España. No obstante, durante el Trienio Liberal (1820–1823) evitó asumir cargos públicos, prefiriendo mantenerse en un discreto segundo plano, probablemente por su temperamento pragmático y su desconfianza hacia los personalismos ideológicos.

Sin embargo, su implicación en la defensa de las Cortes y en el abastecimiento de Cádiz durante el avance de los absolutistas lo convirtió en objetivo del régimen. Cuando en 1823 las tropas de la Santa Alianza restauraron el absolutismo en España, Mendizábal huyó a Gibraltar y de allí al exilio en Londres, condenado a muerte por su participación en la causa liberal.

Exilio, redes liberales y negocios internacionales

Londres y la diáspora liberal

Tras su exilio en 1823, Juan Álvarez Mendizábal se instaló en Londres, epicentro de la emigración liberal española. Allí, su situación inicial fue precaria: sufrió prisión por deudas, una experiencia que no tardó en revertir gracias a su tenacidad y sentido comercial. Rápidamente se reinsertó en el mundo de los negocios, dedicándose a la importación de vinos españoles y creando una red de amigos, socios y familiares con los que planeaba un eventual regreso al poder.

Durante esta etapa, Mendizábal demostró una notable capacidad para combinar actividad empresarial con estrategia política internacional. Su residencia en Londres no fue una retirada, sino una plataforma desde la cual influir en los asuntos ibéricos. Estableció contactos con banqueros británicos, diplomáticos y exiliados políticos que lo convirtieron en una figura clave dentro de los círculos que aspiraban a reinstaurar el constitucionalismo en la península.

Apoyo a movimientos constitucionalistas

Uno de los episodios más relevantes de esta fase fue su apoyo al emperador Pedro I de Brasil, quien requería financiación para organizar una expedición militar destinada a devolver el trono de Portugal a su hija, María II. Mendizábal consiguió el crédito necesario y, como agradecimiento, fue nombrado Primer Secretario por la reina restaurada. Este cargo honorífico reforzó su prestigio internacional y le permitió afianzarse como interlocutor entre los gobiernos liberales europeos.

Además, participó en otras operaciones clandestinas, como la expedición de Vera (1830), en la que actuó junto a banqueros franceses como Ardouin, y en la organización de una fuerza militar para intervenir en los conflictos constitucionales en Bélgica. Estas actividades lo colocaron en el corazón de las conspiraciones liberales paneuropeas, consolidando su imagen como financiero revolucionario.

El regreso al poder: revolución y reformas

Ministerio de Hacienda y Presidencia del Consejo (1835-1836)

La oportunidad de regresar a España llegó en 1835, cuando el liberal moderado Toreno asumió la Presidencia del Gobierno bajo la regencia de María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII. La situación era crítica: el país estaba sumido en la Primera Guerra Carlista, y el Estatuto Real de 1834 había fraccionado el liberalismo. Toreno llamó a Mendizábal para que se hiciera cargo del Ministerio de Hacienda, esperando que su carisma, radicalismo reformista y perfil técnico permitieran contener la revuelta.

En septiembre de ese año, tras la dimisión de Toreno, Mendizábal fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros. En sus dos Exposiciones del 15 y 28 de septiembre presentó un ambicioso programa:

  • consolidación del apoyo parlamentario,

  • reforma del clero regular,

  • finalización de la guerra carlista,

  • eliminación de la deuda pública.

Su visión se basaba en una reestructuración integral del sistema fiscal, militar y eclesiástico, que permitiera modernizar el Estado español sobre bases liberales.

La desamortización eclesiástica

Uno de los pilares de su gobierno fue la desamortización de los bienes eclesiásticos, una medida sin precedentes. El 23 de octubre de 1835 firmó un decreto que preveía la leva de 100.000 hombres para terminar la guerra civil, financiada inicialmente por un empréstito inglés que fracasó debido a la especulación. Se recurrió entonces al reclutamiento forzoso, lo que provocó fuertes tensiones sociales.

El golpe de efecto llegó con los decretos de febrero y marzo de 1836, que ordenaban la venta de los bienes de las órdenes religiosas extinguidas y la supresión de las corporaciones de clérigos regulares. Esta operación, conocida como primera desamortización de Mendizábal, tenía objetivos múltiples:

  • Reducir la deuda pública, permitiendo el pago en títulos de deuda consolidada.

  • Movilizar tierras improductivas para aumentar la productividad agrícola.

  • Transferir poder económico de la Iglesia a la burguesía liberal.

La medida fue revolucionaria, aunque no exenta de contradicciones. Mientras el gobierno ganaba el apoyo de los nuevos propietarios, especialmente banqueros y grandes terratenientes, quedaba en evidencia que la reforma favorecía más a los potentados que a los campesinos o medianos agricultores. Aun así, la desamortización marcó un punto de no retorno en el proceso de secularización del Estado español.

El fracaso de su primer mandato

Obstáculos políticos y militares

A pesar del entusiasmo inicial, pronto quedó claro que las reformas de Mendizábal enfrentaban resistencias estructurales. La imposibilidad de asegurar el empréstito exterior complicó la financiación de la guerra. La reorganización del Ejército encontró obstáculos logísticos y políticos. Y la reforma del Estatuto Real, que debía armonizar a los distintos sectores liberales, nunca se concretó.

Además, las críticas internas aumentaron. Aunque era percibido por los radicales como el “Cromwell español”, su partido real no era el del pueblo revolucionario, sino el de los negociantes y banqueros. La confianza que las Cortes le otorgaron en enero de 1836 pronto se erosionó. La oposición le acusó de vender humo, de carecer de una verdadera estructura partidista y de gobernar de forma personalista.

Dimisión forzada y pérdida de confianza de la Regente

En mayo de 1836, Mendizábal presentó su dimisión, aún conservando la mayoría parlamentaria. La Regente María Cristina había retirado su confianza simbólicamente al rechazar los relevos militares propuestos por su gobierno. Este gesto fue interpretado como una pérdida definitiva de respaldo institucional, y selló su salida del poder.

El balance de su primer mandato fue ambiguo: por un lado, había introducido el germen de un nuevo Estado liberal; por otro, había fracasado en consolidarlo institucionalmente. Sin embargo, la llama de su reforma no se extinguió. En pocos meses, un nuevo episodio revolucionario le daría una segunda oportunidad para retomar su agenda.

Segunda etapa en el poder y consolidación del reformismo

El motín de La Granja y retorno con Calatrava (1836–1837)

El verano de 1836 trajo consigo un nuevo giro en la política española. El descontento popular y la frustración de los sectores progresistas con el rumbo del régimen provocaron el resurgimiento del movimiento juntista. Mientras tanto, Mendizábal, lejos de la primera línea política, mantenía contacto estrecho con los sectores más radicales del liberalismo, particularmente con José María Calatrava.

El 12 de agosto de 1836, un grupo de sargentos del Real Sitio de La Granja, probablemente instigados —según algunas fuentes, incluso sobornados— por Mendizábal y sus aliados, se amotinó y obligó a la reina regente a aceptar un gobierno radical. Esta revuelta forzó la restauración de la Constitución de 1812 y el regreso de la Milicia Nacional. Con Calatrava en la Presidencia, Mendizábal volvió al Ministerio de Hacienda, dispuesto a retomar las reformas que había iniciado un año antes.

Quinta militar y nueva ley desamortizadora

Con el conflicto carlista aún activo, Mendizábal organizó una nueva leva de cincuenta mil soldados, conocida como la quinta Mendizábal, que debía reforzar al ejército liberal. En paralelo, transformó la Milicia Nacional en un cuerpo de reserva permanente en todas las cabeceras de partido, buscando dar mayor estabilidad al sistema defensivo del Estado.

En el ámbito fiscal, la medida más significativa fue la promulgación de la Ley de Desamortización del 29 de julio de 1837, que ampliaba el proceso anterior. Esta vez, la desamortización afectaba a los bienes del clero secular, además de los ya expropiados de las órdenes regulares. Se declaraban bienes nacionales y se suprimía el sistema del diezmo, una institución medieval que gravaba la producción agrícola en beneficio de la Iglesia.

El impacto de esta segunda fase de la desamortización fue aún más profundo que el de la primera. Aunque diseñada como un mecanismo para sanear la Hacienda y sostener el esfuerzo bélico, en la práctica contribuyó a consolidar una nueva élite agraria liberal y a acelerar la secularización de la propiedad. Sin embargo, los beneficios no llegaron a las clases populares, que quedaron excluidas del acceso a las tierras por falta de capital y redes clientelares.

El 18 de agosto de 1837, Mendizábal publicó una extensa Memoria, donde sistematizaba su pensamiento hacendístico. En ella, defendía un Estado que promoviera la propiedad libre, eliminara privilegios corporativos y modernizara la fiscalidad. Su visión, aunque técnica, tenía una profunda dimensión ideológica: creía que sin una transformación económica no era posible consolidar el régimen liberal.

Últimos años de vida pública

Alternancia entre poder y exilio

Pese a los esfuerzos de Mendizábal, las turbulencias políticas impidieron la estabilidad necesaria para completar su obra. En los años posteriores a 1837, España vivió una alternancia constante entre gobiernos moderados y progresistas, cada uno con visiones divergentes sobre la velocidad y profundidad de las reformas. Mendizábal, aunque vinculado al Partido Progresista, fue quedando al margen de las decisiones centrales, aunque nunca desapareció del todo del escenario.

Durante los años 1837 a 1841, fue elegido diputado por múltiples circunscripciones —Madrid, Cádiz, Albacete, Murcia, entre otras—, optando sucesivamente por diferentes escaños. Su actividad parlamentaria fue intensa, y su prestigio como reformista se mantenía alto en los sectores progresistas, aunque también comenzaban a aparecer críticas por su excesivo pragmatismo.

En 1843, durante el breve gobierno del general Álvaro Gómez Becerra, bajo la regencia de Espartero, Mendizábal volvió a ocupar el Ministerio de Hacienda. Sin embargo, su margen de maniobra era escaso. España se encontraba al borde de una nueva guerra civil entre militares progresistas y moderados. Espartero cayó tras una insurrección, y el país volvió a manos de los moderados, liderados ahora por Ramón María Narváez.

Este nuevo giro lo obligó a exiliarse nuevamente. Pero su situación era distinta: ya no era el joven banquero revolucionario, sino una figura veterana, respetada pero políticamente incómoda. Conservó influencia dentro del Partido Progresista, especialmente entre los sectores más institucionalistas.

Actividad parlamentaria constante

En 1847, con un clima político más favorable, regresó a España y volvió a ocupar un escaño en las Cortes, cargo que mantendría hasta su muerte. Aunque su papel ya no era ejecutivo, su figura funcionaba como referente del pasado glorioso del progresismo español. Aportaba legitimidad histórica a un movimiento que se encontraba cada vez más fragmentado entre las corrientes radicales y moderadas.

Durante estos años finales, Mendizábal mantuvo su perfil bajo, dedicado a la labor legislativa y a la consolidación doctrinal de las reformas que había impulsado. Su salud empezó a deteriorarse, y falleció finalmente en Madrid, el 3 de noviembre de 1853, cerrando una vida marcada por la lucha constante entre el ideal de modernización y la realidad convulsa de la política española.

Legado y reinterpretación histórica

El “Cromwell español” y la fractura del liberalismo

A lo largo del siglo XIX, Juan Álvarez Mendizábal fue objeto de interpretaciones contradictorias. Para sus partidarios, fue el gran arquitecto de la modernización del Estado español: un reformista sin miedo, que aplicó sin titubeos medidas que otros solo se atrevían a teorizar. Fue llamado el «Cromwell español», no por su autoritarismo, sino por su decisión de romper con el orden establecido y proponer un nuevo modelo de Estado y sociedad.

Para sus detractores, sin embargo, Mendizábal no fue más que un banquero oportunista, que utilizó el poder para favorecer a su clase social, los comerciantes y financieros liberales. La desamortización, lejos de democratizar la propiedad, habría consolidado un nuevo sistema oligárquico. Esta crítica, formulada ya en vida, se mantuvo viva durante décadas, especialmente entre los historiadores de orientación social y republicana.

Lo cierto es que su figura simboliza las tensiones internas del liberalismo español: entre el ideal revolucionario y la necesidad de pactos; entre la libertad política y las restricciones del mercado; entre el cambio estructural y la continuidad de las desigualdades.

La desamortización como hito histórico

Más allá del juicio político, la desamortización de Mendizábal ha sido reconocida como un hito en la historia de España. Fue la primera gran operación de redistribución de la propiedad desde la Edad Media y marcó el inicio de la secularización real del poder. Sentó las bases para una nueva clase propietaria que sería clave en la consolidación del liberalismo.

Sin embargo, también generó consecuencias contradictorias: el abandono de numerosos bienes culturales, la expulsión de comunidades religiosas que cumplían funciones asistenciales y la exclusión de los sectores populares del proceso de acceso a la tierra. Su impacto fue estructural, pero no siempre igualitario.

Mendizábal encarnó la paradoja del reformismo liberal español: transformador en sus objetivos, limitado en su alcance. Su nombre permanece ligado a uno de los episodios más intensos y definitorios del siglo XIX peninsular. Hoy, su figura sirve tanto para estudiar las raíces del Estado moderno como para reflexionar sobre los desafíos de cualquier proceso reformista en un contexto de profundas tensiones sociales.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Juan Álvarez Mendizábal (1790–1853): El Reformista Liberal que Transformó la Hacienda y la Propiedad en la España del Siglo XIX". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/alvarez-mendizabal-juan [consulta: 29 de enero de 2026].