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Almeida, Guilherme de (1890-1969).

Poeta, ensayista, traductor, abogado y periodista brasileño, nacido en Campinas (São Paulo) el 24 de julio de 1890, y fallecido en São Paulo el 11 de julio de 1969. Dejó una interesante producción poética que, partiendo del Simbolismo, ahonda en la riqueza rítmica y métrica de la lírica tradicional brasileña para acabar adaptando un tono academicista con el que, en sus comienzos, se mostró en desacuerdo el propio autor. Citado, a veces, por su nombre completo de Guilherme de Andrade e Almeida, se le recuerda como a una de las voces más sobresalientes de la poesía brasileña del siglo XX.

Siguiendo los pasos de su progenitor -el prestigioso jurista y profesor de Derecho Estevam de Almeida-, cursó la carrera de Leyes en la Universidad de São Paulo, después de haber completado sus estudios primarios y secundarios en diferentes escuelas e institutos de su Campinas natal y de la gran urbe de São Paulo. Graduado en Ciencias Jurídicas y Sociales en 1912, comenzó a trabajar como abogado a la sombra de su padre, hasta que, en 1923, se trasladó a Río de Janeiro y emprendió allí una brillante carrera periodística. A lo largo de su dilatada trayectoria profesional en este campo, fue redactor de los rotativos O Estado de São Paulo, Folha da Manhã, Folha da Noite, Jornal de São Paulo -del que fue también fundador- y Diário de São Paulo.

Por aquel tiempo, el joven Guilherme de Almeida ya se había dado a conocer como escritor, primero por medio de un ensayo crítico titulado Théâtre brésilien (Teatro brasileño, 1916), escrito en colaboración con José Oswald de Andrade, y, al cabo de un años, merced a la publicación del poemario Nós (São Paulo, 1917), una excelente opera prima que le situó de lleno en la corriente simbolista. La crítica especializada saludó con elogios la aparición de esta nueva voz en el panorama literario brasileño del primer tercio del siglo XX, lo que animó al joven Almeida a publicar otras colecciones poéticas de excelente calidad, A dança das horas (La danza de las horas, 1919) y O livro das horas de sóror Dolorosa (El libro de las horas de sor Dolorosa, 1920). En ambos cancioneros puede apreciarse una clara evolución de Guilherme de Almeida hacia los contenidos románticos, especialmente en el segundo de ellos, donde, en poemas breves y depurados, caracterizados por honda sencillez, se exponen las tribulaciones amorosas de una monja.

Consagrado, a partir de entonces, como una de las grandes revelaciones de la lírica brasileña del momento, el escritor de Campinas -que continuaba compaginando su dedicación a la poesía con su trabajo de abogado, sus labores periodísticas y el desempeño de cargos públicos en el ámbito de la cultura y la educación- se integró perfectamente en los foros artísticos e intelectuales de su país. Inmerso en ellos, antes de su traslado a Río de Janeiro tuvo tiempo de tomar parte activa en la denominada "Modern Art Week" ("Semana del Arte Moderno"), un brioso movimiento creativo que abanderó la lucha contra el academicismo en las artes en Brasil.

A pesar de compartir con los jóvenes artistas e intelectuales de la Semana del Arte Moderno un mismo afán innovador y un deseo común de restar importancia a la cultura académica y oficial, lo cierto es que le poesía de Almeida siempre estuvo más cerca del academicismo clasicista que de la ruptura vanguardista. Y así, tras un intento de crear su propio lenguaje innovador en el poemario titulado A frauta que eu perdi (La flauta que perdí, 1924) -obra en la que, con todo su afán reformista, la libertad del lenguaje no logra encubrir la presencia de temas y motivos de arraigado clasicismo- el poeta de Campinas regresó a los cauces tradicionales con tres poemarios publicados en el mismo año, Meu (Mío, 1925), Raça (Raza, 1925) y A flor que foi um homem: Narciso (La flor que fue un hombre: Narciso, 1925).

En opinión de los principales estudiosos de su producción literaria, Meu es una de las obras maestras de Guilherme de Almeida, habida cuenta de que refleja su auténtica y singular vena lírica, ajena a las modas y corrientes del momento y despojada ya de la necesidad de adoptar voces o gestos característicos de sus compañeros de generación. Por su parte, Raça y A flor que foi um homem: Narciso se ofrecen como muestras palmarias de esa evolución de un poeta que empezó cultivando una estética cercana al Modernismo (bien patente en la vertiente parnasiana y simbolista de Nós), ahondó luego en esa vena romántica que había influido en tantos otros poetas modernistas de Europa y América, y acabó regresando a la pureza y sencillez del verso clásico, con un dominio del ritmo y de la métrica que no tiene nada que ver con los excesos de musicalidad del Modernismo ni los alardes transgresores de la Vanguardia.

Formalmente, su poesía se fundamenta en el ritmo y antepone los efectos sonoros y los juegos verbales a la transcendencia conceptual (una de sus máximas es "no sentir, no pensar, no decir"). Tanto en sus composiciones más vanguardistas e innovadoras como sus poemas más tradicionales, Almeida recurre incesantemente al asonancias internas, aliteraciones, onomatopeyas y otras figuras de dicción que marcan ese ritmo incesante y sostenido. Y, en lo que a los contenidos se refiere, cabe incidir en esa presencia del amor y de otros temas fundamentales en la poesía de cualquier época y lugar, pero también en una intensa proclamación de su fervoroso nacionalismo (patente sobre todo en su etapa modernista).

Tras recoger toda su producción poética anterior en seis volúmenes publicados bajo el título de Toda a poesia (Toda la poesía, 1926), Guilherme de Almeida volvió a los anaqueles de las librerías con una nueva colección de poemas al cabo de tres años. Se trata de Simplicidade (Simplicidad, 1929), obra en la que el poeta de Campinas recuperó su gusto por la perfección formal del verso -en clara oposición a los experimentos vanguardistas del momento-, aunque sin regresar al Parnasianismo formal de sus primeras composiciones.

Hombre de vivas inquietudes sociales y políticas, en 1932 Guilherme de Almeida participó en le Revolución Constitucionalista de São Paulo, y, por mor del extremismo de sus ideas, sufrió persecución y hubo de exiliarse durante un año a Europa. A su regreso a Brasil, continuó desplegando una intensa labor periodística, campo en la que se significó como pionero en el ejercicio de la crítica cinematográfica. Además, cultivó con gran éxito otra singular faceta de su fecunda personalidad artística: la de creador de escudos heráldicos. A su diseño obedecen los escudos oficiales de las ciudades de São Paulo, Petrópolis, Volta Redonda, Londrina, Brasilia -cuyo himno también compuso cuando fue inaugurada-, Guaxupé, Caconde, Iacanga y Embu.

Por si todo esto fuera poco, Guilherme de Almeida brilló también en su condición de traductor. Gran conocedor de las Letras francesas, vertió al portugués Las flores del mal, de Baudelaire, Paralelas, de Verlaine y Entre cuatro paredes, de Sartre, así como la Antígona de Sófocles. También tradujo obras de Paul Géraldy y Rabindranath Tagore.

Miembro de la Academia Brasileña de Letras desde 1930, el escritor de Campinas perteneció también a la Academia Paulista de Letras, al Instituto Histórico y Geográfico de São Paulo, al Seminário de Estudos Galegos de Santiago de Compostela (en Galicia, España) y al Instituto de Coimbra (Portugal). En un concurso de alcance nacional, los lectores del rotativo O Estado de São Paulo le eligieron "Príncipe de los poetas brasileños".

Además de los títulos citados en parágrafos superiores, Guilherme de Almeida fue autor de los poemarios Messidor (1919), Era uma vez (1922), Encantamento (1925), Você (1931), Poemas escolhidos (1931), Acaso (1938), Poesia vária (1947) y Toda a poesia (1953). Y publicó algunos ensayos como Do sentimento nacionalista na poesia brasileira (1926) y Ritmo, elemento de expressão (1926).

Autor

  • J. R. Fernández de Cano.