Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm (1773–1841): El Duque del Infantado entre la Ilustración y la Contrarrevolución

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Contexto histórico y social de la España de finales del siglo XVIII

El Antiguo Régimen y la nobleza española

En la segunda mitad del siglo XVIII, España vivía aún bajo las estructuras del Antiguo Régimen. La monarquía borbónica intentaba modernizar el Estado sin alterar las jerarquías tradicionales que beneficiaban a la alta nobleza. La aristocracia terrateniente, especialmente los Grandes de España, conservaba privilegios jurídicos, económicos y simbólicos que les garantizaban un lugar preeminente en la corte y en la vida política del país. Este contexto histórico definió el entorno en el que nació Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm, uno de los más notables representantes de la nobleza ilustrada pero profundamente reaccionaria del tránsito entre los siglos XVIII y XIX.

El impacto de la Ilustración en la aristocracia

Pese al conservadurismo estructural del sistema, algunas capas de la nobleza acogieron ideas ilustradas con entusiasmo, sobre todo en el ámbito de la educación, la ciencia y la reforma administrativa. El reformismo borbónico —iniciado bajo Carlos III y continuado con contradicciones bajo Carlos IV— fomentó instituciones como las Sociedades Económicas de Amigos del País, que pretendían modernizar la economía agraria y fomentar la industria. Fue en este cruce de tradiciones feudales e ideales ilustrados donde se formó el joven Pedro Alcántara, con una mezcla de cosmopolitismo, afán de modernización y feroz defensa de sus prerrogativas de clase.

Linaje aristocrático y familia del XIII duque del Infantado

Pedro de Toledo y María Ana de Salm-Salm

Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm nació en Madrid en 1773 en el seno de una de las casas nobiliarias más poderosas de España. Su padre, Pedro de Toledo, XII duque del Infantado, descendía de una línea de nobles que se remontaba al siglo XV, emparentada con los Mendoza y los Álvarez de Toledo. Su madre, María Ana de Salm-Salm, pertenecía a una casa principesca alemana, lo que añadió a su linaje un carácter internacional poco común entre los aristócratas españoles. Esta doble herencia le proporcionó una sólida base social y cultural que influiría notablemente en su formación.

La herencia nobiliaria del ducado del Infantado

El ducado del Infantado era más que un título: implicaba la posesión de vastas propiedades, rentas considerables y una posición preeminente en el Consejo de la Grandeza de España. Desde su juventud, Pedro Alcántara fue preparado para asumir este legado. En 1790, con tan solo 17 años, heredó el título tras la muerte de su padre. Su ascenso precoz al frente de la casa ducal coincidió con una época de efervescencia política en Europa, marcada por la Revolución Francesa y el inicio de profundas tensiones internas en la monarquía hispánica.

Formación ilustrada y primeras influencias

La educación francesa y la tutela de Cavanilles

Uno de los aspectos más singulares de la formación del joven duque fue su educación en Francia, poco habitual entre la aristocracia española de la época. Allí fue discípulo del reconocido botánico Antonio José Cavanilles, lo que le proporcionó una orientación hacia el pensamiento científico y el racionalismo ilustrado. Bajo su influencia, Pedro Alcántara desarrolló inquietudes en áreas como la botánica, la economía y la modernización de la industria. Este tipo de formación le distinguía de muchos de sus pares, más inclinados al clasicismo cortesano y la tradición militarista.

Vocaciones tempranas: ciencia, industria y ejército

A su regreso a España, Pedro Alcántara no se limitó a administrar sus propiedades, sino que se implicó en la fundación de empresas fabriles, como la fábrica de hilados de Torrelavega, en Cantabria. Esta iniciativa refleja su interés por aplicar principios ilustrados al desarrollo económico, en línea con los postulados de las Sociedades Económicas. Paralelamente, inició su carrera militar, entendida entonces como una de las vías más honorables y eficaces de servicio al rey y de afirmación del estatus aristocrático.

Primeras campañas militares y ascenso en el ejército

La guerra del Rosellón y la de las Naranjas

Los conflictos bélicos del último tercio del siglo XVIII ofrecieron a Pedro Alcántara la oportunidad de destacar en el campo de batalla. Participó activamente en la guerra del Rosellón (1793–1795), un enfrentamiento entre España y la Francia revolucionaria que puso a prueba la capacidad del ejército borbónico. Posteriormente intervino en la guerra de las Naranjas (1801), conflicto breve pero simbólico en el que España, aliada de Francia, presionó a Portugal. Estas campañas le valieron reconocimiento militar: en 1795 fue nombrado mariscal de campo, y en 1802 ascendió a teniente general, un cargo de enorme relevancia para un aristócrata joven.

De mariscal de campo a teniente general

Su rápida carrera en el ejército no se debió únicamente a méritos militares —su talento estratégico fue siempre cuestionado—, sino también a su influencia política y a su condición de Grande de España. La nobleza seguía siendo una fuente privilegiada de altos mandos militares, lo que aseguraba a figuras como el duque del Infantado un lugar preferente en la jerarquía castrense, incluso sin experiencia destacada en el campo de batalla. Esta posición le permitió asumir roles de liderazgo en momentos clave del periodo napoleónico.

Conflictos iniciales y oposición a Godoy

Alianza con el partido fernandino

A comienzos del siglo XIX, España se encontraba dominada por la figura de Manuel Godoy, el favorito de Carlos IV. Godoy concentraba un poder casi absoluto, lo que generó una fuerte oposición entre sectores cortesanos, militares y aristocráticos. El duque del Infantado fue uno de los principales integrantes del llamado partido fernandino, que defendía los derechos del príncipe Fernando y conspiraba contra la hegemonía de Godoy. Esta militancia le situó en el centro de intrigas palaciegas que marcarían su vida pública.

Destierro a Écija y la Causa del Escorial

Su oposición frontal a Godoy le valió el destierro a Écija, una ciudad andaluza donde permaneció vigilado. Allí fue implicado en la Causa del Escorial (1807), una conjura fallida para derrocar a Godoy y favorecer la entronización de Fernando. Aunque fue absuelto de cargos formales, quedó bajo sospecha hasta que el Motín de Aranjuez (marzo de 1808) cambió el panorama político. Con la caída de Godoy y el ascenso al trono de Fernando VII, Pedro Alcántara fue rehabilitado y recuperó un lugar prominente en la corte, desde donde comenzó una nueva y agitada etapa de protagonismo político.

Desarrollo de su liderazgo político y militar en tiempos de guerra y revolución

El ascenso de Fernando VII y el papel del duque

Bayona y la ambigüedad frente a José I

Tras la proclamación de Fernando VII como rey, Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm acompañó al nuevo monarca en su fatídico viaje a Bayona, donde Napoleón Bonaparte lo forzó a abdicar. Durante este episodio, el duque redactó un parecer sobre la renuncia de la corona, fechado el 29 de abril de 1808, lo que evidencia su participación activa en los dramáticos eventos que pusieron en entredicho la soberanía española. Aunque inicialmente reconoció a José I Bonaparte como rey, posiblemente en un intento de mantener la legalidad institucional, esta postura fue pronto abandonada. A pesar de querer seguir a Fernando VII en su exilio francés, Napoleón le prohibió continuar más allá de Dax, mostrándose receloso de sus intenciones.

El viraje patriótico y la proclamación de Cuenca

En cuestión de meses, Pedro Alcántara rompió con el régimen josefino y se unió a la resistencia patriótica. En diciembre de 1808, desde el cuartel general de Cuenca, emitió una proclama en la que pedía disciplina a sus tropas, al tiempo que amenazaba con renunciar al mando si no cesaban los rumores y actos de indisciplina. Este documento, publicado en el Diario Mercantil de Cádiz, muestra un liderazgo comprometido pero también tenso y cuestionado. Su nuevo rol como comandante en jefe del ejército del Centro lo colocaba en una posición estratégica dentro del esfuerzo bélico contra los franceses.

Comandante del ejército del Centro y controversias

Proclamas, manifiestos y su rivalidad con Venegas

El duque del Infantado intentó legitimar su posición mediante una intensa actividad publicística. Redactó el Manifiesto de las operaciones del Ejército del Centro, donde relataba las acciones militares entre diciembre de 1808 y febrero de 1809. Este documento, lejos de ser bien recibido, fue contestado por Francisco Javier Venegas, lo que revela una rivalidad interna dentro del bando patriota. Además, redactó una proclama dirigida a los soldados franceses instándolos a desertar, lo que muestra su interés en debilitar al enemigo mediante la guerra psicológica.

Limitaciones estratégicas y retiro a Sevilla

A pesar de su activismo y su rango, el talento militar del duque era limitado. Sus decisiones en el campo de batalla no siempre fueron acertadas, y su liderazgo fue criticado tanto por oficiales como por políticos. Finalmente, se retiró a Sevilla, con la esperanza de obtener un alto cargo administrativo, alejándose del frente. En 1810 publicó un resumen de voces de mando del reglamento de infantería, con el que intentó justificar su contribución al ejército desde una perspectiva técnica. Su papel, sin embargo, fue perdiendo relevancia directa en las operaciones militares.

Participación institucional y propaganda durante la Guerra de Independencia

Regencia, embajada en Londres y proclamas constitucionales

En abril de 1811 fue nombrado general en jefe del Primer Ejército en Cataluña, aunque renunció pocas semanas después. Más significativo fue su nombramiento como embajador en Londres, desde donde articuló un discurso de apoyo a la causa constitucional. En enero de 1812 fue nombrado presidente de la Regencia, lo que lo convertía en una de las figuras más visibles del poder ejecutivo provisional español. En ese rol, redactó numerosos manifiestos y proclamas que circularon tanto en Cádiz como en el extranjero.

Una de sus iniciativas más emblemáticas fue el donativo de una caja esmaltada, regalo del rey Jorge III, cuyo valor fue destinado a financiar la publicación de una obra sobre táctica militar. Asimismo, firmó textos como Españoles, sobre la sólida felicidad que nos ha traído la Constitución, en apoyo a la Carta Magna de 1812, así como proclamas dirigidas a los habitantes de Ultramar, en las que apelaba a su fidelidad a la corona frente a los movimientos independentistas.

Producción editorial y su lucha por controlar el relato histórico

Durante su presidencia en la Regencia, Pedro Alcántara fue también protagonista de una polémica con Manuel José Quintana, editor del Semanario patriótico, quien publicaba una historia militar crítica con algunas figuras del bando patriota. El duque intervino directamente para frenar la redacción de dicha historia, encargada a Antillón, amenazando con represalias físicas mediante sus lacayos. Esta actitud revela una faceta autoritaria y preocupada por el control de la narrativa histórica, algo coherente con su constante afán por preservar su prestigio personal y familiar.

Consolidación como figura política en el reinado de Fernando VII

Presidente del Consejo Real y promotor de instituciones

Tras el retorno de Fernando VII al trono y la abolición de la Constitución, Pedro Alcántara fue nuevamente llamado al poder. Ocupó el cargo de presidente del Consejo Real en varias ocasiones, la primera entre 1814 y 1820, y luego entre 1817 y 1819. Durante este período, además de acumular condecoraciones como la Orden de San Fernando, la Orden de Carlos III y el Toisón de Oro, ejerció como presidente de las Sociedades Económicas de Valladolid y Cantabria, y participó en la Junta del Montepío de Viudas y Pupilos del Ministerio. Estas actividades evidencian un perfil polifacético, tanto político como institucional, más allá del campo de batalla.

Defensa de privilegios nobiliarios en plena revolución liberal

Cuando estalló el Trienio Liberal (1820–1823), el duque, pese a sus antecedentes ilustrados, se alineó decididamente con las fuerzas contrarrevolucionarias. Fue uno de los firmantes de las Representaciones de Grandes de España a las Cortes, reclamando el respeto a las rentas nobiliarias, especialmente en el Reino de Valencia. En esta etapa, la defensa de sus intereses de clase se convirtió en su prioridad política, alineándose con sectores que veían en la Constitución y en la soberanía nacional una amenaza al orden tradicional.

Conspiraciones, destierros y retornos durante el Trienio Liberal

Vinuesa, el 7 de julio de 1822 y el exilio en Ibiza

El duque fue implicado en diversas conspiraciones contrarrevolucionarias, como la de Jorge Vinuesa, aunque siempre negó su participación. También se le vinculó a los disturbios del 7 de julio de 1822, cuando sectores realistas intentaron un golpe contra las Cortes. Desde La Coruña, en septiembre de ese año, emitió una proclama denunciando su traslado forzoso a Ibiza, lo que consideraba una injusticia motivada por su fidelidad a la monarquía.

Manifiestos y resistencia a la Constitución de 1812

En 1821, Pedro Alcántara publicó varios manifiestos y representaciones en los que denunciaba supuestas infracciones a la Constitución de 1812 y rechazaba que se le implicara en causas judiciales como la de Jorge Crespo. Estos textos, dirigidos al Congreso de las Cortes, mostraban su empeño en presentarse como víctima del nuevo régimen, mientras buscaba resguardar la dignidad de su estamento. Según Jesús Longares, fue también el autor oculto de la Lista de los hombres eminentes, heroicos y beneméritos, obra en la que reivindicaba la memoria de los defensores del absolutismo.

Últimos años, legado político y reinterpretaciones históricas

Reacción absolutista y la invasión francesa de 1823

Regencia provisional y retorno del rey absoluto

El año 1823 marcó un punto de inflexión en la trayectoria política de Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm. Ante la ofensiva liberal y la creciente amenaza que representaban las Cortes constitucionales, los realistas contaron con el respaldo internacional de la Santa Alianza, lo que culminó en la intervención del ejército francés conocido como “Los Cien Mil Hijos de San Luis”, comandado por el duque de Angulema. Durante esta operación, el duque del Infantado asumió la presidencia de la Regencia Provisional, un organismo clave en la restauración del absolutismo.

Desde su residencia en el Puerto de Santa María, organizó el recibimiento de Fernando VII, quien recuperó el trono en plenitud de poderes. El duque fue recompensado con la presidencia de la Junta Consultiva, organismo creado para moderar a los voluntarios realistas, cuya violencia y arbitrariedad comenzaban a preocupar incluso al propio monarca. Su capacidad para mantener un delicado equilibrio entre el poder institucional y las fuerzas ultrarreaccionarias fue una de las claves de su supervivencia política en este nuevo escenario.

Defensa del orden tradicional frente a voluntarios realistas

A pesar de sus credenciales absolutistas, Pedro Alcántara mostró cierta reserva frente a la radicalización de los sectores realistas más intransigentes. En 1829, cuando se propuso crear una Junta de Autoridades para controlar el desasosiego público provocado por los voluntarios, el duque expresó sus dudas sobre la conveniencia de enfrentarse abiertamente a ellos. Esta actitud prudente no respondía tanto a una inclinación liberal, como a su experiencia política y su intuición sobre la fragilidad del orden restaurado.

Últimos servicios al trono y reconocimientos

Junta consultiva y rechazo a nuevas represiones

Durante la década de 1820, el duque continuó acumulando cargos y honores. En 1825, volvió a ser designado presidente del Consejo de Ministros, un cargo que, aunque más protocolario que ejecutivo en la España absolutista, reforzaba su estatus como gran servidor de la corona. En esa misma línea, fue uno de los firmantes de la Exposición de la Grandeza de España a Angulema, documento que buscaba justificar la presencia de tropas extranjeras como salvaguarda del orden tradicional.

No obstante, su papel ya era secundario, y en agosto de 1826 cesó en todos sus cargos políticos de forma definitiva. Mantuvo, sin embargo, cierta influencia simbólica, y en 1833 —tras la muerte de Fernando VII— reconoció oficialmente a Isabel II como legítima heredera al trono. Este gesto, más pragmático que ideológico, fue su último acto político relevante, en un contexto en el que la lucha dinástica entre carlistas e isabelinos comenzaba a fracturar de nuevo el país.

Reconocimiento a Isabel II y retiro paulatino

Al reconocer a Isabel II, el duque del Infantado sellaba su adhesión a la continuidad dinástica, aunque ello implicara respaldar indirectamente el constitucionalismo moderado que comenzaba a instalarse. Consciente de su declive físico y político, se retiró de la vida pública. No volvería a ocupar cargos institucionales ni a intervenir directamente en la esfera política. Su figura se convirtió en una especie de relicto del antiguo régimen, observado con respeto pero sin influencia real sobre los acontecimientos que definirían el siglo XIX español.

Vida personal y descendencia ilegítima

Relación con Manuela de Lesparre

A lo largo de su vida, Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm nunca contrajo matrimonio, lo cual era inusual para un noble de su estatus. No obstante, mantuvo una relación sentimental con Manuela de Lesparre, mujer de quien tuvo varios hijos. Esta unión, aunque no formalizada, fue lo suficientemente significativa como para que el duque tomara decisiones importantes respecto a su descendencia.

Legitimación del hijo como duque de Pastrana

Fruto de esa relación nació un hijo varón, al que el duque legitimó otorgándole el título de duque de Pastrana, una de las distinciones subsidiarias de la Casa del Infantado. Esta decisión aseguraba cierta continuidad simbólica del linaje, aunque el nuevo duque careciera de la legitimidad tradicional que exigía el derecho nobiliario más estricto. Además, Pedro Alcántara tuvo dos hijas, que también fueron reconocidas. Esta dimensión personal añade una capa de complejidad a su figura, que combinaba la rigidez institucional con decisiones personales no siempre alineadas con la ortodoxia social de su tiempo.

Enajenación mental y muerte

Aislamiento, enfermedad y decadencia final

Los últimos años del duque estuvieron marcados por la decadencia física y mental. Según relatan fuentes contemporáneas, perdió el juicio y vivió sus últimos años en un estado de enajenación mental, aislado del mundo político y de la vida pública. Este deterioro fue progresivo y silencioso, en contraste con la intensidad y la exposición que habían caracterizado su vida activa.

Muerte en Madrid en 1841

Falleció en Madrid el 27 de noviembre de 1841, a los 68 años, sin haber recuperado la lucidez mental. Su muerte cerró un ciclo vital que abarcó algunos de los episodios más convulsos de la historia contemporánea de España: desde la crisis del Antiguo Régimen hasta las guerras napoleónicas, pasando por los experimentos constitucionales y la restauración absolutista. Pese a los esfuerzos de cierta historiografía por edulcorar su figura, el duque del Infantado fue uno de los principales agentes del inmovilismo aristocrático y de las conspiraciones que intentaron frenar el avance de las reformas liberales.

Evaluación crítica y legado duradero

Contradicciones entre ilustración y absolutismo

La figura de Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm encarna muchas de las contradicciones de la nobleza ilustrada española. Educado en Francia, discípulo de un científico como Cavanilles y promotor de la industria, parecía destinado a liderar una transición hacia una aristocracia reformista. Sin embargo, en los momentos decisivos, eligió siempre la defensa del absolutismo, de los privilegios estamentales y del orden tradicional. Esta tensión entre modernización técnica y conservadurismo político marcó no solo su biografía, sino también el devenir de muchas casas nobles en el siglo XIX.

Relecturas contemporáneas de su papel político

En la historiografía más reciente, su figura ha sido objeto de relecturas críticas, especialmente en lo relativo a su papel en la Guerra de la Independencia y en el Trienio Liberal. Si bien algunos estudios le reconocen cierto sentido del deber institucional y una disposición a la moderación frente a los excesos, otros destacan su participación en maniobras oscuras, su autoritarismo y su obsesión por el control del relato histórico. La dualidad de su vida pública —entre la propaganda ilustrada y la reacción absolutista— hace de él un personaje particularmente complejo y representativo de su tiempo.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm (1773–1841): El Duque del Infantado entre la Ilustración y la Contrarrevolución". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/alcala-galiano-antonio [consulta: 27 de enero de 2026].