Rosario de Acuña y Villanueva de la Iglesia (1851–1923): Escritora, Librepensadora y Pionera del Feminismo en la España del XIX

Un linaje noble en conflicto con su tiempo

Nacimiento, ceguera temprana y formación autodidacta

Rosario de Acuña y Villanueva de la Iglesia nació en Madrid en 1851, en el seno de una familia aristocrática que le otorgaría el título de Condesa de Acuña, aunque jamás lo utilizó públicamente ni se amparó en los privilegios que ello implicaba. Desde muy temprana edad, Rosario desafió tanto las convenciones sociales como las expectativas que su clase social depositaba en ella. Sin embargo, su vida estuvo marcada desde la adolescencia por un obstáculo significativo: a los dieciséis años perdió prácticamente la visión, un hecho que no solo no la detuvo, sino que transformó su destino.

Privada de una educación formal convencional debido a su condición, optó por formarse de forma autodidacta, desarrollando una insaciable curiosidad intelectual. Si bien en su niñez había recibido una educación tradicional impartida por religiosas —rígida, conservadora y centrada en los valores cristianos y femeninos del siglo XIX—, su espíritu libre no se conformó con tales límites. La pérdida de visión, lejos de ser un impedimento, se convirtió en un punto de inflexión que la impulsó a salir del entorno cerrado de los colegios religiosos para abrazar un horizonte cultural más amplio.

Viajes por Europa y despertar intelectual

El punto de quiebre en su formación llegó cuando, tras quedar casi ciega, inició una serie de viajes por Europa. Esta etapa fue decisiva: recorrió varias ciudades de Francia y Portugal, y gracias a la hospitalidad de su tío Antonio Benavides, embajador en Roma, pudo residir durante varios años en la capital italiana. Esta experiencia le abrió las puertas a una formación humanística y cosmopolita que superaba con creces la recibida en su infancia. Roma se convirtió en una escuela sin muros donde se empapó de cultura clásica, arte, filosofía y literatura.

Acuña absorbió el pensamiento ilustrado y liberal que impregnaba los ambientes intelectuales del continente, desarrollando una visión crítica frente al dogmatismo religioso y el patriarcado. Esta formación libre y abierta al pensamiento laico y progresista marcaría su vida y obra de manera definitiva. La Italia post-unitaria, en plena ebullición ideológica, sirvió como catalizador para una joven que empezaba a encontrar su propia voz.

Matrimonio con Rafael de la Iglesia y primeros pasos literarios

En 1876, Rosario de Acuña contrajo matrimonio con Rafael de la Iglesia, un paso que, lejos de significar su retiro al ámbito doméstico, coincidió con el inicio de su proyección pública como escritora. Ese mismo año subió por primera vez a un escenario su obra dramática Rienzi el Tribuno, inspirada en la figura histórica de Nicolás Rienzi, el último tribuno de Roma. La elección del tema no era casual: Rienzi representaba para Rosario un símbolo de rebeldía, justicia y clasicismo, ideales que encarnaban su reciente educación romana.

El estreno de Rienzi el Tribuno el 12 de enero de 1876 la convirtió en la segunda mujer del siglo XIX en estrenar una obra en el Teatro Español de Madrid, un recinto hasta entonces casi exclusivamente reservado para autores varones. Aquello marcó el inicio de una intensa carrera como poetisa, dramaturga, ensayista y activista, que rápidamente llamó la atención de los círculos intelectuales.

Este temprano éxito no impidió que su vida personal comenzara a resquebrajarse. Su matrimonio con Rafael de la Iglesia se deshizo al poco tiempo, y aunque el divorcio oficial llegaría más adelante, Rosario optó desde muy temprano por vivir de forma independiente, rompiendo con los convencionalismos de la época que imponían a la mujer casada la obediencia y el recogimiento en el hogar.

La poeta que se ocultó tras Remigio Andrés Delafón

En sus primeros pasos literarios, Rosario optó por firmar algunas de sus obras bajo el seudónimo masculino Remigio Andrés Delafón, una práctica común entre escritoras del siglo XIX que intentaban sortear el prejuicio de género en el mundo editorial y teatral. Esta elección no solo revela las barreras que enfrentaba una mujer intelectual en su tiempo, sino también su astucia para infiltrarse en el mundo de las letras desde dentro del sistema patriarcal.

Bajo este nombre publicó y firmó obras como Amor a la patria, estrenada en Zaragoza en 1877, y sus primeras colecciones poéticas, entre ellas La vuelta de una golondrina (1875) y Ecos del alma (1876). En estas obras aún se percibe una cierta impronta romántica, en sintonía con la sensibilidad de la época, aunque ya comenzaba a vislumbrarse una mirada crítica y rebelde que se consolidaría más adelante.

Su poesía inicial denotaba una sensibilidad intensa, reflexiva y marcada por la experiencia del dolor físico y espiritual, pero también por una férrea voluntad de trascendencia. En Sentir y pensar, un poema cómico presentado en el Ateneo de Madrid en 1884, Rosario lograría un hito aún mayor: convertirse en la primera mujer en hablar desde la tribuna de esa institución. Aquel poema no solo demostraba su habilidad literaria, sino también su capacidad para usar la palabra como herramienta de pensamiento y transformación social.

Este periodo inicial de su vida fue una etapa de formación, búsqueda y ruptura, en la que Rosario de Acuña fue moldeando su identidad más allá de los roles tradicionales. La nobleza de su linaje contrastaba radicalmente con la radicalidad de su pensamiento, y aunque nunca renegó de sus orígenes, construyó su vida a contracorriente de los dictados de su clase y de su época. La poeta que se ocultó tras un nombre masculino estaba a punto de emerger con fuerza propia, decidida a transformar no solo el mundo de las letras, sino también la sociedad española.

Rebeldía ilustrada y feminismo en acción

Del Ateneo a la tribuna: la primera mujer en alzar la voz

En 1884, Rosario de Acuña alcanzó uno de los hitos más significativos de su carrera intelectual: se convirtió en la primera mujer en hablar desde la tribuna del Ateneo de Madrid, un espacio reservado históricamente para figuras masculinas del pensamiento español. Allí leyó su poema Sentir y pensar, una obra que, más allá de su calidad literaria, representó un acto de insurrección cultural. El gesto no fue solo poético: fue político, simbólico y profundamente feminista.

La España de finales del siglo XIX era un país profundamente conservador, donde la presencia femenina en espacios públicos de debate intelectual era vista con recelo. El simple hecho de que Rosario subiera al estrado significaba desafiar la estructura de poder patriarcal, y con su voz no solo se hizo oír, sino que comenzó a abrir caminos que hasta entonces estaban completamente cerrados a las mujeres. Su presencia allí marcó el inicio de una etapa de visibilidad militante que definió el resto de su vida.

El drama de ‘El padre Juan’ y la censura

Ese compromiso ideológico no tardaría en generar enfrentamientos abiertos con las instituciones más poderosas del país, en especial con la Iglesia católica. La obra que marcaría este conflicto fue El padre Juan, un drama ferozmente crítico con la jerarquía eclesiástica y sus abusos de poder. Estrenada en el Teatro de la Alhambra de Madrid el 2 de abril de 1891, la obra fue retirada de cartel al día siguiente por orden del Gobierno Civil, escandalizado por su virulencia anticlerical.

El texto de la obra era un alegato directo contra la hipocresía religiosa y el uso del dogma como instrumento de represión social. El personaje del padre Juan simbolizaba una figura clerical corrupta y represiva, cuya caída moral desnudaba las contradicciones del poder eclesiástico. Lo más notable fue que ningún empresario teatral quiso asumir la puesta en escena, y fue la propia Rosario quien alquiló el teatro, organizó la compañía y financió todo el montaje.

La prohibición gubernamental no evitó, sin embargo, que se distribuyera una edición impresa de la obra, que se agotó rápidamente en dos tiradas de dos mil ejemplares. Este hecho demuestra el eco popular que Rosario de Acuña había alcanzado, así como el interés del público por las ideas disruptivas que promovía. A partir de entonces, su nombre quedó asociado no solo a la literatura, sino a la resistencia intelectual contra el poder establecido.

Masonería, librepensamiento y divorcio

La militancia de Rosario no se limitó al plano literario. A mediados de los años 1880, tras un paréntesis en su actividad pública, se recluyó en su finca de Pinto (Madrid), desde donde profundizó en sus convicciones filosóficas y políticas. Fue entonces cuando ingresó en la masonería, uniéndose a la logia alicantina “Constante Alona” en 1886, adoptando el nombre simbólico de Hipatía, en homenaje a la filósofa alejandrina mártir del pensamiento libre.

La masonería, bastión del librepensamiento, el laicismo y la igualdad, se convirtió en un espacio fundamental para su desarrollo como activista. Desde allí, Rosario desplegó una intensa labor en defensa del matrimonio civil, los derechos de las mujeres, la secularización del Estado y la reforma moral de la sociedad. En una España aún anclada en el confesionalismo, su pensamiento resultaba no solo provocador, sino subversivo.

Más aún, Rosario llevó estas ideas a su vida personal. Luego de separarse de su primer marido, dio un paso inusual y valiente para la época: se divorció oficialmente, sentando un precedente inédito entre las mujeres de su clase. En 1891, contrajo un segundo matrimonio con Carlos Lamo de Espinosa, también vinculado al mundo literario como tío de las escritoras Carlota y Enriqueta O’Neill. Este nuevo vínculo no la apartó de su lucha, sino que consolidó su independencia como mujer pensadora y ciudadana.

Rosario de Acuña frente a la Iglesia y la moral conservadora

Rosario de Acuña no fue una rebelde aislada. Su pensamiento encontraba eco en círculos progresistas, republicanos y laicos, que veían en ella una figura emblemática de la nueva mujer ilustrada. Colaboró activamente con revistas como El Correo de la Moda, donde escribió sobre feminismo desde una perspectiva no solo cultural sino también política. También fue parte fundamental de Las Dominicales del Librepensamiento, una publicación que reunía a los pensadores anticlericales del país.

La virulencia de su discurso contra la Iglesia, la monarquía y la hipocresía social no le granjeó simpatías entre los sectores conservadores. Su teatro fue silenciado, sus conferencias boicoteadas y sus escritos frecuentemente perseguidos. Pero nada de ello la hizo retroceder. La suya fue una lucha persistente, frontal y valiente, que encontró su máxima expresión en el activismo social y la defensa de los derechos civiles.

Uno de los momentos más tensos de su vida pública se produjo en 1911, cuando, con más de sesenta años, Rosario escribió una carta incendiaria al director de la publicación parisina El Internacional. En ella, condenaba con dureza la misoginia universitaria en España, tras conocer que dos estudiantes estadounidenses habían sido agredidas a la salida de una universidad. La escritora denunció que la intolerancia machista en las universidades españolas era incluso mayor que la observada en Estados Unidos, tildando a los estudiantes de «afeminados» por su resistencia a convivir con mujeres en las aulas.

La reacción no se hizo esperar: su carta fue reproducida por El Progreso de Barcelona y causó un escándalo nacional. Se ordenó su detención, y todas las facultades españolas se paralizaron en protesta. Ante la magnitud del conflicto, Rosario decidió exiliarse voluntariamente en Portugal, donde permaneció durante cuatro años. Aquel exilio no fue una retirada, sino una estrategia de resistencia frente a la persecución ideológica.

La dureza de estas represalias pone en evidencia la intolerancia del sistema hacia las voces femeninas disidentes. Rosario de Acuña pagó un alto precio por decir lo que pensaba, pero nunca se retractó. Su figura representa el paradigma de la mujer moderna y emancipada, que desafió a la moral dominante no solo con su pluma, sino con su vida entera. En un país donde el pensamiento libre era peligroso y el feminismo incipiente era despreciado, Rosario se convirtió en una voz irreverente, lúcida y combativa que no aceptó el silencio.

Exilio, resistencia y legado irreverente

El escándalo de la carta y su exilio en Portugal

El impacto de la carta abierta escrita por Rosario de Acuña en 1911 —en la que criticaba duramente la misoginia imperante en la universidad española— tuvo un alcance que trascendió el ámbito académico para convertirse en un conflicto político nacional. La denuncia que inicialmente había nacido como un alegato en favor de la igualdad de género, se transformó rápidamente en un símbolo de enfrentamiento entre el pensamiento liberal y el conservadurismo más retrógrado de la España de principios del siglo XX.

El hecho de que la carta se publicara primero en París (El Internacional) y luego en El Progreso de Barcelona la convirtió en una pieza mediática de alto voltaje. Rosario no solo cuestionaba la estructura universitaria sino que atacaba directamente el comportamiento masculino de los estudiantes españoles, acusándolos de incapacidad para compartir espacios de saber con las mujeres. Sus palabras, consideradas provocadoras y ofensivas por buena parte de la sociedad, desencadenaron una ola de protestas que llevó al gobierno a emitir una orden de búsqueda y captura.

Ante el riesgo de ser arrestada, Rosario optó por refugiarse en Portugal, donde permaneció durante cuatro años, alejándose de la escena pública española pero manteniendo intacta su labor intelectual. Su estancia en el país vecino fue tanto un autoexilio como una pausa estratégica. Desde allí, continuó escribiendo, reflexionando y enviando colaboraciones a diversas publicaciones, aunque bajo un perfil más bajo. Aun en el exilio, su pensamiento no cedió terreno.

Regreso a España y retiro en Gijón

El final del exilio se produjo gracias a la intervención del Conde de Romanones, quien convenció al propio Rey para levantar la orden de captura. Con ello, Rosario pudo regresar a España y retirarse a una propiedad en el pueblo costero de Gaguean, cerca de Gijón, en Asturias. Allí pasó sus últimos años, ya anciana, pero sin abandonar del todo la lucha por sus ideales.

Este retiro no fue ni una claudicación ni una renuncia. Por el contrario, significó una vuelta al silencio cargada de significado, una especie de testamento vital desde donde Rosario observaba una España que comenzaba lentamente a transformarse. Aunque sus apariciones públicas disminuyeron, su figura seguía siendo referencia para los círculos progresistas, feministas y republicanos que veían en ella una precursora de las nuevas formas de ciudadanía.

Rosario falleció el 5 de mayo de 1923, en su refugio asturiano, dejando tras de sí un legado poderoso, contradictorio y profundamente revolucionario. Su muerte fue recibida con respeto y reconocimiento por parte de aquellos sectores que durante años la habían admirado en silencio. Lejos de los homenajes oficiales o eclesiásticos, su memoria fue recogida por las organizaciones obreras y laicas, que supieron ver en ella un símbolo de resistencia frente a la opresión institucional.

El reconocimiento póstumo y su influencia republicana

Apenas dos meses después de su fallecimiento, los trabajadores del Ateneo de Gijón ofrecieron un sentido homenaje a Rosario, poniendo en escena El padre Juan, la obra que había sido prohibida por el Gobierno Civil en 1891. Aquella representación funcionó como un acto de reparación histórica y cultural, una manera de reivindicar la libertad de expresión y la valentía de una mujer que había desafiado todos los dogmas de su época.

Ese mismo espíritu inspiró a su sobrina, Regina Lamo de O’Neill, quien fundó la editorial Cooperativa Obrera con el propósito explícito de publicar toda la obra de Rosario de Acuña. Gracias a esta iniciativa, sus cuentos, ensayos, artículos y obras teatrales comenzaron a circular nuevamente, esta vez entre el público obrero, feminista y republicano que encontraba en su legado un referente ético y político.

El reconocimiento se amplió durante la Segunda República Española (1931–1939), un periodo en el que la figura de Rosario fue recuperada y celebrada como precursora del laicismo, el feminismo y la reforma educativa. En esos años, se inauguró un colegio con su nombre y se le dedicó una sesión extraordinaria en el Ateneo de Madrid, confirmando así el alcance duradero de su pensamiento. Aunque ya no estaba viva para presenciar estos homenajes, la España republicana supo reconocer en Rosario una pionera en la lucha por la emancipación.

Una voz incómoda que no dejó de resonar

El legado de Rosario de Acuña trasciende su obra literaria. Su figura encarna la resistencia intelectual, la lucha feminista y el librepensamiento en una época profundamente adversa para las mujeres que pensaban con libertad. Fue una voz incómoda que desafió tanto a la Iglesia como al Estado, a los intelectuales de su tiempo y al conservadurismo dominante, pagando con la censura, el exilio y la persecución su valentía.

Hoy, su figura resurge como un símbolo de dignidad y coraje intelectual. Su vida es ejemplo de cómo una mujer, enfrentada a la enfermedad, al ostracismo y al rechazo institucional, logró construir una trayectoria cultural y política que no solo desafió las normas, sino que cambió las reglas del juego. En su poesía y su teatro, pero sobre todo en sus acciones, encontramos una claridad de pensamiento que anticipó muchas de las luchas del siglo XX.

Rosario de Acuña no fue una figura cómoda ni conciliadora. Fue incómoda, crítica y feroz, una pensadora que prefirió la coherencia antes que el reconocimiento oficial. En un país que aún batallaba entre el absolutismo y la modernidad, entre la fe ciega y la razón crítica, ella eligió ser una voz libre. Y esa voz, aunque acallada en su tiempo, sigue resonando hoy como un eco potente de insurrección cultural y feminismo fundacional.

Cómo citar este artículo:
MCN Biografías, 2025. "Rosario de Acuña y Villanueva de la Iglesia (1851–1923): Escritora, Librepensadora y Pionera del Feminismo en la España del XIX". Disponible en: https://mcnbiografias.com/app-bio/do/acunna-y-villanueva-de-la-iglesia-rosario [consulta: 29 de enero de 2026].